El salto del ángel

La experiencia del porvenir

Por: | 20 de diciembre de 2013

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Aducir experiencia para limitarse a aplicar los mecanismos que en su momento pudieron ser eficaces es tan insensato como no tenerlos en cuenta. La experiencia es tal solo si efectivamente se reactiva en cada ocasión. No es un conjunto de recetas ni de soluciones previamente establecidas que han de aplicarse con independencia de la travesía y del peligro que siempre comportan. Dicho alcance no se agota en la evidente vinculación etimológica (per eo, periculum, experiri). La experiencia es un modo de conducirse, de encaminarse, de proceder. Si puede considerarse un método es precisamente en este sentido. Presuponer que uno la tiene por el mero hecho de permanecer en algo es confundir durar con vivir. Dicen que es un grado, pero desde luego no es un depósito del que extraer aplicaciones a mano.

No está claro que en cualquier caso la experiencia garantice la capacidad de afrontar ciertos desafíos, si por ello se entiende que propicia la inteligencia y la determinación. También puede ser una buena excusa para una continua referencia a la sensatez como coartada para la parálisis. Sin embargo, eso no supone que no aprendamos, que no extraigamos consecuencias, que no tengamos en cuenta lo vivido y sus efectos, que no vaya constituyéndose todo un caudal de posibilidades puestas a prueba que han mostrado su valía y evidenciado el alcance y los límites de nuestro valor. En última instancia, la buena experiencia agudiza la escucha y reorienta la mirada. Eso no implica que tenga lugar con el simple transcurso del tiempo. A veces no pasa de ser un modo de olvidar. O de recordar, pero no una celebración y ejecución de la memoria, una apropiación de lo que en cada ocasión nos entrega.

Tal vez sea mucho pedir experiencia del porvenir, pero en cierto modo de eso se trata, de ser capaz de hacer que lo pasado no quede fijado, sino de que nos atraviese abriéndose y abriendo nuevas posibilidades. Y para ello se requiere no estar prendido de lo ya sucedido. Y menos aún de considerarlo insuperable. Y todavía aún menos de creer que lo que uno ya ha vivido se habrá de reproducir una y otra vez de modo similar. Y en el colmo, considerar que todos han de acatar lo que uno ha experimentado por sí mismo, lo que lo convertiría en algo irrefutable. No cabría ni búsqueda, ni sueño, ni deseo que no estuviera ya poseído por el supuesto saber de quien se habría apoderado no ya de la experiencia, antes bien de la posibilidad de otras experiencias. La innovación consistiría en obedecer. La experiencia no se comportaría como una potencia, sino como un poder.

Javier Palacios_Contenedor-de-almas-2012-óleo-sobre-papel-sobre-tabla-92-x-120-cm
La necesidad de apreciar la experiencia como conocimiento exige no reducirla a lo que nos ha pasado, como si de ese solo hecho se dedujera algo distinto de lo que simplemente ha sucedido. Es el modo de saberlo y de vivirlo, de considerarlo, lo que puede llegar a constituir la base de alguna suerte de innovación susceptible de incidir en lo que nos ocurre u ocurra. Entre otras razones porque la experiencia es, a juicio de Hegel, un “movimiento dialéctico”. Y un movimiento precisamente de la conciencia, que “ejerce en ella misma”, con lo que no se limita a ser un foco de intención o de acción, sino un modo de relación entre el ser y el saber. De manera que el movimiento alcanza no solo al objeto sino al saber, y hasta el punto de que “a partir de él, le surge a ella el nuevo objeto verdadero”. Y eso “es lo que propiamente se llama experiencia”. Solo así se producirá cierta luz para conocer algo adecuadamente. Invocar la experiencia sin hacerla, esto es, sin llegar a ser en cierto modo otro, es tanto como ignorar el conocimiento que puede procurarnos.

La desconsideración puede conducir al extremo de que argüir la propia experiencia pretenda ser el argumento para que no sea hecha, como si fuera indiferente del saber que procura y como si este saber fuera independiente del sujeto. Más aún, como si lo sabido no exigiera una relación, o como si los efectos fueran en todo caso idénticos. Esto no supone que no quepan las advertencias, los consejos y las precauciones, pero cuando el saber parece sustentarse en ellos, cuando no reducirse a los mismos, el conocimiento viene a ser lo conocido, pero concretamente “lo conocido, por ser conocido, no es reconocido”. Cosas de Hegel.

No está mal que se requiera experiencia, pero sorprende que, incluso para empezar, todo se supedite a ella. No está mal que se aprecie, que se considere, pero no ha de desprenderse de eso que no sea precisamente el tenerla lo que haya conformado toda una serie de hábitos o de costumbres no necesariamente aconsejables. Siempre cabe la sospecha de que la experiencia sirve más para relativizar los errores que para evitarlos. Mantener la pasión y la curiosidad, incluso alguna inocencia, la voluntad y la determinación para abordar los requerimientos de la propia vida y del tiempo presente es imprescindible, en todo caso, para que la experiencia nos diga algo, ya que por sí misma no es precisamente muy elocuente.

