Basta fijarse un poco, y no muy lejos hay niños. Son los de todo el año, pero en tiempos de mayor descanso reaparecen con una fuerza y con una contundencia sorprendentes, incluso para quienes habitualmente están con ellos. Los padres, los familiares, los profesores, todos nos encontramos en nuestros entornos con niños que siendo los de siempre son como nunca. Su curiosidad y su ternura, tan atractivas y no por ello menos exigentes o inquietantes, conviven con total naturalidad con un requerimiento, el de una presencia y una atención sin interrupciones. Basta mirarles para comprobar que a pesar de su transparencia son un misterio. Y resultan desconcertantes. A veces demasiado para nuestras mentes y vidas supuestamente organizadas.
Cada uno de sus interrogantes supone toda una puesta en cuestión o un desafío para nuestra escala de valores. Su interés pone en evidencia los límites de nuestro saber. Y de nuestro saber de ellos. Y uno no puede dejar de pensar en sus necesidades, que no siempre coinciden con las nuestras. Salvo que, deteniéndonos con atención, comprobemos no sólo cuánto hay de nosotros en ellos, sino también de ellos en nosotros. La delicadeza y la sensibilidad, tan denostadas en ciertos contextos, brillan en toda su pureza en quienes no conocen ni siguen las noticias, ni los avatares de un mundo empeñado en recrearse sin aclarar en qué sentido.
La mal llamada naturalidad, que siempre en nuestro caso es una forma atrapada y fijada, un resultado, se presenta en ellos como una mayor indiferencia para con lo inmediatamente eficaz y rentable. Y, aunque suele desconcertarnos que dicen sin demasiadas precauciones y miramientos, no deja de ser atractivo ese lenguaje sin los filtros de lo conveniente. Que sea necesario reconvenirles no impide que sintamos con simpatía la palabra dicha sin ambages. Lo que no significa mero asentimiento. Pero no dejan de sorprendernos.
Que pongan a prueba nuestra salud y nuestra paciencia, que desborden nuestra vitalidad es tan paradójico como el hecho de que la vida que parecen quitarnos nos la dan Y el tiempo supuestamente perdido no lo es de intensidad ni de existencia. Se dirá que se trata de toda una teoría del consuelo, una forma de sobrellevarla, pero no más que nuestras grandilocuentes lucubraciones o teorías para soportar los avatares de cada día. No es que seamos siempre y sólo niños, es que cada cual, a nuestro modo, no dejamos de serlo nunca del todo. Ello no impide que encontremos enormes dificultades para comprenderles. Y en gran medida se trata de no confundir el hacerlo con dejar de buscar incidir en su mejor crecimiento en todos los sentidos.
Ciertos comportamientos de aislamiento, de individualidad mal entendida, cuando no de claro egoísmo, conviven con formas de generosidad y de entrega, que evidencian lo contenido de nuestra dedicación. Y la necesidad de intervenir. En ellos y en nosotros.
La forma tan atractiva de relación establecida entre los niños y su propio lenguaje va labrando una manera singular de ser que irrumpe en términos sorprendentes en los afectos y sentimientos que destellan en ciertos adjetivos, en expresiones que nos llenan de desconcierto y de sorpresa, y que reiteradamente repetimos por la gracia de su presunta novedad. Y su curiosidad despierta la nuestra y nuestra escucha la suya. No es fácil aprender a callar ni aprender a diferenciarlo del silencio, tan enigmático siempre. Tampoco resulta fácil para nosotros.
Esta presencia de niños sacude nuestras evidencias y nuestros postulados, empeñados como estamos supuestamente en procurar mejoras personales y sociales, sin que resulte del todo claro el alcance de nuestros propósitos. Es su futuro, decimos. Lo hacemos por ellos, se supone. Pero no dejamos de necesitar acudir también a ese lugar de aprendizaje que consiste en la atención, en la consideración, en la contemplación atónita de los niños. Inciden en nuestro humor y en nuestro ánimo. Y su indefensión y su fragilidad nos recuerdan a su vez la necesidad de tantos que no se encuentran con las condiciones mínimas de sustento, de desarrollo, de salud. Y son memoria de cuanto, a pesar de todo, aún disponemos. No basta con emocionarnos. Se trata de crear condiciones que no propicien esa necesidad.
