El salto del ángel

A otra cosa

Por: | 11 de julio de 2014

 Chen-yu-05  UNO

A veces callamos para decir de otro modo, para hacer de otra forma, para lograr lo que solo el silencio dice, para habitar un cierto tiempo, una determinada manera de tiempo. Es un reposo, no simplemente un descanso. También, y muchas veces, sobre todo para los demás. Para ser algo diferentes, siquiera de nosotros. Para lograr aquello que no resulta fácil, y que consiste en no aburrirse de sí mismo. Para huir de esa forma que se caracteriza por oírse decir. Pero no siempre es posible.

En ocasiones se comprende que el silencio está poblado de palabras no acalladas, sino diciéndose. Pero esto es un privilegio que no a todos alcanza. Se dicen, eso sí, en silencio, que no es simplemente una forma de enmudecer. Se agudiza la necesidad de abrirse a nuevas escuchas, las que no se reducen a lo evidente. Y más parece ser una verdadera travesía, la que solo se produce por ir a otra cosa. Se trata de un cierto desplazamiento que no necesariamente supone pérdida o merma de actividad. Hay zonas y espacios de silencio que ofrecen otra fecundidad. No es sin embargo una aventura simple. En cuanto uno se descuida, se vuelve a las mismas.

En cierta medida, nos pasamos la vida yéndonos, y no siempre es fácil saber si se trata de un alejamiento o de otra forma de aproximación. Los mismos asuntos, las mismas cuestiones tal vez están requieriendo algún alivio de la presión de nuestra existencia. También necesitan airearse, esponjarse. No es una desatención, sino una forma de consideración.

No es cuestión de mirar para otro lado, de ignorar hasta qué punto somos instados por urgencias ineludibles, sino de abrir la mirada más allá del limitado horizonte de nuestra vida cotidiana. Siempre hemos de hacerlo, pero en ocasiones prácticamente se impone el quedar anclados en la suerte que parece habernos correspondido. Y entonces la reiteración y la persistente voluntad de quedar fijados en lo que ya estamos produce la ceguera que nos impide contemplar, que no nos permite comprender. No siempre cabe ir a otra cosa.

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Sencillamente, hoy

Por: | 08 de julio de 2014

Toni Frisell 1947 GRANDE

Hay días que parecen más hoy que nunca. No son cualesquiera. Ninguno lo es. A veces simplemente porque con esa modesta caracterización resultan tan poco identificables que, como ya señala Hegel, un hoy vale para todos. Y en esa medida, para nada concreto. Su singularidad irrepetible busca salvarse fechándose, como si fuera un recipiente para posibles hechos. Pero quizá sea hoy cuando suceda, cuando haya sucedido, cuando ocurra lo que merece, para bien o para mal, ser considerado un acontecimiento. O esté a punto. O al menos, si no tanto, algo. Y no es que no importe el mañana, es que mañana será nuestro hoy. Otro hoy diferente. Como entonces ya nuestro hoy vendrá a ser un simple ayer. Algo tan sencillo, precisamente por eso, nos induce a vivir la sencillez del hoy. Y es bien complejo. Y difícil.

Ciertamente, introducir el futuro en nuestras decisiones no supone una desconsideración para con el hoy. Al contrario, es saberlo latente en lo que es y supone. Ahora bien, en cuanto nos descuidamos, hoy es un día de paso, una suerte de transición hacia otro, hacia posibles mejores tiempos y momentos, un día de más, un día perdido. Y pronto reconocemos que no es necesario que sea un día especial, que es tanto como subrayar que cualquiera puede serlo. De ahí que sea tan exigente vivir el hoy. Pronto nos ponemos en otra cosa, desatendiendo las inminentes posibilidades que nos ofrece.

Hay algo inquietante en esta entrega al hoy. Algo que podría parecer que nos hace indefensos o poco perspicaces, por falta de proyección. Pero bien podría suceder lo contrario, que éste en concreto, aunque no solo, labre el porvenir, lo haga llegar, en lugar de limitarse a aguardarlo. Es un día, es hoy, esto es, una gran ocasión, quizá.