No hemos de olvidar la tan traída consideración de Anatole France: “Su experiencia, como tantas veces sucede, le hizo desconocer la verdad.” O la estimación de Nietzsche para quien la verdad es “una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos”, un conjunto de “relaciones humanas, realizadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente” y que, si se consideran firmes, canónicas y vinculantes tras un prolongado uso, es porque llegan a ser ilusiones que han olvidado que lo son, “metáforas gastadas y sin fuerza sensible”. Ello implica dejarnos de ingenuidades a la hora de dar por supuesto el don de la experiencia.

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No se trata de eludir la experiencia. En definitiva, nada es en verdad sabido sin ella. Es cuestión de otorgarle todo su alcance y de no limitarla, y menos aún de enclaustrarla en una visión que malentendería el empirismo, al considerarlo al margen de la subjetividad o de los procesos de subjetivación. O de determinadas prácticas. Es un intercambio, no indiferente respecto de las relaciones del sujeto con su entorno. Tiene algo de situación, y no se limita a ser algo individual. Por eso es más propicia a ser compartida que a ser impuesta.

Precisamente por ello, la experiencia convoca a una acción. Habríamos de hablar entonces de un espacio de experiencia, más que de un cúmulo de consecuencias para su aplicación. Ello nos lleva a desconfiar de quienes la invocan para desactivar. O para imponer su criterio amparados en su propia vivencia y reclamando asentimiento. La gran coartada de que no aceptarla sumisamente resultaría imprudente o improcedente, cuando no desaconsejable, escudándose en lo que ya nos ha sucedido, suele ser en muchas ocasiones un modo poco sofisticado de no escuchar, ni a los otros ni a la posibilidad de que ocurra algo diferente.

Por otra parte, la arrogancia de desconsiderar la experiencia no es sino una muestra de ignorancia. No lo es menos estimar que uno no precisa de ella, o que ya tiene suficiente, o que sabe lo que merece la pena saberse, o que los demás no tienen qué aportarnos, o lo dicen mal, o no convenientemente, lo que confirmaría que hemos de abrir no solo el conjunto de lo que conocemos, sino el ámbito de posibilidades y de formas de hacerlo. No es lo mismo la experimentación que la experiencia, pero no han de ignorarse los lazos que las pueden vincular, sobre todo en la tarea de nuestra propia constitución. También aún en cierto modo estamos por venir. Salvo que nos encontremos inmejorables.

Alma roja grande

(Imágenes: Pinturas de Javier Palacios. Óleos sobre papel encolados a tabla. Alma roja, 2012; Contenedor de almas, 2012; Alma, 2012; y Alma, 2013)

Hay 9 Comentarios

Interesante reflexión muy apropiada a los tiempos que vivimos. Unos tiempos caracterizados por un exceso de líderes sin experiencia, que reuniendo únicamente la circunstancia de ser jóvenes, quieren decidir sobre cosas que afectan a toda la sociedad.


Acabo de leer un dicho de Alquílico, que aun desconocía, y que me gusta mucho, dice: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo una cosa grande”.


¿Experiencia? Depende, ¿De quién, sobre que, para qué?
“La experiencia es la principal fuente de conocimiento”
“Si las circunstancias cambian, yo cambio de opinión, ¿Vd. que hace?”

Son dos ideas muy conocidas, que tienen diferentes detractores y defensores, ideas que personalmente comparto por considerarlas totalmente positivas.


La experiencia es positiva, necesaria e imprescindible para unas cosas, no tanto para otras, o incluso no necesaria para algunas.


Si no valoramos la experiencia de las personas, la cuestión es ¿En función a que debemos considerar que alguien tiene la suficiente capacidad para decidir sobre algo? ¿Debe llegar únicamente con una determinada titulación o es necesario conocer resultados de anteriores decisiones? Resultados que no existirán si no hay una previa experiencia. Evidentemente, a veces las circunstancias obligan a correr antes de haber comenzado a andar, algo que puede salir bien o no.


La política es la única actividad en la que ocurre como en el amor, se valora positivamente el carecer de experiencia, por eso luego cuando algunos políticos gobiernan no paran de joder a los ciudadanos con sus equivocadas decisiones.

Sr.Gabilondo, cómo decírselo: su dos últimos escritos son excelentes.Tenga usted unas Felices fiestas y nuevamente le doy las gracias por su siempre acertada y esforzada compañía.Que no ceje usted de pensar.