La mera posibilidad, suposición o conjetura de que pudiera ocurrirles algo ratifica una vez más el alcance de nuestro afecto. Su pérdida resultaría insoportable, incluso el mero hecho de pensarlo. Y más aún para quienes han hecho la experiencia de la singularidad sin paliativos ni sustitutos de la vida de un niño, hasta el punto de reconocer a quienes se aprecia con toda la intensidad de la que un ser humano es capaz. Velar por su vida es no limitar sus mejores condiciones personales y sociales de desarrollo.
Es suficiente situarse en esta tesitura para mirar con alguna reticencia a quienes parecen tener demasiado claro lo que les conviene, sin necesidad de detenerse en qué medida ello puede incidir en lo que piensan o sienten, al amparo de que aún no se encuentren en condiciones de entenderse. Si hacerlo del todo fuera determinante, nosotros mismos nos encontraríamos en un buen apuro. Quienes todo lo entienden y todo lo saben permanecen en otro tipo de infancia. Por eso es tan importante constituir o reconocer entornos comunes, espacios compartidos, familiares, sociales que conformen toda una comunidad educativa, de bienes y de valores, que induzcan a apreciar la vida, la verdad, la belleza y a su modo, no poco importante, siempre la justicia. No sólo nuestra vitalidad y nuestra alegría son contagiosas, también lo son la ausencia de ellas.
Ahora que los encontramos entre nosotros menos vinculados a las tareas de cada día, conviene que no sólo nos oigan, sino que nuestra mirada atenta, cuidadosa y afectiva no se limite a verles, también sea capaz de escuchar y de aprender lo que esos niños, no menos carentes de vida que nosotros mismos, nos ofrecen.
Asimismo para quienes más aislados, voluntaria o involuntariamente, la proximidad de los niños es una distancia, ellos con su sola existencia. para empezar en lo que de infancia pervive en nosotros mismos, determinan tantas horas que, también con su ausencia, con su silencio inciden en nuestras vidas. Incluso con su inexistencia.
(Imágenes: Joaquín Sorolla, Verano; Niños; y Niños en la playa)
Hay 11 Comentarios
El tema hoy traído tiene todo el sentido, en tiempo de vacaciones y de descanso convivimos con ellos con más intensidad, sobre todo quienes no tienen hijos o niños cerca en la vida cotidiana. Los observamos en las salas de espera, en los mercados acompañando a sus abuelos o en las playas... podemos fijarnos en sus comentarios siempre tan sencillamente inteligentes, a veces te sorprendes cuidando un nieto de un vecino o un sobrino lejano que inesperadamente aparece en tu vida y te sorprendes cuidándoles como si fueran propios... Este homenaje a la infancia nos recuerda a tantos niños y niñas del mundo que no tienen oportunidades y que no cuentan con afecto ni cuidados, que ni siquiera tienen un centro infantil modesto en el que poder esperar a que sus padres vuelvan a buscarles después del trabajo. Siento alegría por los niños que son felices, ¡si pudieran serlo todos! Viviríamos en un mundo justo y libre.
¡¡¡ Felices vacaciones rodeados de niños a quienes tienen ese privilegio!!!
Publicado por: Leichegu | 26/07/2012 10:17:31
Los niños esos pequeños grandes sabios... Gracias profesor, apasioanante el asunto... Un cordial saludo a usted y a los comentaristas con tan excelentes comentarios a esta publicación que a todos nos atañe. Enhorabuena.
Publicado por: Sirius | 26/07/2012 8:04:21
Estimado Angel Gabilondo:
Me complace leerle tan interesado en la infancia. Me alegra que haya decidido dar un voto en blanco a los niños, ya que cuando fue usted ministro de educación no tuvo en cuenta las verdaderas necesidades afectivas, físicas o sociales de los niños. A usted le he oído alabar la educación de 0 a 6 como un logro y expresar su empeño en reforzarla.
Lo que necesita un niño de 0 a 6 años no es que se lo meta en un aula de 30 m2 limitada por cuatro paredes con un único adulto para quince niños. Lo que un niño de esa edad necesita (de paso, lo que todo necesitamos) es un espacio abierto en el que crecer y desarrollar todas las potencialidades que emergen durante el desarrollo del niño (y del adulto).
