Lawrence de Arabia, las fuentes del Nilo, los libros...

Por: | 19 de abril de 2013

LawrenceOfArabia1920


“Aférrate a tu sentido del humor, lo necesitarás todos los días”. Es uno de los consejos de T. E. Lawrence, Lawrence de Arabia, a los que pretendan inflitrarse como él entre los beduinos (aunque nos vale a todos). Aurens añade: “Si vistes prendas árabes ponte las mejores”.Y, en una especie de If de las dunas: “No seas demasiado cercano, demasiado arrogante o demasiado ecuánime”. Las recomendaciones forman parte de un librito evocador que es novedad y una buena opción para este Día del Libro, Camino de Ákaba (editado por Playa de Ákaba), una pequeña selección de textos breves del rey sin corona de Arabia, sobre todo cartas, fechados entre enero y agosto de 1917, que nos presentan a un Lawrence algo distinto del de Los siete pilares de la sabiduría, su magna obra sobre la revuelta en el desierto. Como bien dice en el prólogo Lorenzo Silva, que ha seleccionado y traducido los escritos, las cartas de Lawrence ofrecen más autenticidad e inmediatez y revelan con extraordinaria viveza al hombre, menos sobreactuado.

      Livingstone

 

En un cambio radical de escenario, del desierto a las espesuras africanas, otro libro reciente, En busca de las fuentes del Nilo (Crítica) vuelve a contarnos, con nuevas aportaciones —como el papel poco reconocido de los traficantes de esclavos en la ayuda a las expediciones— y un tono muy ameno, la odisea de la pugna por descubrir ese elusivo grial geográfico que obsesionó a los grandes aventureros de la edad de oro de la exploración. El autor, Tim Jeal, tiene un buenísimo pulso narrativo y le interesa mucho el factor humano: señala que Livingstone sufría enormemente de hemorroides sangrantes (lo que ha de ser un fastidio en la selva) y su mala dentadura hacía tan poca mella en el maiz verde y la carne de elefante de su dieta que el estómago le tenía que trabajar demasiado, produciéndole una acidez constante. Con cosas así se te pasa el deseo de explorar.

Cañones


Un viaje de menor envergadura (80 kilómetros) pero de gran carga poética, que atraviesa el espacio y el tiempo y supone un canto a la mediterraneidad, es el de José Carlos Llop en Solsticio  (RBA). Es el relato de sus vacaciones de verano infantiles, de los 5 a los 12 años, de 1961 a 1968, en el pabellón de mandos de una batería costera en Mallorca (su padre era teniente coronel de artillería). A ese apartado lugar en Betlem, en la bahía de Alcúdia, que parecería más de Los cañones de Navarone (en la foto) que de Retono a Brideshead pero que para Llop devino su Arcadia personal, se desplazaba la familia cada estío en un viaje que tenía carácter iniciático para el niño (alucinante la visión del almez del que cuelgan alimañas ahorcadas o la del guardabosques de los March, y maravillosa la descripción de los abejarucos como húsares alados). Por las páginas pasean el archiduque Luis Salvador, Robert Graves, Lawrence Durrell y el Leonard Cohen instalado en Hydra.Un libro que es un himno a la memoria y cuyas imágenes y belleza literaria perduran largamente tras la lectura.

BYRON 1927


Otro viaje precioso aunque tampoco nos saca de suelo cercano, es el de Europa en el parabrisas (editado por Confluencias),de Robert Byron —sí, el autor de Viaje a Oxiana (1937), el maestro de la literatura de viajes, el inspirador de Paddy Leigh Fermor, Bruce Chatwin o Colin Thubron-. Antes de los viajes que le dieron fama, Byron (a la izquierda en la foto, con un amigo) realizó en 1925 un periplo en automóvil, un Sunbeam descapotable bautizado Diana, con dos amigos, por la Alemania de la República de Weimar, Austria, Italia y Grecia. El delicioso viaje, de Wandervögel ricos, está marcado por la sofisticada curiosidad y el interés por la arquitectura que caracterizarán siempre a Byron hasta su desgraciado encuentro con un submarino alemán en 1941.


Coraje y camaradería en Afganistán

Por: | 13 de febrero de 2013

JACINTO AFGANOS tin_vcmaiwand

Del consejo de Kipling de que te volases los sesos si quedabas herido en el polvoriento Afganistán y las mujeres venían a por ti a cortarte lo peor, hasta Homeland hay un largo trecho que no dejo de recorrer adelante y atrás estos días. Es  curioso como a veces todo parece relacionarse.  Zero dark Thirty, No easy day, el principito deslenguado, el francotirador Chris Kyle aka The Devil of Ramadi  –por cierto, el récord moderno lo tiene un británico que mató a dos talibanes a ¡2,4 kilómetros de distancia!, el muy valiente, aunque nadie comparable al sniper finlandés Simo Häyhä, “la muerte blanca”: 505 víctimas (rusos) en la Guerra de Invierno (1939-1940)-…  

Estoy leyendo Kandak, fighting with afghans (Allen Lane, 2012), el nuevo libro de Patrick Hennessey, el joven (1982) capitán de los Grenadiers Guards al que conocí cuando publicó El club de lectura de los oficiales novatos (Los libros del lince, 2011).  Era entonces, y no habrá cambiado mucho, un chico apuesto, culto, de buenas maneras, que no tenía reparo en explicarte lo que se sentía al disparar sobre alguien. Y que te ponía los pelos de punta relatándote la entrada con su pelotón en Sangin, el sangriento pueblo de la provincia de Helmand, mientras los talibanes hacían señas para el combate en las azoteas desplegando ropa en los tendederos en una versión afgana de las señales de humo de los pieles rojas.

