Tarantino es wagneriano

Por: | 11 de junio de 2013

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Christoph Waltz y Jamie Foxx en 'Django desencadenado'.

 

Por Jesús Ruiz Mantilla

No es cuestión de que en El concertino empujemos para que se vendan más las promociones que acompañan a esta querida mancheta nuestra. Aunque si ayuda, bienvenida sea la entrada de hoy. Estas líneas, de lo que tratan, es de resaltar el puro asombro ante un talento radicalmente moderno. Me refiero a Quentin Tarantino, que si ya desde Reservoir dogs se nos había revelado como uno de las personalidades más fuertes del cine contemporáneo, en su última película, Django desencadenado, se confiesa y descubrimos a un auténtico wagneriano.

La historia de este esclavo convertido en caza recompensas bebe de las fuentes más variadas de la cultura popular. Así debemos entender a Tarantino desde el principio de los tiempos. Lo que ocurre en este caso es que a esa ensalada de comics y culto a la serie B o al explícito homenaje que el director realiza al spaghetti western –como ya hiciera también en Malditos bastardos, Tarantino une las leyendas que Richard Wagner utilizó para la tetralogía de El anillo del Nibelungo.

En una gloriosa escena, la violencia desatada que puebla la película, da paso al más auténtico romanticismo cuando el maravilloso Dr Schultz –asombroso personaje que ese genio de Christoph Waltz eleva a la categoría de leyenda- cuenta al enamorado Django, que el nombre de su amada Brunilda entronca directamente con aquella hija del dios Wotan a quien debe liberar Sigfrido de su cautiverio en mitad de un círculo de fuego. “No siempre nos topamos con un Sigfrido. Como alemán me siento obligado a ayudarte a rescatar a tu Brunilda”, le comenta.

Y entorno a ese motivo, ambos emprenden la aventura común. Tarantino, artista que demuestra ser en cada película una máquina de digerir referencias dispares, se cuida muy mucho de citar a Wagner. En la época en que se desarrolla la acción –Texas, alrededor de 1850-, el músico se encontraba en plena creación de la tetralogía que le llevó 26 años culminar. Pero la alusión es clara y las consecuencias de su atrevimiento muy interesantes para este año en que se cumple el bicentenario del nacimiento del compositor.

Una conclusión a tener en cuenta es la siguiente: no existe materia culta que un creador de nuestro tiempo no pueda explotar. Manda el eclecticismo. Todo vale y más si mejora notablemente el resultado, como viene a ser el caso. Con su referencia a esta historia, Tarantino hace más por el legado de El anillo… que cualquier wagneriano volcado al elitismo.

Uno de los mayores daños que se han hecho a la música de Wagner viene precisamente del wagnerianismo. Esa manía por alejarlo de los entornos populares, de sacralizarlo y empeñarse en que no todo el mundo puede entender al maestro, ha ido
destruyendo su impacto. Si ya los nazis dañaron el natural paso a la historia de su gran obra, su secta lo ha empobrecido más queriéndolo resguardar de impurezas.

Agarre usted a un niño de 5 o 6 años y relátele, con la gloriosa banda sonora de El oro del Rin detrás, la historia como un cuento. Verá como le entiende perfectamente y lo disfruta tanto como cualquier profeta displicente sentado en una butaca de Bayreuth. Y no es bajar el nivel, sino extenderlo.

Las esencias son el primer contacto. Los detalles, la afición, el frikismo –y el wagnerianismo es ni más ni menos que un frikismo al cuadrado-, llegan después y a gusto de cada cual. Aprovechemos este bicentenario para expandir una visión moderna y amplia del legado que perdura y que a pesar de muchos, tiene todos los ingredientes para convertirse en un fenómeno de masas sano, como ha demostrado La Fura dels Baus estrenando su visión de Parsifal al aire libre en Linz ante 25.000
personas.

