El salto del ángel

Otra entrega

Por: | 03 de agosto de 2012

Enrique Etievan Le cri

Hay cosas que sólo se tienen cuando se dan. Hay cosas que sólo las vemos cuando nos entregamos. Hay cosas que sólo las merecemos cuando nos comprometemos y luchamos por ellas. No pocas veces, por retener lo que no ofrecemos, lo perdemos. La distancia excesiva y la indiferencia son formas de no ver, de no querer ver, o de arrogancia. Es cierto que no todo merece nuestra implicación, nuestra imbricación, pero lo sorprendente es que no lo merezca nada.

En principio, no son buenos tiempos para los entusiasmos, pero de eso entienden poco las urgencias y las necesidades, que están en todo su esplendor. Suele coincidir entonces que bastante tenemos con sobrellevarlas. Y ello nos repliega aún más, nos hace más vulnerables e indefensos, y nos conduce a una cierta parálisis de supervivencia, en la que paulatinamente se enfría y se seca nuestro pensamiento, se extravía, se pierde. Y parecería que ya no estamos para nadie.

Brillan en tal caso quienes, con todos sus riesgos y con todas sus convicciones, afrontan la situación y tratan de resolverla. No pocas veces para general escarnio. Pero en esto también conviene distinguir entre quienes convocan a los demás, sin que ellos mismos se vean radicalmente afectados, y quienes ponen en juego su propia suerte y destino. Y esto ocurre, no sólo en los asuntos de más alcance social o político, también en los más personales y privados. Entregarse preservándose suele presentarse como precavida sensatez. Sin duda puede ser así y, desde luego, conviene no abandonar toda prudencia. Es cierto, sin embargo, que la entrega y el compromiso comportan una donación que desborda los cálculos rentistas que todo lo reducen a lo que es útil y de interés.

Contemplamos sorprendidos casos de quienes ofrecen su tiempo, tiempo de su vida irrepetible, sus fuerzas y sus recursos, para colaborar, para afrontar, para participar en proyectos, tareas, incluso en sueños compartidos. Pero ni siquiera en tales casos acabamos de aceptar que sean nuestra referencia, por su entrega, por su valentía, o por su generosidad. Preferimos poner en cuestión el sentido y el alcance de su acción para, de este modo, en un solo gesto, justificar que nosotros no nos involucramos. Y esto sucede en algunos ámbitos, hasta el extremo de que todo compromiso personal es sospechoso, salvo que se evidencie con claridad que en ello hay una manifiesta ganancia, en cuyo caso se comprende. Para algunos resulta imcomprensible un ápice de posible entrega al otro. En el extremo, se trataría de constatar que las convicciones y la generosidad enmascaran formas de individualidad interesada y de egoismo. Y en ello encontraríamos alivio. Para no sentirnos concernidos.

Enrique Etievan casa cuadro pintado en conjunto con Ana Maria BartolomeNo pocas veces escuchamos a quienes insisten en que, como ocurre con el afecto, algo sólo viene a ser en cierto modo propio en el gesto de entregarlo, de activarlo, de vivirlo. Preservado, sin darlo, sin ponerlo en riesgo, es un simple estado de ánimo. Otro tanto ocurre con los valores, con las convicciones, con las ideas. Guardados, desaparecen. Creemos tenerlos más firmes cuando ni afectan ni se ven afectados, porque ni siquiera son puestos en juego o en cuestión, ni sometidos a los avatares de las situaciones, ni compartidos en tareas comunes. Son tan nuestros que no permitimos que nadie pueda constatarlos, ni acercarse siquiera por su zona. Nuestro compromiso consistiría entonces en mantenerlos a buen recaudo y ni comprometerlos a ellos ni comprometernos jamás. Pero la opción de conservarlos así es ya un modo de hacerlo. Sólo que en otro sentido.