 Kandak es la palabra afgana para batallón y el libro de Hennessey trata de los soldados del Ejército Nacional Afgano (ENA) que luchan codo con codo (bien, a veces metiéndoles el codo en el ojo) con las Fuerzas de la Coalición contra los talibanes. El ejército afgano moderno no tiene muy buena prensa pero sí una larga tradición. Se formó oficialmente en la década de 1880 tras la turbulenta época de la Segunda Guerra Afgana que tantos disgustos supuso para los ingleses, incluida la deplorable pérdida de cañones en Maiwand. Patrick Hennessey reivindica a los combatientes del ENA con los que sirvió, el primer batallón de la tercera brigada del 205 cuerpo del Ejército Nacional Afgano. Durante todo un verano, el oficial británico vivió y combatió junto a los askar, guerreros, de esa unidad: el feroz Qiam Udin, el mesurado teniente Mujib Ullah, “con su retorcido sentido del humor e irónico coraje”, el bigotudo y flashmanesco (por el simpático canalla victoriano Flashman de George MacDonald Fraser, autor al que Hennessey idolatra) Sharaf Udin, que cargaba un rifle de francotirador vintage, el mayor Hazrat, el azote de Sangin, o el sargento Meraj, ese gran profesional…

Seguir leyendo »

‘Bomber Boys’, ¿héroes o villanos?

Por: | 23 de octubre de 2012

JACINTO bomber command

Con sentimientos contradictorios he visitado en Londres el épico nuevo monumento consagrado al “sacrificio” de  los pilotos y tripulaciones de bombarderos británicos de la II Guerra Mundial –los cariñosamente llamados (no por los alemanes, que pidieron que no se construyese el memorial) Bomber Boys-. Tengo que confesar que me di de bruces con él por casualidad. Era de noche, paseaba alegremente por Picadilly y acaba de dejar atrás el The Cavalry and Guards Club, el fino y exclusivo club de los oficiales de caballería donde un extraño destino ha querido que almorzase en dos ocasiones, siempre por trabajo, una con un coronel de húsares y otra con un capitán de granaderos de la Guardia. Había tratado de espiar los salones dando saltos frente a uno de los ventanales hasta que el portero me llamó la atención, ignorando los lazos que me unen a la venerable institución, sin contar con que una vez en sus salones derrame mi oporto sobre un general. 

El nuevo monumento, inaugurado este verano (28 de junio) en el extremo de Green Park, cerca de Hyde Park Corner, y obra de Liam O’Coonor, ha costado la friolera de 5,6 millones de libras –entre los donantes privados figuran Lord Ashcroft, famoso coleccionista de Cruces Victoria, y, poco antes de morir, Robin Gibb, que debió, y perdonen el mal chiste, confundir los Bee Gees con los B-17-.  Me impresionó de entrada porque pese a que es eso, nuevo, parece haber estado siempre ahí, una sensación que dice mucho del clasicismo de sus formas. Efectivamente, es el tipo de construcción que hubiera querido el propio duque de Wellington para sus chicos. Los británicos lo han sacado adelante pese a que políticos alemanes como –lógicamente- la alcaldesa de Dresde, Helma Orosz, pidieron al conocer el proyecto que no se lo llevase a cabo, por respeto hacia las víctimas de las bombas.  Dresde, recordarán, fue reducida a escombros en febrero de 1945 por el carpet-bombing y algunos elevan la cifra de civiles muertos hasta 250.000. Para muchos alemanes, el monumento a los aviadores británicos es un prodigio de falta de sensibilidad, ofende la memoria de los inocentes masacrados por los bombardeos y su sola idea es de mal gusto. La exaltación del Bomber Command lleva peligrosamente agua al molino de los revisionistas que no han duda tradicionalmente en pedir que se considere los bombardeos aliados también crímenes de guerra. En todo caso, la gran controversia en Gran Bretaña ha sido simplemente acerca de la oportunidad del gasto que ha supuesto la construcción del monumento en estos tiempos de crisis.

JACINTO bomber-command-cre_2261407k
Atravesé el pórtico con columnas que da a Picadilly y me encontré ante un alto plinto sobre el que se encuentran las impresionantes y realistas estatuas de bronce de siete aviadores que parecen regresar de una misión particularmente dura, con mucho fuego de antiaéreos y mucha caza nocturna alemana. De tamaño superior al natural, 2,7 metros y estilo Airfix toy-soldiers, para entendernos, las estatuas, obra del reputado Philip Jackson –real escultor de la Reina-, al que le debemos ya el sentido monumento a los gurkhas y otro a Bobby Moore, representan a la tripulación completa de un bombardero, piloto, copiloto, operario de radio, navegador, mecánico y artilleros (los tiradores encargados de la ametralladoras), todos con su equipo de vuelo, chalecos salvavidas, antiparras y máscaras de oxígeno. Incluso me pareció que uno llevaba la insignia del Club Oruga, que distinguía oficiosamente a los que habían saltado de su aparato en paracaídas con éxito (!).  Le di varias vueltas al conjunto escultórico que irradia tanto heroísmo y aventura que dan ganas de alistarse en la RAF con efectos retroactivos. A los pies de los aviadores la gente –entre ellos muchos veteranos- ha depositado fotos, mensajes de recuerdo y homenaje, flores, cruces, una gorra e incluso una pequeña reproducción a escala de un Lancaster que estuve tentado de llevarme aunque me contuve al pensar que igual había cámaras ocultas. En el plinto de los aviadores hay grabada una frase de Pericles –que desgraciadamente no pudo contar con una fuerza aérea propia en la guerra del Peloponeso-: “La libertad es una posesión segura solo de aquellos que tienen el coraje de defenderla”.  