Durante ese periodo de vida, el niño se desarrolla y comunica con su entorno desde su cuerpo sensoriomotriz, algo que queda vedado sistemáticamente durante cinco horas al día a los niños que rellenan fichas y fichas interminables en interminables horas de cautiverio en un aula. ¿Se sorprenden después nuestros políticos de que nuestros alumnos estén al final de los resultados académicos en el mundo? Pues visiten otros países que vayan bien y verán: en Alemania solo van a guarderías de 0 a 3 años, el 6 % y en Finlandia aún menos.
Uno de los problemas de la educación es que desde muy pronto se mata la creatividad y la curiosidad de los niños.
Un video corto que resume el tema.
http://grupomaternal.blogspot.com.es/2010/12/educacion-integral-i.html
De todas maneras, me alegro de que haya abierto la puerta a la inocencia y libertad (no libertinaje) que los niños nos regalan.
Atentamente.
Mónica Felipe-Larralde
Publicado por: anonimo | 26/07/2012 0:29:46
Hay niños que incluso lloran y no sabemos porque. Proceden de un lugar especial, reaparecen con sentimientos que los invaden. ¿Qué les pasa? ¿Qué les falta? Se muestran ante los padres diciéndoles algo pero no sabemos bien lo que demandan, será cariño, comprensión. Traducir su decir es todo un enigma. Hay que ponerse en su lugar e intentar comprender, descifrar, deducir que se les pasa por su cabeza. Su autoestima tiene que ser elevada a unos grados por encima de sus posibilidades. Y se esta cerca para acompáñales en su decir que evoca calidez y ternura. Y son tan ricos y dulces cuando los abrazas que te alegran la vida. Desprenden una felicidad envolvente que nos acaricia el alma.
Cuando se ponen así nos desconciertan. Saber qué les sucede o limita, con lo que les quererlos. Proyectar su lenguaje y su capacidad de expresión es lo más grande que se les puede enseñar. Esa máxima es la que lo sujeta para poder decir, qué sucede. Hablar desde el mismo idioma seria lo ideal. Poderse decir todo lo que acontece, lo posible para que se exprese y tener en cuenta sus limitaciones, es todo un desafío. Al no poder decir con inmediatez lo que les abruma. Utilizar otro lenguaje, el de los gestos, movimientos son otros modos que no dejan de sorprendernos.
Y dan vida mantenidos en el tiempo La sobrellevan más allá de la prima de riesgo. Pero es difícil comprender observando su crecimiento. Encontrar esa palabra oculta que es difícil de captar entre sollozos y nervios que agitan su corazoncito de alteraciones en las que se configura el decir inmediato. Cómo calmar a estas criaturas del trasiego de tantas noticias que acumulan en sus mentes para decir una palabra la más indicada que exprese lo que verdaderamente les sucede. Se merecen entonces ese acompañamiento de los padres que abran el camino para una buena comunicación. Tanto para ellos y entre nosotros. Ya se aprecia entonces el lenguaje que es también una forma de ser, la del estado del que proceden las cosas y son. Y su curiosidad despierta la nuestra y nuestra escucha las suyas. No es fácil aprender a acallar el silencio que despierta el pensar. Quizás necesitara del tiempo y el ejercicio o de la soledad del recogimiento para aprender a ser maduros! Saben más que el latín!
Querer que aprendan con los adultos es poder proporcionarles un guía para formarse en el mundo. Coincidiendo con su presencia. Otorgando nuestra posición. Estando con ellos, a su lado. Hay tantos niños que no tienen todos sus miembros, como la vista, el oído y necesitan aún más de un especialista que se preste para acompañarles en su proceso de aprendizaje. Se necesitan especialistas. El impedimento de oír o ver en los muchachos es un añadido que dificulta el aprendizaje de su desarrollo.
Precisamente esta lección por mucho que nos empeñemos los padres en adelantar a nuestros hijos es una cuestión de tiempo. El necesario para observar que existen otros modos de comunicarse. Estando con ellos cerca y viéndoles crecer es todo un aliciente. Y acompañarse mutuamente es más de lo que a veces se les puede dar. Aunque se puedan dar otras posibilidades. La de dejar de llorar porque están a nuestro lado
Publicado por: Lidia Martín | 25/07/2012 17:14:49
Y sin embargo cada vez es más difícil, y está mal visto, asumir la educación de tus hijos con una dedicación como la que ellos precisan. El niño aprende de la vida y las actitudes éticas y prácticas conviviendo y compartiendo la vida de los adultos que hoy les es vetada. Cómo puede una madre dejar a un recién nacido de 16 semanas para asumir su vida laboral? Y así estamos, coartados en la asunción de nuestros derechos y deberes más básicos como humanos. Y aún creemos que eso es haber evolucionado.
