Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Un aire común

Por: | 08 de junio de 2012

Verónica rubio4
Necesitamos respirar. Como nunca. Como siempre. Y no dejamos nunca de aprender a hacerlo. Y eso nos reconforta. Un cierto ahogo, una asfixia algo difusa, pero evidente, nos convoca a cuidar explícitamente lo que parecía tan natural. Resulta más imprescindible aún, aunque en definitiva en eso consiste vivir, en precisar de nuevo que ocurra otra vez lo nunca sucedido. Es lo mismo, pero no es igual. Algo de eso es el eterno retorno en Nietzsche.

Nos falta aire, aire limpio y libre. Y sin embargo, encontramos quienes nos oxigenan y alientan. A veces con una palabra, con una mano amiga. Las Cartas a Lucilio de Séneca muestran en realidad que el aire que precisamos no es un aire cualquiera. Es el de un afecto y un sentido compartidos, el de una mutua implicación en un tarea y en un desafío, que bien pudieran ser sencillamente los de vivir dignamente. Respirar no se reduce a absorber el aire y a expelerlo. También respirar es dar noticia de sí, hablar, pronunciar palabras. Y a veces nos falta el aliento. Y en eso no siempre estamos solos. Respiramos un aire común. Y en ocasiones, subrayamos, es irrespirable. También por lo que decimos y nos decimos.

Aprender a hablar supone un trastorno de la apacible respiración, una modificación, una intrusión en el más o menos monótono ritmo de aspirar y espirar. Una suerte de no coincidencia entre el sonido y el sentido. Algo nos ha ocurrido. Algo no acaba de satisfacer. Y se trataría de armonizarlo. Tamaña incomodidad constitutiva nos altera el ritmo de la respiración y en alguna medida el ritmo de la vida. Aparece un intruso. Los sonidos empiezan a configurar sentidos.

Este extraño animal que es el ser humano tiene el carácter, la característica, de decir, de producir sonidos que significan cosas, que las buscan, que las señalan. Y todo el mundo de los sentimientos y de los afectos se alborota. Nuestro entorno siente que quizás estamos soñando, imaginando, deseando. La respiración se entrecorta y balbuceamos torpemente sentidos. Y ya para siempre necesitaremos decir, decirnos, respirar rítmicamente nuestras palabras. En realidad, rythmós une las nociones de movimiento y de forma, para organizar y ordenar, para reglar y arreglar. Es en definitiva un modo adecuado de respirar. Así, respiramos una canción, un verso, un poema, un discurso.

La palabra surge cuando el ser humano comienza sorprendido a oírse, porque se produce una extrañeza, un asombro, la maravilla de lo que sucede y nos sucede, y nos hace cuestionarnos, interrogarnos, problematizarnos. Algo no acaba de coincidir, algo nos falta, sentimos alguna escisión, alguna fractura o quiebra constitutiva. En el Poema de Parménides se inicia una manera de decir las palabras ajustadamente. Se trata de respirarlas, de recitarlas, de una forma singular. Es una verdadera transformación. Leído al pie de la letra, según el acento y el ritmo, con una manera peculiar de respirar, un modo poético, rítmico, meditativo, se produce una modificación que provoca otra forma de ver, de considerar y de contemplar lo que hay. Y quienes alientan a hacerlo, quienes impulsan el carro de la diosa, son el derecho y la justicia. Y no para huir de los avatares de los mortales. Lo hacen “a través de las ciudades”. Ya suponemos entonces que puestos a encontrarlas irrespirables, la falta de derecho y de justicia sería una contaminación determinante.

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