Suele decirse que el
verdadero descanso consiste en el cambio de actividad. No está claro. Más
evidente parece que no se reduce sólo al
reposo. No hay duda, sin embargo, de que, a veces, determinada combinación
de elementos, de variaciones, alguna diversificación,
produce una verdadera sensación de bienestar.
Y cierto equilibrio. Eso nos permite sentirnos menos fatigados, diríamos que más repuestos y
aliviados, incluso más tranquilos. Quizás más dispuestos y decididos.
En ocasiones, nada cansa más que la inmovilidad, la quietud, si obedece a una falta de perspectivas. Y no es reflexión, ni meditación, ni análisis, sino parálisis. El no tan reconocido fragmento de Heráclito, “cambiando descansa”, bien muestra que lo que verdaderamente nos deja nuevos es lo que nos hace en algún sentido otros, sin dejar de ser nosotros. Eso sí que supone recuperarnos. Y, en especial, lo que es gratificante es sentir que nos cuidamos y que no nos reducimos a que nos ocurra lo que pasa. El descanso comporta no sólo algo distinto, sino también la posibilidad de ser de nuevo, no simplemente nuevos. Es decir, algo más que el regalarnos novedades. Se dirá que, a fin de cuentas, para repetir e insistir en hacer lo mismo. Tal vez, pero no será igual, ni se hará de idéntica manera, tanto que resultará a lo mejor de otra forma. Tras el descanso, hasta la desocupación viene a ser diferente. Ello confirma que todos, absolutamente todos, precisamos descansar.
No es sólo un cambio de postura. Es un cambio de posición el que nos permite de hecho, no simplemente renovarnos, sino en cierta medida recrearnos. Y nos sitúa más diligentes, más preparados. Y quizá más exigentes; para empezar, con nosotros mismos. No es cosa de abandonarnos.
Hay muchos tipos de cansancio. Y por ello no conviene reducir ni las posibilidades ni las necesidades de descansar. Eso nos propicia reiniciar y no sólo volver a las mismas, sino que se produzca la activación de lo que es más fecundo y originario en cada quien, lo que nos permite ser en verdad dichosos y diligentes. Incluso en situaciones de máxima dificultad. Descansados somos más eficientes. También para impugnar situaciones. Y para afrontarlas. Y para generar contextos de serena acción.