Hay quienes precisan
pensar contra alguien para saber qué
pensar. Sin esa referencia, estarían perdidos. No es que reconozcan la
contradicción inherente a la dicción, es que trasladan al decir el conflicto en
el que ya de antemano se encuentran. Para ello ayuda no escuchar a fondo y
anclarse previamente en el terreno propio. Y por eso, no es que resulten
críticos, al contrario, confirman de
ese modo la posición de aquellos a quienes buscan oponerse. No era su
intención, sin duda. Simplemente es el resultado lógico de su actuación. Así,
ratificadas las posiciones, no las transforman ni las aproximan sino que las enquistan. Y todos, a nuestro modo,
de una u otra manera, alguna u otra vez, procedemos de esa forma.
Confundir la necesaria pluralidad de visiones con una permanente y malentendida controversia, es hacer de ella, más que un encuentro un tanto complejo de vertientes y de versiones, la ocasión de una confrontación. Y no siempre de ideas. Entonces, los argumentos vienen a ser mera oportunidad para la ostentación de las posiciones y no precisamente un contraste de motivos. Y, si es posible, un medio para vencer y derrotar al contrincante. En lugar de compartir espacios, el objetivo sería tratar de ocuparlos, de invadirlos.
Lo que resulta más descorazonador y más infecundo es esta desconsideración del pensar, reducido a mero instrumento o herramienta, un medio para lograr establecerse en la posición, un mecanismo cuyo funcionamiento se desenvuelve como un ejercicio de poder sobre los demás. Pero desvinculado del saber en tanto que sabiduría, como forma de vida, pensar viene a ser una tarea más o menos erudita, consistente o interesada, con una utilidad no pocas veces espuria. Parecería que lo que importa es pensar para tener razón, para ratificar lo que ya pensamos.
La pobre valoración de
la palabra y del pensamiento en determinados ámbitos, desde una entronización
de un hacer exento de tales implicaciones, obedece en no pocas ocasiones a la
percepción de que nos encontramos inmersos en una concepción según la cual lo
que importa es lograr transmitir mensajes
prefijados que, en lo posible, no habrían de contaminarse con las
posiciones ajenas. El éxito radicaría en la supuesta pureza de lo que no se
vería afectado por el decir de los demás. Esta imperiosa e imperial estimación del lógos ignora hasta qué
punto él mismo es y ha de ser diálogo.
No dejar resquicios para la palabra del otro, incluso ser beligerante, se valoraría como expresión de firmeza, de contundencia, de claridad de ideas, de determinación. Y nada de dudas, ni de titubeos. En caso de encontrarse en alguna tesitura incierta o de no hallar qué postura hacer valer, la garantía de no equivocarse radicaría simplemente en oponerse, en no estar de acuerdo. Y si se cree que ser más atrevido es ser menos cuidadoso, podría llegarse hasta el punto de descalificar la posición del adversario. De lo contrario, es como si no se supiera ni qué hacer, ni qué decir.
No faltan expertos en inhabilitar los discursos de los demás. Pero en ocasiones no es fácil dar con lo que uno mismo desea hacer valer. Ciertamente, tampoco ha de minusvalorarse conocer lo que no es aceptable en absoluto. Y ello puede resultar a veces suficiente para contestar ciertas actitudes y posiciones. Pero en todo caso, estamos necesitados de quienes presenten sus deseos, sus convicciones y sus proyectos, no tanto como rechazo, sino como apuesta convencida y convincente. Mientras quien se limita a oponerse no parece encontrar fatiga, y en esto coincide con el adulador, los demás asisten hastiados al espectáculo de la mera confrontación. Y a su amparo todos nos distraemos de la tarea, en la coartada de lo que supuestamente ya se cuestiona.
Singularmente en
tiempos complejos, se requiere otro modo
de decir. No sólo decir otras cosas, sino proceder de otra manera. Un cierto
cansancio obstruye la escucha colectiva, cuando la palabra se limita a ignorar
el decir ajeno. Y parecemos preferir estar
en contra que encontrarnos. Esto
último es viable, aunque sea desde posiciones no coincidentes y sin que sea preciso
estar de acuerdo. Ahora bien, no estarlo, no es estar en contra. Sin embargo,
poner al otro bajo sospecha hace que, para algunos, todo encuentro posible
no signifique sino un modo de propiciar formas de enraizar el estar en contra. Y
no es lo más adecuado pedir adhesión sin moverse del sitio. Es como si les gustara
más el listado de los que consideran culpables que las soluciones. Quienes tienen una
elocuencia que empieza y acaba en sus enemigos, y aunque
no les cuesta verlos por todas partes, los
persiguen hasta dar con ellos. Para por fin saber a qué atenerse: a oponerse.
