Momentos embarazosos. El milagro de Sor Verónica Berzosa

Por: | 08 de febrero de 2013

 

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En el peor de los escenarios, durante la elaboración de un reportaje, un periodista puede enfrentare a situaciones tensas, intensas, aterradoras, agotadoras, duras, desagradables o lacrimógenas. De todas puede salir con más o menos donosura gracias al escudo protector que le proporciona estar concentrado en conseguir una información honesta, veraz e interesante, que posteriormente elaborará con la ayuda de la documentación y las fuentes, y que al final, ofrecerá a los lectores. El reportero siempre disfruta de la protección psicológica que le ofrece el oficio. Algo parecido les ocurre a los fotógrafos, capaces de congelar las tragedias sin pestañear, agazapados tras el visor de su cámara. Lo que ven no es exactamente la realidad; es apenas un trozo de ella filtrada por su particular mirada y el objetivo de su cámara. Para mí, los peores momentos no son los descritos anteriormente; los peores momentos son los embarazosos: esas situaciones incómodas, absurdas y comprometidas en las que un reportero se mete en un tinglado inesperado intentando llegar más lejos, saber más y ver más. Situaciones atípicas que sin suponer un peligro para su integridad física,le  provocan al periodista una reacción interior que se puede resumir en esta frase: "¡Pero qué pinto yo aquí!" A finales de 2009, iniciamos un reportaje sobre Sor Verónica Berzosa, una monja de 43 años, que había ingresado en un vetusto e imponente monasterio de clausura de las Clarisas en Lerma (Burgos) con solo 18 años.

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Las monjas de Sor Verónica en Lerma en 2009. Fotografía de Alfredo Cáliz

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San Pedro Regalado, su base de operaciones. Fotografía Alfredo Cáliz.

Hacía casi 25 que esa comunidad en la provincia de Burgos no recibía ni una vocación. Se componía de una veintena de religiosas. La  más joven tenía 40 años. Verónica (que en realidad se llamaba Marijose, había abandonado Medicina, tenía un hermano que llegaría a Obispo y sus padres regentaban una zapatillería en Aranda de Duero), le iba a dar en menos de 20 años la vuelta al convento, a su sistema formativo y su régimende vida. Iba a atraer a centenares de chicas jóvenes (en su mayoría pertenecientes a los reaccionarios movimiento neocon de la Iglesia: Opus, kikos, Legionarios, Comunión y Liberación, Schoenstatt, carismáticos, focolares, y la mayoría con estudios universitarios) a sus filas hasta el punto de contar con una lista de espera de un centenar de postulantes dispuestas a dejar todo para abrazar la clausura. Llegados a ese punto y con las novicias durmiendo en los pasillos del convento, Verónica se vio obligada a dividir la comunidad inicial entre el viejo convento de Lerma (fundado en 1604) y otro histórico monasterio que les cedieron los franciscanos en la aislada localidad de La Aguilera, a las afueras de Aranda, el de San Pedro Regalado, del siglo XV.

 

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 El cojin bordado de una de las hermanas. Fotografía de Alfredo Cáliz.