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Conducta y aplicación

Por: | 04 de julio de 2014

Shih Yungchun 6

Por algunas suertes de la memoria, para empezar, de nuestra infancia, en determinadas épocas del año tendemos a hacer un balance que podría denominarse escolar. Nos sentimos en cierto modo examinados, siquiera, en primera instancia, por nosotros mismos. Y casi se diría que es tiempo de eso que llamamos recibir las notas. Y hay que llevarlas a casa. Llegan desde diversos ámbitos, nos las entregan más o menos explícitamente, estamos en el espacio de unos u otros modos de juicio. No vamos ahora más lejos en ello. Sin embargo, sí parece una adecuada ocasión para detenernos en un aspecto socialmente muy relevante.

No están tan distantes los tiempos, y hay hábitos que incluso en algunos espacios persisten, en los que antes de las notas de las asignaturas, y con prelación, se calificaban también numéricamente la conducta y la aplicación. Se entendía como algo que no se agotaba en el conocimiento de contenidos precisos, pero no únicamente. Venía a ser un valor previo, una condición de posibilidad y, en su caso, una singular explicación, y hasta justificación de “las notas”, y estas no solo se tenían, se daban. Han pasado años, incluso vidas. Siempre quedan, con diversos matices, conceptos similares. Era, sin embargo, otra concepción. Y ni siquiera de casi todo, sencillamente, de todo. Al menos de todo lo que depende de una concepción. No hay razón alguna para añorarlo, salvo, quizás y no siempre, por razones edad. Y no solo de la que ya se tiene y en la que ya se vive, sino singularmente más por la que aún no se tenía que por la ya se había cumplido.

Es singularmente interesante la relación establecida entre lo que se entendía por ambas. La conducta era un comportamiento que se vinculaba a la aplicación de modo tan radical que prácticamente mostraba en ella su verdad, mientras en esta se alumbraba en todo su esplendor la adecuada conducta. Todo un mundo de valores, sin duda bien interesantes, atractivos y necesarios, se tejía en esta relación. Suponían a su vez, sin embargo, una concepción inquietante de la obediencia como camino adecuado. Se trataba de una forma de conducirse, que no dejaba de entenderse como un modo de dejarse conducir.

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Supongamos

Por: | 01 de julio de 2014

Ben Grasso (3)

Supongamos que es un horror, que todo va mal, que ni funciona, ni hay modo de paliarlo, y que nadie está a la altura de afrontarlo, ni de resolverlo. Supongamos que poco cabe esperar, que falta voluntad y decisión, que estamos invadidos por una epidemia de incompetencias y de incompetentes, dominados por poderes espurios, insensibles e insolidarios. Supongamos que ya no hay modo de hablar bien de nada ni de nadie, que esto es un completo desastre. Al suponerlo, que, se dirá, no es tanto suponer, no sólo sentiremos malestar, también algún alivio. Y tal vez encontremos refugio al amparo de que nos vemos concernidos, sin poder hacer demasiado y sin tener que ver lo suficiente como para incomodarnos.

Supongamos que finalmente ha ocurrido lo que tanto nos temíamos, eso que no dejábamos de anunciar, de pronosticar, frente a lo que ya dijimos que había de hacerse. Eso también podría liberarnos. Supongamos que nuestras reiteraciones, por el mero hecho de serlo, parecieran más consistentes, más firmes, más irrefutables. Supongamos que, se mire por donde se mire, nada va bien. Supongamos que lo creemos, que lo sabemos, que es evidente, que está confirmado. Supongamos que es tal el deterioro que ya resulta difícil esperar algo de alguien, esperar que haya alguien capaz de algo. Supongamos que en tal caso lo único que cabe hacer es calificar, que vendría a coincidir con descalificar. Y, por tanto, supongamos que nuestro afán de verdad, de sinceridad, de franqueza no nos permita otra cosa que denunciar, acusar, señalar, reprochar. Supongamos que es el tiempo de la gran desconfianza, en lo que cabe hacer y en los otros, sobre todo en ellos.

