40 Aniversario

El salto del ángel

Pensar sin pausa

Por: | 24 de febrero de 2015

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Tendemos a pensar que el propio pensar es un cierto incordio. Y a recordar, como Foucault nos dice, que “ni consuela, ni hace feliz”. Tal parecería entonces que lo mejor sería desprenderse de tamaña incomodidad. Y no ya solo por insidiosa. Vendría a ser inoperante y paralizadora. Para quienes tienen una consideración instrumental del pensamiento, la cuestión sería acudir a él en caso de necesidad como medio para resolver situaciones que lo requirieran. Presuponiendo que se trata de una mera actividad mental, el asunto consistiría en activarlo en caso de necesidad.

Sin embargo, el pensamiento nos constituye y, como nuestro propio cuerpo, no acude o deja de hacerlo solo en caso de ser convocado. No es que lo tengamos siempre con nosotros, es que es nosotros. Otros asunto es que lo desconsideremos, lo que, como propio cuidado de un mismo, no deja de tener sus consecuencias.

Más aún, si bien la palabra felicidad parece excesiva, y Emilio Lledó ha hecho un espléndido “Elogio de la infelicidad”, bien es cierto que el fruto de la sabiduría es el gozo y la dicha de vivir, si hemos de atender a Descartes en “Las pasiones del alma”. Semejante sabiduría no es la del mero acopio de saber, sino una vinculación de este con la forma de vida, un proceder, que no sea un mero comportarse. Y en dicho proceder es decisivo el pensar. Incluso para estar en verdad contento, que es la relación adecuada en uno mismo entre el contenido y la forma. Pero no es cuestión simplemente de una actitud interior o de un estado de ánimo. El proceder es una acción, en todos los sentidos de esta palabra. Y pensar no es un acto, es efectivamente el obrar en el que consistimos.

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La claridad

Por: | 17 de febrero de 2015

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La absoluta transparencia, tan necesaria, permite a la par acceder también a lo que, una vez transparente, nos confirma que no es traslúcido, y no siempre por ocultación. La claridad y la distinción no son solo un anhelo cartesiano. Deseamos, necesitamos, ver y entender. Y saber. Efectivamente, en ocasiones sería suficiente con una mayor transparencia y luminosidad. Sin embargo, a pesar de la más decidida voluntad, no pocas veces no es fácil que todo resulte claro, lo que no impide, antes bien exige, que haya de buscarse con insistencia. Sin embargo, ni siquiera siempre podría deberse a la opacidad. A plena luz del día, una cierta bruma, una niebla, una nubosidad, una distancia, o cierta perspectiva parecen complicarlo todo. Pero ello alienta más la determinación.

Quizá no se trate de eso y la incertidumbre y la perplejidad se correspondan con la complejidad de lo que pretendemos tener claro. Tal vez, eso que nos resulta enrevesado, o lo que vemos incluso turbio, es sencillamente así. Tendemos a pensar que es porque se nos ofrece alterado, emboscado, pero cabría suceder que lo que encontramos brumoso simplemente lo sea. No es cosa de hacer de tamaño planteamiento una excusa para la permanente difuminación o esfumación de la claridad, pero tampoco conviene mantenernos en la ingenuidad de que pensar lo que ocurre es siempre y solo aclararlo.

Y en este terreno se desenvuelven las decisiones que constituyen nuestra existencia. Aguardar a que todo se presente claro y sin fisuras para actuar es un pretexto para no hacerlo. No es cosa de animar a la desaforada y desconsiderada actividad, o a la falta de reflexión o de análisis, pero asimismo el absoluto e incontestable asentamiento en la seguridad, como condición para la acción, puede ser un subterfugio para liberarse de ella. Y la cuestión es desenvolverse en la línea que no confunde esta voluntad de tener las cosas claras, como se dice, con precipitarse a liquidar su complejidad con cualquier posición simplista, que entenderíamos como clarificadora.

Merecen reconocimiento quienes tratan de dilucidar y nos ayudan a hacerlo. Precisamente por ello la vida es el permanente proceso de aprender a elegir, y a hacerlo argumentada y justificadamente en contextos no siempre ya perfilados. De ahí que la transparencia haya de ser asimismo la de los motivos de las acciones. Solo así la comunicación que alienta nuestras relaciones se sostiene en la tarea conjunta de ofrecer la máxima claridad, conscientes a su vez de que ello no elude las complicaciones de cada situación, ni ha de ser una coartada para la parálisis.