El fenómeno de Sor Verónica no acababa en la simple captación de vocaciones; estaba provocando una onda expansiva en todo el territorio católico nacional. Cada fin de semana, llegaban al bucólico territorio de las Clarisas decenas de autobuses de toda España cargados de jóvenes parroquianos y colegiales para sumergirse en las ceremonias de música y liturgia de las hermanas de Verónica. En cada acto, muchas visitantes entraban en éxtasis y decidían quedarse en el convento por inspiración divina. ¿Cuál era el secreto del boom? Aparentemente, todo el peso del fenómeno confluía en la carismática personalidad y los frágiles hombros de Sor Verónica, a la que en aquel reportaje de noviembre de 2009 describía de esta forma: “Sor Verónica los recibe con un estilo personal en el que se mezclan los ritos más conservadores de la Iglesia con la atractiva mística de las órdenes de clausura y una puesta en escena musical y testimonial alegre y algo infantil, surgida de su brillante mente de coreógrafa. Micrófono en mano, Verónica domina. Parece tímida; no lo es. Surge de un rincón del auditorio bajo una bella luz cenital. Casi camuflada entre las gradas donde se agolpan un centenar de monjas frente a un público incondicional. Levantan los brazos al cielo mientras entonan un intenso canto de amor a Cristo con bongos y guitarras. Sor Verónica acaricia el pelo de sus hermanas. Abraza a los niños. Es sencilla y convincente. Entrañable, profunda y directa. Hace reír y se ríe. Tiene una voz firme y suave. Capacidad de convicción. Cree en lo que dice. Es una mujer de Cristo. Está enamorada de él, repite a cada momento. Es una buena predicadora. Y también una enérgica directora musical. Como demostrará durante la eucaristía al frente del coro. Aquí, en la capilla, ya no hay sonrisas. Las hermanas rezan plegadas en el suelo como los fieles musulmanes hasta fundirse como manchas negras en el pavimento gris”. 
 
El milagro de Sor Verónica tenía su trastienda. La joven y dinámica abadesa había contado además con el imprescindible apoyo del hombre más poderoso de la Iglesia española, el cardenal Rouco (que intentó llevárselas sin éxito a Madrid para rentabilizar el invento de las nuevas clarisas y puso a uno de sus obispos de confianza para controlar a las clarsisas de Lerma y Aranda); del obispo de Burgos, el opusdeísta Gil Hellín; de todos los movimientos neoconservadores españoles sin excepción; de las autoridades romanas, empezando por Franc Rodé, el cardenal prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada (el ministerio vaticano que ordena la vida de los religiosos) y del mismo Papa Ratzinger, como antes había hecho Juan Pablo II. Además, Verónica estaba recibiendo millonarios donativos de particulares y de grandes empresas (el Banco Popular, la Fundación Endesa y, sobre todo, el empresario Luis Alberto Salazar-Simpson, pariente de Rodrigo Rato, que invirtió tres millones de euros de su bolsillo en la modernización del viejo monasterio franciscano) para conseguir su objetivo de fundar una nueva orden religiosa que combinara el estilo disciplinado, contemplativo y zen de la clausura, con los nuevos aires escénicos, decorativos y de puesta en escena que dominaba Sor Verónica como una auténtica telepredicadora.
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La comunidad de Sor Verónica con su nuevo uniforme.
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Verónica con su familia. En el centro, su hermano, el obispo Berzosa.

Uno de aquellos fines de semana triunfales llegamos a Aranda de Duero el fotógrafo Alfredo Cáliz y yo. Asistimos primero a una ceremonia semiprivada de ingreso de varias jóvenes en el convento, en la que tras la liturgia, se tumbaban boca abajo en el gélido pavimento de mármol escenificando su muerte a las cosas mundanas. Los asistentes al emotivo acto comenzaban a mirarnos con sospecha. No éramos familiares ni miembros de ningún grupo neocon. Y apenas conocíamos las tonadas religiosas que el resto entonaba con entusiasmo. Alguno nos lanzaba descaradas miradas de curiosidad y reproche. Hubo un insulto entre susurros. Sor Verónica y su mano derecha, la correosa ex abadesa Blanca Mateo, tenían noticias de que dos periodistas andaban haciendo fotos y preguntas entre Lerma y Aranda. Y, lo que aún era peor, éramos de El Pais: el demonio de los diarios nacionales. Tras la misa, el segundo acto de la obra transcurrió en un enorme auditorio circular con aspecto de platillo volante. A un lado se sentaban en gradas dos centenares de monjas; al otro lado, también en gradas, un centenar de familiares, amigos y adictos. Frente a frente. Las monjas cantaban y bailaban. Y el público se derretía.
 