Hay múltiples formas de entrega. Tampoco se trata de tipificar los comportamientos, tratando de enmarcar lo que ha de hacerse. No pocas veces resulta sorprendente hasta qué punto en determinados ámbitos hay quienes lo entregan todo, se dan del todo, mientras muestran apatía en otros. Lo que sorprende no es la elección de la entrega, lo que nos interesa es la capacidad, incluso la ilusión, que no pocas veces se encuentra, y con tal alcance que, como pasión de acción y de donación, creíamos imposible. No se trata sólo, por tanto, de la indiscriminada entrega. Se trata de poder elegir a qué o a quién confiarnos.

En tiempos difíciles se reactiva una cierta tibieza y algún temor. No hemos de sorprendernos. Ni de inculparnos. Es suficiente con que nos hagamos cargo. Precisamente, en gran parte son tan complejos porque no resulta fácil encontrar fuerzas y razones, mientras que, sin embargo, la situación parece requerirlas más que nunca. Por otro lado, tampoco resulta alentador ser convocado a empresas de gran envergadura, simplemente con avisos y con arengas que tratan de alentar el ánimo, hechas por quienes parecen estar más empeñados que convencidos y estar más convencidos que ser convincentes. Por eso, el compromiso requerido convoca a todo un modo de vivir y no es suficiente con referencias a su necesidad. Es preciso motivar. Los entusiasmos sin motivación son tan peligrosos como aquellos que se sostienen en motivos espurios o son puro equilibrismo de complicidades. Los compromisos sin convicción, también. Y de una u otra manera, a nuestro modo, lo vivimos personal y socialmente. Nos requerimos.

Enrique Etievan Alegoría a la naranjaHay también, sin embargo, un estilo de entrega, que no lo es menos, que consiste en tratar de eludir el modo de responder exigido por lo previsto en lo que se pregunta o en la manera en que se plantea la cuestión y la situación. El otro compromiso sería no la contestación a lo requerido, sino la impugnación del planteamiento mismo. En esto, tampoco resulta difícil distinguir entre quien entrega y se entrega con un horizonte más común, más solidario, y quien hace ostentación del interés general que, curiosamente, coincide con el propio.

De una u otra manera seguimos buscando referencias, horizontes, personas e instituciones, sujetos y asociaciones, en definitiva, instancias que nos convoquen por su modo de hacer y de considerar lo que hay. Y no necesariamente a una pretenciosa aventura, sino en ocasiones a acciones supuestamente íntimas o ínfimas, y no por ello menores, aquellas que tanto propician la conversación no tan explícita entre Foucault y Deleuze para hablar de “provocar turbulencias”. Pero incluso en tal caso, sólo con una entrega que no se confunde con las ganas previas, con una toma de posición que no se limite a asistir expectante al desarrollo de los acontecimientos, mientras impolutamente ampara su pasividad en su supuesta pureza, únicamente dándose, ocurre algo. Y otros nos esperan. Y nos aguardan. Y nos necesitan. Y nosotros a ellos.

Sólo con la entrega, que en cada caso es singular y que adopta la forma que cada cual le otorga, más o menos personal o colectiva, sólo con esa respuesta diferente pero común, nunca indiferente, la complejidad de la situación quizá no llegue a desmadejarse, pero resultaría al menos más humana. Entonces, la entrega no sería una entrega más, ni una claudicación, sino una transformadora implicación. También de uno mismo.

(Imágenes: Enrique Etievan, Le cri; Casa, pintado conjuntamente con Ana María Bartolomé y; La alegoría a la naranja)

