Tal día como hoy más o menos -es imposible estar seguros de la fecha exacta: no sobrevivió nadie para contarlo- moría hace un siglo en su lejana tumba de hielo flanqueado por sus compañeros el capitán Robert Falcon Scott, el gran perdedor del Polo Sur. En estas agitadas jornadas de recién estrenada primavera y rescoldos de huelga, cuando parece que deberíamos concentrarnos en otras cosas, no puedo dejar de pensar obsesivamente en el postrado explorador y en sus últimos momentos. Le imagino agonizante en su ajada tienda azotada por la ventisca de una manera que debía sugerirle -aunque era agnóstico- el batir de las alas de un ángel del destino enviado a recoger su alma desdichada y fría. Nunca lo he sentido tan cerca, a Scott. La semana pasada dejé unas flores y un cubito de hielo como ofrenda bajo su impresionante estatua en Waterloo Place en Londres (cerquita de la de otro héroe congelado, sir John Franklin). Su sepultura en la Antártida me pilla algo lejos.
Desde hace años me había vuelto muy crítico con el capitán, a tono con la moda imperante en los últimos tiempos –yo siempre me acerco al sol que más calienta, y valga el tropo- que consistía bastante unánimemente en echar pestes de él y cantar las excelencias de su colega sir Ernst Shackleton y de los exploradores noruegos Nansen y Amundsen. El pasado día 15 de diciembre celebramos –yo en Oslo, enarbolando una bandera y dándole al gin-tonic- la conquista del polo por Amundsen. Era justo, Amundsen fue el primero en llegar allí y lo hizo en una asombrosa demostración de pericia esquiadora, conocimiento del terreno y riesgo calculado, por no hablar del pragmatismo de comerse a sus perros. Vino luego la fecha del 17 de enero, el centenario de la llegada del propio Scott y su grupo al Polo Sur. No parecía que hubiera mucho que celebrar. Alcanzar aquellas latitudes no está al alcance de cualquiera, ni siquiera hoy, pero llegar segundos, ¡y siendo británicos!, ¡bah! Scott tragó mucha quina (como también lo hizo, desde lejos, Nansen: ambos consideraban que el polo era cosa suya) y emprendió la marcha de regreso después de posar, con sus cuatro compañeros, para la foto más triste y depresiva de la historia. Tras perder por el camino a dos camaradas, Evans, fallecido tras enloquecer de cansancio, frío y escorbuto (añádase un golpe en la cabeza al caer en una grieta) y Oates, que se dejó morir en la intemperie para dar una posibilidad a los otros, los tres exploradores restantes acabaron metidos en su tienda, incapaces de continuar su ruta de regreso y salvarse.
La mayoría de los historiadores polares, con Roland Huntford, némesis de Scott, a la cabeza, coinciden hoy en reprochar al jefe de la expedición su mala planificación, su pésimo liderazgo y una tendencia a la melancolía y la autocompasión que contribuyeron a redondear el fracaso y la tragedia. Como lo hizo el pensar que tirar de un trineo era más noble que ir subido. Ya en 1985, Trevor Griffiths, el primer popularizador del paradigma oscuro de Scott, el contra mito, anotó estos defectillos del capitán: convencional, miedoso, inestable, vacilante, manipulador, malhumorado, irracional, reservado, mal dotado (?), sin carisma… Y ahora que levante la mano quien no se sienta identificado, ni que sea un poco.
A Scott se le ha acusado no solo de ser el causante de su muerte y de la de los hombres a su cargo, sino de haber incluso provocado ese desenlace como fórmula de expiación por el fracaso y, aún más grave, como una manera de trascenderlo y sublimarlo en gloria (póstuma). Ya no que no puedes ganar, se habría dicho Scott, mejor no volver y devenir leyenda heroica por la vía del autosacrificio. El último clavo en el ataúd de nuestro hombre parecía haberlo puesto el propio Huntford al publicar los diarios comparados de Scott y Amundsen (Race for the south pole, Continuum, 2010) y demostrar la ineptitud del primero con sus propias anotaciones.
