El salto del ángel

Está claro

Por: | 18 de enero de 2013

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Hay quienes todo lo tienen perfectamente claro. Saben en cada momento lo que ha de hacerse. No exactamente ha de ser efectuado por ellos, sino sobre todo, por los demás. Es evidente que se refieren a lo que no les corresponde realizar, pero en esto también hay especialistas, en no tener que ver con lo que ha de mejorarse. Asimismo los hay que, sintiéndose implicados, aseguran que lo harían de poder hacerlo, pero no está en sus manos. Tampoco faltan expertos en no poder. Ello no descarta que no haya quienes con toda su voluntad, y además buena voluntad, están dispuestos, aunque son conscientes de sus limitaciones. Estos nos resultan más interesantes. Pero lo son menos quienes no parecen tener la más mínima duda, que no les cabe por muy pequeña que sea. A ellos les afecta el que no se haga, aunque no siempre más que a quienes no se muestran tan contundentemente seguros. En cualquier caso, es evidente que si así se considera, cada cual ha de hacer valer su posición y sus argumentos de la manera que estime adecuada. Eso sí, se trataría de que lo fuera. Sólo una inquietud, la que provoca considerar que ciertos asuntos, de enorme complejidad y con múltiples aristas, están claros. Y habría de hacerse esto y aquello. También son inquietantes los peritos en encontrar dificultades antes que resolver; incluso de generarlas. Y en esto todos tenemos algo que decir, y algo que decirnos.

Sabemos que está meridianamente claro, pero no qué. En cuanto hemos de explicitarlo, se complica. Parecen haberse tambaleado incluso los meridianos. Eso nos previene. Hemos de velar para que, puestos a ser exigentes, lo seamos en primer lugar con nosotros mismos, no sea que resultemos estrictos y severos con los otros, reclamemos permanentemente explicaciones, encontremos improcedente el comportamiento ajeno, tengamos una agudeza extraordinaria para con los déficits de los demás y nos quedemos al margen de cualquier reflexión o análisis de nuestra propia conducta. De una u otra manera, algo similar nos puede pasar a más de uno. Si es preciso, todo lo que nos ocurre o hacemos sería a nuestros ojos comprensible, lo que no parecería admisible es que lo realizaran otros.

Tamaño proceder resultaría demasiado elemental y, en general, solemos ser más sofisticados. Dado que está tan claro lo que ha de hacerse, atribuiríamos a la incompetencia, a la falta de voluntad o a la mala fe el que no se cumpliera lo que sin duda debería efectuarse. Y para justificar el que pudiera sucedernos, no tendríamos inconveniente en expresar que nuestro caso es otro, puesto que a tales efectos, no somos nadie, lo que sería suficiente para aceptar que lo nuestro es de poco alcance e importancia. Es más, al amparo de la actuación, sin duda reprobable de otros, con más ocasión de ser poco presentable, podría aceptarse con menos miramientos el que no resultemos ejemplares. Ahora bien, que algunos hayan de serlo singularmente no excluye que tal proceder no nos corresponda a todos. En cualquier caso, incluso en medio de tantas contradicciones, no pocas personales, no pierde valor subrayar, denunciar y combatir lo improcedente y lo injusto. Y no se trata ni de silenciarlo, ni de acallarlo. La necesidad de involucrarnos en la lucha contra lo que no es correcto, ni adecuado, ni bueno, por muy aseadamente que se presente desde otros puntos de vista, eso sí ha de estar claro.

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Lo que es llamativo es la ostentación con la que esgrimimos argumentos y proclamamos lo que ni nos parece bien, ni en muchos casos suele serlo, mientras a su vez ratificamos con nuestras acciones que compartimos planteamientos que, si no son similares o idénticos, vienen a ser comunes. Una cierta noción del éxito, una determinada concepción de hasta qué punto se está dispuesto a mucho, a demasiado, para lograrlo, una lectura de lo que significa aprovechar la ocasión o la situación, y un sentido de lo que cabe entender por estar presto a ser listo, conformarían toda una manera inquietante de ser. Ahí no habría ni muchos límites, ni demasiados reparos, ni tantas incertidumbres. Pero no siempre desearíamos que los demás compartieran estos principios, sobre todo en su actuación para con nosotros, aunque siempre solicitaríamos su comprensión y, en su caso, su complicidad para con nuestras actuaciones.