Hay 14 Comentarios

Para ArthurGordon: Quizá fuera Jodorowsky... "Lo que das te lo das. Lo que no das te lo quitas". El artículo sabe al Nietzsche de la Gaya Ciencia. Sabe a "Noble y Vulgar". "A las personas vulgares todos los sentimientos nobles y generososles parecen faltos de utilidad práctica y, por lo tanto, totalmente sospechosos. Cuando oyenhablar de ellos, guiñan los ojos como si dijeran: "alguna ventaja tendrán, pero no se La ve porninguna parte". Están llenos de desconfianza contra el hombre noble, de quien sospechan quebusca su provecho por caminos desviados. Aun si llegan a quedar realmente convencidos deque no existen intereses ni ganancias personales, el hombre noble aparecerá ante sus ojoscomo una especie de loco: desprecian su alegría y se burlan del brillo de sus ojos. "¿Cómo puede uno alegrarse cuando sufre un perjuicio? ¿Cómo exponerse aun sabiendo que va arecibirlo? No hay más remedio que pensar que el noble afecto se debe a una enfermedad de larazón". Así piensan y observan con un aire de desprecio, con ese desprecio que sienten haciala alegría que el loco experimenta con su idea fija. En este sentido, la persona vulgar secaracteriza por no perder nunca de vista su beneficio y por el hecho de que este pensamientoutilitario y provechoso es más fuerte que los mayores impulsos; no se deja engañar en modo;alguno a causa de sus impulsos realizando actos inútiles y es en esto que consiste su sabiduríay su amor propio. En comparación con ella, la persona superior es más irracional, pues el sernoble y generoso, al sacrificarse a sí mismo, sucumbe en realidad a sus propios impulsos y, ensus mejores momentos, deja su razón en suspenso. Un animal que arriesga su vida paraproteger a sus crías o que, en época de celo, sigue a la hembra hasta la muerte, deja tambiénsu razón en suspenso, pues está totalmente dominado por el goce que le producen sus crías ola hembra y por el temor de verse privado de ese goce, convirtiéndose en más estúpido de loque es comúnmente, igual que le sucede al ser noble y generoso. Este último experimentaintensamente ciertos sentimientos de goce o de repulsión, de forma tal que el intelecto quedareducido al silencio, o se coloca al servicio de ellos; en ese ser el corazón ocupa entonces ellugar de la cabeza y desde ese momento sólo puede hablarse de "pasión" (a veces también seproduce, sin duda, el fenómeno contrario, una especie de "retroceso de la pasión", porejemplo, en el caso de Fontenelle, a quien alguien le dijo poniéndole la mano en el corazón:"Lo que usted tiene aquí, amigo mío, es también cerebro"). La sinrazón o la razón pervertidade la pasión es lo que el vulgo desprecia en el ser noble, debido a que dicha pasión se dirige aobjetos cuyos valores aparecen como absolutamente quiméricos y arbitrarios. Aunque lemoleste ver que alguien sucumbe a la pasión del estómago, entiende plenamente la tiranía deeste tipo de placer; por el contrario, no llega a comprender, por ejemplo, que alguien puedaarriesgar su salud y su honor por un amor apasionado hacia el conocimiento. El gusto de lasnaturalezas superiores se dirige a las excepciones, a objetos que por lo general permanecen indiferentes y parecen insulsos; la naturaleza superior tiene un juicio de valor singular. Pero,corrientemente, dada la idiosincrasia de su gusto, la naturaleza superior no cree que está juzgando según un criterio singular, sino que más bien establece sus propios valores ycontravalores como si tuvieran un sentido absoluto,, por lo que cae en lo incomprensible y loirrealizable. Es sumamente raro que una naturaleza superior tenga la suficiente razón comopara entender y tratar a las personas comunes en tanto tales; lo más frecuente es que crea quesu pasión es la pasión secreta de todos, y esta creencia es precisamente lo que la llena de ardor y de elocuencia...".

Hace muchos años, no recuerdo cuantos, escuché a un locutor en Radio 3 decir: "Lo que no se dá, se pierde".
Me taladró la frase, no sé si era de él o leia algo en la radio, no estaba atento al programa en ese momento hasta que oí: "lo que no se dá, se pierde".
Gracias por el artículo, ya no podrá "perderse". Gran saludo

Goytisolo lo dijo con otras palabras, pero creo que quiso decir lo mismo en Palabras para Julia:

...
Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
...