Rescatemos de las garras de su encierro la música que debe contagiar un digno estado espiritual y denunciemos a quien la secuestra con el argumento de que no es apta para todos los públicos. Acabemos con esa simpleza de coartada. Pongamos a Wagner en manos de los fureros o de Tarantino. Le refrescarán, le ayudarán a resucitar de sus inmerecidos letargos. Le darán nueva vida.

Ramon Gener, el hombre que iba a la ópera en vaqueros

Por: | 21 de mayo de 2013

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Quién iba a decirlo, pero un programa de ópera conducido por un exbarítono (“uno no deja de ser barítono nunca”, dice con razón Ramón Gener) se ha convertido en uno de los grandes hits de las últimas temporadas de la Televisión pública de Cataluña. Òpera amb texans (Ópera en vaqueros) es un programa de 30 minutos que emite el Canal 33 y que trata de acercar la complejidad musical y escénica del género a un público poco familiarizado con él. Como su nombre indica, de convertir en algo más casual y cotidiano la experiencia de un ritual a veces demasiado sacralizado. Y el éxito ha sido insólito. El espacio empezó a emitirse en 2011 y va por su tercera temporada. Tiene una cuota de pantalla del 3,4%, una cifra altísima teniendo en cuenta el canal en el que se emite (el 33 es el canal cultural de TV3) y el tema sobre el que trata.

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La integridad de un intérprete (y de un ciclo)

Por: | 10 de mayo de 2013

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El director ruso Valery Gergiev, uno de los invitados en la próxima temporada de La Filarmónica.

Si uno cesa por un segundo en el perenne lamento de nuestro tiempo y olvida un rato el atronador réquiem por la cultura que resuena en España, encontrará una vida musical en Madrid sorprendentemente fructífera en muchos aspectos. Aunque, principalmente, sea la iniciativa privada, con todas las trabas que la decimonónica burocracia y sus funcionarios todavía se empeñan en poner y el maldito IVA segando cualquier atisbo de brotes verdes, la que está manteniendo con vida una escena en otro lugares inexistente. Pero la mezcla de público/privado sigue siendo interesante: Ibermúsica, Juventudes Musicales, CNDM, Orquesta de RTVE, la ONE, el ciclo de Scherzo... El último y más claro ejemplo de ese valiente empuje es el de La Filarmónica Sociedad de Conciertos, ciclo auspiciado por la promotora catalana Ibercamera, que reincide en su locura y presenta en Madrid su segunda temporada sinfónica después de la buena acogida que ha tenido en el año de su desembarco.

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Rattle y Kozená: primavera en Praga

Por: | 02 de mayo de 2013

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Por JESÚS RUIZ MANTILLA

Si no fuera suficiente llegar en mayo a Praga para pasear por el monte Petrin y observar la ciudad entre la sábana de sus cerezos, si no resultara mayor aliciente cruzar el puente de Carlos y perderse por Mala Strana, o por los parques a escondidas donde gobiernan con altivez los pavos reales, si no se conforma usted con ponerse ciego a cerveza y dejar que pase el tiempo en los deliciosos cafés de techos altos y amplios ventanales por donde pasa la vida mientras la suya se detiene un rato, si no fuera ya eso el colmo para justificar un viaje a esta ciudad mágica, si necesitan más, entonces tengan en cuenta que estos días se celebra uno de los festivales musicales con más encanto de Europa: la primavera de Praga.

Y lo abrió ayer miércoles una pareja de mucho predicamento en la República Checa junto a la mejor orquesta que se puede escuchar hoy en el mundo: la Filarmónica de Berlín. Su director titular, Sir Simon Rattle y su esposa, la mezzosoprano Magdalena Kozená ofrecieron en matiné (por exigencias del guión, ya que fue retransmitido por televisión a varios países del mundo, entre ellos China y Japón) un soberbio concierto desde la sala española del Castillo de Praga.