Sobre el grupo de esculturas una abertura en el techo permite que los aviadores de metal puedan ver el cielo, si es que les quedaron ganas. El techo, por cierto, es de aluminio recuperado del fuselaje de un bombardero Halifax derribado en Bélgica en 1944 y extraído de un pantano en 1997 con tres de los tripulantes aún en sus puestos, aunque en la lamentable condición que puede suponerse. En una pared del monumento, en grandes números dorados, se ofrece el número de miembros del Mando de Bombarderos muertos en la guerra: 55.573. La cifra incluye británicos, canadienses y miembros de otros países de la Commonwealth así como checos, polacos y aliados varios. Añádanse 18.000 más heridos o caídos prisioneros. En los muros exteriores del Memorial, figura el escudo y el contundente lema de los bombarderos: “Strike hard, strike sure”.  

JACINTO bomber-command-lan_2261401k
Yo la verdad siempre he sido de cazas; encuentro que llegados a la locura de matarse mejor hacerlo en el aire sin molestar a nadie, hombre contra hombre, soldado contra soldado, de tú a tú, vamos. Los bombarderos, por mucho que nos impresionen las hazañas de los Dambusters, los destructores de presas, me parecen una villanía, especialmente cuando se dirigen a objetivos civiles. Es verdad que los chicos del Bomber Command, jóvenes con un promedio de edad de 21 años, lo pasaron fatal -véase, por ejemplo, Men of air, de Kevin  Wilson (Phoenix, 2008)-. Las misiones eran una tómbola diabólica. Solo en enero de 1944, se perdieron 2.256 tripulantes. No era únicamente que murieras sino la terrible forma en que lo hacías: alcanzado por proyectiles que llegaban en medio de la oscuridad, cayendo desde las alturas sin paracaídas al desintegrarse tu avión en un fogonazo abrasador, ahogado en el mar, asfixiado por la falta de oxígeno, corrido a guantazos por los civiles alemanes entre los que ibas a parar…  Los que lo pasaban peor eran los ametralladores a solas en sus torretas de plexiglás transparente: a menudo los servicios de tierra tenían que usar mangueras para limpiar los claustrofóbicos cubículos en los que se hallaban esparcidos los restos despedazados del artillero. Pero todo era espantoso: las sacudidas de los antiaéreos provocaban que los pesados bombarderos pegasen saltos de 15 metros, ríete tú de las turbulencias. Un piloto recordaba la forma en que un cohete lanzado por un caza decapitó limpiamente (?) a su ingeniero de vuelo. La presión a gran altura provocaba que las heridas sangrasen mucho.

Las posibilidades de supervivencia eran tan pequeñas, escribe poéticamente Wilson “que los tripulantes no eran más que hombres de aire, casi espectros, esperando a desvanecerse esa noche o la siguiente”. El porcentaje de bajas entre los 125.000 hombres de los bombarderos fue del 60%: estadísticamente no hubo ocupación más peligrosa en la II Guerra Mundial a excepción del servicio en los submarinos alemanes y, seguramente, los perros bomba soviéticos. En una operación típica tenías una posibilidad entre 20 de morir, lo que es poco alentador si se piensa que las tripulaciones realizaban una media de 30 misiones antes de dejar de volar.  Comparada con la vida de los pilotos de caza, la de los bombarderos era además poco glamurosa –donde se ponga un Spitfire…- y se ligaba menos. Allá arriba te sentías como un pato de feria, rodeado de explosivos y muerto de frío… hasta que ardías.  

JACINTO bomber-command-memorial-poppy-drop-rafbf-509
Había amplio espacio para la cobardía (“el canguelo de los Focke-Wulf”), aunque también para el heroísmo. El sargento Norman Jackson, uno de los 10 tripulantes de Lancaster que ganaron la preciada Cruz Victoria, había seguido volando tras cumplir sus 30 misiones, para no abandonar  a sus compañeros –eso sí que es solidaridad ante el ERE de la Parca-. Cuando el 26 de abril de 1944 el ataque de un Focke Wulf 190 provocó el incendio de su aparato, Jackson se puso un paracaídas y salió al exterior caminando por encima del ala con un extintor para apagar las llamas. Su madre dijo luego que era lo único notable que había hecho su hijo “aparte de rodar en una procesión a través de Twickenham sobre la bicicleta más pequeña jamás construida” (signifique eso lo que signifique).