 

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Discursos para sanar

Por: | 10 de febrero de 2015

Deborah Scott Stalemate 2009

La vida es breve, el arte es larga, la ocasión fugaz, la experiencia resbaladiza y el juicio difícil”. El conocido aforismo de Hipócrates nos previene de algunas precipitaciones. Y de ciertas euforias. Y nos sitúa adecuadamente en estos tiempos tan propicios a perseguir convencer, o, más exactamente, a buscar adhesiones. Vuelven las palabras, proliferan los discursos. Como siempre, como nunca. Y en ocasiones con una pretensión de ser remedio incontestable y con la voluntad de concebir el sanar como un “cortar por lo sano” a los concebidos como enfermos y de enterrar a los considerados como muertos. Sin duda precisamos de discursos consistentes, decididos y dispuestos. Precisamente por ello, hemos de participar y de corresponder con nuestra palabra. Lo que no supone necesariamente asentir.

Los discursos activan los humores del alma como los fármacos los del cuerpo. Es cuestión en definitiva de lograr la proporción debida. Gorgias recuerda que se trata de que produzcan deleite, aflicción o, quizá, terror. Son un ensalmo que puede llegar a infundir en el alma placer y evacuar la pena. Ya su maestro Empédocles, un médico singular, considerado el padre de esta retórica prerretórica, curaba por la palabra, remediaba con ella. Se trata, por otra parte, de lograr la persuasión de los ciudadanos, de crear mundos y de encantar, deleitar y cautivar almas. Lo que importaría no sería tanto la verdad cuanto el efecto producido. Pero no es cosa solo de agradar. Es cuestión de ser convincente, de generar sentimientos compartidos, de ganar adeptos, o de marcar distancias, y de producir actos, a través de opiniones verosímiles y aceptadas.

Tal vez por ello Platón, que considera en el Fedro que el orador es un médico de las almas, tiene una diferente consideración de la salud, no acepta el planteamiento de Gorgias y emprende el sinuoso camino del discurso verdadero. Y, más aún, Aristóteles. Brota otra verosimilitud, no ya simplemente la de las creencias u opiniones, sino la de la búsqueda de lo más justo, aceptable y argumentable posible. Eso exige decir de modo distinto, quizá menos altivo. Nos movemos entonces en el terreno de lo probable y de lo admisible. Nada menos, y nada más. Ello induce a ser exigentes incluso para desconsiderar los discursos ajenos. Y a buscar conciliar la palabra ajustada con la palabra justa. Y a cuidarse de ser incontestable.

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No le vemos relación

Por: | 03 de febrero de 2015

 Crossing the champs 2015 GRANDE

Lo que se dice con ostentación que no ha de hacerse es lo que con frecuencia se realiza. Precisamente por quienes lo pregonan. Y no deja de ser curioso que no le vean relación. Y no siempre es a los otros a quienes les ocurre. Quizá, a los propios ojos, no la tenga directamente, pero es llamativo hasta qué punto, habiéndola, nos cuesta encontrarla. Que haya quienes necesiten bien poco para establecerla no significa que a veces sorprenda oír hablar, oírnos hablar, de asuntos que nos desconciertan y alarman, y que bastaría con que nos fijáramos mínimamente para hallarlos en nuestro propio proceder.

Mientras continúa la minuciosa consideración y la precisa descripción de lo que no parece adecuado, son los demás quienes advierten que se diría que hablamos de nosotros mismos. Es frecuente verse en la tesitura y quizás un destello nos otorgue el incómodo don de reconocernos en lo que rechazamos. Pero podría ocurrir que, sin que semejante lucidez llegara, el discurso prosiguiera ante el estupor de quienes no tardarían en suponer que cuanto decimos parecería ser autobiográfico. O que, en todo caso, lo es de quien más énfasis pone en encontrarlo improcedente.

