El salto del ángel

Lo improbable

Por: | 17 de mayo de 2013

Elena Zhukova Ping Pong
Como es bien sabido, no todo lo improbable es imposible. Y sobre lo que ocurre con lo imposible también convendría afinar. Sin embargo, tenemos ya definido aproximadamente el espacio de lo presumible. A veces es tan cerrado, y limitado que no cesamos de sorprendernos. Entonces sí, todo nos parece inviable, no puede ser verdad, es increíble, inaudito, indescriptible, pero tan frecuentemente que ya deberíamos atenuar algunas expresiones. Incluso en tal caso prolifera lo que no deja de sorprendernos, lo que parece mentira, que no pocas veces va a acompañado de la percepción de que no hay derecho o es intolerable. En tal caso, no suele ser la improbabilidad lo que nos desconcierta, sino la injusticia del descaro o la impunidad.

Que no suceda habitualmente no significa que sea menos probable, sólo que es menos frecuente. Puede sorprender que aunque no pase en la mayoría de los casos la cuestión sea bien probable, si por tal entendemos las condiciones de su posibilidad y no el papel determinante de nuestras decisiones o acciones. Por eso, en ocasiones asentimos sobre la probabilidad dominando la situación, toda vez que ocurrirá o no según lo deseemos o hagamos. Pero con ello el asunto cobra otra interesante perspectiva, la de aquello que depende de nuestra intervención. Desde luego, si nos empeñamos en que no ocurra lo que está en nuestras manos, no sucederá. También el quehacer y la voluntad intervienen en la probabilidad y ello tiene su lógica.

Es asimismo cierto que no siempre somos capaces, no llegamos, no alcanzamos, no depende de nuestra labor. Pero incluso lo probable tiene su movilidad y sus desplazamientos y nuestra participación puede lograr que algo lo sea más o menos. Dicha lógica no es indiferente de nuestras opciones. Así que, hasta para conseguir que algo sea más improbable, hay comportamientos específicos que no se limitan a levantar acta estadística de la situación, sino que trabajan con denuedo para borrar cualquier viso de salida.

Aplicamos la coherencia de lo razonable, presentimos lo sensato, acumulamos las buenas razones, tomamos nuestras medidas y, finalmente, ocurre otra cosa. No por ello era menos probable. Lo que es interesante es si nuestra intervención la ha hecho más improbable o ha incidido, y en qué sentido, para que sea factible. Bien sabemos con Kant, y en gran parte gracias a él, que hay condiciones de posibilidad a priori, pero más bien procuran la viabilidad y no se reducen simplemente  a establecer límites. Parecería que eso es cuestión nuestra, de nuestra propia limitación y finitud. No es que lo que tratamos de pensar o de conocer se esconda, es que sólo hasta cierto punto llegamos a alcanzarlo. Puestos a que algo sea probable, lo más probable es que nuestro propio conocimiento no agote la realidad de la cosa y que todo lo que sepamos, digamos y hagamos acerca de ella no impida que prosiga dando que saber, decir y hacer.

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Suerte

Por: | 14 de mayo de 2013

Jose manuel gomez El mago
Nada que objetar a la existencia de pronósticos, ni de predicciones: los necesitamos. No está de más, en todo caso, que se soporten en argumentos. Ya no será suficiente con los magos y con los adivinos, ni con los visionarios. Las invocaciones, las rogativas y las plegarias podrían no bastar. Sin embargo, hay quienes parecen disponer de mecanismos y de procedimientos que no acabamos de comprender para comunicarse con la última razón y explicación que justifique o anticipe lo que puede ocurrir. Confiemos en que se trate de conocimiento.

Mientras tanto, los datos de que se dispone no siempre garantizan o secundan las medidas, sino que más bien consignan todo tipo de sorteos, apuestas, tómbolas y loterías, más o menos sofisticadas, que nos ponen a merced de la suerte. Cada vez más es lo que esperamos tener, es lo que deseamos, es lo que buscamos. Podría pensarse que en estos tiempos difíciles y complejos, en la vigente encrucijada, el azar está singularmente ocupado. Y requerido.