Kozená quiso rendir homenaje a su compatriota Dvorak en su país e interpretó las ‘Canciones Biblicas’, todo un arrebato de sonido y sentido nostálgico compuesto por el autor de la ‘Sinfonía del Nuevo Mundo’ cuando trabajaba como director del conservatorio nacional en Nueva York. La voz densa y elegante de Kozená se elevaba entre las lámparas de la sala ganando el reto de una acústica que hacía temer algunas sombras en los días previos por parte del público.

Pero todas las dudas sobre el sonido quedaron en el olvido al comenzar el concierto con una obra de Ralph Vaughan Williams –Fantasía sobre un tema de Thomas Tallin-, que supo a gloria en las cuerdas de la Filarmónica de Berlín.

El gran momento llegó en la segunda parte. Tocaba repertorio propio. Tocaba Beethoven. Y nada mejor para una mañana de primavera en cualquier parte del mundo que una ‘Pastoral’. Pero sí encima, esa sinfonía compuesta como un homenaje a la explosión de la naturaleza suena en la estratosférica y poderosa genética germana de la Filarmónica de Berlín uno entiende y trasciende las abstracciones propias de un arte como la música.

Porque la rareza de la orquesta berlinesa junto a Rattle es que todo se concreta en sus manos. El genio del director británico no se limita a sugerir la música ni a conseguir –que ya es mucho- las ensoñaciones de un público que asiste a los conciertos en busca del poder de abstracción que los sonidos generan. Rattle y la Filarmónica de Berlín, con Beethoven, van más allá. Lo concretizan. Es una cosa muy rara. Relatan la música, la narran, se puede ver, leer, vivir con los cinco sentidos en sus magníficas versiones. A base de un tratamiento milagrosamente expresivo, de la partitura pastoral saltan a borbotones las imágenes del esplendor en los campos, de las fiestas populares y tiemblas ante la cercanía, la presencia y la lejanía de las tormentas.

El impulso que le ha dado este músico a la formación ha sido muy poderoso. Si los primeros años tuvo que bregar con mil y una conspiraciones, al poco tiempo tomó el mando y convenció con el estilo propio de su sensibilidad acerca de la ambición un tanto profética que predicaba.

Ya eran los números uno y habían quedado en la elite indiscutible digna de su energía histórica con el trabajo de Claudio Abbado, pero de la mano del inglés han ingresado en el siglo XXI con un entusiasmo que los convierte en algo muy singular. Su complicidad, la pasión contagiosa trasciende desde las filas de las violas y los violines a las traseras. Rattle ha formado un grupo compacto y tremendamente universal en el que pueden verse representados con orgullo los cinco continentes sin que la orquesta pierda su carácter original.

Verlos, sentirlos, escucharles representa hoy una de las experiencias más fascinantes que se puedan disfrutar dentro del arte presente en vivo. Lo podremos comprobar cuando aterricen el mes que viene por Madrid para interpretar la ‘Novena Sinfonía’ en el Teatro Real y varias joyas del repertorio, entre ellas el ‘Requiem’ de Fauré, junto al Orfeón Donostiarra y en el ciclo de Ibermúsica, para cerrar la temporada musical a lo grande.

Mientras, en Praga, la primavera seguirá su curso con las propuestas del actual director del festival, Roman Belor, que ha programado más de 60 espectáculos de la mano, entre otros, de Lorin Maazel al frente de la Filarmónica de Múnich, la Mahler Chamber junto a Leif Ove Andsnes, que deja esta vez el piano para dirigir, más pianistas como Murray Perahia o Andras Schiff y cantantes como Angela Denoke o Matthias Goerne en un intento de seguir el pulso y la trayectoria de un festival que desde 1946 –cuando fue creado por Rafael Kubelik para celebrar el fin de la Segunda Guerra y el 50 aniversario de la Filarmónica Checa- hasta el presente ha representado una palanca y una cita de referencia en Centroeuropa.