En su nuevo libro La Segunda Guerra Mundial, Antony Beevor (Pasado y Presente, 2012), detalla los horrores y miserias de servir en los bombarderos de la RAF. Los tripulantes se volvían supersticiosos y volaban con patas de conejo y otros talismanes para conjurar lo que parecía un asunto de buena o mala suerte. Una costumbre era orinar todos a la vez junto a una hélice de su aparato: retratarlos así hubiera quedado curioso en las estatuas. En general no tenían remordimientos aunque tampoco sentían aversión alguna hacia los alemanes que bombardeaban. Apunta Beevor que la mayoría sufrían de estreñimiento a causa de la deplorable comida (nada, imagino, que unas horas de vuelo sobre territorio enemigo no pudiera aliviar). El historiador, sin embargo, recalca, como la mayoría de estudiosos, que los bombardeos no tuvieron efecto a la hora de acortar la guerra, que era la justificación de las autoridades británicas para destruir las ciudades alemanas. La moral de los alemanes resultó precisamente ser tan poco frágil como la de los británicos durante el Blitz. En realidad los bombardeos ordenados y jaleados por el controvertido mariscal del aire Arthur Bomber Harris –capaz de bautizar una misión contra Hamburgo como “Operación Gomorra”-, lo que hicieron fue devastar gratuitamente poblaciones y causar un horror tal que el sufrimiento de las tripulaciones queda muy relativizado (al cabo eran soldados, voluntarios y, en cuanto a las misiones, agresores).

JACINTO bomber-command-wel_2261422k
Cuando se recuerdan los resultados en tierra de las operaciones de los Bomber Boys cuesta seguir mirando el monumento de Picadilly de la misma manera. Aunque se tenga en cuenta que la Luftwaffe empezó primero. La guerra de bombarderos –británicos, con sus Lancaster y Halifax a la cabeza, y estadounidenses, con sus B-17 y B-24- mató a cerca de 75.000 niños alemanes menores de 14 años (45.000 niños y 30.000 niñas) e hirió a 116.000 más, según cifra Jörg Friedrich en El incendio (Taurus, 2003). Uno es de la opinión de que la muerte de un solo niño invalida toda justificación estratégica, así que ya me dirán 75.000. Que fueran hijos de los malos es un argumento indigno.

Quisiera ahorrarles el espanto de las descripciones de las consecuencias terrestres de las aventuras de los Bomber Boys pero me parece que es una necesidad contextual para el monumento. En Berlín, tras un ataque con las eficaces bombas incendiarias, un chico salió de un sótano llevando un cubo en la mano que contenía lo que habían sido sus padres. Una de las consecuencias más atroces de los bombardeos es que los cuerpos quemados se encogían hasta una escala imposible y, por ejemplo, en un barreño cabía una familia entera. En realidad una de las pocas maneras de reconocerte era por los empastes. Desde las alturas, los aviadores podían percibir el olor a carne quemada del infierno desatado abajo. Las pérdidas humanas lo son todo en esta historia pero no puedo dejar de señalar que en uno solo de los bombardeos de Múnich la Biblioteca Estatal Bávara perdió medio millón de libros, el 20 % de su fondo.  Otra aciaga noche de ataque, la Biblioteca Municipal y Universitaria de Hamburgo vio arder 625.000 volúmenes. De manera quizá un poco tendenciosa, ya que es alemán, Friedrich recalca que nunca se habían quemado tantos libros en la historia de la humanidad como durante la “despiadada” –el adjetivo es de Beevor- campaña aliada de bombardeos.  

JACINTO bomber-command-statues-rafbf-509
Antony Beevor, un hombre sensato,  cree que es irremediable preguntarse si la campaña del Bomber Command contra la población civil no fue el “equivalente moral” de lo que hizo la propia Luftwaffe. Concluye eufemísticamente que “en términos estadísticos”, la ofensiva aliada resultó “ligeramente menos mortífera” que la actuación de la aviación alemana contra los civiles de toda Europa. No resulta muy consolador. El matiz entre lo que pasó en Dresde o en Gernika, Varsovia o Coventry es muy fino.

En fin, ahí está el monumento, inaugurado con pompa y circunstancia por la propia reina Isabel II en una ceremonia muy británica. Tomó parte en la celebración (hay que ver qué bien hacen estas cosas los británicos) incluso un viejo piloto veterano a los mandos de un Lancaster igual al que pilotaba hace 63 años, cuando tras el ataque de un caza alemán, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia mientras parte de la tripulación ya había saltado en paracaídas.  El aviador, líder de escuadrilla Tony Iveson, de 89 años –el hombre de más edad que ha volado un Lancaster, que ya es récord-, dijo que no recordaba que los controles fueran tan duros. “Una máquina realmente resistente”, manifestó el piloto -que participó en el raid para hundir el Tirpitz-, “una verdadera herramienta de guerra, nada mejor para hacer bien nuestro trabajo”. No dejó de recordar melancólicamente los 350 Lancasters perdidos en la guerra y a los viejos camaradas que no volvieron.  El Lancaster de la conmemoración bombardeó la ceremonia y a los cientos de veteranos –alguno con su antiguo traje de vuelo de la RAF- y miles de familiares asistentes con amapolas de papel.  Ninguna de ellas, ay, representaba a los niños alemanes muertos.

