El salto del ángel

Nuestra oscuridad

Por: | 23 de septiembre de 2014

Angry-whistler 6 GRANDE

Entre las diversas modalidades de ceguera no es menos inquietante la que nos impide ver la oscuridad. Algo se nos resiste a la absoluta apropiación. No pocas veces sentimos que no acabamos de acceder ni siquiera a nosotros mismos. Resultamos un tanto inaccesibles y no solo para los demás. No necesariamente porque seamos rebuscados, sino porque no parecemos encontrarnos. No es por falta de introspección, ni siempre este ha de ser el camino, aunque tampoco resulte desechable. Es algo contundente y sencillo, implacable. No somos ni mera penumbra ni pura transparencia. Y no hablamos únicamente de lo que velamos u ocultamos, sino de lo que no se nos alcanza.

Aprender a convivir con lo que no se deja reducir es tanto como asumir que no nos tendremos nunca del todo. Nuestros necesarios esfuerzos por comprender, por entender, por saber, una y otra vez se encuentran con lo que nos resulta inaprensible. Ese fondo de penumbra no nos es ajeno. No parece menos nuestro que cualquier luminosidad.

En ocasiones es tan consistente que tiende a ocuparlo todo. Va penetrando como la niebla, como la bruma, y poco a poco modifica la percepción. La distancia, las formas, las sensaciones e incluso los sonidos son otros. Cualquier menudencia tiene un aire acechante, confuso y un tanto peligroso. Nos mantiene inquietos y alerta, pero no deja de ser algo paralizante. No es necesariamente la noche, es la oscuridad. Y, sin embargo, en cierto modo nos pertenece, nos habita, no es un mero exterior. Incluso diríase que nos constituye. No es solo nuestro clima, es nuestra atmósfera.

Habitar esa oscuridad constitutiva, esa impenetrabilidad, tal vez nos permite afrontar con mayor radicalidad aún la voluntad de transformación, desde la constatación de que no se persigue el imperio de la luz, sino el de la adecuada visibilidad. Y para ello se precisa opacidad y resistencia a esa propia luz. De lo contrario, nada se ve, como ocurre fuera de la caverna platónica. Y en cierto modo, no hay nada que ver, al constatar que nada tenemos que ver con ese escenario brillante. Ni dentro, ni fuera; nuestra oscuridad no se asienta en esos acomodados lugares.

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Orientarse en el pensamiento

Por: | 19 de septiembre de 2014

Thinking of going home

Podría ocurrir que nuestra desorientación fuera de pensamiento. No basta con determinar la posición respecto de un punto cardinal para considerar que aquella ya está orientada. En todo caso, es una forma de encontrar a partir de algo, lo que exige que la referencia esté previamente establecida. No es difícil reconocer que, o bien entramos en un juego de remisiones sucesivas o, en última instancia, ni siquiera bastaría dar con el oriente. Incluso para orientarse geográficamente precisamos elegir un fundamento de diferenciación. Otro asunto es cómo orientarse en el pensamiento, aquello que Kant se pregunta expresamente qué significa, a qué llamamos hacerlo.

Baste decir que no es difícil hacer la experiencia de sentirse desbordado por tamaña pretensión y que, en cuanto uno se descuida, se ve enredado en ensoñaciones, sobre todo si la piedra de toque no es la razón. Precisamos siquiera una creencia racional, que no llegaría a ser un saber, pero podría ser un postulado de la razón, o una opinión dispuesta a lo que la ratifique como tal saber. Eso nos permitiría tomarlas por verdaderas, creer razonablemente en ellas. Sería suficiente con tenerlo en cuenta para reivindicar la libertad de pensar.

A ello se opone, como Kant señala, la coacción civil, que nos impide vivir esa libertad en comunidad y comunicar públicamente lo que pensamos. También se le opone la intolerancia, la de quienes se erigen en tutores de lo que han de creer los demás, proponiendo lo que es obligatorio pensar, considerando peligrosa una indagación personal y propalando el miedo a valerse por sí mismo. Pero la libertad de pensar significa no creerse tan genio como para no someterse a la ley que la razón se da a sí misma, lo que conduciría a doblegarse bajo el yugo de las leyes impuestas por algún otro. Mas aún, la ausencia explícita de ley en el pensamiento supone la pérdida de la libertad de pensar.

