El salto del ángel

Con épica y con lírica

Por: | 29 de enero de 2013

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Sólo con épica y con lírica no iremos muy lejos. Sin ellas, a ninguna parte. Épico no significa pomposo, ni lírico pedante o cursi. Estamos necesitados de discursos que se correspondan con un modo de decir y de hacer, con capacidad de conmover y de  impulsar a importantes desafíos. No por ello han de dejar de ser sencillos. Lo que no pueden es carecer de alcance, de ambición, de implicación, de riesgo, de proyección. Nos incomodan cuando son ralos, pedestres, resignados, envueltos en un halo de falso realismo. Pero también mostramos nuestro disgusto cuando vuelan o sobrevuelan ignorando cuanto nos ocurre. Sin embargo,  ni la épica, ni la lírica son formas de huída o de distanciamiento, simplemente son otro modo de aproximación, que se produce propiciando la distancia adecuada, la de otra mirada de mejor perspectiva, orientación y enfoque, otra visión. Y otro valor. En tal caso, desconcertados por el desplazamiento que semejante decir provoca, podríamos caer en la simpleza de pensar que no se atienden los acuciantes problemas, que efectivamente nunca han de ser desconsiderados, pero nada es más descuidado que la falta de miras, incluso para resolver cuestiones bien concretas.

Si encontramos grandilocuente lo épico no es por su exceso, sino por su decir majestuoso, magnífico. Y ello no ha de ser contemplado, en todo caso, como una limitación. Hay una generosidad en esta palabra desbordante que entrelaza acontecimientos y ofrece horizontes, sentidos, caminos que requieren una respuesta magnánima. Aunque solemos atribuirlo a la lírica, tampoco parecen tiempos muy propicios para la épica, salvo que reciba tal consideración la capacidad de sobreponernos a un espacio complejo, en la pura asunción, por muy combativa que sea, de lo que nos pasa. La autoridad moral que se requiere para decir épicamente no es sólo una condición, viene a ser un requisito, si se pretende no caer en el ridículo. La palabra épica exige una forma de liderazgo, por muy sutil que sea. De lo contrario, queda en entredicho, queda en evidencia.

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A su vez, los grandes desafíos, algunos bien íntimos, no pocos bien públicos, se nos proponen en un decir en el que uno mismo, con sus sentimientos, convicciones y buenas razones, queda implicado, en un decir en el que uno mismo se dice, se entrega, se arriesga, en un decir que conmueve, para empezar a quien habla, a quien se ofrece, en un decir que, a su vez, involucra a quien escucha. Y ese decir es lírico. Y no ha de temerse que llegue a ser poético. Ni es fácil, ni es frecuente, ni se reduce a limitarse al aspecto de lo dicho. Su forma es asimismo verdadero contenido. Y no ha de olvidarse que en tal caso las caricaturas, las mofas y la desatención serán también inquilinos incómodos de quien irrumpa públicamente con una palabra épica y lírica. Si algún discurso recordamos es el que de una u otra forma ofrece esa palabra. Y quizás es también el que necesitamos. Por supuesto, ello no excluye otras extraordinarias maneras de decir. Y de hacer. La épica y la lírica no son simplemente modos de ser de los discursos. También las precisamos y las encontramos en nuestras vidas, individuales y colectivas, por muy prosaicas que nos resulten. Y frecuente y algo silenciosamente nos envuelven.

La falta de lírica ignora el cuidado y la sensibilidad con los que se prodigan las buenas razones, desconsidera la raíz afectiva de los motivos y trata de hacer pasar por más directo lo que con frecuencia simplemente es más desatento. Ser rudos es un modo de ser rudimentarios. Y serlo ofende. No sólo a la inteligencia. También a aquello que se trata de hace valer o se pretende defender. Y no siempre los supuestamente más cultivados se expresan directa e intensamente con una épica y una lírica que en múltiples ocasiones se echa en falta. Más en concreto entre quienes parecen empeñados en una tarea que busca ser sofisticada para acabar siendo simple.