JACINTO bomber-command-veterans

Retorno a Tree Tops

Por: | 31 de mayo de 2012

TREETOPS


Cada uno vive el Jubileo de Diamante de la reina de Inglaterra a su manera. A mí me están conmoviendo enormemente los desfiles de las abigarradas e históricas tropas de la soberana que se desarrollan día sí día no y que sigo como puedo por televisión e internet http://www.bbc.co.uk/news/uk-18132607  y http://www.bbc.co.uk/news/uk-18112625 : son impresionantes aunque echo a faltar de momento a los lanceros de Bengala y a los Guías de la frontera con sus efluvios de Peshawar. El acto central de las celebraciones  desde mi punto de vista va a ser este domingo el Thames Diamond Jubilee Pageant (!), que es como un solemne paseo en barca que reunirá la mayor flotilla británica jamás vista desde Dunkerque, pero con fines menos angustiosos y mucho más festivos, y sin Stukas. Un millar de embarcaciones de todo tipo -ciertamente no se esperan muchos dhows árabes-, seguirán a la barca real (el crucero para turistas The spirit of Chartwell ataviado para la ocasión) por el Támesis cruzando bajo los 13 puentes del centro de Londres, de Battersea Bridge a Tower Bridge, en una pinturera comitiva. La singladura será  amenizada por la música de diferentes formaciones flotantes, incluida la banda de los Royal Marines, que por supuesto no dejarán de interpretar, aparte de Rule Britannia, hits acuáticos como Gibraltar, Jolly Roger, Piratas del Caribe y la insoslayable Water music de Haendel. Según el programa, que no tiene desperdicio, al pasar frente al Memorial de la RAF tocarán The Dambusters y al hacerlo ante el edificio del MI5 música de las películas de James Bond. Sin embargo parece que aunque estamos en el centenario nadie interpretará la banda sonora de Titanic… 

Se calcula que a bordo de las embarcaciones, que incluyen 265 a remo, viajarán 20.000 personas y serán muchísimas más las que contemplarán el magno espectáculo en el que no faltarán algunos barcos y barcas históricos con gente disfrazada. Yo no podré estar ahí y mira que me encantaría figurar como ambiguo remero de Cambridge  con Blunt, Philby y los otros chicos, o de marinero del Exeter cosido a cañonazos del Graf Spee. En fin como les decía, cada uno celebra el Jubileo según sus posibilidades y yo lo hago recordando el papel que jugó en la entronización de Isabel II uno de mis personajes favoritos, el matador de fieras Jim Corbett.  Fue el suyo un papel pequeño pero tan entrañable y valeroso que para mí vale tanto o más que los desfiles de las tropas o la boga de tanto bote.

TREETOPS Jim Corbett portrait
Corbett (Naini Tal, India, 1875-Nyeri, Kenia, 1955), recordarán, era un británico de la India que con su certero rifle libró al mundo de animales tan desagradables como el tigre de Champawat y el leopardo de Panar, que entre los dos se comieron a 836 personas, que se sepa. Fue por supuesto el hombre que cazó al evasivo y peligroso leopardo de Rudraprayag , que mató a 150  personas y cuyo alarmante caso llegó desde las boscosas colinas del norte de la india hasta el parlamento británico. En los relatos de sus peligrosas  cacerías de esos y otros monstruos listados o moteados semejantes, Corbett nos ha dejado algunas de las páginas más emocionantes, terribles y hermosas de aventuras en la naturaleza, de la que era un gran amante y conocedor. Yo he devorado sus libros con la misma fruición con que masticaba huesos el demonio manchado del Garwhal: Man-eaters of Kumaon, The temple tiger, The leopard of Rudraprayag, Jungle Lore,  My India (de varios de ellos hay traducción en castellano)Y en coincidencia con la ocasión del Jubileo he conseguido por fin tras varios años de búsqueda el librito que escribió (el último) acerca de aquella memorable ocasión en que coincidió, en febrero de 1952, con la princesa e inmediatamente futura reina.  

TREETOPS PORTADA

Se trata de Tree Tops, apenas 25 páginas (aunque muy ilustradas con encantadores dibujos a plumilla), con otras 11 de sentido prólogo de Lord Hailey, amigo de Corbett, que fue gobernador del Punjab de 1924 a 1928 y realizó luego misiones de supervisión en Kenia en las que advirtió que lo del Mau-Mau pintaba mal. Precisamente fueron los insurgentes keniatas los que propiciaron, por así decirlo, el contacto entre Corbett e Isabel. El cazador y mayor del Ejército Indio, que contaba a la sazón 77 años y estaba retirado en Nyeri, Kenia, tras abandonar su hogar de Kaladhungi después de la partición de la India en 1947, se enteró de la visita principesca al famoso hotel arbóreo Tree Tops, construido sobre  una gigantesca higuera mugumu, y como se encontraba cerca decidió poner su rifle y su conocimiento del terreno al servicio de la seguridad de Isabel en aquellos tiempos turbulentos. No en balde, además de liquidar felinos atroces, había adiestrado a las tropas británicas para la lucha en la jungla durante la II Guerra Mundial. Fue durante la noche de la estancia en el singular edificio cuando falleció en Inglaterra el padre de Isabel, Jorge VI, así que bien pudo decirse que la chica subió princesa al árbol y bajó reina, que ya es rareza. Entretanto, Jim Corbett vigilaba.