En fin, que yo estaba tan tranquilo con mi (mala) opinión de Scott cuando me enfrasqué hace unos días en un vuelo de avión -ocasión que aprovecho siempre para leer de personajes desdichados- en la biografía del explorador que ha escrito David Crane (autor de la de Trelawny, el aventuro amigo de Byron y Shelley), Scott of the Antartic, saludada como la definitiva. Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con un libro pro-Scott, que incluso pone en cuestión que su mujer Kathleen se la pegara a su marido con Nansen, que ya es que te tiren los hombres fríos. Crane afirma que no está probada la consumación del adulterio pese a reconocer que el noruego y la mujer del capitán se alojaron en la misma habitación en un hotel de Berlín: no sería para jugar al parchís, digo yo.
En cuanto a Scott, el biógrafo nos lo acerca como nunca, deshelándolo, por así decirlo, y restaurando su humanidad. Se abona además a la vieja teoría de que fueron las extremas e impredecibles condiciones climatológicas lo que en última instancia decidió la suerte fatal del grupo. De la vida del explorador antes del polo como la cuenta Crane déjenme destacar que el abuelo del personaje fue capitán de la Royal Navy y mandó el HMS Erebus (¡toma casualidad!), que su padre era dueño de una fábrica de cerveza –el sueño de un adolescente- y que Scott, como una amiga mía que no es exploradora polar precisamente, no podía ver la sangre, pues le provocaba mareo y náuseas. ¡Vaya héroe!, se dirán.
El capítulo más apasionante del libro es el último, claro, se titula elocuentemente Ars moriendi y lo leí en el cielo entre turbulencias, sobrecogido. Scott era bien consciente de haber metido la pata. Su planificación del ataque y sobre todo de la retirada del Polo Sur se había demostrado no solo errónea sino letal. Él y sus hombres llevaban días consumiendo la mitad de las calorías que necesitaban para empujar el trineo. Lo cual, además, les hacía sentir con más intensidad el frío, aunque uno se pregunta cómo se puede sentir con más intensidad los cuarenta grados bajo cero. El parte de daños era cada día más escalofriante: a Evans se le congeló la nariz, a Oates, un pie, a Wilson le torturaban los ojos. Edgard Evans colapsó el primero. Enloqueció. Pérdida de peso, deshidratación, falta de vitaminas, hipotermia, primeros estadios de escorbuto… Cuando murió, el 16 de febrero de 1912, la partida llevaba 110 días de viaje en medio de los parajes más terribles y desoladores de la Tierra. No consta qué hicieron sus compañeros con el cuerpo, sin duda le dieron cristiana sepultura pero la tumba no se ha hallado.
Tras otras jornadas indecibles, el siguiente en caer fue Oates. A mediados de marzo –el 15 o el 16-, consciente de que estaba al final de sus fuerzas y para no ser una carga, abandonó la tienda en plena ventisca y sin abrigo despidiéndose con su famoso “I am just going outside and may be some time”, frase que tiene su miga cuando no te vas a pasear por Picadilly precisamente. Como el de Evans, el congelado cuerpo de Oates no ha sido encontrado (aunque sí los calcetines): quién sabe si aparecerá algún día, al igual que apareció el de Mallory en el Everest. Una muerte de gentleman, sin duda, pero no por ello menos muerte. A los tres restantes no les iba a ir mejor. Pocos días después, siendo incapaces ya de avanzar más, se encerraron en la tienda en el que resultó ser su campamento para la eternidad. Scott tenía el pie tan mal que solo podía esperar una amputación. Decidieron, según consta en el diario del capitán, que morirían por causas naturales y no se suicidarían.
“El final está muy cerca”, escribe Scott el día 12 o 13. El 29 de marzo, apunta que están cada vez más débiles y: “Es una pena, pero no creo que pueda escribir más”. La última entrada no está datada: “Por Dios, cuidad de los nuestros”. Así que la muerte debió producirse uno de los dos últimos días de marzo o en los primeros de abril.
Los tres, Scott, Wilson y Bowers escribieron cartas de despedida. Podemos imaginar que el ambiente en la tienda era más bien fúnebre, pero también tenía algo de sublime: tres hombres en el helado patíbulo polar mirando a la muerte a los ojos. Scott miraba también a la posteridad. David Crane recalca el especial coraje del capitán, que como agnóstico no podía encontrar el consuelo religioso de sus dos compañeros. La separación de su mujer y su hijo de dos años sería para siempre.