Para saber por fin qué decir: lo contrario.
Podría considerarse que en ocasiones sólo sabemos proceder borrando lo que otros han hecho, tachando, negando, reempezando cada vez. Y hemos de reconocer que ello produce sus frutos y que no deja de tener sus efectos. Se trataría de que eso no supusiera un encontronazo, sino una conjugación, una conjunción, una armonización. Y, si fuera preciso, se dice, una supresión. Sin embargo, es significativo que haya quienes no tienen otro modo de hablar que el de contravenir lo que precisamente se viene diciendo. Resulta comprensible estimar y valorar si lo merece, pero para ello habríamos de atenderlo, de considerarlo.
Preocupados en impedir, algunos nos ofrecen supuestos “pensamientos” que son buscados, hallados, creados o generados, y propuestos, simplemente por enfrentados, para mostrar que lo son porque se topan como los sentimientos encontrados. Les resulta más fácil desmantelar y dilapidar lo construido, que elaborar en común y confiar en los proyectos compartidos, esto es, ya acordados conjuntamente, y crecer a partir de ellos.
(Imágenes: Fotografía y pintura, Nanna
Hänninen, Central Park I, 2012; Prayer Tree I, 2012; Painted branch of Alder, 2012; y Ashore I -pine, water, stone-, 2012)
Hay 16 Comentarios
La corriente solida se vincula con la acción directa. la de no joder al próximo encuentro. Es la dimensión entre verdad y método no permite la intrusión fantasmal vecinal del lenguaje en su manifestación. Asentar las bases de lo común debe buscarse suu guarrida para desahogarse su vinculación catastral.
Publicado por: Lidia Martín | 05/11/2012 16:47:09
Los elementos comunes encontrados simbolizan la unión de las distintas corrientes. Actuan en forma de signos de datos donde establecen una actuación. Al relacionarse constituyen una vinculación aparente.
Publicado por: Lidia Martín | 05/11/2012 11:55:30
Gadamer en “Verdad y Método” descompone junto a su lenguaje una manifestación de elementos comunes como la dimensión cultural, social, política, comunicativa y ética. aborda no solo un trabajo interpretativo sino un lenguaje sincronizado de la que se deduce como trabajo interpreta torio distante del instante
Publicado por: Lidia Martín | 04/11/2012 23:34:44
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Publicado por: Lidia Martín | 04/11/2012 23:33:56
Ya lo dijo el Guerra: "La verdá está mú repartía". No creo que el Guerra fuera sofista. Los sofistas usan las palabras para llevar el agua a su molino. Pero no buscan necesariamente la verdad. Por eso Sócrates no podía ni verlos. Dos ordenadores iguales con el mismo programa responden igual a la misma pregunta. ¿Eso es la verdad? El mismo cerebro preguntado en circunstancias distintas responde de manera diferente a la misma pregunta ¿Miente? En la verdad y en la mentira cuenta mucho la intención. En la búsqueda de la verdad, creo que también. En la utilización de las palabras, de las imágenes o de cualquier otra forma de comunicación, lo importante es descubrir no tanto la verdad como la intención oculta. Y en el diálogo, la motivación: lo que hace que el cerebro se mueva. Quizás haya verdades absolutas, pero el puzzle es tan grande que sólo nos toca una pieza. ¿Cuál es la tuya?
Publicado por: Vero | 04/11/2012 11:18:54
No creer que existe una única verdad en lo relativo a ciertos asuntos y problemas a lo que nos enfrentamos produce el efecto contrario al que suponemos de relativizar y no ser dogmáticos.
En efecto, si no hay una única verdad tanto tu verdad para tí como la mía para mí serán igual de válidas y por tanto absolutas. Tu verdad nunca tendrá más derecho a imponerse que la mía y viceversa y así nunca nos pondremos de acuerdo. Lo único que nos queda es recurrir a la retórica sofista para convencer al otro de nuestra verdad.