No es que desconfiemos de otros recursos, pero sigue siendo del mismo modo sorprendente que no pocos atribuyan una y otra vez su éxito a la proverbial fortuna, al clásico destino. En sus manos quedamos, entonces. Hace tiempo, por otra parte, que la suerte no tenía tanto trabajo. Suele decirse que hay que buscarla, pero ello, aunque sea una condición, ni siquiera siempre viene a ser un requisito. Más bien parece una explicación ulterior para lo que no pocas veces resulta inexplicable. Dado que los buenos amigos nos la desean, se supone que es especialmente necesaria, en los proyectos, en las ocupaciones, en la vida afectiva, aunque nadie sabría describir con precisión a qué obedece. Sólo la detectaríamos por sus consecuencias.

Nos movemos, por tanto, en el terreno de lo que es incidental, de todo un conjunto de sucesos fortuitos o casuales que producen ciertos resultados, sin poder explicar con alguna claridad a qué obedecen. Parecen más bien lances, modos de hacer que esperan ser satisfactorios, pero que tienen mucho de contar con el acaso. Todo se puebla de “tal vez”, de “quizá”, de “podría ser”, de “cabría ocurrir” y, en lugar de atribuirlo a que nos encontramos en el terreno de lo debatible y de lo discutible, simplemente nos ponemos en manos de la predicción. Presentimos, presumimos, atisbamos y recurrimos a un análisis de los indicios, no con la esperanza de encontrar una solución, sino de propiciar una resolución. No de garantizarla, sino de, al menos, sostenerla en algo, siquiera insignificante. Inferimos por algunos indicadores que ya nos hacen señas, que marcan consecuencias de lo que son señales: parece que tendremos buena suerte. O mala.

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Pasivos

Por: | 10 de mayo de 2013

Elena Zolotnisky Waiting
Un hilo no simplemente etimológico enlaza paciente con pasivo. En definitiva, se trataría de aguardar, de confiar, pero también, de dejarse hacer. La actuación consistiría en que intervinieran por nosotros, con nosotros, se ocuparan de lo nuestro. No desesperemos. Todo llegará.

Por eso, es tan importante no confundir la quietud con la justa paciencia incorporada a la capacidad de crear y de esperar activamente la hora del alumbramiento. La paciencia es artífice. Así nos lo recuerda Rainer Maria Rilke. “Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que por ello quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!”.

Elena Zolotnisky mujer de amarillo
Quizá, puestos a convocarla, incluso a invocarla, conviene no entenderla como un lapso, una suerte de tiempo dormido o demorado, un olvido, una despreocupación, un fijar la mirada en otra dirección, en otros asuntos, para que otros lo hagan, para que otros se ocupen, sin atender demasiado a lo que parece, a lo que aparece, a lo previsible o a lo previsto, a fin de permanecer pacientemente, pasivamente.

Mientras tanto, en todo caso, caben otras ocupaciones, incluso entretenimientos. Pero conviene no intervenir, no interferir, con nuestra inquietud. En realidad, en eso consiste para algunos vivir, en esperar la venida de la solución. Y cualquier pregunta o cuestión al respecto podría entenderse como precipitación, como desconsideración.

Sin duda la paciencia es determinante. Para empezar la que hemos de tener con nosotros mismos. Y dado que es frecuente que nos encontremos en esa necesidad, no nos faltan ni hábito ni costumbre. Por otro lado, se esgrime en diversos momentos aunque, por lo general cuando existe la percepción de que algo no va suficientemente bien. En caso contrario, no suele ser concitada. Casi diríamos que si alguien nos la requiere presuponemos que hemos de prepararnos para una travesía difícil. Incluye, sin embargo, la perspectiva de un final y de llegar a ser un estímulo, un aliciente, un acicate, pero nunca por sí, sino en razón de las expectativas. Incluso esperar lo inesperado puede resultar lleno de sentido. El asunto se complica si ha de esperarse lo inesperable, es decir, aquello sin condiciones de posibilidad conocidas.

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Enredados

Por: | 07 de mayo de 2013

Al held 100
Todo un conjunto de líneas nos enlaza, nos vincula y a la par marca una distancia. Platón nos señala el camino de la configuración de la ciudad y de la comunidad como un entramado, como un tejido entretejido por hilos que componen un espacio compartido  y “reunido por la concordia y el amor en una vida común”, a fin de confeccionar  “el más magnífico y excelso de todos los tejidos”, para abrazar a todos los hombres de la ciudad. Se trata de contenerlos “en esa red y, en la medida en la que le está dado  a una ciudad, llegar a ser feliz. Que los caracteres sensatos y los caracteres valientes “se entretejan en una tela por la comunidad de opiniones, de honores, de glorias, de respetos y por el mutuo intercambio de seguridades, formando con ellos un tejido suave y bien tramado.Tejido y texto tienen una raíz común. En última instancia, la labor de su construcción, de su elaboración es siempre una acción poética.