Pese a la desesperación, el frío, el dolor y el hambre –que el capitán describe someramente : “Estamos en un estado desesperado, pies helados, etcétera” (¡lo que cabe en un etcétera!)-, Scott escribió cosas admirables, en un registro que va de lo tierno a lo heroico y que alcanza alturas shakespearianas. Esos escritos no se yo si lo exoneran pero vive Dios que lo presentan como alguien ejemplar en el morir, y con buena pluma. A Kathleen: “No he sido un muy buen marido, espero ser un buen recuerdo”. “Debes saber que el peor aspecto de esta situación es el pensamiento de no volver a verte”. “Haz que el chico se interese en la historia natural si puedes, es mejor que los deportes” (lo consiguió: Peter Scott fue un gran naturalista e incluso bautizó científicamente al monstruo del lago Ness, para delicia de los criptozoólogos). A su amigo John Barrie, el creador de Peter Pan: “Estamos demostrando que los ingleses aún pueden morir con espíritu audaz, luchando hasta el final”. A su madre: “Encuentra consuelo en que he muerto en paz con el mundo”. “No tengo miedo”. “Desearía poder recordar que he sido un mejor hijo, pero pienso que sabrás que has estado siempre en mi corazón”. “Por mí mismo no soy infeliz. Pero por Kathleen, por ti y el resto de mi familia mi corazón está muy dolorido”.
En su mensaje dirigido al público británico, Scott escribió: “De haber vivido, hubiera tenido una historia que contar de la osadía, resistencia y coraje de mis compañeros que habría conmovido el corazón de todo inglés. Estas pobres notas y nuestros cuerpos muertos pueden relatarla”.
No los encontraron hasta noviembre, ocho meses después. La tienda estaba cubierta de nieve. Yacían en sus sacos de dormir, Scott en medio. El frío había vuelto sus pieles amarillas y vítreas. Los rostros presentaban severas congelaciones. Según un miembro de la partida de búsqueda, Wilson y Bowers exhibían semblantes plácidos, como si hubieran muerto durmiendo, pero Scott, que se cree fue el último en fallecer (¡qué solo debió sentirse!), parecía haber luchado duramente en el momento del traspaso, signifique eso lo que macabramente signifique. Tras retirar los diarios, cartas y varios objetos que luego se han vendido como preciadas reliquias (la última galleta hallada junto al cuerpo de Scott la adqurió por 4.000 libras el explorador y biógrafo del capitán Sir Ranulph Fiennes), se decidió abatir la tienda y cubrirla como improvisado mausoleo, coronado por una cruz hecha con dos esquís. Más tarde se colocó una cruz encima del montículo.
Se ha calculado que con la deriva de la Plataforma de Hielo de Ross, donde está la tienda con los cuerpos, la improvisada tumba se encuentra hoy a 48 kilómetros del punto original (y bajo 23 metros de hielo). Dentro de 275 años llegará al mar de Ross y quizá el mausoleo acabe flotando encastado en un iceberg.
Por un lado es triste pensar que Scott se aleja del Polo Sur. Por otro es excitante imaginar que de alguna manera se junta con la leyenda del Titanic (!). No hay que olvidar que ambas tragedias, la del explorador y la del barco, que se hundió el 15 de abril de 1912, apenas un par de semanas después de la muerte de Scott, sucedieron muy próximas en el tiempo (aunque la noticia del deceso del capitán no llego a Gran Bretaña hasta meses después). De hecho, la ceremonia fúnebre por los ahogados del Titanic y por los exploradores se celebró en el mismo lugar en Londres, la catedral de San Pablo, e incluso cantó el mismo coro: eso si que es rentabilizar.
Dejemos ahí, junto a un recuerdo por Scott, la extravagante imagen de un barco chocando en un futuro contra el iceberg que porta en su blanco seno el cuerpo congelado del explorador.
Por mi parte, mis profundos respetos, capitán. Quién pudiera decir que ha redimido sus limitaciones, sus pecados y sus errores de tan noble manera.
Hay 23 Comentarios
, perfecta de principio a fin, parece un merecido paseo entre prados en primavera, mérito de su planificación y preparación, y se ha celebrado en abundancia.
La de Scott es la de la devastación y el sufrimiento, de los que nunca se escondieron unos hombres irrepetibles; ésto también merece s
Publicado por: chat | 19/02/2013 1:38:43
e para su éxito en el Polo Sur.
Hoy todo esto parece bastante conocido, pero entonces hacía falta genio e ingenio y unas dotes de planificación excepcionales. Y pienso que tambi
Publicado por: sohbet odaları | 19/02/2013 1:38:03
Tal vez podrían haber sobrevivido si hubiesen llevado ropa de abrigo de estilo inuit, o quizá si hubiesen seguido una mejor dieta, o si hubiesen sido mejores esquiadores o si hubiesen viajado con menos peso.
Publicado por: sohbet | 19/02/2013 1:37:46
huhuuh tesekkür admins
Publicado por: cinsel sohbet | 19/02/2013 1:36:59
thank goood admins
Publicado por: cinsel chat | 19/02/2013 1:36:11
Los revisionistas han argüido que al otorgar el mando de la Expedición Discovery a Scott, se habían sobrevalorado sus capacidades, ya que no era más que un relativamente joven oficial de torpedos, sin ninguna experiencia en el Antártico.
Sin embargo, fue el método empleado para la travesía a pie el que recibe las críticas más severas.
La insistencia de Scott en utilizar ponies de Siberia en su primera expedición, para posteriormente optar porque fuesen los hombres quienes arrastraran todo el equipo hasta el Polo, en vez de utilizar trineos tirados por perros.
Scott no buscó el asesoramiento de los indígenas de los climas árticos, los indudables expertos en la supervivencia en un clima tan adverso. Para ser precisos, estas críticas deberían dirigirse a la Royal Navy.
Tal vez podrían haber sobrevivido si hubiesen llevado ropa de abrigo de estilo inuit, o quizá si hubiesen seguido una mejor dieta, o si hubiesen sido mejores esquiadores o si hubiesen viajado con menos peso.
La principal causa del fracaso de Scott fueron las extraordinariamente adversas condiciones meteorológicas que encontró en su viaje. Scott se enfrentó a una meteorología que sólo se da una vez cada cien años, con temperaturas 20° más frías que de costumbre y con ventiscas durante varios días.
El esfuerzo de arrastrar los trineos requería la ingesta de unas 5.000 calorías diarias. La extrema pérdida de peso motivada por el esfuerzo físico redujo también la grasa corporal, y con ella el aislamiento del frío.
Parece que fueron la inanición, el agotamiento, el frío extremo y el escorbuto, las causas de la muerte de Scott y sus hombres.
wk
Publicado por: Felizísima Fortuna | 05/04/2012 2:59:18
El ya nombrado libro de Cherry-Garrard, "El Peor Viaje del Mundo", cuenta también una aventura llena de suspense: algunos ponies se quedan sobre hielo a la deriva y los hombres de la expedición deben llevarlos a tierra firme, perseguidos por orcas acechantes entre los bloques que van saltando...
Publicado por: el viajero impresionista | 03/04/2012 21:11:52
Las célebres imágenes de la expedición son obra del fotógrafo profesional Herbert Ponting. Recientemente en 2011, el sobrino nieto de Wilson ha publicado el libro titulado "Las fotografías perdidas del Capitán Scott" con imágenes inéditas de la expedición tomadas por el propio Scott.
He colgado algunas de ellas en la página de facebook de Vidas entrecruzadas, así como enlaces al premiado film documental "The Great White Silence"
(http://www.facebook.com/pages/Vidas-entrecruzadas/240435899373108)
Publicado por: aranzabali | 03/04/2012 19:15:30
Vuelvo a casa y debo confesar que, durante todo el día, por culpa de Jacinto Antón, no se me han quitado de la cabeza la historia y las imágenes de aquellos heroicos desventurados.
Pero esa foto, en la que nos miran desde cien años atrás Scott y sus compañeros, desde el Polo Sur, como diciendo "¡Ave, lector, morituri te salutant", me ha suscitado una pregunta para el autor del blog: ¿quién era el fotógrafo de la expedición? ¿Lo sabes?
Me imagino con qué cámara tuvo que trajinar durante toda esa epopeya y lo que debieron sufrir sus dedos bajo esos fríos extremos para operar el aparato. ¿Tenía medios para revelar? ¿Cómo se recuperaron las plaquetas?
Pienso que aquel hombre merece también un monumento.
Publicado por: Preocupado | 03/04/2012 18:34:27
Un nuevo cuento: http://cuentosdelizandro.blogspot.com/2012/04/venezuela-2012.html
Publicado por: Lizandro Samuel | 03/04/2012 17:48:19
A todo el mundo le tocan más la fibra los héroes perdedores, pero la verdad es que Scott, con sus manías de grandeza victorianas, la, con perdón, cagó. Llevar ponis al Polo es tan útil como ir sin bolsa al súper. Murieron sufriendo tremendamente y no sirvió de nada. Amundsen sería más soso, pero tremendamente más inteligente y eficaz.
