Es imprescindible aprender. Nunca hemos de dejar de hacerlo, es tarea de toda una vida, hasta el punto de que cesar de aprender es el máximo envejecimiento, el definitivo. Pero conviene no olvidar que es decisivo enseñar, que alguien enseñe, que alguien nos enseñe.
Aprendemos de múltiples modos y maneras, pero esta variedad no significa que hayamos de desestimar la compañía, la complicidad, la proximidad de quienes nos facilitan, nos procuran, nos acercan, nos posibilitan saber. Podemos intentar engañarnos subrayando que el saber está ahí, al alcance de la mano, que basta hacerse con él, como si se tratara de una noticia o de un objeto, para ser tomado, atrapado, conquistado, consumido. Pero saber requiere toda una incorporación, una apropiación, no es una toma de posesión.
Nunca olvidamos a quien nos enseña bien lo que es verdadero y bueno. Nos inicia en una forma de relación con lo sabido, para que sea parte constitutiva de quienes somos. Es cierto, se insiste, “hay que aprender a aprender”, pero no hemos de olvidar que hay que enseñar a aprender. Alguien ya dijo que enseñar es dejar aprender. Y ese dejar no es una pasividad, es una creación de posibilidades propias para cada cual, apropiadas. En realidad, ello distingue al buen profesor, al buen educador. Tener un maestro, disfrutar de la dicha de un buen maestro es un regalo de la vida y hemos de reconocerlo con agradecimiento y con sencillez. Lo hemos necesitado y lo necesitamos.