En tal caso, las decisiones terminantes y las grandes expectativas iniciales abren espacio a un delirio posterior, el de la iluminación, lo que tarde o temprano conlleva la confusión de lenguaje y, curiosamente a la par, la proclamación de lo que es obligatorio pensar, la superstición de que eso es lo único que ha de pensarse. Ni siquiera así se logrará que la razón humana deje de tender hacia la libertad y no se resigne al estado general de descreimiento en ella, en el que se acuna el escepticismo.

No es imprescindible seguir hasta aquí a Kant. Baste con dejarse alcanzar por sus supuestamente ya desplazadas palabras: “Admitid lo que os parezca más auténtico, luego de un examen cuidadoso y sincero. Pero no neguéis a la razón lo que hace de ella el bien supremo sobre la Tierra, a saber, el privilegio de ser la última piedra de toque de la verdad. Si no, indignos de esa libertad, seguramente la perderéis y arrastraréis en esa desgracia a vuestros semejantes que son inocentes y estarían seguramente dispuestos a servirse legalmente de esa libertad y, así, a usarla con el fin del bien de la humanidad.”

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Hasta llegar a la escuela

Por: | 16 de septiembre de 2014

Provinzia de Rizal, Filipinas

Al iniciarse una clase, al abrirse el aula, conviene tener presente los caminos que han conducido hasta ella. Y no ya solo el despertar, las vicisitudes cotidianas, los preparativos, el traslado, y, en su caso, la compañía. Prácticamente cada palabra, cada acto, forman parte de lo que es también labor educativa. Y basta fijarse para comprender hasta qué punto las circunstancias son radicalmente diversas. Pero siempre con un horizonte, el de la necesidad e importancia de llegar, de acceder a la enseñanza y a la formación. Y en un entorno de afecto y de convicción, de seguridad y de serenidad.

El camino hacia el colegio es asimismo escuela, el viaje forma parte de ella, y cada gesto, cada palabra, lo que ocurre y afecta, no solo predispone, es ya constitutivo de la acción de aprender. Y sentir que uno no resulta indiferente, que el esfuerzo merece la pena, a veces bien explícita, que alguien espera algo de ti, que te aprecia y te valora, que a su modo tiende su mano y te orienta en esa dirección, eso es un regalo de la vida. Y siempre con la confianza de que te aguardan con hospitalidad y tienen tanto que ofrecerte.

“Sur le chemin de l'école”, película documental francesa, del año 2013; dirigida por Pascal Plisson, y con guion escrito conjuntamente con Marie-Claire Javoy, presenta el largo trayecto de cinco niños de cuatro extremos del mundo y las peripecias para recorrer la complicada distancia que han de hacer cada día para acceder al colegio. Una vez más, la realidad es asimismo la mejor metáfora, la de una implacable verdad.

Ir a la escuela cabe considerarse natural para quien puede hacerlo. No por ello deja de ser relevante. Y digno de subrayarse. Incluso de celebrarse. Damos todo tan por supuesto, nos parece tan habitual, que prácticamente nos limitamos a la gestión de determinadas cuestiones prácticas. Sin embargo, poderlo hacer y de modo razonable es un privilegio y asimismo una conquista personal y social.

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La innovación y el afán de novedades

Por: | 12 de septiembre de 2014

Tangles

Se han presentado nuevos productos. Sin duda resulta fascinante. Y probablemente fructífero. En todo caso, cabe preguntarse si por ello pueden considerarse necesariamente innovación. No se descarta. Sorprende que algo se encuentre innovador por ser novedoso, o interesante por ser reciente, o diferente por ser actual. En una sociedad que entroniza como valor el que algo sea de última hora, lo determinante parece ser el gesto de aparecer, incluso el placer de deslumbrar con lo que los demás desconocen. Ciertamente, puede llegar a ser relevante, aunque no con seguridad. La mayor demostración de deficiencia no radicaría en la incompetencia, para admirarlo bastaría con que se tratara de algo reciente. El desprestigio de lo ya sucedido consistiría en su pertenencia a algo en cierto modo pasado. Cada día transcurrido no sería un día más, sino un día de más respecto de la entronizada novedad.

