Decimos que no tenemos tiempo. No se pone en duda. Pero cuando disponemos de él, comprobamos que lo más difícil es tener fuerzas, y sobre todo razones, para hacer. En medio de numerosas ocupaciones, podemos tal vez encontrar espacios y alicientes. Sin embargo, a veces, liberados de ellas, el tiempo se coagula o desaparece. Aplanado, sin referencias decisivas, viene a ser un magma indiferenciado. Viene a ser tanto que no resulta nada. Efectivamente, todo el tiempo del mundo para esto. Resulta ya saturado por una inactividad suficiente que paradójicamente lo llena.
La voluntad se acalla para soportar esta inacción y cualquier detalle o tarea es suficiente para completar la ocupación del día. Y curiosamente, cuando no hay tanto que hacer no se llega cómodamente a realizar. Es como si la desocupación lo ocupara casi todo. Nos desactivamos, no por pereza sino para afrontar el tiempo dilatado, tan extendido que no resulta acogedor. Despertarse, alimentarse, descansar, marcan la pauta. Y entonces hay tanto que cabe hacer que lo razonable es reconocer cuánto se parece a cuando ya no hay nada singular que realizar.
La obligatoriedad de ciertas tareas puede incluso añorarse. Si no hay nada que hacer, ni siquiera hay entonces un espacio para el ocio. Puestos a elegir, no parece muy posible sino elegir un tipo de actividad para rellenar nuestra existencia. Curiosamente, la desocupación, el sentirnos libres de, no siempre nos procura más tiempo libre para, ya que ello requiere de nuestra disposición y de desafíos atractivos. Es el tiempo el que no resulta precisamente libre, sino enajenado. Es un tiempo dislocado, extemporáneo, fuera de sí, que no es propicio para la acción.