"Que el poder no te cambie", le decían los simpatizantes la noche del 14 de marzo de 2004 en la sede de Ferraz. Y Felipe González dijo hace poco que Zapatero se ha chocado con la realidad.
José Luis Rodríguez Zapatero está obligado a reinventarse. La crisis se ha llevado por delante su discurso político, el que mantuvo como secretario general del PSOE y líder de la oposición; el de su primera legislatura como presidente del Gobierno y el del inicio de la segunda. Su proyecto se reiniciará en condiciones muy distintas de las que empezó.
La crisis le ha hecho abandonar su discurso de la ampliación de derechos para convertirse en el presidente que lidera las reformas económicas estructurales, según coinciden varios portavoces de grupos de la oposición. "Me cueste lo que me cueste", dijo en el último debate sobre el estado de la nación para explicar que el nuevo Zapatero está dispuesto a inmolarse para sacar adelante las reformas que antes negaba y que ahora no tiene más remedio que hacer.
Empieza otra legislatura en la que Zapatero ya no es portador de buenas noticias, ya no firma leyes como la dependencia que ampliaba el estado de bienestar o leyes de derechos como la del aborto o la de matrimonios homosexuales. Según un portavoz de la oposición, la crisis ha convertido al Zapatero del talante en el Zapatero que busca mostrar firmeza para hacer frente a la crisis, después de un periodo de negar esa crisis. Esa negativa es parte del pecado original que acentúa su desgaste.
Zapatero hacía guiños permanente a la izquierda desde que hace 10 años y ahora tiene convocada una huelga general y no puede acudir a la cita anual de Rodiezmo con la UGT. Esa ausencia resume el cambio de Zapatero.
El otro Zapatero es el que decía que bajar impuestos es de izquierdas. El de ahora está obligado a anunciar subidas de impuestos.
Como presidente del Gobierno apostó por la geometría variable para gobernar, es decir, renunciar a acuerdos estables para pactar cada iniciativa con distintos grupos. Fue un activo durante un tiempo porque le suponía gobernar sin ataduras, pero ahora se ha convertido en su debilidad, obligado a negociar cada día y desgastarse en cada votación. Le toca vivir al día y lo que le queda es sobrevivir o peor aún. En manos de CiU y del PNV queda su futuro político. Ellos pueden decidir cuándo acaba la legislatura.
En el camino se ha dejado jirones como la lejanía de partidos de la izquierda minoritaria, con los que pactó iniciativas sociales y que ahora están enfrentados al Gobierno, según explican cada día Gaspar Llamazares y Joan Herrera.
No parte de cero, porque los grupos con los que tiene que sobrellevar lo que le queda de legislatura, aseguran que exigen más garantías sobre el cumplimiento de los acuerdos. Por ejemplo, porque Artur Mas (CiU) no le perdona que le garantizara que gobernaría en Cataluña y que José Montilla se le anticipara con una reedición del tripartito.
Zapatero mantiene un nivel de ausencia de críticas internas que no tuvo ni Felipe González. Nadie en el PSOE le discute y todos le siguen en el giro de lo queda de legislatura como le seguían antes.
En esa inmolación del "me cueste lo que me cueste", Zapatero, según varios portavoces de la oposición, está dejando de manifiesto lo que indican las encuestas: su caída en la valoración de los ciudadanos.
Las encuestas de Metroscopia para el EL PAÍS y del CIS muestran una caída espectacular de su credibilidad, como consecuencia del giro de su política económica. Por eso, los portavoces de la oposición que aseguran que la legislatura se reinicia, añaden que no empieza desde cero, sino con unos jirones arrancado de la figura de Zapatero.
Y en el aire queda si la inmolación llega hasta su renuncia a ser candidato por tercera vez en 2012. Se admiten apuestas.