No faltan quienes amparan tales planteamientos en la certeza de que en realidad no hay tanta buena gente y que, puestos en tales circunstancias, procederíamos de modo similar. Aunque para algunos esto también está claro, no lo está tanto para quienes consideran que no es suficiente la tesitura y la coyuntura y que, si bien elegir y decidir comporta no pocas deliberaciones, y que para preferir no basta una deducción, sin embargo, puestos a dejar constancia de algo, sería de lo que ni ha de hacerse ni harían en modo alguno. Y si no es en principio evidente, sí están dispuestos a dejarlo bien zanjado, mediante una decisión, por una resolución. Lo que sí queda claro es lo que no harán ni harían en ningún caso. Que no es poco. Es más, que de suceder, lo combatirían. Decir que todos se comportan o nos comportaríamos de idéntico modo no pasa de ser una excusa.

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No se trata de considerar improcedente la claridad. Más problemática es la permanente certeza de en qué consiste, o la reducción de la verdad de algo a ella, cuando no pocas veces no es sino la expresión de una posición simple. En ocasiones, la necesaria trasparencia se embosca y se enroca en presumibles claridades, que no son sino un modo de relación con respecto al sujeto que las establece. Claridad y distinción son en el decir de Descartes determinantes para la consideración reglada de algo, pero no es suficiente que lo sean o lo estén en nosotros, a fin de que estimemos que queda fuera de toda duda que lo que nos resulta claro es indiscutible e incontestable. Quien así lo cree se envalentona en discursos poco cuidadosos. La claridad viene a ser entonces posición de dominio.

Por eso son tan atractivos quienes nos precisan y nos buscan para encontrar juntos, para encontrarnos. Ahora bien, en tiempos complejos, no faltan quienes esperan que sean otros los que con clarividencia, que sólo lo será tal si coincide con lo que ellos defienden, dejen establecido lo que hay y lo que debe hacerse. Incluso que lo hagan ellos. No es tan difícil, opinan. Bastaría con que fuera lo defendido por quienes sólo en tal caso lo aplaudirían.

Sin embargo, otros, y no pocos, preconizan la urgencia de claridad sin necesidad de estar aposentados en una verdad incontestable. En efecto, hay asuntos que no parecen precisar demasiada discusión, pero tal y como están las cosas convendría que acordáramos cuáles son y en qué consisten. Pronto comprobaríamos que incluso estos, por supuesto tan evidentes, tan nucleares, tan fundamentales, precisan asimismo comunicación, reflexión y debate. Si está claro que ello requiere un proceder compartido, y que lo singular ha de abrirse a los otros, conviene que no lo sea sólo para quien lo preconiza. Entonces, se trata de que vayamos dejándolo claro.

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(Imágenes: Pinturas de Zhong Biao)

Hay 29 Comentarios

Bien porfesor Gabilondo, de acuerdo. Cuando usamos mucho la palabra esta muy claro o yo no tengo ninguna duda, en general solo expresamos lo que deseamos que sea porque coincide con nuestra percepcion o interes. Es clave dudar de nuestra primera impresion y analizar la realidad antes de darla por buena.

Conviene dejar claras algunas cosas, "evidentes, nucleares y fundamentales", no sin "comunicación, reflexión y debate". Yo soy de las que tienen poquísimas cosas claras...pero propongo poner sobre la mesa y comunicarnos, reflexionar y debatir sobre la afirmación -incontestable para mi- de la democracia como "el menos malo de los regímenes políticos"; tal vez así podamos jugar a redefinirla e incluso, aspiremos de nuevo a erigirla en el faro de nuestra convivencia. Gracias por seguir ahí.

¿Y tanta gente que está dudosa de sí misma porque no sabe que lo que realmente les da seguridad son las cosas materiales? hay tanta confusión que la ambición acaba siendo codicia. En unos tiempos en los que el capitalismo se resquebraja un ejército de seres codiciosos hacen creernos que lo tienen todo claro. Sí, claro clarísmimo

Otra vez de acuerdo con el ratón. Aquí en el Polo está todo tan claro que no distingues a una osa polar hasta que la tienes encima. (¡Amigo Juanes! ¿De qué color llevas hoy la kmisa?)

