Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Los límites de entender

Por: | 27 de julio de 2012

Ana Eckell Muestra Espíritu Salvaje 3

Pretender entender todo es tan inquietante como que haya demasiadas cosas que no entendemos. Ampararse en que no es fácil no debe ser una coartada para incrementar el ámbito de lo inexplicable. Cuanto ocurre parece ser de una inusitada complejidad, tanto que hemos de resignarnos a que esté en otras manos. No es que pretendamos ser expertos en todo, es que resulta incómodo que expertos para todo no dejen espacio para nada. O lo que es peor, para nadie. Para nadie otro. Sin embargo hemos de agradecer a quienes con su conocimiento nos acercan, nos aproximan lo que nunca seríamos capaces de acceder. Ciertamente es necesario, es importante, es imprescindible saber, pero una vez que se sabe, conviene no apropiarse de lo sabido. Por eso es tan decisivo, en la medida de lo posible, compartirlo. El conocimiento no transmitido genera resentimiento.

Todo reviste tal peculiaridad y sofisticación, requiere tal grado de especialización, tiene tantas ramificaciones, exige dedicación tan exclusiva, pide una formación tan exquisita y demanda tanto encontrarse en los lugares adecuados, que solo nos queda constatar que, por lo visto, no podemos aspirar a entender. Y menos aún a saber. Todos nuestros esfuerzos, nuestro seguimiento, nuestra atención, se embarrancan en que no nos corresponde a nosotros sino estar pendientes. Ya se verá. Ya se nos dirá. Pero nada de pretender comprender. En principio, no es que carezcamos de confianza, pero puestos a tenerla, también nos la pedimos y la pedimos. Para empezar, procuramos tenerla en nuestras propias capacidades, por muy limitadas que resulten.

Asistimos desconcertados a los vaivenes en los que fluctúa aquello en lo que, según parece, se juega nuestra suerte. Miramos confiados en que no se agrave y recibimos con alivio lo que se nos dice si supone un indicio o un atisbo de mejoría. Seguimos las novedades, escuchamos las razones, pero son tan enigmáticas y misteriosas como pudieran serlo la providencia o el destino, el azar o la suerte. No es así, porque hay quienes atienden cuidadosamente las evoluciones y más bien parece que hacen que las evoluciones sigan. Ellos buscan lo mejor. Y esa afirmación desata nuestros interrogantes. Pero una vez más son cuestiones que no parece fácil entender. O lo entiendes todo, cosa improbable, o parece no ser posible entender nada en absoluto. Estamos pendientes, nunca mejor dicho.

Y lo que es más inquietante es que no está tan claro qué es lo que habríamos de hacer en esta atenta espera. Tal vez empezar por no cuestionarnos demasiado. Calma, se nos dice. Ya sucederá. Aunque semejante apática resignación nos deja la constatación de que, de nuevo, efectivamente nos corresponde no entender. Tratar de hacerlo se consideraría insensato, imprudente, pretencioso.

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