Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Otra entrega

Por: | 03 de agosto de 2012

Enrique Etievan Le cri

Hay cosas que sólo se tienen cuando se dan. Hay cosas que sólo las vemos cuando nos entregamos. Hay cosas que sólo las merecemos cuando nos comprometemos y luchamos por ellas. No pocas veces, por retener lo que no ofrecemos, lo perdemos. La distancia excesiva y la indiferencia son formas de no ver, de no querer ver, o de arrogancia. Es cierto que no todo merece nuestra implicación, nuestra imbricación, pero lo sorprendente es que no lo merezca nada.

En principio, no son buenos tiempos para los entusiasmos, pero de eso entienden poco las urgencias y las necesidades, que están en todo su esplendor. Suele coincidir entonces que bastante tenemos con sobrellevarlas. Y ello nos repliega aún más, nos hace más vulnerables e indefensos, y nos conduce a una cierta parálisis de supervivencia, en la que paulatinamente se enfría y se seca nuestro pensamiento, se extravía, se pierde. Y parecería que ya no estamos para nadie.

Brillan en tal caso quienes, con todos sus riesgos y con todas sus convicciones, afrontan la situación y tratan de resolverla. No pocas veces para general escarnio. Pero en esto también conviene distinguir entre quienes convocan a los demás, sin que ellos mismos se vean radicalmente afectados, y quienes ponen en juego su propia suerte y destino. Y esto ocurre, no sólo en los asuntos de más alcance social o político, también en los más personales y privados. Entregarse preservándose suele presentarse como precavida sensatez. Sin duda puede ser así y, desde luego, conviene no abandonar toda prudencia. Es cierto, sin embargo, que la entrega y el compromiso comportan una donación que desborda los cálculos rentistas que todo lo reducen a lo que es útil y de interés.

Contemplamos sorprendidos casos de quienes ofrecen su tiempo, tiempo de su vida irrepetible, sus fuerzas y sus recursos, para colaborar, para afrontar, para participar en proyectos, tareas, incluso en sueños compartidos. Pero ni siquiera en tales casos acabamos de aceptar que sean nuestra referencia, por su entrega, por su valentía, o por su generosidad. Preferimos poner en cuestión el sentido y el alcance de su acción para, de este modo, en un solo gesto, justificar que nosotros no nos involucramos. Y esto sucede en algunos ámbitos, hasta el extremo de que todo compromiso personal es sospechoso, salvo que se evidencie con claridad que en ello hay una manifiesta ganancia, en cuyo caso se comprende. Para algunos resulta imcomprensible un ápice de posible entrega al otro. En el extremo, se trataría de constatar que las convicciones y la generosidad enmascaran formas de individualidad interesada y de egoismo. Y en ello encontraríamos alivio. Para no sentirnos concernidos.

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