Pero ya los hilos, las líneas, no conforman necesariamente tal tejido. Se entrecruzan en diferentes planos, sin urdimbre, sin bastidor y, en el mejor de los casos, todo deviene red y rizoma. Podemos vislumbrarnos sin coincidir, sin tocarnos de verdad, con apenas ciertos nudos en los que se sustenta la prosecución de caminos que se lanzan sin destino. Todo se pone en circulación y de vez en cuando se producen ciertas aglomeraciones o conglomerados, placas o volúmenes que navegan un tanto desconcertadamente en el espacio, como restos de un edificio tal vez ya nunca por erigir. No se trata de tener nostalgia de supuestas unidades que en definitiva no son sino bloques más cerrados que sólidos, pero no es fácil limitarnos a merodear en un intercambio con contactos sin apenas encuentros.

Las ideas, los conceptos, vagan aislados y desconcertados. Es como si hubieran de ser algo distinto, aprender contra todo lo sabido a actuar, incluso a ser, por separado. Pero les resulta difícil la sintonía. Van más solos que nunca y, sin embargo, son más conjuntamente que jamás. Ni una causa única, ni una razón única, ni un discurso único, siempre hay un haz de relaciones que no en todo caso constituyen una red. Extraviados en una multiplicación de dichos y modos de decir, nos buscamos entre dificultades. Va a ser difícil coincidir. Quizá la enriquecedora proliferación de dimensiones no hace sino confirmar lo que a su modo siempre ha ocurrido, pero ahora se hacen más ostentosos los espacios, los huecos, los vacíos. Y no faltan quienes vislumbran en ellos posibilidad, oportunidad para el pensamiento, para la acción.

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Peculiares y comunes

Por: | 03 de mayo de 2013

Alice Neel Hartley 2
Presumir de ser peculiar supone ignorar que todos lo somos, ya que en eso consiste exactamente lo propio o privativo de cada quien. Nuestra más privada propiedad es la de ser peculiares. Lo interesante es cuál es su alcance y su sentido. Todo empieza a ser distinto cuando somos capaces de reconocer, de comprender, que a los demás les ocurre algo similar y viven a su modo su irrepetible e insustituible existencia, y a valorar el que no sea igual, y aún menos idéntica, a la nuestra. El enigmático mundo de las relaciones con uno mismo, la peripecia más íntima y personal, la soledad constitutiva, los deseos y las necesidades merecen una forma, por muy elemental que a veces resulte, de afecto. Y si éste en ciertos casos es màs intenso, no ha de ser precisamente porque se elimina lo que nos diferencia, sino porque él nos permite diferir.

La cuestión es que no siempre resulta fácil ser singular. Y éste es otro asunto. Proponérselo puede ser de lo más común y no precisamente algo extraordinario. Eso no significa que sea frecuente. A su modo, incluso en mínimos detalles, se evidencia en muchos casos, aunque no sea de modo explícito, que tenemos una forma, un estilo de vida que alcanza a lo que somos capaces, que incide en lo que decimos y en lo que hacemos. Sin duda puede variar, y no sólo con el tiempo. De tener lugar prácticamente en cada ocasión, esa permanente modificación constituiría la máscara de nuestro verdadero rostro, el de una sucesión y proliferación que no necesariamente es ocultación. Ya no como del aspecto del otro, sino del de nosotros mismos.

Argüir que uno tiene bastante con sus ocupaciones y desocupaciones como para vérselas en la peripecia de hacer la travesía de lo peculiar a lo singular es desconsiderar que en todo caso se realiza, y que la desatención o la indiferencia son una forma de travesía que no deja de ser nuestra propia manera. Que obedezca a coyunturas circunstanciales no le resta verdad. Cuando lo descuidamos también sucede, pero de otro modo. En definitiva, es lo que ocurre con la vida, es en lo que la propia vida, la de tantos, consiste. Quizás, cierta pérdida de singularidad podría ser nuestra peculiaridad y la de un mundo empeñado en aplanar las diferencias de cada quien, sin eliminar las que a su vez se consolidan entre nosotros.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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