Ahora bien, la innovación no es simplemente la irrupción de lo nuevo. No ha de reducirse a procurar algo, sino que ha de lograr que sea de otra manera. No basta con ofrecer otra respuesta, se trata de darla de tal modo que ponga incluso en cuestión el modo de preguntar, salvo que consideremos que todo lo nuevo es innovador, y que basta que lo sea para considerarlo excelente. Sin embargo, hay una forma de pasado, aquella que no se limita a pasar, que permite que algo resulte tan vigente que en cada caso procure efectos inauditos, sin ser sin más antiguo.

Los tiempos en los que, con buenas razones, se preconiza la importancia de la innovación son los que más necesitan plantearse cuál es su sentido y alcance. No solo consiste en el afán de novedades, en la percepción de que es cosa de procurar modificaciones, como si bastara con que algo fuera distinto para considerar que es efectivamente diferente. Incluso un simple cambio de residencia o de vida, efectuado para volver a las mismas, se entiende como si fuera una transformación. Hasta un simple mareo o trastorno de la situación podría considerarse una reforma, como si ello, por sí solo, garantizara su bondad. Con que no fuera igual, sería suficiente. Todo consistiría en desplazar, reubicar, trasladar, mudar, iniciar, inaugurar, remodelar: “estamos innovando”.

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Oí decir que...

Por: | 09 de septiembre de 2014

Yang Shibin   (6)

Volver es también retornar a algunas palabras, ejercitarse de nuevo en ciertas prácticas, enfrentar concretas cuestiones y, sobre todo, reencontrarse con algunos interlocutores. Son nuestros otros, y en esa medida rostros de uno mismo. Si hubiéramos de resumir cómo nos va o nos ha ido, con frecuencia titubearíamos, reiteraríamos lo ya sabido o lo que hemos oído decir y tal vez nos limitaríamos a comentarlo. En todo caso, confiamos en exceso en la repetición como garantía. Y nos amparamos en ella. Aún más, nosotros mismos nos contamos lo pasado en la búsqueda de la confirmación que supone copiarlo cien veces en el tablero. No hacen falta ni más pruebas, ni más argumentos. Contrastar es simplemente, por lo visto, oírlo en más de una ocasión. Parecería ser la constatación, la seguridad, de que efectivamente ya estamos.

Aprender a distinguir en la vorágine de cosas habladas y contadas lo que en verdad de alguna manera nos dice algo, no siempre resulta fácil. Podría suceder que si hubiéramos de recapitular lo que hemos sido capaces de escuchar recientemente, solo, en el mejor de los casos, resonarían las caracolas marinas de Neruda. Es cierto que, si hay algo que decir, es porque algo se nos viene diciendo. En realidad, es cuestión de inscribirse en ello, siquiera para buscar decir otra cosa. Para eso no está mal escuchar o leer, esto es conversar y pensar, y ojalá hayamos sido capaces de hacerlo, para tener alguna cosa que inaugurar o que recrear. Y cabe preguntarse qué hemos realizado recientemente al respecto. Compartirlo es una forma de apreciarnos.

Pero cuando Platón afirma “akoé”, “oí decir que”, no es que sencillamente haya rumores o noticias, es que alguna otra posibilidad ha atravesado los tiempos y los espacios más inmediatos, alcanzándonos desde un cierto lugar sin espacio, desde un momento sin tiempo. Si se escribe, y él lo hace, es porque parece haberse escuchado algo que no basta con citarlo. Se presenta como en cierto modo inmemorial, aunque es memoria concreta. Se trata de algo difusamente sucedido y a la par contado y legado en el diálogo entre intervinientes, testigos y un auditorio, todos ellos participantes.

Lo que se dice nos llega a través de testimonios, de quienes estuvieron cerca, de quienes contemplaron y no simplemente vieron, de quienes son recabados para abrir de nuevo esa historia y son llamados a verse concernidos, a dialogar al respecto, en una conversación en la que el verdadero narrador es la memoria. Todo un coro de voces procede como un manantial. No es un mero oír, es un escuchar algo y a alguien, y que merece ser, no simplemente transmitido, sino más aún trasladado, quizá relatado. Y este modo de hacer nos alcanza. Y así, juntos, vamos elaborando, y se va tejiendo un discurso plural, abierto, sin sujeto ni propietario, que cada quien incorpora a su vida sin adueñarse de él.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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