Corbett era un buen tipo, aparte de un excelente rastreador y un fine shot, como dicen los anglosajones,  de aquí te espero. Un hombre tranquilo  que nunca molestaba a nadie excepto a los devoradores de hombres. Tenía un miedo irracional a las serpientes, vivía con sus dos devotas hermanas  y no se casó nunca. A su último tigre asesino, el de Thak, lo cazó ¡a los 63 años!

Su relato de los acontecimientos de Tree Tops se abre cuando instalado en la alta plataforma del hotel, adonde le ha conducido la invitación principesca y donde aguarda a la comitiva, observa 47 elefantes y cae en la cuenta de que Isabel y su marido el duque de Edimburgo han de llegar andando por un camino que los conduce directamente hacia la manada, varios de cuyos machos están en el violento celo conocido como musth. “Mi ansiedad iba creciendo”, escribe Corbett, que luego expresa sus muy británicos orgullo y admiración al ver aparecer a la princesa caminando tan tranquila con su bolso (!) y su cámara hasta llegar al pie de la larga escalera de mano que sube hasta Tree Tops.

El viejo cazador describe cómo Isabel se pasa las horas fotografiando animales –algo que a él también le encanta- y tomando té, ofrecido por la señora de la casa, Lady Bettie Walker, para la que el mayor Eric Sherbrooke Walker, propietario de tierras en los alrededores, hizo construir la curiosa y aérea mansión, la apoteosis del sueño infantil de una casa en un árbol. Asiduo del hotel, del que era "cazador residente", Corbett le señala cariñosamente a la princesa a Karra, el babuino al que le falta el labio superior, perdido en una riña; juntos observan un combate a muerte entre dos antílopes. Con el duque de Edimburgo sostienen una conversación sobre el abominable hombre de las nieves a propósito de Eric Shipton, el notable alpinista que siguió sus pasos. El cazador se sorprende de la cantidad de animales que se acercan esas horas a Tree Tops, como atraídos, escribe, por la presencia de la princesa.

Hubo momentos de intimidad: mientras retratan facoceros, Corbett e Isabel hablan apenados de la enfermedad del rey –al que por cierto le encantaba la caza, aunque no tuvo que pedir perdón nunca por ello, claro que eran otros tiempos-, y nuestro hombre señala que la joven nunca imaginó que no volvería  a ver a su padre vivo. Durante la estancia se produce un ominoso incidente al volcar una lámpara de petróleo y pegar fuego a un mantel. Un joven sirviente africano resuelve la situación. Corbett anota cómo apenas dos años después los Mau-Mau pillarán e incendiarán Tree Tops arrasándolo completamente, “y es una conjetura si el joven boy huyó con ellos para convertirse en terrorista o sus huesos se blanquean en algún lugar ignoto de la jungla”. También es verdad que entonces el hotel con tan buenas vistas servía de observatorio a los King's African Rifles en su lucha contra la guerrilla...

Corbett explica con modestia y quitándole importancia cómo pasó la noche de la estancia de la princesa instalado en la escalera vigilando. “He pasado muchas veladas en la rama de un árbol o en un machan para que eso me incomodara, y de hecho fue un placer. Un placer sentir que tenía el honor de guardar por una noche la vida de una encantadora mujer que, con la gracia de Dios, se sentaría en el trono de Inglaterra”. El cazador detecta una vibración en la escalera que achaca a un leopardo, reseña la presencia de hienas y de tres hyrax, un pequeño mamífero insectívoro. Al amanecer, Corbett se lava y afeita y acude al encuentro de la princesa como si nada. 

TREETOPS CORBETT

 

Tras otra jornada de observación y fotos, la comitiva se marcha. Han permanecido en Tree Tops desde las 14 horas del día 5 de febrero a las 10 de la mañana del 6. No es sino al llegar al lodge de Sagana que Isabel se entera de la muerte de su padre, fallecido durante el sueño la noche previa, y de que es de facto reina. Corbett conservará celosamente el recuerdo de aquel tiempo con la princesa hasta su muerte dos años después. Y anotará en el registro de visitantes de Tree Tops las famosas líneas: “Por vez primera en la historia del mundo una joven subió a un árbol un día como princesa y tras haber pasado la que describió como su experiencia más emocionante descendió al día siguiente convertida en Reina. Dios la bendiga”. 

Del relativamente modesto acomodo arbóreo con solo dos habitaciones que encendió mi imaginación infantil en las páginas de un viejo libro de curiosidades y en el que se alojaron Chaplin, lord Mounbatten o Joan Crawford, hoy no queda casi nada. Con su nombre se ha construido en la vecindad un enorme edificio que es el nuevo Tree Tops pero que carece completamente de su poesía. Al final de su librito, que fecha en Nyeri el 6 de abril de 1955, pocos días antes de su muerte, Jim Corbett escribe: “Todo lo queda del árbol y la casa honrados por la princesa Isabel y el Duque de Edimburgo y visitada durante un cuarto de siglo por millares de personas es un tocón muerto y ennegrecido que se alza en un lecho de cenizas. De esas cenizas un día se alzará otro Tree  Tops. Pero para aquellos de nosotros que conocimos el gran árbol viejo y la amistosa casa, Tree Tops se ha ido para siempre”. 