Pero nada de recortar en los 520.000 enchufados de las castas políticas en las autonomías (en las AUTONOSUYAS) ... .. .. .. . . .. . . . eso no se toca ... . .. . . . . . . . ... El barco se hunde pero PP y PSOE PREFIEREN SEGUIR DANDO LATIGAZOS A LA TRIPULACIÓN ANTES QUE ELIMINAR la carga que sobra. El FMI, el Banco de España, Europa y el 80% de los ciudadanos están pidiendo una solución a las autonomías... pero demasiada gente viviendo de ellas de TODOS los partidos. @FueraAutonomias http://cort.as/2JMv No es el único (también hay q tener una justicia INDEPENDIENTE y cambiar la ley partidos para hacerlos DEMOCRÁTICOS) pero el principal... EL PROBLEMA SON LAS AUTONOMIAS . wordpress . com http://cort.as/23P5

Hay cosas que se entregan cuando se dan. Se dan porque aportan, y a todos. Ellos reciben su decir y cada uno dice algo diferente. Quieren aprender a ver otras posibilidades que no les limiten. Y eso ayuda y mucho. Pero para cada uno hay una lectura diferente. Ello se percibe, se da. Y escuchan la voz que interviene para darle a cada uno lo que necesita, es gratificante. Pero cómo sabemos qué es lo correcto. Es contradictorio. Darse así es todo un descubrimiento. Aunque el mejor modo de entregar es percibir que esta sucediendo. Y sucede. Cuando se da se recibe y no si se reduce a lo que es útil y de interés. Tengo mis dudas. Cuando se da se ofrece y cuando recibes se entrega. Sin donación no hay conocimiento y si se sabe se entrega también. Conocer qué es lo que nos pasa, es dejar que fluyan las palabras que nos constituyen que nos abren paso a un decir oculto e irrespirable que nos ahoga. Y hay qué saber de que modo nos atrevemos a decir tantas cosas e ideas que no expresamos. Estar preparados para decirlas seria todo un asesoramiento. Quizás lo nunca dicho. Y se buscan las formas para que se haga realidad. Un sueño tal vez que sea real. Intervenir con miramientos en un decir compartido.
Importa como expresen, qué dicen, de qué hablan. Las cosas raras hay que entenderlas o no. Primero dirigen y se abren paso son su pensar. Y todo cambia su lectura ya no es la misma. Se entrega la palabra algo cambia, tal vez para alguien o para cada uno. Y se comprenden las cosas raras. Y dan que pensar hasta el punto de dar con los limites de la existencia. Entregar es donar lo que se percibe con palabras que importan

Esto es más serio que todas esas historietas. Por Aquilino Duqe:

Una novela dantesca


Cuando Ramón Solís publicó su amena tesis doctoral El Cádiz de las Cortes, su prologuista don Gregorio Marañón lo animó a que novelara la época que tan bien conocía y que tan brillantemente había dado a conocer. Solís siguió el consejo y se puso a la tarea, pero ninguna de sus obras de ficción tuvo la resonancia del magistral ensayo gaditano. Un historiador que se mete a novelista cuenta en principio con una ventaja de salida, pero no es frecuente que esa ventaja se mantenga. La publicación de Suroeste, la primera novela de Bernardo Víctor Carande, me dio la impresión de una acumulación de datos y conocimientos que no tuvo paciencia de organizar en tesis y aprovechó para poner en pie una obra de ficción. Muchos años después una señora, María Dueñas, triunfaba en toda la extensión de la piel de toro con una novela cautivante a la que al final le colgaba una impresionante bibliografía como si en vez de novela aquello fuera un libro de historia. Llamo cautivante a esa novela porque a mí desde luego me cautivó y me sedujo, por más que no me enseñara demasiado como relato histórico. Sin embargo, el ritmo narrativo, la concatenación de episodios, los falsos nudos y los cabos sueltos, las pinceladas de color local, relegaban a un segundo plano lo absurdo de muchas situaciones y lo convencional de todos los juicios. No deja de tener su mérito que un relato de por sí mantenga en vilo al lector hasta el final sin salirse de las pautas de la llamada “corrección política”. No es éste ciertamente el caso de Pío Moa en su ambiciosa novela Sonaron gritos y golpes a la puerta .
Moa llega a la novela con una ya larga historiografía a sus espaldas. Esta historiografía se reduce a la guerra civil española, sus antecedentes y sus consecuentes, y aunque a él acaso no le guste el símil, Moa entra en liza con esa ametralladora que tiene por ordenador y hace frente a toda una turba de malandrines y follones más próximos de los títeres de Maese Pedro que de los molinos de viento. En tan desigual combate no está ciertamente solo, pero sí que es de todos los de su cuerda quien tiene más lectores. La prosa de Moa no es una prosa para pocos, sino para todos. Hace años llegué a escribir que había algunos, como Blas de Otero, que querían llegar “a la inmensa mayoría”, y otros que lo conseguían, como Vizcaíno Casas. A mí, que irremediablemente estoy en este punto más cerca de Otero que de Vizcaíno, no me duelen prendas en reconocer los méritos de los que, aun queriendo escribir para todos, llegan al menos a esa “inmensa mayoría”. A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Ese don divino, o esa bendición apostólica, no consiste en otra cosa para un novelista que en el éxito de ventas, máxime en una época como la nuestra, en que no hay más cultura que la cultura de masas que, como es sabido, se rige por la ley del número. Moa no les hace ascos a las masas, porque en el fondo y en la forma es un proletario; un proletario, eso sí, con unos ojos redondos y muy abiertos que descubren la perfidia sinuosa que encubre la grandilocuencia humanitaria, de cuyos mismos recursos dialécticos se vale además para desenmascararla. También he dicho alguna vez que en este mundo de la cultura como artículo de consumo sólo vende el que se vende. Los casos son legión, pero entre ellos no está desde luego Pío Moa, cuyo mérito consiste en haber jugado fuerte a la lotería literaria y haber sacado premio sin claudicar ante ningún mandarinato.
Hace años, cuando vivíamos en Suiza, Eugenio de Nora le decía a José Angel Valente que había que intentar un género de antena más potente que la poesía. Nora, estudioso de la novela realista, se refería con ello al género narrativo, que ya entonces luchaba por abrirles los ojos a las masas con sus relatos de “testimonio” o de “denuncia”. Mutatis mutandis, no otra cosa pretende Pío Moa, aunque con otra perspectiva política, al dar un tratamiento novelesco a los mismos asuntos sobre los que viene escribiendo desde que empezó a ver claro lo que las masas siguen viendo turbio. Al lector familiarizado con Moa no puede sorprenderle el documentado conocimiento de una época; lo que sí le sorprende es su inventiva. Eso le permite enfocar la tragedia española y mundial – las calamidades del siglo XX que diría el aristócrata Tamarón – con una visión dantesca en tres grandes cantos, dos de los cuales no hay inconveniente en caracterizar como Infierno y Purgatorio. El tercer canto no es menos grande, pero identificarlo con el Paraíso sería excesivo en un hombre de poca fe como lo es el personaje a través del cual habla el narrador en primera persona.
Esos tres grandes cuadros o episodios en que se articula la obra son la guerra civil vivida en Cataluña entre el anarquismo desenfrenado y la quinta columna, la arriesgada gesta de la División Azul y la represión en Galicia de las guerrillas comunistas. Gritos y golpes no es una historia de buenos y de malos. Buenos y malos hay en ambos bandos, sobre todo si se tiene en cuenta la complejidad de los personajes y lo paradójico de las situaciones. No quiero decir con esto que el autor se ponga en el fiel de la balanza o por encima del bien y del mal. Ese embeleco de la “tercera España” en la que algunos hemos caído alguna vez no va con él. El personaje que lleva el hilo conductor del relato es un adolescente que presencia el sacrificio de los suyos del que escapa de milagro y sobrevive gracias a un amigo algo mayor que él que juega a dos paños y lo arrastra a toda suerte de aventuras de alto riesgo. Este otro personaje