Si por el contrario pensamos que existe una verdad única para la resolución de un problema, esa verdad no será ni mía ni tuya y por tanto podremos llegar a descubrirla si ambos colaboramos y aportamos nuestros puntos de vista, opiniones y razonamientos.
Es así como el relativismo, en aparente paradoja, deviene en dogmatismo. Es así como, según creo, vivimos en una época contradictoria en que el relativismo se traduce en tantos dogmatismos como personas hay.
Publicado por: bmh | 03/11/2012 13:50:19
Aún reconociendo el valor de la Retórica para comunicar nuestras ideas, y su enorme poder en política y en democracia, creo que vivimos en una época de sofistas, en que lo importante no es interesarse por la verdad, a la que se llega mediante la dialéctica en que la razón y la discusión conducen a su descubrimiento, sino que lo importante es la manera de convencer.
Todo esto tiene mucho que ver con que estamos en una época análoga en lo referente a valores y creencia en la capacidad del pensamiento a la que vivió Grecia con el florecimiento y pujanza de los sofistas: como ellos pensamos que no existe una única verdad y que con el lenguaje sólo se pueden expresar cosas verosímiles. El ejemplo lo veo en comentarios que me han precedido.
Publicado por: bmh | 03/11/2012 12:42:14
Quizás la estricta lógica se combata con sentido común. Apuntando hacia él, la negación puede ser tan útil como la afirmación. Utilizar la negación sistemática es un método equiparable a la adhesión sistemática a lo que diga cualquiera. Nadie tiene razón = Todos tienen razón. Normalmente nos encontramos en el sentido común, por eso es común. Así es como deberían llamarse los puntos de encuentro de los aeropuertos.
Publicado por: Windy | 03/11/2012 12:36:39
Un encuentro con Agustin García Calvo filosofo, http://www.rtve.es/alacarta/audios/el-ojo-critico/ojo-critico-011112/1568588/dramaturgo, ensayista y traductor.
Otro encuentro con la ciencia.
http://es.scribd.com/doc/111902808/La-ciencia-de-la-semiología
Publicado por: Lidia Martín | 03/11/2012 12:08:17
Me quedo con esto: " Pero desvinculado del saber en tanto que sabiduría, como forma de vida, pensar viene a ser una tarea más o menos erudita, consistente o interesada, con una utilidad no pocas veces espuria. Parecería que lo que importa es pensar para tener razón, para ratificar lo que ya pensamos." Gracias y gracias por las imágenes, de nuevo, me han gustado. buen día de noviembre.
Publicado por: joaquin | 03/11/2012 9:20:51
Hay varias consideraciones que me parecen pertinentes sobre las palabras de nuestro anfitrión.
En primer lugar, nadie es totalmente racional. Cuando argumentamos sobre cualquier asunto, una tendencia íntima previa a la elaboración de nuestra conciencia ha establecido ya sus conclusiones. Cualquier duda o ambigüedad de juicio que entrañe la decantación del funcionamiento de nuestra mente en uno u otro recipiente intelectivo será resuelta en la dirección de un prejuicio inconsciente establecido antes de que ni siquiera la propia percepción de las limitaciones de la lógica pudieran ser reconocidas. Por eso muchas controversias parecen diálogos de sordos. No sólo es que cada cuál vea la realidad desde una determinada perspectiva biográfica sino que la misma comprensión de cuanto pueda ser dicho por otros viene condicionada por un pre-juicio que transforma cualquier exposición antitética en una ausencia de sentido. No es que se piense para tener razón sino que "poseer" la razón tiene poco que ver con el pensar y, como consecuencia, el logos encuentra menos resistencia irracional en el mono-logo que en el dia-logo.
De ahí viene una segunda consideración: las palabras no significan totalmente lo que dicen o, también, abarcan campos diferentes dependiendo de cada contexto personal. Un encuentro basado en el logos puede incurrir en no pocos malentendidos y, así, es necesario un acuerdo previo sobre múltiples elementos del lenguaje que se supone comunes. Sin embargo, el acotar cada uno de los significados puede convertirse en una actividad tan extenuante que pocas veces es acometida con intención exahustiva y, en consecuencia, lo que algunos suponen diálogo viene a ser en realidad intercambio de discursos de los que cada cual extrae aquello que por sí y desde sí comprende o, más bien, aquello que se aviene a comprender.