 

Drácula y el Titanic

Por: | 26 de abril de 2012

JACINTO DRACULA TIT 1
¿Drácula y el Titanic? Imagino alzarse más de una ceja.  Ah, pero hay elementos que unen a ambos, al famoso vampiro y al no menos célebre buque hundido. De entrada la coincidencia este año entre el centenario del hundimiento del trasatlántico y el de la muerte del autor de la novela que inmortalizó al transilvano conde de largos colmillos. El Titanic, como saben, se fue a pique el 15 de abril de 1912, y Bram Stoker expiró (con 64 años, seguramente de sífilis) muy poquito después, el 20 de abril, precisamente el día en que empezó la investigación oficial sobre el desastre marítimo. Stoker recibió la sensacional noticia del hundimiento del buque insumergible en su dormitorio el mismo día 15 de boca de su  esposa, Florence Balcombe, una atractiva mujer hija de un teniente coronel  y que había sido cortejada previamente por Oscar Wilde, antes de que este surcara otros mares por así decirlo.

La esposa de Stoker, a la que se recuerda por haber tratado de destruir todas las copias del Nosferatu de Murnau furiosa porque el cineasta no había  pedido permiso para plagiar el argumento de la novela de su marido en su película, irrumpió excitadísima en la habitación del postrado Bram con las (malas) nuevas del Titanic y ambos recordaron la experiencia de la propia Florence con los naufragios.  Efectivamente, la esposa y el hijo de Stoker, entonces de 9 años, estuvieron a punto de perecer cuando el vapor Victoria en el que viajaban junto a otros 120 pasajeros y tripulantes chocó contra unas rocas ocultas por la niebla a la altura del faro de Cap d’Ailly a las tres de la madrugada del  13 de abril de 1887. El farero se había quedado dormido y no encendió la luz. Se ahogaron veinte personas, 14 en el pánico desatado al bajar el primero de los cuatro únicos botes salvavidas, cada uno con capacidad para ocho o nueve personas. Florence y el pequeño Irving Noel consiguieron sitio en el tercero. Un bote entero partió solo con hombres, pues no hubo ninguna orden tipo “mujeres y niños primero”. Lo cual evitó, viéndolo por un lado positivo, los muchos malentendidos del Titanic.

La mujer y el hijo de Stoker pasaron 12 horas en el mar hasta desembarcar en Fécamp, adonde la familia Stoker peregrinó luego muchos veranos para conmemorar el rescate. A Bram Stoker, la noticia del hundimiento del Titanic le hizo recordar a su alter ego en su novela The Man –Harold Han Wolf-, que salva a pasajeros de un barco que se hunde saltando para rescatarlos al agua helada.

     JACINTO DRACULA MAX
Todo esto les puede parecer poca relación. Pero a Stoker le interesaba mucho el mar en su aspecto destructivo y tormentoso, góticamente sublime. Cerca de una cuarta parte de las fuentes identificadas para Drácula  -no me lo invento, lo apunta Barbara Belford en su biografía de Bram Stoker (Knopf, 1996), para mí la mejor- tienen que ver con supersticiones del mar, incluidas Henry Lee’s sea fables explained and Sea Monsters unmasked y Legends and superstitions of the sea and sailors, de Fletcher  (!) S. Bassett.  Uno de los episodios fundamentales de Drácula por supuesto ocurre en el mar y acaba en naufragio: el de la pequeña goleta Demeter procedente de Varna que traslada los ataúdes del conde a Inglaterra y que se estrella contra la arena cerca de la escollera conocida como Tate Hill Pier en Whitby. Recordarán que el capitán del barco, el único a bordo (de los cinco marineros, dos suboficiales y el cocinero, ni rastro, brrrr),  estaba atado muerto a la rueda del timón. Stoker se basó en un naufragio real que investigó a fondo, el de el schooner ruso Dmitry procedente de Narva (sic) embarrancado en el mismo lugar que la ficticia Demeter el 24 de octubre de 1885 (me encantan estas deliciosas relaciones entre barcos reales e imaginarios: Conrad hizo lo mismo con los de sus novelas, empezando por el Patna). 

      JACINTO DRACULA COPOLA
Pero ya les he hecho esperar mucho con estos prolegómenos. Vamos al grano. Efectivamente, hay una relación directa entre el conde Drácula y el Titanic. En la simpática y llena de guiños secuela de Drácula que en 2009 escribió el sobrino bisnieto de Bram Stoker, Dacre Stoker, Dracula the Undead (publicada en España por Roca), Quincey Harker, el hijo del vampiro y Mina Harker (sí, han pasado muchas cosas desde aquella velada en Borgo Pass) sube a un enorme transatlántico que se dispone a partir hacia Nueva York en su viaje inaugural. Viaja en la cubierta B en primera clase y lleva con él dos grandes cajas  que van a parar a la bodega del barco. Por supuesto adivinan el nombre del buque: Titanic.   

      Recordando el pasaje me he puesto en contacto con Dacre –que debe su nombre a un antepasado, Henry Hugh Gordon Dacre Stoker, el valeroso comandante del AE 2 un submarino que en la I Guerra Mundial forzó el paso de los Dardanelos (véase Stoker’s submarine,Harper Collins, 2003) : ¡Drácula y los submarinos, madre mía!- para comentar la jugada. El amable escritor, que en su momento me dedicó su libro con un inquietante “He returns”  y su rúbrica en forma de colmillos, me ha enviado información complementaria sobre el asunto de la relación entre Bram Stoker, Drácula y el Titanic para chuparse los dedos. Vean, vean.