El acto en el platillo volante de Sor Verónica era una fiesta en toda regla.Íntima y religiosa pero parrandera. Nosotros dos éramos los únicos que no habíamos sido invitados. Nos sentamos (inmenso error) en primera fila. Bien a la vista. Nadie nos quitaba ojo. En nuestro tercio abundaban los hábitos religiosos y los atuendos endomingados. Hacía un calor terrible y comenzamos a sudar. Nadie nos quitaba ojo. En la puerta del recinto, un cartel anunciaba: “No se puede fotografiar ni filmar a las monjas”. Una advertencia que repitió con voz potente y mirada inquisitorial desde el púlpito la más fornida de las hermanas, con la vista puesta en los dos periodistas, barbudos y vestidos informalmente, que se habían colado en su comunidad: “El que quiera oír, que oiga, repito: está prohibido hacer fotos”. Miramos al tendido sin darnos por aludidos. Comenzó a correr entre los adeptos un micrófono para que cada invitado relatara en profundo tono testimonial sus experiencias religiosas, peregrinaciones, ejercicios espirituales, retiros y recuerdos de parroquia, colegio o movimiento neocon con las nuevas monjas de Sor Verónica. El micrófono iba pasando de mano en mano y se acercaba cada vez más un poco más a nosotros; nos sentíamos observados, hacía un calor terrible y tragábamos saliva. Estábamos mudos. Le llegó el micrófono a mi compañero; con la rapidez de un tahúr me lo pasó a mí. Carraspeé y sólo se me ocurrió decir: “Hoy es un día muy especial para las familias y es mucho mejor que hablen ellas” y se lo pasé rojo como un tomate al fraile latinoamericano que tenía a mi izquierda. Las miradas de odio se intensificaron. El acto duró un par de horas entre risas, testimonios y canciones. Me sentía mareado. A la salida del recinto soportamos algún empujón, miradas de reproche y alguna mala palabra. Nos dirigimos a las dos responsables de la Orden para solicitar una entrevista formal. Sor Blanca, que representaba el papel de monja mala, nos recibió con gesto de pocos amigos y estas palabras: “El Grupo PRISA; sí, todo el Grupo, no sólo EL PAÍS, hace un daño enorme a la Iglesia. Ustedes la atacan y ridiculizan y yo lo leo todo. Y como la Iglesia es mi madre, no tenemos nada más que hablar. Váyanse de aquí de ahora mismo”. 
 

Detrás de ella, Verónica, bella, frágil y tensa, cumplió su papel de monja buena, de alma caritativa con los dos periodistas descarriados y nos mandó a la calle con cariño. Este párrafo del reportaje reflejaba ese momento: “Cuando por fin preguntamos a sor Verónica sobre las razones de su éxito, mira a los ojos con los suyos verdes nublados por las lágrimas; inclina la cabeza con humildad y coge tu mano entre las suyas descarnadas. ‘No sabéis lo que os queremos y la ternura que me producís, pero esto se ha hecho muy grande, estamos creando algo tenemos 60 o 70 hermanas en formación y no es el momento de hablar, antes tiene que madurar. Estamos haciendo algo grande por amor a Cristo y necesitamos tiempo. Pero aun así os queremos’. Y desaparece arrastrando su hábito, del que pende un sufrido rosario de madera”. Justo un año más tarde, el diciembre de 2010, Sor Verónica veía confirmado el éxito de su obra con la escisión canónica de su comunidad de la orden de las clarisas. Ya no sólo era abadesa de su comunidad; ya era fundadora. Como su admirada beata Teresa de Calcuta. Su nueva comunidad se iba a llamar Iesu communio y su nuevo hábito abandonaba el secular y riguroso luto contemplativo de las clarisas para adoptar un tejido vaquero azul y unas ligeras tocas celeste. Un año más tarde, Benedicto XVI recibía a Sor Verónica Berzosa en la inmensa Aula Pablo VI del Vaticano, el escenario de las grandes ocasiones de la Iglesia. Se abrazaron largamente. Verónica acarició la algodonosa melena del Pontífice. Los presentes les vitorearon. La Iglesia contaba con una nueva santa en ciernes. Que además de salvar almas, era una excelente pastelera.

