No parecen estar las cosas como para que nos dediquemos a pasar el rato. Sin embargo no dejamos de necesitarlo. Incluso los especialmente ocupados, y en más ocasiones de las que pensamos, lo hacen. Algunos hasta realizando con celeridad tareas menos necesarias para aparentar que les hubiera encantado disponer de mayor tiempo libre y no verse en esa tesitura. En realidad, su sobredosis de labores es una forma de sobrellevar cualquier atisbo de tener que afrontar ese supuesto vacío. Es probable que de este modo uno tenga la impresión de perderse vida, pero en realidad no pocas veces es una forma de vivirla, que consiste en no tener claro cómo arreglárselas con ella. Al menos si no está suficientemente definida y procesada. Y todo ese aire supuestamente reflexivo y sensato no es sino la tensión de no saber muy bien qué hacer. Los espacios públicos evidencian que eso puede llegar a resultar aún más alarmante. Basta fijarse.
A veces nos encontramos con miradas y con silencios que parecerían corresponder a sesudas meditaciones y a procesos de enorme concentración reflexiva, como si estuvieran incubando un sólido pensamiento, una propuesta consistente, o una idea brillante. Pronto se comprueba que, a veces, ni era para tanto, ni quizá era para casi nada. Simplemente se hallaban en la tarea de limitarse a que no sucediera algo especial, sin otra ambición ni propósito. En esas situaciones, la labor se reduciría a no hacer nada notable, ni por su rentabilidad, ni por su interés. Ni siquiera propiamente se trataría de un descanso, ni de una espera. Más bien, son tiempos en los que parecería tratarse exactamente de matar el tiempo o de dilatar sus efectos. No suele resultar fácil y, si uno se descuida, incluso acaba haciendo algo de provecho. Pero no está claro para quién.
Aprender a dejar pasar el rato exige determinada minuciosidad. Y cierta entrega. No es tan fácil sobrellevar esa pausa, esa demora, esa suerte de inoperancia que nos conmina, nos requiere y paradójicamente nos incita a todo otro tipo de actividades. Soportarla es tan complejo como saber callar o ser capaz de no intervenir. Podría ocurrir que, de hacerlo, irrumpieran con contundencia en ese tiempo algunas evidencias y se desvanecieran otros postulados. En el interludio también se producen movimientos que tienen su elocuencia. Y en lugar del sereno posponer, dilatar, diferir, se hace patente lo que se nos va y, en algún modo, se nos lleva. Creíamos que sólo pasaba el rato, pero los que pasábamos éramos nosotros. Y la vida, nuestra vida.
Ciertamente, ni dejar
pasar el rato es en sí mismo divertido, ni divertirse es exactamente empeñarse
en que pase el tiempo, aunque sea tan indefinido, por breve que resulte, como
un rato. Ni carece de sus peligros. Por ejemplo los que acompañan a estar
demasiado entretenido, tanto como
para venir a estar distraído. E
indefenso. A veces, hay algo de inapropiado en ese dejar. En concreto, si se
trata de una dejación. Puede
comprenderse, puede explicarse, puede incluso resultar razonable, pero hay algo
de claudicación.
En espera de mejores tiempos u otros momentos que como un corte o una incisión desmoronen la continuidad o pongan en cuestión el sentido, puede resultar fecundo un rato para dejar en evidencia que en realidad no estaba claro qué hacer, ni parecía oportuno, ni el momento era propicio, o nos faltaban fuerzas o criterio, o el golpe resultó tan contundente que era la única posibilidad para el noqueado. Sin embargo, también puede suceder que haya quienes dejan pasar la existencia, mientras otros pasan por ella, como si de un rato se tratara, un rato que perder. Hay algo de insensata lucidez en esa visión, quizá la que nace de un exceso, más que de una carencia.
Podría considerarse que se deja pasar el rato para combatir el aburrimiento. Pero el verdadero desafío consiste en la capacidad de lograr que no llegue a producirse, no digamos ya a invadirlo todo con su aplanadora, y a veces planeada y planificada igualación de los tiempos y de los momentos, de las tareas y de las vidas. Igualadora no porque proponga igualdad sino porque logra que todo dé igual. Y no es calma, ni siquiera tedio, es indiferencia. Parecería entonces que el objetivo perseguido pasaría por no sentir demasiado, por no emocionarse en exceso, por no pensar mucho, por no preocupase por lo que nos rodea, por no tomárnoslo muy en serio, y por limitarnos a deambular la mirada, con falsa curiosidad, con poco interés y sin compromiso. Así, lo que se aniquila no es el tiempo, ni el rato, es a nosotros mismos. Y algo más, y mucho más.
No es que sea recomendable la precipitación, ni la ansiedad, ni la prisa, y menos la atolondrada entrega a todo tipo de actividades, pero no hemos de confundir la parsimonia de la apatía con la prudencia, la serenidad o la calma. Ni es cuestión de limitarnos a proseguir nuestros pasos simplemente como espectadores de los acontecimientos, incluso de los más nuestros y personales. Ellos sí que se despliegan y se desarrollan. Dejar pasar es muchas veces perder la ocasión. También se precisa la necesaria prevención para no vernos arrollados ni encaminados a donde no deseamos, y a ratos, los propios ratos nos conducen. Entre otras razones porque la vida viene a ser una sucesión de ellos y no estamos para dejarlos pasar demasiado.
Supuestamente, en espera de tiempos mejores, aguardamos los momentos como si todo se limitara a ser fruto de una maduración. Nos emboscamos y nos refugiamos, considerando quizá que es hora de aguardar a que capee el temporal. Pero, incluso si ello llegara a suceder, tal vez ya no estaríamos en condiciones ni de afrontar la calma. Y además, también podría arreciar.