Por cierto, yo también dudo mucho de que la Sra. Scott no "consumara" con Nansen; tienes al marido por ahí correteando cada dos por tres por los hielos y te encuentras con un señor que está más bueno que el Titanic y, vamos anda, seguro que la señora encontró algo mejor que hacer que jugar al parchís.
Y me declaro de Shackelton, aunque me tiren más las exploraciones africanas. ¡Gloria eterna al Capitán Richard Burton, rey de exploradores¡
Publicado por: MJC | 03/04/2012 14:46:37
En una època de ovejas mirando el móvil sin otro incentivo que averiguar que hay de nuevo modelo de algo que comprarse, y consumismo aburrido, esta historia apasiona. De esta pasta estaban hechos los hombres antes. Hoy si alguien tiene incentivo individual es a lo sumo para salir a matar a un colegio. Cuando se acabe el petróleo habrá que pasar por fríos similares con lo puesto otra vez, viene bien saber como abrigarse, a Amundsen nacido en el frío ningún inglés se lo podía llevar por delante. Esta gente amplió el mapa del mundo, aplauso
Publicado por: PAul | 03/04/2012 13:25:00
Muy buen artículo.
Muy bueno e inspirado lo del cubito de hielo.
En cuanto a la expedición Scott, por mucho que se pretenda taparlo con capas de heroísmo, abnegación, sacrificio o espíritu de avenura, lo cierto es que fue un desastre organizativo desde el principio: malas elecciones de material, pésima administración, falta de asesoramiento adecuado, hasta la propia cualificación personal/profesional de Scott para mandar la misma. No es en absoluto de extrañar su fin. Y no basta la mítica para disculpar las chapuzas.
Publicado por: harry Flashman | 03/04/2012 12:35:58
Merece la pena recordar otro episodio igualmente conmovedor, aunque esta vez de final feliz, que tuvo lugar durante la Expedición Terra Nova (segunda y última expedición de Scott a la Antártida). Fue el viaje protagonizado por tres de sus compañeros - Wilson, Bowers y Cherry-Garrard - al Cabo Crozier en busca de huevos de Pingüino emperador. Cherry-Garrard sobrevivió para contarlo en su memorable libro "El Peor Viaje del Mundo" y es, probablemente y junto a la epopeya de Shackleton - la mayor odisea vivida en tierras antárticas en nombre de la ciencia. En sus propias palabras y cuando ya todo parecía perdido: "... fue entonces cuando oímos la llamada de los emperadores".
Publicado por: Miguel Medialdea | 03/04/2012 11:45:01
En la web de www. vidasentrecruzadas.com encontrareis comentarios, debate, fotografías y un bonito relato homenaje al Capitan Oates. Espero que os guste y lo disfrutéis
Publicado por: aranzabali | 03/04/2012 11:30:15
Gonzala, una pequeña precisión: Scott no conquistó la Atlántida. :-) :-)
Publicado por: BC | 03/04/2012 11:19:22
¿Para cuándo otro libro, Jacinto Antón? Seguiremos buscando sus artículos en el periódico o en la web, pero a muchos nos gustaría, con algo de codicia, poseer otro libro suyo.un saludo
Publicado por: Pablo | 03/04/2012 10:36:02
un relato excelente, me ha conmovido
Publicado por: formacion profesional | 03/04/2012 10:31:01
Extraordinaria historia y acertada exposición de una epopeya humana, de un héroe fracasado en su intento, como la mayor parte de los héroes, en los que su final se confunde u oculta el valor de la hazaña, ni más ni menos que la necesidad del espíritu humano del encuentro consigo mismo en su propia y genuina experiencia de la vida.