 

 

 

 

 

Hay 13 Comentarios

Si tan sólo conocieran el amor de Dios... Nada les parecería ni secta, ni peligro y ni se incomodaba... Hasta sentirían el impulso Uds también de dejarlo todo x Aquel q nos dio todo.


Estoy pena de Florida. Tuve un problema con mi marido, porque él estaba saliendo con otra mujer, que no podía dormir por la noche y tuvimos un bebé de 8 meses y parece que se quedó prendado de la mujer con la que estaba saliendo con. Un amigo mío me dijo que en contacto con el Dr. Augusto que lo hice y adivinen lo que mi marido se fue a la mujer después de 4 días y regresó a casa con su familia y él se disculpó por sus malas acciones. Estoy tan feliz ahora y se entreguen. Póngase en contacto con él si necesita su ayuda. [email protected]

la onda expansiva no es con h.

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Yo he estado alli. No coincido en tus opiniones. Yo pude hablar con Veronica y tengo un gran respeto hacia su forma de tratar a cada persona. Solo vi cosas buenas. No vi malos modos ni insultos ni miradas de odio. Vi sonrisas y mujeres felices. Que tiene eso de malo? Ah, y los pasteles buenisimos.

Muy bueno, el reportaje. Y desde luego, no erais vosotros-en aquella situación-los que os tenías que avergonzar, sino todos y cada uno de los representantes de la Iglesia con poder para manipular y corromper a estas pobres chicas que entran como novicias y lo que en realidad necesitan es una educación de verdad. Pero claro, con el sistema educativo que tenemos en este país, qué se puede esperar.

España continua sus esfuerzos en la campaña canadiense, país que ya ha perdido la mitad de sus territorios a manos españolas.
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Verónica Berzosa es familia de los propietarios de Radio Aranda, asociada a la cadena SER, del grupo PRISA.

Da pavor todo lo que se maneja en esta secta a través del negocio imperecedero de la fe y el miedo a la desaparición física.

http://casaquerida.com/2013/02/07/mas-cornadas-dan-los-desahucios/

tuvo que ser duro la verdad, desolador. saludos y suerte

Pero aún así, da miedo. Como manifestación y como negocio.

"¿Que porras hacia yo ahí"?, pregunta la meliflua narratriz. Si algo es más chirriante (después de sus idearios) que las liturgias de estas religiones "capillitas" de la católica, es la ñoñería extralitúrgica. ¿Que se reía de los sacerdotes y que era mala? Por favor, leí no sé por qué la novelita dichosa de Medjugorje y es un pastelazo beatón que pa qué? Por otra parte, no sé por qué profesar una fe tiene que expresarse en los términos hipócritas, demagógicos, mentirosos y cargados de caspa de los que se valen estas sectas dentro de la iglesia papista (bueno, los kikos eran sedevacantistas y ahora papistas de conveniencia) y lejos de la iglesia cristiana, aquella que hubo en alguna antigüedad. No creo en nada sobrenatural, pero cualquier cosa creería antes que esto. Si es que este vídeo no es de c...ña, que lo parece. Si no conociéramos a la figurilla que habla.

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El Reportero Impertinente

Sobre el blog

25 años escribiendo en El País y alguno más en la prensa económica son mi único bagaje. Apasionado del periodismo y adicto al reportaje, revuelvo el fondo de mi chistera para recordar lo que ha sido y analizar lo que es hoy el reporterismo. No soy impertinente por mal educado, sino, como decían los latinos, porque no pertenezco a nadie.

Sobre el autor

Jesús Rodríquez

. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Un par de libros y media docena de premios. He oteado la guerra en Bosnia, Kosovo, Afganistán y Líbano y pisado las mullidas alfombras del lujo y el poder. Siempre al servicio de los lectores.

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