Leí hace unos días que lo último eran los restaurantes y hoteles vetados a los infantes. Algunas personas parece que hayan nacido con treinta años cumplidos.
Publicado por: Pillar | 25/07/2012 12:51:00
Nos dan la vida cuando nos la quitan incesantes:desconozco si tiene hijos pero habla como un padre avezado, de veras.
A mí me encanta cuando le imito las palabras que aún pronuncia mal -escasos dos años y medio- y me corrige con la profesionalidad herida de un filólogo: "no se dice (palabra mal dicha) se dice (la misma palabra mal dicha)..."
Igualmente como guardia jurado que tiene controlado a cada minuto donde estoy para enseñorearse de mí a voluntad, para eso puede impartir ya un máster...
Es él quien me va enseñando cómo enseñarle: irlo aprendiendo, como su idiolecto, como a él, es la única manera de aspirar a enseñarle algo alguna vez.
Y apuesto que no se parecerá en nada a lo que me hubiera gustado enseñarle...
http://enjuaguesdesofia.blogspot.com
Publicado por: zenon de pelea | 25/07/2012 4:13:31
"Dejad que los niños se acerquen a mí". Y entiendo que es una responsabilidad de todos la de crear el entorno adecuado para que es pureza se mantenga siempre. Y esta tarea puede, solo por ella misma, dar sentido a nuestra existencia.
http://elbuhopardo.blogspot.com.es/
Publicado por: ELBUHOPARDO | 24/07/2012 16:53:39
Los cuadros de Sorolla y su comentario de hoy hablan de lo mismo: de la exaltación de la niñez. De la esencia de la niñez. La esencia de la niñez es optimista y, cuando entras en contacto con ella, te contagia de ese optimismo. Si buscásemos la esencia de la niñez en los adultos, quién sabe, quizás las cosas evolucionarían de otro modo. Gracias.
Publicado por: C.Sierra | 24/07/2012 14:28:44
Es una suerte poder llevar dentro de nosotros, durante toda la vida, a aquel niño que fuimos, que descubría poco a poco el mundo, jugaba sin cesar, escuchaba maravillado e impaciente, gritaba y lloraba sin comprender algunas cosas, reía a carcajadas y agradecía las caricias y los abrazos de sus padres y amigos.
Todo aquel que haya perdido u olvidado su niñez, su vena infantil y juvenil, que retroceda para buscarla. Siempre hay tiempo y razones para ello. Compórtese un rato, al menos una vez al día, como sus propios hijos o sus nietos. Los que le rodean a usted se lo agradecerán.
Publicado por: Ktaplines | 24/07/2012 11:39:05
Frecuentemente es en la tercera fase de la vida cuando se encuentra el tiempo, la calma, la concentración y la capacidad de observación para penetrar en la esencia de los niños. Descubriendo su personalidad, los tenues rasgos de la individualidad que se desarrollará en ellos y los valores que poseen para ese desarrollo, se aprende a respetarlos, a admirarlos y a amarlos por lo que son en sí. Sobretodo crece la responsabilidad de ayudarles a realizarse como individuos; ha hacerse personajes que colaboren a un desarrollo más humano de la humanidad.
Uno de los más valiosos regalos de la vejez es disfrutar de los niños y ver en ellos la imagen de un futuro de individuos esencialmente humanizados.
Publicado por: Juan Marco | 24/07/2012 10:41:13
Es esa mirada amable hacia la niñez, la sensación de estar defendido desde dentro y desde fuera, de dejar hacer sin darle tanta importancia a lo que se hace, de despreocupación y de alegría, la que muchas veces se recuerda, por su ausencia, contemplando a la infancia de hoy.
En el trato con los niños ya no se ve tanto de esto y, en cambio, se observan cosas no del todo agradables. Hay como un cierto descuido de aspectos que tenían un sentido y generaban un bienestar.
http://www.otraspoliticas.com/psicologia/infancia-%C2%BFpara-que-os-quiero
Publicado por: Enrique | 24/07/2012 9:31:14