Pasar el rato no es dejarlo pasar, es vivirlo para, en su caso, hacerlo pasar. Puede ser inteligente abrir una cesura en el tiempo, “espacializarlo”, retardar la decisión, la intervención, pero ello exige una pormenorizada e intensa acción, no un reducirse a ojear lo que ocurre, comentarlo, en su caso criticarlo, y quedarse en un vaticinar para tal vez situarse adecuadamente ante lo que ocurra. Incluso pasar el rato lleva su tiempo, que es también nuestro. Por eso conviene no confundir dejar pasar el rato con dejar pasar la oportunidad, que es tanto como perderla.
(Imágenes: Pinturas de Mark Tansey, Action Painting II, 1984; Derrida Queries de Man, 1990; Land and Water (1980)
Hay 8 Comentarios
Hoy, 16/09/2012, he participado en el II Memorial de José Antonio Labordeta, celebrado en Zaragoza, que ha consistido en un paseo de 12 kms. por los sotos de ribera del Ebro, aguas arriba del casco urbano. El lector se preguntará: ¿a propósito de qué viene esto, en relación con el artículo que escribe el señor Gabilondo?. Para mí tiene un significado muy concreto, pues, hace dos años, exactamente el día 20/09/2010, tuvo lugar, en Lardero (La Rioja), la apertura del Curso Escolar 2010-2011. Entre las personalidades que intervinieron en dicho acto se encontraba el entonces Ministro de Educación, D. Ángel Gabilondo. ¡Cuál fue mi más que emocionante sorpresa cuando, en el transcurso de su alocución, el Sr. Gabilondo dedicó algo más de dos minutos de la misma para glosar la figura de D. José Antonio Labordeta, que había fallecido en la madrugada del día 19 anterior!. Fue un gesto de los que no se olvidan en la vida. También el pasado 21/02/2012 tuve el placer de asistir a la conferencia que dio D. Ángel Gabilondo en el espacio del Patio de la Infanta (Ibercaja-Zaragoza). Nunca se cansa uno de escuchar sus palabras. Y no considero esto como un mero hecho de pasar el rato.
Publicado por: Jotapé | 16/09/2012 16:26:03
Pasar el rato, pasear el rato, ¡qué rato he pasado!, ¡qué buenos ratos pasamos!, (en el ascensor)........, ¡qué mal rato!, sólo será un rato, si no fuera por estos ratos, a ratos...como los patos, a ver si pasa este rato, luego me paso un ratito. A veces parece que vivimos entre rato y rato.
Publicado por: G. Morales | 15/09/2012 14:37:35
¿No es el considerar haber dejado "pasar la oportunidad" ya un constreñir nuestro horizonte, esto es, nuestra oportunidad que "es" siempre? ¿Qué es eso de "una pormenorizada e intensa acción"?
Publicado por: Rantamplán Malaspina | 15/09/2012 13:53:30
Leerle profesor Gabilondo es una muy buena manera de "Pasar el rato". Gracias.
Publicado por: Sirius | 14/09/2012 19:57:06
Quizás vivir la vida supone dejar pasar el rato. Es ambiguo rellenar la vida de satisfacciones ajustadas a las propias necesidades. La vida abra que vivirla plena y consciente en determinados momentos mientras que en otros abra que dejar pasar el tiempo, que se organizara en función de la disponibilidad de cada uno.
Pero esto de dejar pasar el rato tiene su susstancia. Se suele preparar con alteración la vida para procurarnos un bien estar para luego rectificar su ausencia. Y encontramos debatiendo un porvenir que a veces por su exceso desafiamos y marcamos como nuevo rumbo.
Las cosas no están ahí para pasar el rato aunque se necesite. Los especialistas ocupan su pensamiento en inventar y crear nuevas soluciones a problemas qué se plantean. Y para ello no pasan el rato sino el tiempo. Les guste o no viven de ello y se creen tener la capacidad para abordar asuntos inquietantes. Y se enfrentan a ellos con y sin temor para dar alguna solución. No sea que al tratar de alcanzar alguna solución sea definitiva o más bien un encuentro con la solución que maneja a todos por igual. Lo económico, parece ser. El interés de desafiar lo imprevisible de una situación acuciante para rendirse a la evidencia de que no puede superarse. Y ello conserva la resignación de que abra tiempos mejores para afrontar soluciones. Si verdaderamente la tarea de limitarse es que no suceda nada especial, dilatara su efecto a construir algo elocuente. Y dejar pasar el rato exige la no operancia en determinados aspectos brillante.
Publicado por: Lidia Martín | 14/09/2012 12:37:19
Que nesitados estamos, o por lo menos yo, de sus comentarios, gracias profesor.
Publicado por: juan de dios | 14/09/2012 11:55:00
Cuando tener poco dinero sea la norma, lo más sensato será no necesitarlo, o disponer de múltiples habilidades que permitan sustituirlo o conseguirlo; desde bailar claqué hasta coser un traje, pasando por programar, impartir un cursillo sobre Nietzsche, conducir un autobús, montar un escenario o podar un tilo.
Si no cambia en profundidad, no parece que el sistema educativo que conocemos sea capaz de ofrecer tal cantidad y variedad de destrezas. Y esto es la parte fácil de lo que se necesitaría. Es mucho más problemático aprender a convivir con las largas temporadas de inactividad laboral de las que dispondremos. Y lo es todavía mucho más aprender a vivir sin certezas.
http://www.otraspoliticas.com/educacion/educar-para-la-incertidumbre
Publicado por: Enrique | 14/09/2012 11:02:03
Cómo crece y vive el tiempo al dejarlo pasar abrazados a la persona que amamos.
Publicado por: afc | 14/09/2012 9:49:25