El salto del ángel

Bajo sospecha

Por: | 17 de julio de 2012

 

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Puestos a sospechar, también merece sospecharse de que lo hagamos permanentemente. Todo parece sostenerse en la puesta en cuestión de la buena voluntad, de la capacidad y de la competencia de los demás. Se trataría de controlarlos y de activarlos, desde el presupuesto de que no hacen lo que deben, incumplen sus obligaciones y se encuentran en una situación privilegiada. Eso sí, lo otros, siempre los otros. Así que, y más aún en tiempos difíciles, cabe conjeturar sobre las intenciones y los comportamientos, al amparo del soporte de la desconfianza. Puestos a adoptar medidas, habrían de sustentarse en la necesidad de embridar las conductas ajenas. En ello radicaría la base de las actuaciones. La libre voluntad se constituiría en un peligro y profesiones enteras quedarían en evidencia ante tales purificadores.

La comprobación de ciertos abusos no haría sino ratificar, por lo visto, que es imprescindible adoptar decisiones que alcancen y afecten a todos. En lugar de aislar y de atajar los comportamientos inapropiados, dada la ocasión, y puesto que como se sabe “todos son iguales”, se constata que es imprescindible intervenir. Desde la desconfianza en el quehacer singular y en el gobierno de sí, no cabría otro modo de gestionar la cuestión que el que se impone propalando el recelo. La coartada buscaría el aplauso general, dado que si ya ha quedado claro que no es presentable el actual estado de cosas, y una vez demonizados colectivos enteros, parece sensato intervenir en ellos, aunque supongo que, ni siquiera con tales presupuestos, eso habría de hacerse contra ellos.

Tal vez la clave de los modos de actuar deliberativos, participativos, dialogantes, radica en la confianza, en la generación de espacios y de oportunidades, en la intervención corresponsable en las decisiones, en la implicación y en la contribución para afrontar conjuntamente las situaciones. No simplemente en la asunción disciplinada de las consecuencias adoptadas, desde el presupuesto de que uno no es de fiar. Todo parece predispuesto para ratificar que es imprescindible actuar para poner fin a ciertos despropósitos. Y se hace desde la convicción de que es necesario impedir los llamados privilegios. Pero siempre y cuando sean ajenos y no resulten excesivos, en cuyo caso conviene andarse con otras cautelas.

Karen appel Reptil gato o gato sigiloso CREEPING CATMás bien parecería que el camino habría de ser otro, el de incentivar, el de estimular, el de ofrecer otros alicientes y el de tener menos suspicacias. Desde luego, ni es fácil, ni es responsable presuponer las soluciones. Así que no es que falte comprensión por quienes se ven afectados por esta desconfianza, que no son pocos, es que resulta inquietante ser llamado a un cierto orden, cuando no hay constancia de que para ello se requiera precisamente ese tipo de ordenamiento. Podría ponerse en cuestión que “cuanto mejor es uno, tanto más difícilmente sospecha de la maldad de los demás”, como subraya Cicerón, pero conviene en todo caso tenerlo bien presente. La permanente sospecha y desconfianza se encuentra en la base de los modos de proceder autoritarios, desde la convicción, su convicción, de que los demás no cumplen y han de saberse vigilados y han de sentirse temerosos, esto es, no merecen la consideración de ciudadanos activos y libres.

Tal vez el asunto tendría mejor solución de ser cierto que “nada induce al hombre a sospechar mucho como el saber poco”. Si Francis Bacon habla con razón, el asunto tiene que ver con el conocimiento, o mejor, con el desconocimiento. Y de ser así, no estaría de menos saber más. Y saber más de los demás. Los prejuicios, los estereotipos, los presupuestos, las caricaturas, los clichés, suficientemente aireados, difundidos y reiterados, generan un estado de ánimo, una opinión, que inducen, propician y parecen justificar ciertas decisiones. No es nuestra cuestión ahora tanto analizarlas, cuanto decir impulsados por lo que dejan traslucir.

Karen appel 2Cabe plantearse si, como algunos señalan, no la confianza, sino la desconfianza es un signo de debilidad. Más preocupante sería que, a su vez, se presentara como energía lo que en definitiva no es sino sospecha dominante, bajo la cual nos encontraríamos. Si es así, dado que ahí nos hallamos, no estaría mal que en efecto nos encontráramos. Y para hacer valer juntos que no queda tan claro que resulte imprescindible que sea precisamente en esas direcciones y en esos ámbitos en los que  haya de recaer la sospecha. Y menos claro aún considerarla como una causa o explicación de lo decidido, y no como un factor que tener en cuenta. No hemos de confundir la sensata prudencia con la insensata desconfianza.

Cuando se desconfía, lo que concretamente no se genera es confianza. Si no se espera lo mejor de alguien, no suele defraudarnos, no lo ofrece. Si no se habla bien de él, ratifica nuestras expectativas. Si se interviene poniendo en cuestión su labor, podría llegar a lograrse que efectivamente no sea adecuada. Proceder poniendo a los demás bajo sospecha no anuncia buenos presagios.

De ahí que si la operación se difundiera, y tuviera su éxito, y todos acabáramos sospechando, podríamos finalizar sospechando de quienes permanentemente nos invitan y nos enseñan a sospechar. Paradójicamente se lograría así lo que a nuestro juicio es un deterioro. Y un peligro social. Sospechar unos de otros vendría a ser el resultado de un modo de proceder desconsiderado. Si ello llegara a ocurrir, estamos perdidos. Pero la verdadera distinción habría de consistir en evitarlo, en no poner en cuestión a colectivos enteros, en no fomentar la desconfianza social y en potenciar el reconocimiento que no pocos sentimos por la labor ajena.

(Imágenes: Christiann Karel Appel, People, Birds and Sun; Creeping Cat; y Ontmoeting (Encounter).

