La música con Franco a la batuta

Por: | 26 de febrero de 2013

Falla
El músico Manuel de Falla.

Por MIGUEL PÉREZ MARTÍN

Manuel de Falla vio España por última vez el 28 de septiembre de 1939. Contemplando la llegada irremediable de la Segunda Guerra Mundial y con abatimiento, el gaditano dejó aquella España que había llenado las páginas de su música para comenzar su exilio en Argentina. Se marchaba del país el baluarte cultural español fuera de nuestras fronteras, uno de los artistas más importantes a nivel internacional, y con él el franquismo perdía un hombre crucial para la imagen de España a ojos del mundo. Pocos son los que se han adentrado en esta etapa de la historia musical española pero, para arrojar un poco de luz, la profesora de la Universidad de Granada Gemma Pérez Zalduondo ha agrupado algunos de sus artículos de investigación sobre el tema en Una música para el Nuevo Estado, que ha editado Libargo y que está disponible como libro electrónico.

"La musicología ha estado muy interesada en la partitura y muy poco en la interpretación de la música desde el punto de vista social e histórico. Durante el franquismo se escribieron monografías, que nos sirven como fuentes de primera mano, pero desde el ámbito académico no se ha escrito sobre el tema hasta hace 20 años", explica la profesora. En su libro se bucea en la etapa nacionalista que ocupó desde finales del siglo XIX hasta casi mediados del siglo XX, habla de la llegada de las vanguardias centroeuropeas a España y de la función propagandística de la música durante la dictadura, pasando por la llamada Generación del 51. Y rescata una época sobre la que poco se ha escrito. "A los años 40 pertenecen muchas obras muy conocidas, como el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. En los 50 aparecen las primeras obras de vanguardia de los jóvenes compositores españoles, que se entremezclan con las tendencias neoclásicas del propio Rodrigo y de Julio Gómez, además de las obras de otros autores que se marcharon al exilio como Gerhard", dice Pérez Zalduondo.

Dos personajes ilustran la diferente actitud de los compositores tras la Guerra Civil. Por un lado Falla, "con un enorme prestigio internacional, que se convierte en una pieza clave para ambos bandos tras la guerra y que vivió muy mal las presiones de ambas partes para que mostrara su adhesión"; y por el otro Turina, comisario de la Música nombrado por Franco, "que puso en marcha la Orquesta Nacional de España y los conservatorios, siempre desde la visión franquista de la música, que consideraba que la música culta era para las élites", y que como muchos otros, aceptó el cargo para poder sobrevivir. "El régimen no empleó una tiranía especial respecto al tipo de música que se hacía, pero la presión del nacionalcatolicismo hacía que, para poder vivir, los compositores tiraran de autocensura para poder ganar los premios estatales que se convocaban", explica la profesora, que recoge en sus artículos los llamados "expedientes de depuración", documentos impulsados por el Ministerio de Educación del régimen con los que se hizo "una limpieza del profesorado de los conservatorios según sus ideas políticas". 

Otro de los puntos de los que habla Pérez Zalduondo es el uso de la música como herramienta propagandística. Aunque en España la situación no se parecía a la alemana -la relación de Hitler con Strauss y su fascinación con Wagner vienen de que "una de las características de la raza aria es su dimensión musical"-, Franco vio en la música un elemento útil para la propaganda. "La música aparece en las grandes celebraciones, es usada como símbolo constantemente y se vive con especial intensidad durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial", explica Pérez Zalduondo, que recuerda un suceso en el Liceu de Barcelona: "Durante la representación de una ópera en el Liceu en 1942, al entrar Franco en la sala, se interrumpió la función. Todo se detuvo y el teatro entero, intérpretes incluidos, cantaron el Cara al sol en pie. Era una muestra de poder en una ciudad como Barcelona y un enorme gesto simbólico en una institución como el Teatro del Liceu".

El repertorio por aquellos años era conservador, se tiraba de Turina y Falla y se interpretaban una y otra vez las obras de Beethoven. El franquismo quería tener una buena imagen de fronteras hacia fuera, y por ello programan una y otra vez obras de Falla. Al haberse marchado este al exilio, los ojos del régimen se posan en Halffter, el gran discípulo del gaditano, al que le encargan la finalización de la cantata La Atlántida. "Este estreno quiso ser un actontecimiento internacional, en el que pesa muchísimo el nombre de Manuel de Falla", explica la profesora, que destaca también la difusión que se dio en la época a la visita de Stravinski a España. Pero la censura estaba ahí, y por eso el director Ataúlfo Argenta "podía dirigir Schoenberg fuera de España, pero no en nuestro país". La música que se dirigía al pueblo era "música conocida y con un alto componente emotivo, sin tener en cuenta criterios nacionalistas, sino con la premisa de que fuera una música fácilmente asimilable".

Pérez Zalduondo abre con sus escritos la veda para un análisis en profundidad de una época convulsa, en la que la música fue en España algo crucial para proyectar una imagen del país hacia el resto del planeta. "Soy muy partidaria de analizar y valorar: Hay que hacer un acercamiento reflexivo más allá de ensañamientos y odios. No hay que crucificar a compositores porque participaran con cargos políticos o crearan obras al amparo del régimen: Nos encontramos con figuras que defendieron a colegas en situaciones muy comprometidas a pesar de formar parte del aparato político. Al final, la música debe estar por encima de todo lo demás", concluye Pérez Zalduondo.

Hay 3 Comentarios

Totalmente de acuerdo en que un estudio musicológico debe hacerse sin pensar en buenos y malos, en vencedores y vencidos.

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Daniel Verdú. Periodista de la sección de Cultura.

Jesús Ruiz Mantilla.Periodista de El País Semanal.

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