Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

En calma

Por: | 11 de junio de 2012

  Darren almond1

Nada parece estar en calma. O falta o es excesiva. Y todo dice precisarla. Es como si no pudiéramos permitírnosla. No están los tiempos para ella, pensamos. Quizá suceda lo contrario. Tal vez pocas veces la hemos necesitado tanto. Consideramos equivocadamente que sería una frivolidad tenerla. Significaría un gesto de arrogancia, de autosuficiencia, cuando no una claudicación, o una falta de determinación, o una resignación, o una aceptación indiferente. Supondría según algunos una aristocrática apatía. Sin embargo, resulta indispensable para no perder la capacidad de análisis, de escucha, de deliberación, de comprensión. Más aún, para afrontar serena y decididamente el momento. El privilegio de no estar alterado no significa ser un insensato o un insensible.

En ocasiones, un clima general de tensión y de alteración más bien invitaría a precipitarse, a adoptar inmediatamente resoluciones, a agitar las aseveraciones como si fueran argumentos y a buscar una salida, sea ésta o no apropiada. Las cosas no van bien, luego hemos de hacer. Sin duda no pocas veces es preciso actuar. Pero es evidente que no faltan quienes en semejante vorágine se encuentran cómodos. Es la urgencia. Siempre es la urgencia. No hay tiempo. Nunca hay tiempo.

La pérdida general de nervios no significa un colectivo compromiso con la situación, ni un reconocimiento del estado en el que estamos. Y, desde luego, ni sería deseable ni garantizaría una mayor decisión para vérnosla con ella. Se requiere una determinada tranquilidad, una cierta suspensión de las presiones, de las alteraciones, de las afecciones y de las incidencias o, al menos, una capacidad para sosegarlas, a fin de abordar firmemente la coyuntura. No se trata de hacerlo con indolencia, ni de mostrar desinterés, como formas más o menos sofisticadas de inactividad. La calma que buscamos es la apertura de espacios de suspensión de la agitada y permanente tarea, empeñada en zanjar una y otra vez, y como sea, asuntos sin enfrentar las condiciones para considerarlos con alcance y profundidad.

No es fácil tener calma. Ciertamente hay razones para perderla. Pero más para no hacerlo. Sobre todo la necesidad de no convertirse en un mero espectador de nuestra existencia. No se reduce a una mirada externa, la de alguien que supuestamente describe la situación con mayor objetividad o claridad. Quizá la responsabilidad o la competencia radiquen en la capacidad de reflexión y de creación de estrategias, de responder sin  rendirse precipitadamente ante los hechos, y de buscar una y otra vez la posibilidad de modificar el actual estado de cosas. La calma no es indiferencia, sino una forma  intensa, enérgica y sensata de actuar ante una difícil coyuntura.

La calma no es una adormidera, es una tensión, una atención, un estar activos, a la espera y a la expectativa. La calma es una dedicación cuidada y una disposición para afrontar equilibradamente los desafíos que nos convocan.

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