Hay 8 Comentarios

Sospechar la mirada para construir una situación es escalofriante. La naturaleza ofrece el amparo de llegar a ejecutar lo que nos falta lo que nos mantiene en tal magnitud que se desborda o mantiene. Mirar desde las montañas hasta el infinito es observar lo insignificante que somos ante el espiritu aventurero que nos ofrece la naturaleza. Acostumbrados a estar entre cuatro paredes y observar el exterior por una ventana donde el paisaje no se aprecia. Percibir la visibilidad es verse inmenso en la sospecha que agota o extiende el horizonte de nuestras vidas. Vivir es sentir expandir nuestra mirada.

Está claro que la democracia se ha de sustentar sobre la máxima un máxima...se nutre de y para la defensa de los intereses de los ciudadanos. Seres activos y libres, honrados y cumplidores y que son responsables. Esta es la verdadera "confianza".
Hoy la "confianza" resulta ser algo que nos requieren los "mercados" y claro, nos han puesto a todos bajo sospecha, hoy el nuevo paradigma consiste en "piensa mal y acertarás", vale, lo que pasa es que el sistema basado en la desconfianza hacia los ciudadanos tiene como consecuencia el Estado Policía.... y puede llegar a través del populismo a llevar a líderes mesiánicos a espacios abiertos a la respresentación... Hitler y algún otro salieron de las urnas.

En una ocasión, cuando a un MAGO le preguntaban:
-¿a quien engaña usted mejor con sus trucos de magia?
-Yo, a quién mejor engaño, es a la gente inteligente, respondía
Dejémonos engañar por los MAGOS, pues ellos crean lo imposible con lo posible
Huyamos del VENDEDOR DE CRECEPELO, pues ellos nos hacen creer que es posible lo imposible.

Llevo varios días intentando convencer a una amiga -por medio de ejemplos y largas explicaciones- del razonamiento que inspira este post. Desde luego, no he logrado una exposición tan elegante como esta. De lo que sí me he dado cuenta es de lo extendida que está la actitud de sospecha, de la necesidad de chivos expiatorios que mueve a la demonización de colectivos enteros... y de la falta de información y conocimiento que laten detrás de esas actitudes. Todo lo cual está tan bien recogido en este post, como difícil -aunque no imposible- parece revertir la tendencia de esas actitudes a arraigar.
En todo caso, le paso este post a mi amiga, a ver si la voy convenciendo. Felicidades, Ángel.

Una entrada esta donde se habla de la sospecha y no se baraja ningún sospechoso.Cosa que lleva a sospechar quiénes podrán ser.Por ejemplo: quiénes sería los que desconfían de la "labor ajena".Quiénes los "colectivos enteros".¿Cuánto sube su número? ¿ quiénes "permanentemente nos invitan y nos enseñan a sospechar" o a no sospechar? Y quiénes los que no "cumplen y han de saberse vigilados y han de sentirse temerosos", pues saberse vigilado ya sería mucho.Y temeroso.Quiénes los que promulgan " prejuicios, los estereotipos, los presupuestos, las caricaturas, los clichés," ; quiénes son los de no fiar.¿Quiénes serán los privilegiados? ¿Quiénes serán los sospechosos? Qué hay que sospechar y qué no hay que sospechar porque entonces vendría a ser desconsideración.Repito la pregunta: ¿quiénes serian los sospechosos y quiénes los que sospechan de esos sospechosos? Va ser que no había nada que sospechar...

Para acabar, en efecto, en la noche en que todos los gatos son sospechosos -por seguir con Hegel después de la magnífica cita de la entrada anterior- qué mejor trabajo a favor de la desactivación de la función crítica.
Y como decía Nietzsche, solo los hombres de buen metal, de grandeza de ánimo, saben venerar y agradecer lo que reciben de gente más grande, o mejor preparada.
http://enjuaguesdesofia.blogspot.com

Extraordinaria y profunda reflexión. ¡Cómo se nota dónde está la verdadera sabiduría! Es una pena que no podamos leer muchas como esta. Mi agradecimiento por las muestras de vitalidad intelectual al Sr. Gabilondo.

El día que mataron a Carrero Blanco a un amigo le pidieron el carnet de identidad un total de seis veces, unas transitando por la calle, en un bar o hasta jugando al billar, actividad que tanto le apasionaba.

Se supone que era sospechoso. Ya no nos piden tanto el carnet o el pasaporte, pero tenemos una pléyade de contraseñas que utilizamos con frecuencia, ya sea el número pin del cajero o la password para acceder al ordenador o al correo electrónico.

Nos identifican continuamente. ¿Será que sospechan de nosotros?. No tendría sentido, pues existen mil cámaras de vigilancia que nos miran, nos siguen, por todas partes. Se diría que estamos controlados y eso mismo conduce a la impresión de que hemos de ser sospechosos de algo. ¿Ser sospechoso es, de alguna manera, ser peligroso?.

No podemos estar seguros de ello. Lo cual no deja de suponer una cierta inseguridad. Tal vez nosotros ni siquiera seamos seguros porque no estamos seguros ya de nada.

Alguien quiere, incluso, que no hablemos. Porque, si lo hacemos, a lo peor decimos algo que no conviene que se sepa. Ello atentaría contra la seguridad de otros, del sistema, de la cosa, como decía Umbral.

De ahí el gran dilema: identificarse o callar, pasar desapercibido, para que no sospechen los que no se fían. Igual nos temen. ¿Qué pasaría si hablásemos más, si cantásemos las cuarenta ante tanto estropicio social?. A lo mejor quedaríamos fuera de toda sospecha y todo resultaría un poco más claro acerca del sentido de la propia existencia. Etiquetémonos y afrontemos el riesgo.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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