El Concertino

Sobre el blog

Una visión de la música culta para el siglo XXI. Valores, desafíos, debates, tendencias y análisis de la mano de los periodistas de EL PAÍS. Un blog para vivir y disfrutar de la ópera y la clásica. Textos para saber más y, sobre todo, para acercarse hasta donde permiten las palabras a la emoción de la música.

Sobre los autores

Daniel Verdú. Periodista de la sección de Cultura.

Jesús Ruiz Mantilla.Periodista de El País Semanal.

Wolfgang Rihm revela algunas claves de 'La conquista de México'

Por: | 16 de octubre de 2013

La conquista
Moctezuma es una mujer. Hernán Cortés un conquistador atormentado y la histórica masacre de los aztecas a manos de los españoles se produce en un plano psicológico. Así transcurre la hora y cincuenta minutos de La conquista de México, en el Teatro Real hasta el 19 de octubre, del compositor alemán Wolfgang Rihm. Una compleja pieza que se estrenó en 1992 y que parte de un hecho histórico que cambió el mundo y de algunos textos de Antonin Artaud y Octavio Paz. El compositor, a causa de la diabetes que padece no pudo asistir a los ensayos ni al estreno en Madrid. Nos quedamos sin su interpretación verbal de la obra. Pero muy amablemente ha contestado por mail (fax y escritura de puño y letra mediante) a un breve cuestionario sobre algunos aspectos de la obra. Esto es lo que piensa Wolfgang Rihm, sin duda uno de los compositores contemporáneos más importantes.

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El siglo XX es de The Beatles

Por: | 08 de octubre de 2013

 

Beatles

Con motivo de el especial de The Beatles que lanza EL PAÍS, analizamos desde El concertino la influencia del grupo de Liverpool en el siglo XX extendida al concepto universal de música. ¿Sacrilegio?

Por Jesús Ruiz Mantilla

Por mucho que se empeñen las élites, las canciones del grupo son ya los grandes clásicos del siglo pasado.

A estas alturas, ni siquiera sería necesario revisar el concepto de clásico para convenir que The Beatles lo son. Pero no de una época efímera y de consumo rápido, no del subproducto o de la marginalidad, sino de la historia de la música con mayúsculas. Resulta burdo y cansino discutir que, ante todo, la firma Lennon & MaCcartney debe reservarse al panteón donde figuran los nombres más destacados de este arte. No sólo por una razón de reconocimiento popular –como el que pudieron gozar Mozart o Beethoven o Verdi en su época- sino por una mera cuestión biológico musical.

Durante siglos, las diferentes formas de expresión en la música se fueron exprimiendo y agotando. Los conciertos, las sonatas, las sinfonías, tuvieron su edad dorada, su desgaste, su callejón sin salida. Marginalmente, desde el Medievo hasta el siglo XX, la canción, como forma, fue creciendo en menor medida.

Pero esa mágica manera de expresar emoción, sentimiento, reflexión a medio camino entre el poema y el mero acompañamiento armónico tuvo su época de esplendor. Desde el lieder decimonónico –una intimísima seña de identidad romántica- hasta hoy, la canción ha definido la historia presente de la música. El jazz –muy pendiente de otros desarrollos- le otorgó un lugar entre sus preferencias, pero fue el pop quien la ensalzó al trono de su modelo de expresión.

Fueron The Beatles quienes canonizaron la canción por los siglos de los siglos. Primero con un aliento popular, pero después –en la gloriosa época de encierro experimental, que les mantuvo apartados de las masas, pero en connivencia con la más absoluta vanguardia entre 1967 y 1970- no dejaron de probar ni de sentar las bases de nada que no se haya repetido después hasta la saciedad en los 50 años siguientes.
Desde el completo desarrollo de identificación emocional a la mezcla entre lo armónico y lo disonante, la experimentación de The Beatles fue insuperable en ese ámbito. Revolucionaron la orquestación, se adentraron en lo atonal sin complejos, siguieron los rastros tanto de Schubert como de Stockhausen –en canciones aparentemente inocentes y tan salvajes como Strawbery fields, All you need is love o I am the walrus- sin solución de continuidad y marcaron una época.

Fueron 4 años gloriosos que comenzaron antes tímidamente con Rubber Soul, siguieron con Revolver y una declaración de guerra como es la última canción de ese álbum –Tomorrow never knows- hasta desembocar en la obra maestra de Sgt Peppers, seguir con el Magical Mystery Tour, el álbum Blanco o Abbey Road hasta la más ligera ruptura de Let it be, donde se encomiendan a la virgen. Más no se puede dar. Más no se puede pedir, salvo reconocerles el lugar de oro que ocupan ya en la historia de la música como auténticos clásicos.

El País

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