es, más que el narrador, el gran motor del relato y, como casi todos los que desfilan por sus páginas, presenta profundos claroscuros, unos claroscuros dignos de personajes de novela rusa. Es imposible interrumpir la lectura de esos tres grandes episodios del relato, no ya por la inventiva de la intriga, que es trepidante siempre, sino por esa complejidad de los personajes que a veces raya en lo paradójico. Cada peripecia cobra además una profundidad insondable en cuanto aparece una mujer, unas veces como agente y otras como víctima del destino. El nudo del drama, que es el que se desarrolla en Rusia, es el que más abunda en estas situaciones en que el amor y la muerte se confunden en un estrecho abrazo. Por otra parte, la descripción de los combates en el sitio de Leningrado, donde la diezmada División española les evitó a los alemanes un segundo Stalingrado, está a la altura por su conocimiento del terreno, de la táctica militar y de la psicología del combatiente, de algunas de las mejores páginas de Galdós en sus Episodios.
Obra en mi opinión divina, / si encubriera más lo humano, decía Cervantes de La Celestina. Otra de las razones por las que no es posible graduar de divina esta novela es porque en ella no hay nada humano sobre lo que se corra un velo. La mayor ruindad y el mayor heroísmo van juntos, lo mismo lo delicado y lo escatológico, y nadie es bueno o es malo por pertenecer a un bando o a otro. No hay horror que se nos escatime, y la guerra no es parca en ellos. Tampoco cabe hablar aquí de tragicomedia, como en el caso de Calixto y Melibea. La calamidad del siglo XX no fue comedia como no fue divina, pero sí tuvo, en el caso de España, un final feliz. Al menos ese parece ser el punto de vista del narrador, y desde luego lo es del que suscribe. Que esa felicidad fuera paradisíaca es ya otra cuestión. De ahí la desilusión de los que ponen el Edén no en el Génesis, sino a la vuelta de cualquier revuelta.
Donde la novela flojea a mi juicio es en aquellos pasajes, bien sea en las tertulias madrileñas de trasguerra o en los longs loisirs de las trincheras, en que se trata de razonar lo que pasa en el mundo o lo que a cada cual le pasa por la cabeza, lo cual da al relato un tono de novela pedagógica, de diálogo ilustrado en el mejor de los casos y, en el peor, lleva a una confusión de los tiempos, en cuanto que se habla en los “cafés de artistas” de Madrid con una desenvoltura que sólo sería posible quince o veinte años más tarde, aparte de que en esos antros siguen teniendo la batuta los grandes pícaros y bohemios de nuestras letras, por mucho tiempo que lleven criando malvas. Esto es peccata minuta en una obra cuya gran enseñanza no está en la moraleja dialogada, sino en los hechos y en los comportamientos. En cambio, por poner un par de ejemplos, tenemos al tío Narcís, catalanista, logrero, que trafica en objetos sagrados, se hace llamar Narciso al recauchutase oportunamente como los neumáticos de la época y hace su agosto con el estraperlo, o el párroco gallego que por “mala conciencia” es cómplice y encubridor de terroristas o guerrilleros o partisanos o como se les quiera llamar.
Es curioso que lo que más incomode a estos divisionarios españoles sea el sentido de la disciplina de los alemanes. Esto tiene su explicación, y es que tanto el narrador como su mentor, amigo, futuro cuñado y rival amoroso, vienen de hacer la guerra por su cuenta en la clandestinidad de la zona roja y procuran seguir en el mismo plan si les dejan, de suerte que lo suyo es los audaces golpes de mano como cuando secuestran a la joven teniente soviética que es su manzana de la discordia o cuando toman la iniciativa y se adelantan a sus mandos en acciones que encima les salen bien a veces. La indisciplina que tan mal resultado dio a los anarquistas fue entre otras cosas lo que les benefició a ellos como quintacolumnistas y no podía dejar de imprimirles carácter. Ese carácter era tan incomprensible que motivó la ojeriza de algún suboficial, soldado competente y desagradable, que cayó antes de darles un disgusto gordo. Pero si la disciplina no la tragaban, sí hacían suyos los ideales de la guerra, hasta el punto de que al desmovilizarse la División y volver nuestro antihéroe a España, el otro, el hombre de acción por excelencia, nihilista radical, se quedó a luchar en la Legión Azul, cuando nada sorprendente hubiera sido que desertara y se pasara a los soviéticos. La cruz de hierro, aunque sea de segunda clase, gradúa de héroes a estos jóvenes de familia modesta que viven para contarlo y que como tales sienten escasa simpatía por los burgueses. Por algo dijo Sombart que el héroe es el que lo da todo a la vida y el burgués el que va a ver lo que saca de ella, aunque para ello tenga que aliarse con el demonio si es preciso.
Esta novela tiene estructura de drama, y su planteamiento, su nudo y su desenlace guardan una curiosa correspondencia, salvando las naturales distancias, con los tres cantos de la Divina Comedia, de ahí que la califique de dantesca, como dantesco fue el marco histórico en el que se desarrolla. Tiene un epílogo en el que se resume una época como la nuestra sin valores, sin ilusiones, sin grandes esperanzas en la que la edad heroica por excelencia, que es la juventud, confunde el heroísmo con la heroína. Por eso yo creo que donde el relato se cierra de verdad es en la sorprendente anagnórisis cuasi póstuma en la que se ata el cabo que quedó suelto en la terrible escena inicial. Sólo entonces encuentra el protagonista una respuesta a muchos enigmas de su condición humana.