     Bram Stoker escribió un artículo http://bramstokerestate.com/The-Worlds-Greatest-Shipbuilding-Yard-Bram-Stoker2_2.html ¡sobre los mismos astilleros de Belfast en los que años más tarde se construiría el Titanic! “Y qué decir”, añade Dacre, “sobre la coincidencia de que el barco de rescate que salvó a los náufragos del transatlántico se llamara Carpathia”, la región donde se alzan los Cárpatos, los montes de la Transilvania de Drácula. 

      Dacre, como hace unos días en un artículo en este mismo diario el camarada Manuel Rodríguez Rivero (estoy por denominarlo hermano de sangre, visto el tema), reivindica apasionadamente la memoria del autor de Drácula frente a las conmemoraciones del Titanic. “Me parece irónico”, me escribe, “que incluso cien años después la gente siga alborotándose con ese desastre marino, un fracaso en realidad, mientras hay que hacer un gran esfuerzo para que descubran la interesante vida de Bram Stoker”.  Yo he asentido, confiando en que el joven autor no descubra cuántas páginas llevo escritas del barco, incluidas estas.

     Déjenme añadir que la idea de juntar a Drácula y el Titanic me parece tan jugosa que me extraña que no haya sido ya aprovechada por alguien más.

      En la tesitura, como no encontraba nada mejos, pensaba escribirles yo mismo alguna cosa, no sé, un relato en el que Drácula viajase en el Titanic y provocara la extrañísima situación atmosférica en la que parece que se encontró el buque y que provocó que el iceberg pasara desapercibido hasta la colisión. El conde claro iría en primera, saldría solo de noche mezclándose muy elegantemente vestido con los Astor, Straus, Widener o Guggenheim, y se alimentaría de pasajeros de tercera y de alguna dama de alcurnia. ¿Porqué no imaginar que el Titanic lo hundió Van Helsing –pongámoslo también a bordo, ea- para acabar con el vampiro?: si, un poco bestia el remedio, pero el doctor no se anda con chiquitas, pregúntenle a Lucy Westenra-.

Teniendo en cuenta que según la tradición, los vampiros no pueden cruzar por sí mismos  brazos de agua, tan purificadores (recuerdo una película en la que el chupasangres de turno (re) moría al tomar una ducha), debemos suponer que si no consiguió subir a un bote salvavidas, cosa difícil de hacer con un ataúd a cuestas y con tantas mujeres haciendo cola, Drácula, inmortal si no le aplicas los contundentes remedios anti vampíricos tradicionales, debe seguir ahí abajo, en los restos hundidos del Titanic, a los que, a cuatro kilómetros de profundidad no llega ni un rayo de luz. Estará aburrido en su oxidado castillo submarino, chupando anémonas y esperando a algún desprevenido visitante tipo Jonathan Harker. Y entonces, aparece James Cameron… ¡Qué argumento señores!, solo me falta encontrar papel para Bela Lugosi.

     JACINTO DRACULA titanic-hundido
Desgraciadamente, he hallado una novela que junta vampiros y la tragedia del Titanic –nada nuevo bajo el sol (!)-. Se llama precisamente Carpathia, es de este mismo año y la firma Matt Forbeck, autor de The Marvel  Encyclopedia y The complete idiot’s guide to drawing manga, que no serán grandes títulos pero resultan simpáticos. La novela coloca a un grupo de descendientes de los personajes de Drácula a bordo del Titanic, les hace vivir el naufragio y ser rescatados por el Carpathia solo para encontrase que hay vampiros a bordo…

     Para acabar dejen que les recomiende mi novela de vampiros favorita –con permiso de Salem’s Lot de Stephen King,- Sueño del Fevre, del ahora aclamado por su serie Canción de hielo y fuego George R. R. Martin y que ha republicado Gigamesh (la edición original es de la vieja Acervo editorial). Sueño del Fevre, de la que han bebido muchas de las fantasías vampíricas modernas, crepúsculos incluidos, es una preciosa novela de vampiros, terror y amistad, sobre todo de lo último, escrita por un Martin en estado de gracia y que transcurre… en un barco.

Martinfevredream

El correo del Zar

Sobre el blog

Las noticias e historias que cabrían en el portapliegos (sabretache) de Miguel Strogoff - y no olvidemos que además de ser visceral y romántico el correo del zar de la novela de Julio Verne pasa mucho rato ciego -. Aventuras de toda clase y especie, hechos extraños, sucesos extraordinarios, exploraciones, gestas universales e íntimas, grandes y pequeños personajes - valientes y cobardes (más de estos), fieles y traidores-. Arqueología, historia natural, historia militar, obras de teatro, películas, esgrima, rugby, arquería y todo aquello que pueda conmovernos tratado con pasión y algún punto de humor e ironía.

Sobre el autor

Jacinto Antón

es redactor de cultura de El País desde hace 27 años. Ganó en 2009 el primer Premio Nacional de Periodismo Cultural que concede el Ministerio de Cultura. Es autor de Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias (RBA, 2009). Presenta el programa de TVE "El reportero de la Historia".

Eskup

Archivo

abril 2013

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
1 2 3 4 5 6 7
8 9 10 11 12 13 14
15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28
29 30          

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal