Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Entre amigos

Por: | 15 de junio de 2012

Picasso la lectura de la cartaPresumir de no necesitarnos confirma que necesitamos presumir. Porque consistimos en precisar de los demás. Y no reconocerlo es un gesto de autosuficiencia que más bien denota mayor debilidad. Puede incluso agudizarse la evidencia en momentos especialmente difíciles. Y tal vez conviene no ignorar cuanto en ello está en juego ahora que, se denomine como se denomine, nos vemos en general más acuciados por las urgencias. Y en estas ocasiones es cuando destella, incluso deslumbra, la cuestión de la amistad. “¿Quién es el amigo? ¿Quién es la amiga?”. En este interrogante concreta Derrida la pregunta de la Filosofía. No se trata de responder con un listado o una enumeración de relaciones y de conocidos, es más bien un abrirse e interesarse por el quien del otro, de alguien bien concreto, definido o no, y no una simple identificación. El pensamiento no es ensimismamiento, nos abre al otro, a su situación, a su vida.

Puede resultar desconcertante que, estando como estamos ahora, el asunto se reduzca a ocuparse de lo que les ocurre a los demás, pero conste que quien no es capaz de interrogarse por el otro, por lo otro de sí, no es capaz siquiera de preguntarse por sí mismo. Por ello, es sintomático lo que llega a ocurrirnos cuando sentimos o no ese modo tan singular de presencia y de relación que es la del amigo. Resulta determinante contar con alguien que con su cercanía ofrezca alicientes y razones para encontrar fuerzas a fin de afrontar la coyuntura. Y no sólo por su proximidad, también por las convicciones y los afectos indispensables que compartir. Alguien a quien recurrir, para solicitar su apoyo o su ayuda, resulta a veces imprescindible. Pero no menos para afrontar conjuntamente lo que nos concierne.

Por eso se ha dicho que la voz del amigo es la comunidad mínima, la imprescindible, la inconmensurable. Como Deleuze señala, “la cuestión de la amistad se halla en el corazón del pensamiento”. El buen amigo es quien paradójicamente te sitúa en la obligación de permanecer libre, no vacío. Requerir cerca la libertad de alguien para llamar, para esperar, para invitar, para convocar, es saber que no todo brota de uno mismo. Precisamos de quien sea amable. Y eso no es una mera cuestión de cortesía o de modales con lo que hay. Lo es de maneras y de modos respecto de lo que cabe ser, de lo que podemos, de lo que buscamos, de lo que necesitamos. Ello supone reconocer que el amigo nos hace lograr lo mejor de nosotros mismos. No se conforma con lo que ya somos, pero tampoco nos exige que dejemos de serlo. Le gusta lo que podría ocurrir y lo hace viable. Por eso, la amistad no es una posesión, es un impulso de la capacidad de no rendirse ante la hostilidad y la discordia. De ahí que ser amable no sea un gesto coyuntural, ni un simple deseo de agradar. Es un modo de ser que consiste en dar, en entregar.

Montaigne habla de la pérdida del amigo “irremplazable, sin sustituto”. Su singularidad es la de una búsqueda común, no la de un estado adquirido y asentado.  La falta de esa philía impide compartir y proseguir conjuntamente algo. Cuando se refiere a la falta de amistad y de comunicación como una enfermedad, alude a la desconsideración no sólo con lo que ya es, sino para con lo que podría llegar a suceder si se abren de verdad nuestras relaciones.

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