Keith Haring, el embajador de los malditos, sube a los altares

Por: | 21 de mayo de 2013

Keith Haring por Javier Porto
Keith Haring fotografiado por Javier Porto el 28 de julio de 1984, en el estudio de Mapplethorpe.

“El público tiene derecho al arte. El público es ignorado por la mayor parte de los artistas. El público necesita arte. Y es una responsabilidad para todo aquel que se proclama artista el comprender que el público tiene necesidad de arte y no limitarse a hacer un arte burgués para unos pocos privilegiados ignorando a las masas. El arte es para todo el mundo”. La reflexión es de Keith Haring (1958-1990), el artista que, a través de sus graffiti, pintados compulsivamente con tiza, pintura y pinceles (a los que rompía el mango para convertirlos en prolongaciones de sus dedos) en los pasillos del metro de Nueva York, alcanzó a millones de personas y desde allí extendió su visión a todo el mundo. No fue un pintor político; pero democratizó el arte; hizo de las calles su lienzo. Las cubriría con inmensos murales. De Manhattan, del East Village, de la miseria, el crack y el underground anterior a la era del alcalde Giuliani, saltaría a las doradas galerías de Leo Castelli y Tony Shafrazi, abarrotadas de celebrities, en cuyas paredes industriales se habían colgado obras de los más grandes de postguerra: Cy Twombly, Jackson Pollock, Willem de Kooning, Richard Serra o Francis Bacon. Y, desde allí, Haring despegaría hacia la Documenta de Kassel, Barcelona, Mónaco, Brasil, Chicago, Londres, París, Pisa. A las enormes esculturas de acero y las cerámicas decoradas con sus obsesiones urbano-tribales y su mundo paralelo. A crear un poderoso merchandasing con tiendas propias en torno a su inimitable trabajo. Y, por fin, de allí, a la inmortalidad. Quizá demasiado pronto.

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Primo Levi fotografiado en los años 80.

Algunos grandes relatos de no ficción (no tantos), han desnudado ante el mundo con la colaboración necesaria de sus lectores (a veces no demasiados), las miserias ocultas de la historia contemporánea. Los genocidios, los éxodos, las masacres, las dictaduras. La mayoría de las veces, sus autores no eran periodistas. Eran escritores. O aspiraban a serlo. Normalmente eran jóvenes y no tenían vocación de mártires. Pero en medio de una situación límite, cuando todo estaba en contra; cuando no podían dar un paso más; envueltos en hambre, frío, tristeza, terror y desesperación, se comportaron como reporteros. Esos testigos de la realidad tuvieron la obsesión de contar a las personas las cosas que interesan a las personas. Mostrar la verdad. Con su crudeza. Sin aspavientos ni grandes declaraciones políticas. Con humildad. Pacíficamente. Con las armas del reporterismo; documentándose, recogiendo testimonios; contrastando; describiendo la realidad que les rodeaba; intentando informar y también formar. Pensando en cada lector (uno, individual e irrepetible) como destinatario de sus revelaciones y denuncias. A partir de cada uno de esos destinatarios pretendían construir una cadena que condujera su mensaje a cada rincón del planeta para que la humanidad nunca olvidara lo que nunca hay que olvidar. Querían que tanto sufrimiento e injusticia jamás volviera a ocurrir. Y, para conseguirlo, había que mostrar la realidad. Ese afán daría sentido a su vida. En ese sentido, dos de los dos más grandes denunciadores de la historia han sido Aleksander Solzhenitsyn y Primo Levi. Dos nombres que ya forman parte de la conciencia crítica de la humanidad. Y, además, supieron relatar su calvario de una forma (literaria y periodística) magistral. 

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Visitando a Madame Sarkozy

Por: | 07 de mayo de 2013

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Carla Bruni fotografiada en 2003.

No está bien fusilar los títulos de los reportajes a los compañeros de oficio. Cuando son estrellas, ese hurto aún tiene un pase. La copia puede contener un guiño de respeto y veneración hacia el plagiado. Al menos, eso pensé yo en el verano de 2008, tras entrevistar en su hogar parisiense a Carla Bruni, modelo, cantante y esposa del presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy . El artículo, portada de El País Semanal el 20 de julio de ese año, llevaba por título Visitando a Madame Sarkozy. El original, Visitando a Mrs Nabokov, era obra del escritor Martin Amis, que había realizado a finales de los 80 un artículo sobre Vera Slonim, la viuda (compañera, traductora, editora e inspiración) del novelista Vladimir Nabokov, a la que había entrevistado en el Montreux Palace, el hotel suizo estilo belle époque solo para inquilinos muy ricos donde la pareja vivió las dos últimas décadas de su vida.

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El día en que le cortaron la cabeza al periodista Daniel Pearl

Por: | 01 de mayo de 2013

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Las cuatro imágenes de Daniel Pearl enviadas pos sus secuestradores en enero de 2002.

Este 2013, el reportero Daniel Pearl hubiera cumplido 50 años. Y, en estos mismos días, se cumplen diez desde que el filósofo-reportero-bonvivant Bernard-Henri Lévy describió en un extenso relato que mezclaba sabiamente la literatura y el periodismo, el oscuro y terrible camino de Pearl hasta al cadalso a comienzos de 2002, y su sacrificio ritual a manos del integrismo islámico, en un momento en que Estados Unidos (secundado por la OTAN) acababa de invadir militarmente Afganistán, con la Zona Cero de Manhattan aún humeante, y las calles del mundo musulmán convertidas en un extendido y violento clamor diario a favor de Osama Bin Laden y el régimen Talibán y en contra de Occidente. Se estaba desatando la yihad, la guerra santa contra el infiel. Osama aún permanecía oculto en Tora Bora antes de recluirse en Abbottabad. Parece que han pasado mil años. En esos mismos días, Daniel Pearl llegaba a Pakistán, el Estado que había dado soporte teológico, ideológico y educacional al régimen talibán afgano a través de miles de escuelas coránicas financiadas por los Estados del Golfo Pérsico y también por la CIA, dentro de su estrategia de desestabilizar a la URRS en Afganistán en la década de los 80.

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La última jornada de reflexión de Santiago Carrillo

Por: | 14 de abril de 2013

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 Santiago Carrillo en su domicilio el 19 de noviembre de 2011. Fotografía de Sofía Moro.


“A  lo que más se parece la vida de un revolucionario es a la de un delincuente internacional. Ese fue mi papel en los años cuarenta y cincuenta; era un hombre sin sombra; me moví sin parar desde Francia a Japón, Argentina y Brasil; y desde Estados Unidos a México, Argelia, Yugoslavia y Moscú. En París, en 1940, durante la ocupación, me hacía pasar por un chileno de buena familia al que le había sorprendido la II Guerra Mundial. Iba con un abrigo de piel y un gran sombrero. Siempre con distintas identidades y documentación falsa. Éramos comunistas, revolucionarios, agentes del Komitern; era nuestra vida y nuestro trabajo. Y eso estaba por encima de la familia o los amigos. Era nuestra misión. Terminabas acostumbrándote”. Me relataba con su legendaria retranca en su domicilio madrileño Santiago Carrillo, a punto de cumplir 96 años, la mañana del 19 de noviembre de 2011. Aquel sábado frío y soleado era la jornada de reflexión previa a las elecciones generales. Por si fuera poco, era la víspera del 20-N. Hacía 36 años que había muerto el general Franco, el dictador que le proscribió de España durante décadas. “Me robó los mejores años de mi vida”.

 

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El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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