El padre Soler: música para Dios y para el demonio

Por: | 30 de abril de 2013

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Por JESÚS RUIZ MANTILLA

El padre Antonio Soler escribió música para Dios. El sumo hacedor no se puede quejar de su rendimiento. Se le cuentan 188 piezas litúrgicas y 118 religiosas entre misas, responsos, motetes, vísperas, villancicos, su Requiem, su stabat mater... También creó para regocijo de los hombres con sus composiciones para teatro, sus sonatas, su música de cámara. Pero también se dejó llevar por el sonido de las tabernas y dejó un famoso fandango de 15 minutos que haría las delicias del demonio.

Antes no era como ahora. En un viaje que, pongamos por caso, le llevara de Olot –donde nació en 1720-, o del monasterio de Montserrat, donde estudió, a Madrid bien podía parar a comer o a dormir en varios antros. “Entonces no había televisión y lo que se escuchaba por aquellos sitios era eso, fandangos y cosas así”, comenta ese pozo de sabiduría musical que responde al nombre de Andrés Ruiz Tarazona.

Con un pie en el barroco y otro en el naciente clasicismo, la música del padre Soler anda brillantemente a medio camino entre dos épocas, dos estilos. Su permanente curiosidad y la buena disposición que tuvieron las autoridades y mecenas con él, le hicieron desarrollar una obra variada, rica, atenta a los ecos europeos, pero muy digna de la tradición también.

Y a inventar. De hecho, los quintetos que escribió para piano y cuarteto de cuerda son los primeros de ese género de los que se tiene noticia. Con ellos abrió un camino que posteriormente ha dado varias obras maestras a manos de Schubert –La trucha, por ejemplo-, pero que también fue explorado por Brahms, Schumann, Dvorak o Shostakovich.

Aunque sólo fuera por eso, la recuperación de dicho patrimonio ya estaba tardando. Hasta que la pianista Torres-Pardo y el cuarteto Bretón decidieron grabar los seis que se conocen, trabajo que han hecho para el sello Columna Música con el patrocinio de la Fundación BBVA.

“Un diálogo instrumental, una conversación”, son estas piezas, según la pianista. Un sonido que puede transportarnos a la casita del príncipe de El Escorial, el monasterio donde ingresó en 1752 y desde donde se trasladaba a estudiar música a Madrid en contacto con Domenico Scarlatti y Antonio de Nebra.

En el retiro de la corte era habitual que el padre Soler interpretara estas y otras piezas junto a Boccherini, el entonces duque de Alba, don José Álvarez de Toledo, un melómano y músico virtuoso a quien Goya retrató con una partitura de Haydn en la mano, y el infante don Gabriel, alumno del fraile e hijo de Carlos III, ese rey que por muy ilustrado que fuera tenía un oído enfrente del otro.

Ilustrado también se podía considerar a Soler. Avanzado en sus propuestas musicales también. “No se atenía a las reglas. Se preguntaba por qué había que articular la música en tonos y semitonos…”, comenta Tarazona. También inventó instrumentos como el templante, que mostraba la división de un tono en nueve partes, como le comenta en su correspondencia al padre Martini, presidente de la Academia Filarmónica de Bolonia.

La conexión de Soler con el mundo se aprecia en la música de estos quintetos. “Hay una afinidad a las corrientes más modernas de la época, como la escuela de Mannheim”, asegura el crítico. Sin dejar de lado la vieja escuela española barroca y renacentista y un interés por el tratamiento virtuoso de los instrumentos para los que compone. Pero ese virtuosismo resulta un juego fascinante a manos de los músicos que han recuperado ahora esta obra. Una deuda bien saldada con el mejor patrimonio musical español injustamente olvidado.

El Concertino

Sobre el blog

Una visión de la música culta para el siglo XXI. Valores, desafíos, debates, tendencias y análisis de la mano de los periodistas de EL PAÍS. Un blog para vivir y disfrutar de la ópera y la clásica. Textos para saber más y, sobre todo, para acercarse hasta donde permiten las palabras a la emoción de la música.

Sobre los autores

Daniel Verdú. Periodista de la sección de Cultura.

Jesús Ruiz Mantilla.Periodista de El País Semanal.

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