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La propia concepción de lo que significa el proyecto de la polis ya implica épica y lírica. Y solidaridad. La creación de un ámbito de encuentro de lógos, êthos y páthos exige una actividad poética, de creación, de composición, de articulación y de vertebración de los miembros que conforman ciudad. Tan amplia en cada caso como el alcance de la voz y la palabra. La atención y la consideración para con esa tarea son tan determinantes que sin ellas la política deviene, en el mejor de los casos, una labor fabril o burocrática. Y queda bien patente, en ausencia de épica y de lírica, la imposibilidad de toda motivación, de cualquier movilización. Entonces, el sonido es seco, plano, aburrido. Y las ideas, también. Incluso cuando parecemos activarnos por la urgencia, movidos y conmovidos por necesidades efectivas, no deja de haber una raíz y un impulso épicos, sostenidos en convicciones, en principios y en valores que cada cual a nuestro modo formularíamos con una implicación lírica. Basta escuchar las buenas razones para comprobarlo. Precisamos de un cierto relato y, por muy breve y sencillo que resulte, nos acompaña como un lema, una suerte de contraseña que sustenta nuestros pasos y nuestros corazones, que nos convoca, nos aglutina y nos da que pensar.

Pero no sólo ni exclusivamente en la dimensión más sociopolítica, sino en lo más cotidiano de nuestra existencia. La constitución de uno mismo reclama una matriz épico-lírica que no siempre se formula muy explícitamente, pero que alienta nuestro vivir para que no quede reducido a una acumulación de menudencias. No se trata de establecer un discurso fingido, sino de comprender que eso que llamamos “yo” se sostiene en un relato de ficción, que no es en tan fácil de contárnoslo. También la épica y la lírica nos ofrecen sus propios desafíos, y comportan para nosotros nuevos riesgos. Rilke nos recuerda que el decir poético responde a que “a veces (y no por interés) hasta nos arriesgamos más que la propia vida”. Es lo que ocurre con ciertos modos de decir, que son formas de hacer y de pensar, modos de vivir. Y en ocasiones el pudor de comportarnos con épica y con lírica no es sino temor y, entonces, el pensamiento queda contraído y contrahecho.

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 (Imágenes: grafitis de Banksy)

Hay 18 Comentarios

EL NUMERO PI

El admirable número Pi
tres coma uno cuatro uno.
Las cifras que siguen son también preliminares
cinco nueve dos porque jamás acaba.
No puede abarcarlo seis cinco tres cinco la mirada
ocho nueve ni el cálculo
siete nueve ni la imaginación,
ni siquiera tres dos tres ocho un chiste, es decir, una comparación.....(sigue)

Bueno, también existe el autoengaño. Es muy poético. La poesía requiere medir mucho las palabras. Por eso no es muy adecuada para un debate.

Bueno, también existe el autoengaño. Es muy poético. La poesía requiere medir mucho las palabras. Por eso no es muy adecuada para un debate.

2.-
Es oportuno que doña Lidia haya citado a Gadamer porque la hermenéutica que el filósofo alemán coloca en el centro de la historia tiende a quedar encerrada en ese círculo de referencias cuya validez ni siquiera tiene que ser racionalista. Ahí está precisamente la diferencia entre la verdad poética y la científica, que Gadamer trata de disimular: la primera no tiene que demostrar su validez porque sus referentes la hacen autónoma en su propia realidad; la segunda, no crea esa realidad sino que la aborda desde fuera, con unos criterios previos, sí, pero también en constante revisión al confrontarse con ese objeto externo. De ahí la suspicacia del científico frente al prejuicio y la capacidad de quien labora con abstracciones cuantificables - que no es arrogancia ilusoria- para establecer un conocimiento “objetivo”.
Blake o Virgilio serán siempre verdaderos porque su validación no sabe de horizontes; Ptolomeo o Lamarck, por ejemplo, no. Por eso, la épica y la lírica no deben obnubilar nuestra relación con una realidad que es "su" realidad, que no es esta nuestra en constante cambio y, por tanto, necesitada de una continua reevaluación, algo para lo que sólo la ciencia está preparada.