Sea o no fútil el final del capitán Scott, en su conquista de la Atlantida para el reino británico, sea o no memorable su éjida y el final de su expedición, sea o no ejemplar la suerte de las personas que le acompañaron a la "muerte" o quizás mejor a una aventura temeraria, la metáfora o simil de la realidad actual mundial es sorprendente, el mundo cambiante e inhumano contra la persona o el individuo, sin más razón o condiciones que las puramente espúreas o económicas, los balances contables de banqueros, multinacionales, comercios de toda índole y condición, inversores de bolsa, especuladores e incluso otros negocios menos vistosos y vergonzantes que ahora se me escapan, todos ellos con la connivencia de nuestros gobernantes, están haciendo un mundo y una sociedad invivible y una relación humana imposible e "irrespirable". Hace cada vez más frío para muchas personas en este mundo y quien más quien menos, tiene un miembro familiar o social con "congelaciones" o que pasa necesidad, sino hambre, cada vez quedamos menos gente amable y pretendidamente sana en esta expedición que resulta la vida, hasta que finalmente nos tengamos que entregar en una pequeña tienda, "refugio" a valorar que hemos hecho o consentido hacer con nuestra vida, con nuestras creencias más íntimas, con nuestras familias, amigos y demás personas que constituyen nuestra sociedad, nuestra propia vida y nuestro propio mundo...
Dentro de poco y cada vez más apareceran diarios y blogs como el tuyo, incluyendo la cronología de un "desastre" anunciado y culminado con la connivencia y el beneplácito de los poderosos y "dementes" que dirigen nuestras sociedades y pueblos y que envían expediciones a una vida imposible e inhumana, para mayor gloria "nacional" y para la obtención de mayores ventajas y beneficios a lugares remotos y sin posibilidades de vida, simplemente humana...
Un saludo
Gonzalo
Publicado por: Gonzalo | 03/04/2012 10:18:24
La expedición de Scott ha quedado marcada como un desastre organizativo, pero su valor va mucho más allá por el simple hecho de ser una epopeya humana de las que hace 100 años que no se producen. El sacrificio, la lucha y la tenacidad de unos hombres que, ante un golpe psicológico brutal en una situación precaria y lamentable a su llegada al polo, retoman el camino de vuelta exponiéndose a todo con el único escudo del orgullo británico, deben ser valorados como una auténtica victoria de la dignidad; la misma que hoy escasea.
La historia de Amundsen, perfecta de principio a fin, parece un merecido paseo entre prados en primavera, mérito de su planificación y preparación, y se ha celebrado en abundancia.
La de Scott es la de la devastación y el sufrimiento, de los que nunca se escondieron unos hombres irrepetibles; ésto también merece ser celebrado.
Leer lo que hizo Oates alejándose de sus compañeros para morir es volver a creer en el ser humano. El final de Scott y sus dos compañeros en la tienda, garabateando sin energías, merece ser considerado como el epílogo de una tragedia tan dolorosa que ni el mejor de los guionistas podría haberla escrito.
Con los exploradores sucede como con los equipos de fútbol... yo soy más de Scott, no puedo evitarlo.
Publicado por: Enrique | 03/04/2012 10:13:32
Hoy en día es algo que no tiene reconocimiento alguno. Pero a mí me sigue impresionando el vlor del que pueden llegar a teenr algunas personas. Y el coraje infinito de Scott y los suyos, llevando hasta el final una pelea perdida de antemano me pone los pelos de punta. Gracias Jacinto. La historia de este hombre no debe olvidarse.
Publicado por: kilgore | 03/04/2012 10:05:22
El artículo, junto con la epopeya de Scott y sus hombres que desde hace mucho me acompaña, es enorme, como los corazones de quienes quedaron abatidos por el hielo pero nunca por una posición ventajista ni innoble.
Publicado por: lis | 03/04/2012 9:07:50
Gracias por este artículo sobre Scott y, de refilón, sobre Amundsen. Estas crónicas me retrotraen a las lecturas que me apasionaron de chaval.
Por cierto que hace poco vi un magnífico documental de la cadena Arte sobre como Amundsen se había preparado para su expedición del Polo Sur en su estancia en el Ártico unos años antes, cuando logró pasar en un velero de reducidas dimensiones del Atlántico al Pacífico por "la ruta del Noroeste". Se quedó dos años estudiando las técnicas de los esquimales. Al parecer ese aprendizaje fue clave para su éxito en el Polo Sur.
Hoy todo esto parece bastante conocido, pero entonces hacía falta genio e ingenio y unas dotes de planificación excepcionales. Y pienso que también tenía una generosidad apasionada, pues desapareció en los hielos a la búsqueda de una expedición italiana, la de su rival Nobile (que logró al final volver para contarlo)
¡Un noruego al rescate de los italianos y todos en busca de la gloria! Resulta simbólico en estos tiempos en que la BCE anda ya pensando en si España necesitará ser rescatada para salvarnos de la congelación total de nuestra economía.
Publicado por: Preocupado | 03/04/2012 8:24:43