Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Lo llamado normal

Por: | 20 de junio de 2012


Christopher_Orr,_Circle,_2006No siempre resulta atractivo ser calificado como normal. No hay duda de que puede valorarse frente a determinadas alternativas, pero resulta inquietante el uso que hacemos del término. En ocasiones nos amparamos en él y nos arropamos en el abrigo que nos procura. Quizás en este sentido hemos de comprender lo que tiene de denuncia el libro de Janette Winterson, “¿Por  qué ser feliz cuando se puede ser normal?” (Why Be Happy When You Could Be Normal?). Nos encontramos con una pregunta rigurosa, no exenta de ironía, que más bien ofrece el texto de una denuncia, de una búsqueda, de una lucha, de una dura experiencia, la de labrar la propia vida en circunstancias difíciles. A veces se logra siquiera que sea un relato de ficción para sobrevivir y no ser condenado a los dictados estandarizados. No es una huída, ni un simple refugio. Es simplemente una posibilidad.

Y lo es frente a quienes desean “normalizar” las vidas ajenas y reducirlas a lo que se ofrece del modo más convencional. El título no es en este caso ninguna rendición, sino una transgresión que pone en cuestión lo que con demasiada ligereza llamamos “normal”. Y esta palabra no solo ha de ser descrita, merece prácticamente ser desenmascarada. Ante lo llamado normal se erige la voluntad de no ser sometido permanentemente al examen y a los intereses ajenos. Se precisa una tarea conjunta de recelo, de sospecha, sobre el supuesto atractivo de la normalidad.

Resulta asimismo sugerente el título de la obra en la que Canguilhem muestra hasta qué punto el término funciona como un elemento de clasificación y de exclusión. En Lo normal y lo patológico se incide en los límites de una racionalidad que expulsa de sí y califica de enfermizo y digno de tratamiento aquello que no se deja recoger y domesticar en este concepto, más aún, en la lectura dominante del mismo. Así planteado, resulta difícil no saberse normal sin sentir una verdadera amputación de los sentimientos, de los deseos, de las emociones, de las pasiones, en definitiva, de los proyectos de vida y de la vida misma. De no ser de acuerdo con esa tipificación que vincula un concepto de razón a una determinada “normalidad”, uno se haría “digno de terapia”, “de cura”.

Encontramos normal lo que es habitual o corriente, lo que responde a usos y costumbres, lo que calificamos de natural, de sano sentido común, lo que estadísticamente es frecuente, lo que, como decimos, “siempre se ha hecho así”, “siempre ha sido así”. Al supeditarnos a esa propuesta norma, este concepto produce finalmente, como es “lógico”, “gente de lo más normal”. La interiorización cobra tal alcance, que ya no es necesario mucho más para encauzar, embridar y acomodar la propia vida a lo que impera como “razonable”, que identificamos inapropiadamente como “socialmente aceptado”. La palabra queda así encerrada en un sentido preciso pero desajustado, y nace también todo un lenguaje silenciado. Más aún, que funciona como un elemento disuasorio de otras experiencias o formas de vida que, entonces, consideramos poco normales. Se califican prácticamente como una sin-razón, que merece alguna suerte más o menos explícita de internamiento o de exilio, con las correspondientes dosis de aislamiento. Se disocia la propia vida del lenguaje y sobre ciertos asuntos se pide callar. Es lo normal.

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