La utopía también está muy clara.

Hipocresía y dogmatismo van de la mano ya que es muy fácil que el dogmático caiga en una contradicción. Lo más difícil es reconocer cuándo somos unos hipócritas, ese juicio interno es uno de los más duros ya que derriba la claridad y la certeza con que se nos presentan las acciones no de otros, las nuestras propias.

Lo óptimo parece ser que todo el mundo denuncie y oponga resistencia ante lo improcedente y lo injusto y, además, actúe de forma justa y procedente. Lo segundo parece ser más complicado, entonces ¿es mejor únicamente denuciar y actuar frente a lo improcedente y lo injusto de los otros? Entiendo que Gabilondo nos dice que es mejor actuar de forma procedente y justa de acuerdo con nuestra creencia de lo procedente y lo justo (que parece ser muy compartida aunque luego uno haga lo contrario en cuanto se presenta la ocasión) y luego es deseable denunciar y combatir, pero primero ajustemos cuentas con nostros mismos.

Otro debate mucho más amplio es hablar de si la vida es Ética, con mayúsculas, si cada acto de la vida es un acto ético.

La actuación de lo repobable de aprender es “No dejar lo distinto ni margina lo actual”. Concepto que nos aleja de lo habitual y entrega la inusual. Cómo entonces debe de aprenderse. Se aprenderá alguna vez a diversificar lo presentado. Será suficiente con aprender o se verá lo suficientemente susceptible de aprender.


Es verdad que se debería ser exigente; aprender, construir, teorizar, todos los modelos habidos y por haber. No cuesta empeñarse a disfrutar tal vez de algo más contundente. Realizar no es cuestión de saberlo profundizar sino de alzarlo para construirlo.

La retorica politica es admisible a veces en su discurrir. No deja de ser sustentada por el plano proeza de su deceir porque algunos cambien su naturalidad por razones éticas que pueden ser admitidas o no, escuchadas o si almenos interiorizadas para compartir.

Por el timo, las fotos son magníficas

Se me olvido decir que el compromiso, la responsabilidad, la proactividad, la acción demandan una cierta simplificación. Los que hemos trabajado en la cosa pública hemos tenido que saltar sobre los que se escudan en el método científico, en la complejidad, para evitar la paralisis

Todo lo que dice es cierto en el plano de las ideas, de la discusión intelectual, ... pero en la realidad, los que ya no podemos soportar el "todo vale". a " los profesionales de las tertulias, debates" y a los "que se mueven en el fárrago de lo instrumental, del método..." pedimos verdades, simplificaciones... tales como " si la política tiene como centro de actuación las personas, la justicia social, dejense de retórica y por favor hagan algo por los jóvenes, los adultos, las...

Nos debatimos entre la condena a ser libres sartriana y la condena a ser vivo. Somos antropocéntricos porque nos creemos antropocéntricos. Ejerzamos de ello, seamos lo que queramos ser, sabiendo que no sabemos prácticamente nada. Pero es nuesta oportunidad de encontrarnos, uno a uno, sin olvidar que no somos nada sin los otros: http://misterioeducacionyciencia.blogspot.com.es/2013/01/contra-el-pesimismo-nuestro-pensamiento.html

Para definir un algo claro hay que componer. Una composición carece de fuerza si no expone y carecerá de planos si no tiene profundidad. Dicen que así la composición está clara. Pero tengo mis dudas porque una composición también puede ser natural y sin tantos miramientos por ejemplo esta obra de un autor conocido que decía algo así:
“Es aquella cosa que compone la poesía. Un decir poético que se alcanza en lo terrenal en lo universal que compone elementos dinámicos. Abre camino al ….”
La sensación de la composición es quizás la belleza del autor.

¡Tener las cosas claras! Cuando se decía eso mi abuela dice “ Las cosas claras y el café expreso! Nunca entendí que quería decir eso. El argumento carece de valor cuando algo no se comprende. Todo se detiene y cobra algún matiz. La mente azarosa y desmedida entregará sabor. A veces se encuentran desavenencias y enredos. Y se pregunta uno qué coño está en juego, qué actúa en su contra.. Se tiende a buscar y encontrar lo que se procura, y a veces no se encuentra o se encuentra y no se tiene.