Ninguna de estas suposiciones nos evita tener una cierta impresión de que “hay mucha buena gente”, pero la declaración resulta tan abstracta y tan ambigua que no habría modo de saber sin con ello se les está alabando, o aludiendo a su bonhomía inocente, una suerte de infecunda parálisis, cuando no una colaboración con el actual estado de cosas. Queda la duda de si se ensalza o se reprocha su ingenuidad o su candor.

Supongamos por tanto que, al suponerlo, fijamos la presuposición, hasta el punto de quedar anclados en ella. Ya nos previene Hegel que lo malo no es tener presupuestos, sino darlos tan por supuestos que los identifiquemos con la efectiva realidad. No es que no supongamos con alguna razón, incluso con buenas razones, lo peor es confundirlo con lo que hay, y esto con lo que cabe haber. Tanta suposición para finalmente no suponer que con ello no está todo dicho.

Mención aparte merece, una vez más, quién lo dice y desde dónde. Y todos hemos de incluirnos. Y no solo porque el sujeto de la enunciación ha de coincidir con el sujeto de la conducta, sino porque ha de sospecharse de quien parece conocer con un conocimiento sin contacto ni contagio con lo conocido, sin verse cuestionado, o con un conocedor que aparenta conocer lo real sin formar presuntamente parte de ello. Supongamos entonces que también va con nosotros, que también va de nosotros.

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Estrenar cansancios

Por: | 27 de junio de 2014

Benjamin Cohen Estudio de seis...

No es difícil encontrar a alguien que se sienta cansado. Más bien cuesta lo contrario. Ahora bien, en ocasiones, puestos a estarlo, requerimos cansancios nuevos. Uno puede cansarse también de la reiteración de los mismos cansancios. Y puestos a padecerlos, casi se prefiere estrenar. No es, sin embargo, tan fácil. Puede ocurrir que alguien llegue a estar resabiado incluso de ellos. Hasta cansado antes de cansarse. No necesita nada ni a nadie para lograrlo. Él solo se basta.

Estar cansado no es un lujo, ni necesariamente un mérito. Entre otras razones, porque las causas pueden ser radicalmente diversas. Presumir o hacer ostentación de ello es síntoma, más bien, de algún privilegio, siquiera el mínimo de poder mostrarlo. En cierto modo, quien está en verdad cansado no tiene muchas fuerzas ni a veces tiempo que perder en exhibirlo. Y hay quienes tienen buenas razones para padecerlo.

El cansancio no es una simple fatiga ni algo meramente corporal. Puede alcanzarnos de modo tan determinante que afecte radicalmente no solo a lo que hacemos o hemos de hacer, sino incluso a lo que somos. Ello nos hace comprender que no es simplemente un agotamiento consecuencia de una acción, ya que en ocasiones corresponde a formas de inactividad. También cabe agobiarse por lo que no se hace. Y ello no deja de cansar.

En cierto modo, en la propia palabra cansancio encontramos la acción de plegar o de doblegar, y no tanto por interrumpir, sino por verse en la necesidad de una desviación, la del camino emprendido. Pero no para renunciar sino para tal vez proseguir. Se cesa en la dirección, aunque a fin de tratar de llegar. Sin duda supone un cierto término, aunque no siempre una finalización.

En este sentido, hay algo bastante razonable en sentirse y saberse cansado, y no constituye en absoluto ni necesariamente un síntoma de lo que habría de evitarse. Al contrario, la entronización de la euforia de no precisar descanso, la proclamación de quienes no parecen requerirlo, e incluso la celebración de quienes menos lo toman, como emulación de lo que merece imitación, más bien muestra una cierta obsesión que no constituye indicio alguno ni de entrega ni de inteligencia. Ni es en sí mismo ejemplar.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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