El salto del ángel

La necesidad de enseñar

Por: | 22 de febrero de 2012

ProfesorEs imprescindible aprender. Nunca hemos de dejar de hacerlo, es tarea de toda una vida, hasta el punto de que cesar de aprender es el máximo envejecimiento, el definitivo. Pero conviene no olvidar que es decisivo enseñar, que alguien enseñe, que alguien nos enseñe.

Aprendemos de múltiples modos y maneras, pero esta variedad no significa que hayamos de desestimar la compañía, la complicidad, la proximidad de quienes nos facilitan, nos procuran, nos acercan, nos posibilitan saber. Podemos intentar engañarnos subrayando que el saber está ahí, al alcance de la mano, que basta hacerse con él, como si se tratara de una noticia o de un objeto, para ser tomado, atrapado, conquistado, consumido. Pero saber requiere toda una incorporación, una apropiación, no es una toma de posesión.

Nunca olvidamos a quien nos enseña bien lo que es verdadero y bueno. Nos inicia en una forma de relación con lo sabido, para que sea parte constitutiva de quienes somos. Es cierto, se insiste, “hay que aprender a aprender”, pero no hemos de olvidar que hay que enseñar a aprender. Alguien ya dijo que enseñar es dejar aprender. Y ese dejar no es una pasividad, es una creación de posibilidades propias para cada cual, apropiadas.  En realidad, ello distingue al buen profesor, al buen educador. Tener un maestro, disfrutar de la dicha de un buen maestro es un regalo de la vida y hemos de reconocerlo con agradecimiento y con sencillez. Lo hemos necesitado y lo necesitamos.

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La gente y el público

Por: | 20 de febrero de 2012

Meninas3En ocasiones empleamos despectivamente la expresión “la gente”. Parecería un signo de distinción hacerlo, una señal, en efecto, de nuestra voluntad de distinguirnos, que mostraría nuestro propio y mejor criterio, mediante el simple procedimiento de diferenciarnos de ese supuesto conglomerado. “Ya se sabe”, se dice, “es que la gente…”, “la gente es …”, “a la gente le gusta…”, “la gente no sabe que…” En última instancia, para que quede claro que nosotros que, por lo visto no nos consideramos gente, somos de otro modo.

Esta desconsideración indiferenciada y global resulta inquietante. En definitiva, tiene que ver con la puesta en cuestión de lo que significa el público. Con ello se retoman importantes debates sobre lo que quiere decir una opinión compartida, sobre lo que suponen las mayorías, sobre los índices de aceptación o de audiencia y hasta sobre el sentido y alcance de la democracia. Desde luego estos asuntos de diferente calado son, sin embargo, determinantes. Y hemos de ser, por tanto, cuidadosos. Para empezar, no hablando con ligereza de “la gente”.

No se trata sólo de pensar en el público, se trata de pensar con él, desde la convicción de que el pensamiento no es un acto simplemente interior o solipsista, o meramente mental. La búsqueda del discurso verosímil, el hecho de pensar de una u otra manera con otros, hace necesario que no se considere al público como un recipiente o un receptáculo, sino como un interlocutor.

No es cuestión de identificarnos, sin más, con lo que el público ya es. Al convencer, también se crean auditorios. La palabra es asimismo voluntad de transformación. Y nada convence más que lo que es conveniente, que no es siempre lo que creemos que más nos conviene. Para Aristóteles, “es conveniente aquello que salvaguarda la ciudad”. Y ésta es toda una tarea.

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Argumentar es más que opinar

Por: | 17 de febrero de 2012

El orador3Cuando alguien argumenta algo, nos toma en serio. Y se agradece. Porque argumentar es ofrecer razones que tienen en cuenta no sólo de qué se trata, sino con quién se habla. No para decir exclusivamente lo que el otro quiere oír, sino para tener presente su inteligencia y su sensibilidad.

Pero todo resulta acuciado por la prisa. No hay espacio ni tiempo, no sólo que perder sino apenas que ganar. El espacio y el tiempo parecen arrasados. Nada de demorarse. Y para colmo de despropósitos, llamamos “rodeos” a los argumentos. Importa la opinión, la posición y se desatienden las razones. En tal caso, la polémica no es la controversia entre ellas, sino el choque frontal de las posiciones. Y no está mal que se encuentren, pero esgrimiendo los argumentos. Y en el festín de los topetazos, el cuidado se considera tibieza. Para tal faena de exhibición bastan unas dosis de prejuicios, una somera información, algunos tópicos, con los correspondientes intereses, para proponer certezas supuestamente incontestables. Eso sí, y para airearlas con firmeza.

