El Concertino

Sobre el blog

Una visión de la música culta para el siglo XXI. Valores, desafíos, debates, tendencias y análisis de la mano de los periodistas de EL PAÍS. Un blog para vivir y disfrutar de la ópera y la clásica. Textos para saber más y, sobre todo, para acercarse hasta donde permiten las palabras a la emoción de la música.

Sobre los autores

Daniel Verdú. Periodista de la sección de Cultura.

Jesús Ruiz Mantilla.Periodista de El País Semanal.

Tarantino es wagneriano

Por: | 11 de junio de 2013

Christoph
Christoph Waltz y Jamie Foxx en 'Django desencadenado'.

 

Por Jesús Ruiz Mantilla

No es cuestión de que en El concertino empujemos para que se vendan más las promociones que acompañan a esta querida mancheta nuestra. Aunque si ayuda, bienvenida sea la entrada de hoy. Estas líneas, de lo que tratan, es de resaltar el puro asombro ante un talento radicalmente moderno. Me refiero a Quentin Tarantino, que si ya desde Reservoir dogs se nos había revelado como uno de las personalidades más fuertes del cine contemporáneo, en su última película, Django desencadenado, se confiesa y descubrimos a un auténtico wagneriano.

La historia de este esclavo convertido en caza recompensas bebe de las fuentes más variadas de la cultura popular. Así debemos entender a Tarantino desde el principio de los tiempos. Lo que ocurre en este caso es que a esa ensalada de comics y culto a la serie B o al explícito homenaje que el director realiza al spaghetti western –como ya hiciera también en Malditos bastardos, Tarantino une las leyendas que Richard Wagner utilizó para la tetralogía de El anillo del Nibelungo.

En una gloriosa escena, la violencia desatada que puebla la película, da paso al más auténtico romanticismo cuando el maravilloso Dr Schultz –asombroso personaje que ese genio de Christoph Waltz eleva a la categoría de leyenda- cuenta al enamorado Django, que el nombre de su amada Brunilda entronca directamente con aquella hija del dios Wotan a quien debe liberar Sigfrido de su cautiverio en mitad de un círculo de fuego. “No siempre nos topamos con un Sigfrido. Como alemán me siento obligado a ayudarte a rescatar a tu Brunilda”, le comenta.

Y entorno a ese motivo, ambos emprenden la aventura común. Tarantino, artista que demuestra ser en cada película una máquina de digerir referencias dispares, se cuida muy mucho de citar a Wagner. En la época en que se desarrolla la acción –Texas, alrededor de 1850-, el músico se encontraba en plena creación de la tetralogía que le llevó 26 años culminar. Pero la alusión es clara y las consecuencias de su atrevimiento muy interesantes para este año en que se cumple el bicentenario del nacimiento del compositor.

Una conclusión a tener en cuenta es la siguiente: no existe materia culta que un creador de nuestro tiempo no pueda explotar. Manda el eclecticismo. Todo vale y más si mejora notablemente el resultado, como viene a ser el caso. Con su referencia a esta historia, Tarantino hace más por el legado de El anillo… que cualquier wagneriano volcado al elitismo.

Uno de los mayores daños que se han hecho a la música de Wagner viene precisamente del wagnerianismo. Esa manía por alejarlo de los entornos populares, de sacralizarlo y empeñarse en que no todo el mundo puede entender al maestro, ha ido
destruyendo su impacto. Si ya los nazis dañaron el natural paso a la historia de su gran obra, su secta lo ha empobrecido más queriéndolo resguardar de impurezas.

Agarre usted a un niño de 5 o 6 años y relátele, con la gloriosa banda sonora de El oro del Rin detrás, la historia como un cuento. Verá como le entiende perfectamente y lo disfruta tanto como cualquier profeta displicente sentado en una butaca de Bayreuth. Y no es bajar el nivel, sino extenderlo.

Las esencias son el primer contacto. Los detalles, la afición, el frikismo –y el wagnerianismo es ni más ni menos que un frikismo al cuadrado-, llegan después y a gusto de cada cual. Aprovechemos este bicentenario para expandir una visión moderna y amplia del legado que perdura y que a pesar de muchos, tiene todos los ingredientes para convertirse en un fenómeno de masas sano, como ha demostrado La Fura dels Baus estrenando su visión de Parsifal al aire libre en Linz ante 25.000
personas.

Rescatemos de las garras de su encierro la música que debe contagiar un digno estado espiritual y denunciemos a quien la secuestra con el argumento de que no es apta para todos los públicos. Acabemos con esa simpleza de coartada. Pongamos a Wagner en manos de los fureros o de Tarantino. Le refrescarán, le ayudarán a resucitar de sus inmerecidos letargos. Le darán nueva vida.

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