1.-
La cuestión es si cabe dar a la verdad estética, que se circunscribe a la formalización del discurso o de la materia, la posibilidad de desbordar su ámbito de sentido -que incluye la tergiversación de la realidad y aun la ambigüedad sobre la intención- para, amparada por el efecto emocional que produce en el ser humano, desviar la preponderancia de lo cientifico en el obrar individual y colectivo. El aedo era capaz de enardecer a la audiencia con las hazañas de los héroes y el salmista podía enajenar a la parroquia con los atributos salvíficos de la divinidad. A ambos les resultaba indiferente la heurística y el conocimiento empírico porque situaban la referencia en el prejuicio. La realidad era creada (re-creada) a partir de lo acontecido y se limitaba a su relato pero aspirando a sustituir el estricto acontecer por lo imaginado que, así, se hacía "otra" realidad y pretendía hacer de esa mentira una realidad futura, a su vez, susceptible, en su momento, de nueva tergiversación.

Intuitivamente, pienso en épica e imagino esfuerzo, pienso en lírica y supongo algo que surge de forma natural. Evidentemente, la cuestión es mucho más compleja. Aprendo.

La relación basada en la pregunta: ¿Qué es funcionalidad de la ciencia del espíritu? Gardame dice: “las ciencias del espíritu vienen a confluir con formas de la experiencia que quedaran fuera de la ciencia: con la experiencia de la filosofía, con la del arte y con la de la misma historia. Son formas de experiencia en las que se expresan una verdad que no puede ser verificada con los medios de que dispone la metodología científica.
Walter D. Mingnolo propone el término “Literaturologia”. Preferible al de la poética que tiene los inconvenientes de su vinculación antigua con la poética normativa y su moderna asociación con la poética lingüística.
La épica y la lírica están relacionadas con la literatura. A su modo comprender una teoría. Que proporciona conceptos capaces de justificar la construcción de las humanidades como campo del saber.
-2-

Gadamer H.G se propone defender la experiencia de la verdad que se da en el arte, frente a cualquier limitación de la estética por el concepto de verdad de la ciencia.
La ciencia del arte no puede prescindir tampoco de la experiencia del arte. “Junto a la experiencia de la filosofía, la del arte presenta el más claro imperativo de que la conciencia científica reconozca sus límites”.
Está claro que la filosofía solo puede alcanzar una verdad, que de otro modo no se llegaría a conocer, si se comprenden los textos del pasado; solo con la lectura de Platón, Aristóteles, Kant o Hegel, podrá el filósofo actual llegar a plantearse que si no, dada la inferioridad del pensamiento de su época, no llegaría a vislumbrarla.
Indirectamente, queda constituido, como dominio extra científico. El espíritu científico. Son formas de conocimiento tienden una pretensión de verdad que se trata de legitimar filosóficamente.
-1-

Nada no hay modo!!Voy a intentarlo por partes. No vaya a ser que sea largo.

Por tercera vez voy a intentar enviar un comentario más largo que parcece no poderse públicar. A ver si éste sí aparece.

I have a dream!!! y siempre lo tendremos, si no soñamos no podemos creer
Gracias por reivindicar la épica y la lírica

2.-
"Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris/ Italiam, fato profugus, Laviniaque venit..."
Del mismo modo, Eneas nos dice más de Virgilio que del albano ancestral; nos miente con refinado vuelo imaginativo pero ensombrece la historia tras el mito y convierte aquello que está situado tras el horizonte en ambos confines del tiempo en desmán político al servicio del poder. ¿Cabe defender la voz que ensalza la patraña hermosa que deviene trampantojo tras el que se oculta el tirano?
Toda la épica y la entera lírica, cuando son tomadas en serio, cuando son percibidas con sentido transformador, diluyen la realidad con una intención que no participa del mismo alcance que el cálculo o la lógica. Quizá por eso, Platón proscribía a los poetas de la cosa pública. El horizonte como límite es contemplado con desdén por el poeta y así quien labora con la palabra empleando menos desconfianza que arrobo es capaz de crear esas utopías perfectas que acaban por adquirir, en manos de quienes las utilizan para sus propios fines espurios e incluso en manos de quienes dicen ser portadores de las mejores intenciones, la consistencia de infiernos nada metafóricos.
Sin embargo, también resulta comprensible la devoción (sí, porque hay algo de chamánico en la apelación a la vigencia salvífica de la palabra) por la creación ilusionante del poeta convertido en visionario. La trivialidad de una construcción inconsistente, sin el firme apoyo de la recopilación de datos, la estructuración repetitiva y demostrable de modelos numéricos, el esforzado análisis estadístico, la comprobación empírica de hipótesis desprejuiciadas... no puede sino seducir a quienes gustan de la pereza de la intuición, la pereza del dogma, la pereza del tópico... sacralizadas por el halo -de cuya banalidad acaso no son conscientes- de la eufonía y la estética.

