Nos falta discurso, nos faltan discursos. Podrá decirse que hay demasiados, pero más bien no son suficientes, al menos no los necesarios, aunque parezcan sobrar. O no
lo son aunque lo aparenten, ni siempre son pertinentes. También hay un desaliento
por su ausencia. Y ello produce no poco desamparo. Un discurso no ha de ser precisamente eufórico, ni conminatorio, no requiere ser un sermón, ni una
exhortación. Ni es cuestión de que se limite a recriminar, ni a aconsejar, ni a
prevenir una y otra vez. Lo menos que cabe pedir a un discurso es que nos
permita discurrir con él. Ello exige
que no se ofrezca con la aparente consistencia que suponen la rigidez y la
quietud de lo que se dice sin mover. Para empezar, un discurso ha de tener coherencia y articulación. No ser una
simple sucesión de frases, por muy brillantes que puedan parecernos. Ha de ir
desarrollándose y desplegándose con la fuerza de las pruebas, de los argumentos
y de las buenas razones, no exentas ni de convicción ni de pasión. Sin
discursos no hay ni dónde mirar. Más exactamente, sin discursos que sean de verdad se ve peor. Y ensimismados dejamos perder la vista o logramos que se quede en
blanco.
Hay quienes opinan que no son importantes, que incluso están de más, que el modo de hacer valer su posición consiste en utilizarlos de cualquier manera, en llamar discurso a toda retahíla de palabras, y en estimar que por el mero hecho de recitarlas con algún supuesto orden ya basta. Cicerón considera más bien que la facultad de buen decir consiste en suma “en hablar con oportunidad, elegancia, y sabiduría”. Para ello es preciso que el discurso esté elaborado. Sin embargo, elaborar no es simplemente hacer. Requiere sin duda un trabajo, pero así mismo una cierta minuciosidad y un determinado conocimiento. Elaborar supone ensanchar tanto lo dicho como los límites de lo decible, y se enlaza con una experiencia. Tal vez ya vivida, y en todo caso, por vivir. En definitiva, un discurso ha de liberar saber. También los saberes que no nos son permitidos saber, los que no nos permitimos ni saber, ni decir, los saberes sometidos, bloqueados y descalificados por nuestra ignorancia o por nuestro temor. En ocasiones, inducidos.
Ello ha provocado no poco desamparo. Y el enquistamiento de la palabra y su silenciamiento mediante un procedimiento que consiste en dar por natural evitar todo discurso que no se limite a la mera descripción de lo ya supuestamente existente. Aunque, de proceder de este modo, resultaría, en el mejor de los casos, plano, ralo, insípido, y siempre insuficiente. Escuchar a alguien hablar así convocaría al asentimiento para con lo presuntamente razonable, de sentido común. Pero esta “genialidad”, como Hegel la denomina, no haría sino desconsiderar lo real y reducirlo a lo que parece que ya sucede.