Como bien sabe, entre la verdad científica y la verdad práctica hay un abismo. Ni siquiera se aproximan hasta el infinito. En lo práctico, por ejemplo en los asuntos de todos, una cosa es expresar claramente lo que crees o piensas y otra tener claridad en algo. Lo primero se agradece, es la "cortesía del filósofo". Lo segundo es díficil pero no imposible, y nunca ocurre en términos absolutos, Es posible una mayor o menor claridad. Por eso es lo más necesario. En esto cuesta tanto tener un poco de luz sobre algo como tener luz xobre tu propia oscuridad. Tanta ha de ser la claridad como la conciencia crítica. No necesita esto la ciencia. La claridad es parte integrante de su verdad.

La duda es una estrategia de futuro pero, ¿puede serlo respecto al pasado? Tal vez la duda metódica nos lleve a dudar de todo y aun nuestra memoria nos pareciera un referente problemático pues, al cabo, toda remembranza es elección en el presente condicionada por esa parte ingobernable del yo que permanece sumergida bajo la superficie de las emociones. Por un subterfugio del ego, creeríamos dudar racionalmente pero, en realidad, nuestra duda acaso fuera simple abandono a una gratificante necesidad de no ver con claridad lo que, sin ese influyente yo que nos gobierna desde la sombra, de manera diáfana percibiríamos en nuestro propio rimero de recuerdos.
En otras palabras, hay quien no quiere ver claro porque lo que ve le duele, ya esté ante sus sentidos, ya ocupe un muy reconocible lugar en la memoria. Desde esa renuncia, la experiencia se convierte en irrelevante y, así, cualquier alternativa que pudiera aspirar a no incurrir en los errores del pasado ser contemplada como clarividencia revestida de petulancia. Dejando fluir el la mente por esta línea de pensamiento, me vienen ahora a la cabeza unos versos de Gregorio Silvestre:
" ¡Oh luz donde a la luz su luz le viene/y clara claridad que el mundo aclara..."
La claridad, complicada de esta poética manera, se torna oscuridad; la luz, espacio en penumbra. Creo que algo semejante ocurre con quienes se niegan -o más bien, se dejan abrumar por deseo íntimo de negación- a ver claro y se refugian en la duda, mucho más vistosa formulación del impulso de no ver. Por eso quienes no están abrumados por el peso del pasado y pueden percibirlo en más proporcionada dimensión han de resultar a menudo antipáticos o simplemente molestos para quienes padecen el peso de un ayer hiriente.
Nadie puede ver con claridad el futuro (dejemos a las Normas los hilos y la rueca) pero ya es un elemento en favor de quien no está condicionado por la miopía retrospectiva el que intente no repetir los errores pretéritos gracias a su mejor disposición a ver lo acontecido tal como fue.

Me asustan los que no tienen dudas; pero temo más a quienes se pasan la vida discutiendo sobre si son galgos o podencos. Lo que se hace, en la mayoría de las ocasiones, se puede rehacer; lo que no se hace, sin hacer queda.

Me asustan los que no tienen dudas; pero temo más a quienes se pasan la vida discutiendo sobre si son galgos o podencos. Lo que se hace, en la mayoría de las ocasiones, se puede rehacer; lo que no se hace, sin hacer queda.

Hay que ver cada imbecil en el trabajo que estaría claro que si fuera hombre le daria un puñetazo en toda la cara. !Balla encreido! Eso pasa por quienes creen saberlo todo.

Pues no, no está claro.

Cuánto se sabría sí pensar fuera una imagen que recordara una posibilidad y una instancia que alterara respuestas a alguna pataleta mental.

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Qué cosas, profe: tantos tenemos claro lo que haríamos sin hacerlo y tan poco claro lo que no deberíamos hacer de ninguna de las manera y que hacemos a diario. Ha dolido un poco detrás de la oreja, pero yo se que lo hace por nuestro bien.

Diferente situaciones son las que debereian encontrse los que piensan que lo tienen claro.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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