1.-
¿Hasta qué punto la realidad merece esa deformación que la convierte en género literario? Las palabras quedan cortas en sus intentos de alcanzar los extremos de ambos universos: el cósmico y el psíquico. Y aun los tropos de lenguaje caen dentro del ámbito de la penumbra sin iluminarla; tal vez la embellezcan o incluso la compliquen al hincar nuevos perfiles en un medio en que discernir lo real requiere de un intenso ejercicio de reconstrucción intelectual. La poesía crea su propio mundo, que siempre es otro en cada persona. Por eso nunca parece verdadera la relación de la palabra con lo real cuando el logos se hace canto:
"Tiger, tiger,burning bright/ in the shadows of de night..."
El tigre que brilla nos dice más de Blake que de la Panthera tigris; e incluso esa imagen nos vela la realidad de que el mimetismo de la piel felina apaga la sensación que el ojo de la presa o el del cazador percibe, nos distrae de la imbricación del animal en la matriz de relaciones ecológicas del hábitat selvático, nos oculta la complejidad espacio-temporal que se singulariza en un instante infinitesimal de la Evolución...Y asimismo, por otro lado, ¿llegamos a columbrar las dimensiones del universo Blake?; ¿o sólo tenemos eso: palabras que nos muestran la profundidad de nuestra común condición humana precisamente porque se asoman a un abismo emocional que el poeta nombra con una mentira insobornable y por eso verdadera mentira?

Tuve la suerte de tener un profesor que me enseñó la valentía de la parresía, la apertura de la hermeútica y el buen decir de la retórica. Y que en algunas palabras -esas que se dicen con épica y con lírica- el bien, la belleza y la verdad se tocan entre sí.
Palabras de resistencia.
Saludos y gracias por su artículo, profesor Gabilondo.

¡¡#@+$}:(!!

Mantener una cierta temperatura constante. A veces hay que utilizar la épica, a veces la lírica, a veces la ironía, a veces, directamente, el humor. Ser capaz de manejar estos registros para mantener una cierta temperatura constante en la que cultivar el intercambio, es una digna aspiración. El diálogo es una criatura muy delicada a quien no debe darse comida y agua a partir de las 12.

Hoy todo el mundo hace y entiende de todo, o al menos lo intenta.
Sea el tema que sea, intentamos pontificar como eruditos consumados.
Y nos quedamos tan agusto, incluso hay quien gana dinero con ello.
Los arreglos caseros ya se entiende que tienen un pase, porque apretar un tornillo flojo, o cambiar una lámpara fundida, incluso pintar una habitación.
Si se tiene un mínimo de habilidad y ganas, eso lo hace cualquiera sin tener que llamar al técnico.
Lo malo es cuando el atrevimiento desborda el sentido común, y sin ser médico se diagnostica y se receta, o sin ser mecánico se intenta poner a punto el motor del coche propio o peor aun, el ajeno .
Ahí la predisposición y la buena voluntad se convierten en imprudencia temeraria y peligrosa.
No podemos confundir el intentar colaborar o ayudar con la imprudencia.
Y no hablemos de los problemas sociales, o del fútbol, o de la política, o el cine, o cualquier tema que requiera un mínimo de conocimiento de la materia para poder opinar con solvencia, sin caer en el ridículo.
Hemos avanzado muchísimo desde que la cultura se ha extendido por todas las capas de la sociedad, y los aparatos electrónicos han inundado nuestra vida.
La mente se vuelto más versátil y analítica, tenemos más referencias, tocamos más teclas. Pero no somos más doctos.
Pero eso, el saber tomar el metro y bajar las escaleras mecánicas para ir al cine, no nos hace catedráticos de golpe en cualquier materia.
Cuando las cosas van mal, antes que recurrir al heroísmo y tirarse a la arena con riesgo de perecer en ella, lo mejor que se puede hacer es acudir al especialista.
Aunque nos cueste el dinero.
Que seguro nos saldrá más barato, que intentar encontrar una solución tirando a cara o cruz la moneda con la ignorancia como consejera.
Lo vemos cada día cuando conectamos las noticias o en los debates de plató.
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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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