Tercera consideración. Después de Witgenstein, ¿quién se atreve a decir aquello de lo que se puede hablar con estricta lógica y, por tanto, en perfecto uso del logos?. Un encuentro en los territorios de la apreciación subjetiva, allí donde se sitúa aquello "de lo que es mejor callar", se transforma no en un ámbito para la dialéctica sino para la contradicción. No se trata de un concomitante juego de proposiciones diversas que son aunadas en tesis asumibles por cada componente del diálogo sino de subjetividades cuya afinidad determina en qué medida es posible hacen derivar las palabras hacia ciertos puntos de no fricción. ¿Es esto un encuentro intelectual o un ritual comunitario?. Me inclino por lo segundo.
Y, en fin, ¿qué hay de malo en manifestarse a la contra?. Quizá depare una mayor fecundidad intelectual el hecho de negar que el de afirmar. No tanto porque la afirmación sea algo que desde hace tiempo ha escapado del ámbito de la filosofía para ubicarse en el de la ciencia sino porque la negación puede ser entendida como la expresión más pedestre de la falsación. Si algo puede ser negado de manera consistente es porque ha sido tomado en serio y ha sido considerado como merecedor tanto de atención como del esfuerzo intelectual de probar sus fundamentos y derivaciones. Cuando Adorno, por ejemplo, disertaba acerca de una "Dialéctica negativa" establecía una forma de elucidación de la corporeidad de lo real, con tanta frecuencia ajena al pensamiento.
Por cierto, que en estos días ha muerto un gran negacionista: Agustín García Calvo. Quién tuviera su talento para la oposición permanente.
Publicado por: Witness | 02/11/2012 22:36:06
Los niños tienen una etapa en la que "se niegan", se reafirman por medio del "no". Luego hay otra etapa parecida en la adolescencia, aunque ésta es gregaria: te adhieres más al grupo cuanto más te opones a los otros. Engancha porque es fácil y si, además, tienes un cierto carisma como líder ya estás pillado: es mucho más complicado flexibilizar el discurso. "Atrévete a pensar", qué audacia, como: "atrévete a dudar". Pero si no te atreves, al menos sé amable, ¿no, Peter Pan?
Publicado por: Wendy | 02/11/2012 18:25:06
...▲▲▲▲▲
Baja 30KG en 2 meses. DIETA* aprobada por MEDICOS en USA: http://su.pr/1xuU15
Publicado por: ▲▲▲▲▲BLOG LAS MEJORES DIêTAS | 02/11/2012 17:29:39
Esto me recuerda a Deleuze y Guattari cuando se preguntaban por qué la filosofía.
Publicado por: Lidia Martín | 02/11/2012 14:31:14
"Catastroika", documental griego equiparable al "Inside Job" de la "construcción" europea, por la que pasan desde Naomi Klein a Zizek, termina con una cita célebre que dice que podemos ser libres o estar tranquilos, pero no ambas a la vez.
Añadiría el corolario de que podemos incluso ninguna de las dos a la vez... lo que es menos tranquilizador todavía.
Publicado por: zenon de pelea | 02/11/2012 12:57:07
Primero viene la ilusión y la entrega total. Aceptando de pleno unos fundamentos universales de justicia, de respeto, y de decencia.
La comprensión, la fidelidad, el respeto, la admiración.
La reverencia.
Entender la vida en comunidad con los demás.
Ir en equipo.
Luego vienen los pequeños deslices, las excusas, las ausencias, los perdones, los nunca más volverá a pasar.
El desencanto.
Lo inevitable.
La aceptación de una realidad.
El comprender que una cosa es nuestro esquema interior, la idea que teníamos de una realidad que se pensaba universal, nuestra medida justa de la realidad , lo aprendido como lo correcto y lo bueno, la perfección, lo ideal.
Y otra cosa muy distinta es la medida que los demás entienden y tienen de esa realidad.
El color del cristal con el que cada cual mira dentro de la libertad que tenemos para elegir los pasos a dar y el camino a seguir.
La media vuelta en el discurrir de la vida, para entender que el camino a recorrer es el de uno mismo.
No el de los demás.
Llegar a entender que el caballo a domar lo tenemos dentro de nosotros mismos.
Por eso la referencia a lo visto a nuestro alrededor.
Eso me gusta o eso no me gusta.
Dicho a veces con una voz demasiado alta.
Pecando incluso de un poco de engreída soberbia.
Publicado por: Faustino | 02/11/2012 9:32:05