Tamaña presuposición convoca a la necesidad de la siempre imprescindible conveniencia de ser cautos, si es que ser sencillos o un tanto razonables resulta demasiado. El ardor que mantenemos podría ser indicio de lo que nos resulta insoportable, pero cabe la posibilidad de que en cierta medida también contribuya a ello el que hay en nosotros mismos, siquiera vestigios, que nos inducirían a pensar que, en ciertas circunstancias, y con los debidos atenuantes razonados, estaríamos a la altura de lo que tanto nos incomoda.

Se dice, con razón, que pensar es relacionar. No solo, por supuesto, pero hay que reconocer que la relación es un accidente de lo más sustancial. Hablamos de conectar, de vincular, de enlazar, de reunir, como acciones determinantes del quehacer del lógos. No ser capaces de ello nos desarticula, nos desmiembra, nos aísla, y tal sería para Hegel la verdadera enfermedad. Sin embargo, es frecuente que aquello que desaprobamos tienda a no parecernos tener relación ni con nosotros, ni con cuanto somos, hacemos o decimos. Como si al proclamarlo nos liberáramos de sus efectos. Entre la autojustificación y la reprobación nos mantendríamos a buen recaudo. En cierta medida, a los demás eso les produciría alguna ternura, pero asimismo evidenciaría por parte del hablante cierta inconsistencia y no poca debilidad argumentativa. Tal vez hasta incoherencia. Uno mismo no le vería la relación. Los otros, quizá, sí.

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La proclamación del desastre

Por: | 27 de enero de 2015

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Hay quienes son capaces de encontrarse bien hasta en el desastre. No es su desastre. Por lo visto, les produce algún alivio. Por eso tratan de proclamarlo cuanto antes. A veces, es decir, no siempre, el desastre es más fácil de detectar mientras sucede que cuando ya ha sucedido. Se abriga en el vaticinio. Aunque, en ocasiones, el que ya haya ocurrido puede producir una cierta impresión de calma. Eso nos permite quizá describirlo, e incluso, no sin buenas razones, denunciarlo. Hasta con estruendo. Pero a la par parece no comprometernos demasiado. Por eso tendemos a anunciarlo y a hacer ostentación de haberlo anticipado, lo que supuestamente nos libera de alguna responsabilidad. Es tal la eficacia de esta anticipación que, si nos descuidamos, con ella lo hacemos llegar. Así se ratificaría lo que para algunos es lo decisivo: que teníamos razón.

A pesar de sentirnos afectados por el impacto de lo calamitoso que el desastre significa, puede resultar paradójico que quepa instalarse en su comodidad. Desde ese sofá atalaya, más o menos desalentados, nos pronunciamos sobre el espectáculo que nos proporciona. No por ello deja de ser impresentable, si bien en cierto sentido alivia considerar que no resulta ser cosa nuestra o, mejor, que no depende de nosotros. Nos afecta en sus consecuencias pero, si nos situamos adecuadamente, pronto podremos liberarnos de sus causas. Ahora ya solo queda participar en el festín de las descalificaciones. O, al menos, de las descripciones. Así, el desastre viene a ser un decisivo tema de conversación.

Si no proclamáramos el triunfo del desastre y nos limitáramos a una posición activa y crítica, todo nos sería más exigente y más complejo. Deberíamos analizar y distinguir, y trabajar pormenorizada e intensamente por abordar la situación. Precisamente, y entre otras razones, para evitarlo. También por ello el desastre no tarda en encontrar aliados para anticiparse incluso a su propia irrupción, lo que sin duda la favorece. Más aún, entonces el verdadero desastre sería considerar que nuestra pasiva proclamación lo ratifica como advenido. Tal y como está el asunto y dado el desastre imperante, tal vez podamos dedicarnos a otra cosa, es decir, a nuestras cosas

Quienes verdaderamente han sentido el desastre acostumbran, sin embargo, a escuchar que algunos estiman que lo que sucede no es para tanto, es decir, lo que les ocurre a ellos. A la par, los cronistas del desastre se sienten muy concernidos por cuanto puede servirles para mostrarse absolutamente al margen. Y desde la limpia mirada de la distancia propician que el desastre no deje de serlo. No es preciso llegar al extremo de hacerlo crecer. Tampoco es cuestión de tantear y de contabilizar los partidarios o no y en qué dimensión o alcance lo que ocurre es un desastre o es el desastre mismo. Lo interesante es su relación con quienes realmente somos y deseamos ser, en el caso de que aún nos quede algo de eso.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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