Marc: que dice el profe que no hay que ser rácano ni perfeccionista, que se nos pasa el arroz...

Hay un tiempo propicio para cada entrega.
"...Pronto mi ángel retornó:
Yo estaba armada, volvió en vano;
Porque el tiempo de juventud había volado,
Y había sobre mi cabeza cabellos grises"
William Blake

"Amplio y ambiguo". Así se puede definir este artículo, y casi todos en este blog. Me pregunto si ante esta característica tan marcada no se da cuenta el autor de que ante el requerimiento que hace de compromiso no debería aplicarse su propia reflexión. Si alguien que no me dice dónde está situado y me pregunta dónde voy, legítimamente le puedo contestar lo que quiera. Manzanas traigo.

"Amplio y ambiguo". Así se puede definir este artículo, y casi todos en este blog. Me pregunto si ante esta característica tan marcada no se da cuenta el autor de que ante el requerimiento que hace de compromiso no debería aplicarse su propia reflexión. Si alguien que no me dice dónde situado y me pregunta dónde voy, legítimamente le puedo contestar lo que quiera. Manzanas traigo.

Creo que Gabilondo es lo bastante amplio y ambiguo en su estilo, como para poder dar muchas más lecturas. La falta de implicación de la que habla, es extrapolable no sólo a poses intelectuales, sino a la lucha política activa o las relaciones afectivas; y etcétera.


Y ahora a lo mío: yo creo que el Liberalismo español abomina del compromiso, pues éste genera organización, movimiento de los ciudadanos, cohesión, en lugar de dejar toda la administración de la sociedad en la famosa “iniciativa privada” (una leyenda urbana). Así, ha acuñado términos como “buenismo”, “oenegeta”, o “perroflauta”, para ridiculizar la organización o encauzamiento de compromisos de unos ciudadanos con otros.


Cualquier movimiento organizado, tiene el objetivo de regular algo que no está regulado: dar de comer a indigentes, garantizar la igualdad de oportunidades, proteger a la infancia o a la maternidad, asegurar el acceso a la vivienda, conciliar la vida familiar y laboral, proponer buenos hábitos de salud a la ciudadanía, calificar el parchís como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad o evitar la extinción del urogallo. El Liberalismo español ve en la regulación una pérdida de oportunidades de negocio. Le horroriza todo aquello que no se regule con una simple transacción económica entre particulares.


Como las televisiones generalistas son órganos de propaganda del Liberalismo, hoy en día el compromiso, y especialmente el compromiso organizado con otros, está mal visto. Y sin embargo, nunca fue tan necesario. Pues, como en el cine, pero esta vez de verdad, el Mundo está en peligro.

MARC, eso te ha ocurrido porque no estás "entregado...", relee y seguro que lo comprenderás.
Gracias profesor por su entrega.

Quiere decir que muchos intelectuales se guardan sus ideas y no las ponen al servicio de la comunidad en blogs o en periódicos como hace el maestro.

No se le entendió nada de lo que quiso decir, Maestro...¿en verdad quiso decir algo o solo ganar unos duros frente a la crisis? La pucha..., conste que lo leí tres veces...

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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