Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Cuerpo culto

Por: | 20 de julio de 2012

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No deja de resultar curioso y significativo que en tiempos personal o socialmente complicados, se produzca una cierta reactivación de la necesidad de cuidar el cuerpo. O de abandonarse. Algunos males nos conducen a tratar de aferrarnos a él para asegurarnos cierta salud. No se desprende de ello que precisamente hacerlo con regularidad deje de ser una muestra evidente del cuidado de uno mismo. Pero puestos a organizarnos el tiempo y la vida, puestos a cambiarla con la voluntad de mejorarla, con frecuencia nos planteamos planes que inciden directamente en nuestro cuerpo. Ejercicios, gimnasios, piscinas, dietas, playas, montañas y caminos despliegan un auténtico concierto para procurarnos las condiciones a fin de lograr que nos reconciliemos con él. Podría pensarse que es superficial dedicarse a tareas supuestamente de tan poco alcance, pero conviene no precipitarse en las valoraciones.

Hemos oido con frecuencia citar que, a decir de Platón,el cuerpo es la cárcel del alma”, mientras a la par proliferan los discursos en los que, de una u otra manera, no cesa de entronizarse, como única garantía a la que asirse, en la que sujetarse. Pero cárcel (frourá) no es sólo prisión, es sobre todo vigilancia vigilada, es el servicio de guardia, la que montan los efebos en las fronteras del territorio de la ciudad, bajo la supervisión de los magistrados, una vigilancia sin huída. De ahí que más bien habríamos de decir que el cuerpo vela con tanto celo por el alma, con tanto mimo y cuidado, como se observa atentamente el latir de un hijo, su respirar. Hasta el punto de que los cuidados del cuerpo son un modo de velar por el alma.

Desde luego, tampoco se trata de proyectar nuestra representación del alma, tan mediada ya por otras influencias, sobre lo que el griego pensaba al respecto. Con él hablamos más bien de la corporeidad de sus movimientos, que muestra ese esfuerzo de reunión, de recogerse en sí misma desde todos los puntos del cuerpo, como señala en el Fedón. Aludimos entonces a esa tarea de concentrarse.

Así que, antes de lanzarnos a una descalificación de quienes cuidan con esmero su cuerpo, y sin necesidad de refugiarnos en los excesos y en los extremos de esta tarea, hemos de reconocer que su desconsideración no deja de ser un síntoma de la desatención con uno mismo, de abandono. Hasta el extremo de poder esgrimirse cierta indolencia al respecto como un modo de contestación ante el imperio dominante y la entronización de las exageraciones de ese cuidado.

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