Lo que ocurre es que no pocos asuntos, muchos de especial relevancia, se desenvuelven en el terreno de lo discutible, de lo debatible, de lo que puede ser de una u otra manera y, por tanto, con alta “problematicidad”. Y entonces se trata de decidir para elegir lo más plausible, lo más preferible, lo más razonable. Ello defrauda a los partidarios de verdades incontestables, aquellas que incluso ya se las saben de antemano y que no buscan más que la adhesión. En tal caso no cabe una efectiva conversación.

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Singulares y plurales

Por: | 15 de febrero de 2012

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Algunas confusiones personales, sociales y políticas se sostienen en el hecho de no diferenciar lo individual de lo singular. Y suelen concretarse finalmente en algo parecido a “sálvese quien pueda”, “yo a lo mío”. En tal caso, el individualismo no tiene especiales dificultades para convivir con el egoísmo, incluso para identificarse con él. Disfrazado de contención en uno mismo, sin inmiscuirse en los asuntos ajenos, más bien se alimenta de una desconsideración para con lo colectivo y lo comunitario.

Con tal planteamiento, lo interesante sería casi exclusivamente la entronización del individuo y ello supondría la máxima expresión de la libertad, la libertad individual. Nada que objetar por supuesto a la reivindicación de esta libertad, si bien deberíamos detenernos en algunas consideraciones que no tratan de limitarla, sino de concretarla. Por ejemplo, conviene no desatender la posibilidad de que tengan razón quienes afirman que en verdad no seremos del todo libres hasta que no lo seamos todos.

Hegel sospecha de una noción de individuo que se reduce a proclamarse persona, lo que no está mal pero es insuficiente. En última instancia, es una declaración de derecho abstracto. Pareciendo centrarse en lo más próximo, resulta ser un himno a la indiscriminada indiferencia.

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Ignorar el conocimiento

Por: | 13 de febrero de 2012

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El conocimiento es la gran posibilidad y excluir a alguien de él es la mayor de las exclusiones, la mayor fuente de desigualdades. No hay modo sensato y con perspectivas de afrontar una situación, cualquier situación, sin el debido conocimiento.

Buscamos saber. Lo necesitamos radicalmente. Lo deseamos “por naturaleza". Son cosas de Aristóteles y son cosas de todos nosotros. No nos referimos simplemente  a hacer acopio de información, sino que hablamos de una actitud y de una posición que definen una forma de vida. Y, en común, en comunidad, en ciudad, social y política. Pero desear el saber o reclamarlo requiere crearlo cada día, en cada ocasión, y sostenerlo, con nuestra palabra y con nuestra acción. Platón nos diría tejerlo. Se trata de crear condiciones para una vida digna y justa. Y parecemos olvidarlo, por un procedimiento muy habitual, que es darlo por supuesto. La desconsideración para con el saber y el conocimiento es inquietante y es destructora, más aún si es un proceso global y colectivo.

Nos sorprenden los intentos de abordar situaciones de enorme complejidad que afectan a la concepción de la sociedad, a las relaciones personales, a la economía, al sistema productivo, al desarrollo y al bienestar, desde la insensibilidad para con el conocimiento, como si éste fuera un ingrediente o un aditamento, porque, se dice, hay otras prioridades. Pero es que las más urgentes, el hambre y la pobreza, la miseria y la ignorancia, por ejemplo, no se abordarán con seriedad sin su concurso. Ni el paro, ya que, con razón, tanto hablamos de ello.

Sin embargo, cuando nos referimos a la innovación o a la investigación no faltan quienes tienen una inexplicable tendencia a considerar que son lujos sobreañadidos en tiempos de crisis. Pero son decisivas para cualquier respuesta sensata. Podríamos pensar, sobre todo desde una política equivocada, que ahora es el momento de ocuparnos casi exclusivamente de los asuntos económicos y que ya vendrán posteriormente, si llega el caso, otras atenciones. Pero eso es ignorar lo que significa la economía del conocimiento, olvidar que estamos en la sociedad del conocimiento.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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