Mariano Rajoy no es muy dado a asumir riesgos y si, además, las cosas le van extraordinariamente bien no tiene ninguna necesidad de hacer cambios. Como dijo hace poco, vive en “el lío” por la gestión en La Moncloa, y éste es el único lío que se puede permitir evitar sin que nadie le discuta.
El resultado es el continuismo para uno de los congresos de partido más plácidos que se recuerdan. No hay ningún tipo de disputa interna; no se detecta tampoco debate ideológico; el enorme poder municipal, autonómico y estatal acumulado se traduce en una piñata a rebosar de cargos para todos y no se divisa amenaza exterior al otro lado del espectro político.
Todo es una fiesta y así se traslada este fin de semana. Que el título sea la incorporación de Manuel Cobo a la dirección del partido da idea de la magnitud de la fiesta de Sevilla. En la feria solo existe el aplauso, como corresponde al momento dulce que vive el PP. Rajoy es ahora tan poderoso que ni el intento de Aznar, fiel a sí mismo, de marcarle las líneas rojas tiene sentido. Hará lo que le dé la gana, por mucho que diga su antecesor, porque él tiene mucho más poder que el que Aznar tuvo nunca. Seguro que Rajoy se ríe por dentro cuando le escucha explicarle lo que debe hacer. Con él el PP es casi hegemónico en España, como para que venga a trazarle líneas rojas nadie.
Dolores de Cospedal y Javier Arenas siguen siendo los más poderosos del partido. Como todo va bien, se acepta que se sea a la vez número dos del partido y presidenta autonómica y el líder andaluz no solo resiste como el último mohicano del aznarismo, sino que sigue siendo uno de los más poderosos en el PP. Fue activo dirigente de las juventudes de UCD, albacea de la herencia que Aznar repartió en la famosa reunión de 2003 con Rajoy, Rato y Mayor Oreja y ahora sigue siendo el pilar básico del PP. Lo será aún más si conquista Andalucía el 25 de marzo.
Era obligado el relevo de Ana Mato y es nueva su sustitución por Carlos Floriano. El ex líder del PP extremeño pertenece al equipo de Soraya Saénz de Santamaría en el Congreso. Trabajó con ella en la sombra en el grupo parlamentario y su nuevo cargo refuerza el poder enorme de la vicepresidenta. En el resto del aparato apenas hay cambios.
Hay un capítulo aparte para el Valle de los Caídos, en el que destaca Esteban González Pons. Ha pasado de una vicesecretaría a otra, pero pierde la presencia en los medios y, en definitiva, sigue siendo maltratado por Rajoy. En la anterior legislatura se partió la cara por el partido, sobreactuó para hacer de pararrayos que absorbiera las polémicas y Rajoy no se lo agradece. Se completa la humillación porque Floriano, amigo suyo pero que trabajaba a sus órdenes, tendrá más poder aún que él. Está todo repartido y no le toca ni la pedrea, después de ser ministrable, posible sustituto de Camps o hipotético portavoz parlamentario.
Los líderes no tienen corazón y en la piñata, González Pons se queda sin caramelo.