Al leer el tutulo,experiencai del porvenir recorde el libro que lei hace tiempos, recuerdos del futuro, pero su reflexion va en otra direccion totalmente distinta tambien recorde el proverbio no hay nada nuevo bajo el sol y el comentario que un comimico hizo del mismo, en ese caso habra que buscarlo por encima del sol. Jose Luis Espargebra Meco desde Buenos Aires

La experiencia nos teje. Trenza el alma y modela el bastón que la soporta mínimamente como el dedo que apenas sostiene al bebe que aprende a andar. Luego, el sendero es desigual, diverso, abrupto, ignorado, anónimo, incógnito, esotérico, clandestino, nuevo (saber que es todo esto y más me hace feliz y encanta) Experimentar es vivirlo. Y la experiencia es la prueba de tal hecho, de tal delito, la del delito de haber vivido no más, sin más.
La ruta, la alfombra, está por delante, por descubrir, por viajar, por entretejer…hasta que la muerte la despinte.
La experiencia es como la huella dactilar: tan propia, tan mía. Solo sirve a mi conocimiento, a mi saber, al saber de mí, a mi memoria. Me revela lo que me rechina o desgarra, lo que me emociona y constituye; inmortalizando lo que no soy, no quiero o fastidia.
La experiencia del porvenir habla de lo que está por llegar. Sin duda, lo mejor, porque ahora escucho algunas melodías que sigo hasta Hamelín adonde llegan otros danzantes que perciben y atienden el mismo silbar, la misma frecuencia. Allí donde compartirnos y acompañarnos. Y es que no hay nada más sublime y festivo que circular al lado de otro.

Casi siempre se ha puesto la mano en el fuego para advertir así que de esta agua no beberá.
Bien o mal es un atributo que se paga con los dioses de la experiencia para crear un porvenir. Labrar un porvenir no es nada fácil. Especialmente tiene que ser instructivo y sobre todo un tema de dialogo terapéuticamente permanente, sobre todo el que se práctica en el psicoanálisis. Porque aquí la incapacidad para el dialogo es justamente la situación inicial desde la cual la recuperación del dialogo se presenta como el proceso mismo de curación de un porvenir. El trastorno patológico que lleva al paciente a la impotencia consiste en que la comunicación natural con el entorno queda interrumpida por ideas delirantes. El enfermo se encuentra tan atrapado en estas ideas que no sabe escuchar el lenguaje de los otros mientras alimenta sus propias ideas patológicas. Pero justamente la insoportabilidad de esta escisión de la comunidad dialogal de los seres humanos le lleva al conocimiento de la enfermedad de la experiencia y le conduce al médico. Así se perfila una situación inicial que es muy significativa para nuestro tema porque hoy ha habido un debate muy animado: “El de la experiencia del porvenir”

Y aquí reside una de las claves del aprendizaje, en el uso que le damos a la memoria y en la posibilidad que tiene de impulsar o de paralizar. Desde este punto de vista, podríamos distinguir entre dos formas de usar la memoria, aquella que potencia y facilita que el aprendizaje se siga produciendo y esa otra que supone una carga y lo limita. La ejecución de movimientos de un pintor, el toque personal de un cocinero y, en general, la maestría en cualquier oficio o situación en la es preciso arriesgar, combinando la experiencia con la innovación, serían memoria del primer tipo. Por el contrario, la repetición, la actitud desconfiada ante lo nuevo o lo diferente, el uso de viejas fórmulas para resolver problemas nuevos y todo aquello que suponga revivir nuestras manías, obsesiones, traumas, prejuicios y situaciones mal vividas formarían parte de ese otro tipo de memoria que nos empeñamos en cultivar.

Porque nuestro sistema educativo fomenta muy poco la primera y propicia mucho la segunda, proporciona pocas alas y genera mucho peso.

http://www.otraspoliticas.com/educacion/aprender-de-memoria

También la experiencia es la cultura, el saber transmitido y trasferido pero lo hemos recordado una y otra vez, para que sea saber y conocimiento hay que darlo, entregarlo. Mucho sabio experto y aislado nos sirve de menos que un adán con ganas de emprender.... en definitiva hay que buscar y procurar la mezcla plural de todos juntos luchando en la misma dirección. De nuevo, gracias por su reflexión, profesor

La experiencia enriquece y ayuda a conocerse uno mismo y a los demás, pero ese conocimiento siempre será insuficiente por, la limitación de nuestra consciencia que, debe de adaptarse al continuo movimiento incluyendo, nuestra percepción y siempre estaremos aprendiendo en una existencia, que puede asombrarnos, deleitarnos, u horrorizarnos dependiendo del nivel de comprensión acumulado y la capacidad de adaptación en un camino lleno de posibilidades.

En la medida que avanzamos socialmente y superamos miedos e ignorancias, el concepto de la experiencia se nos especializa y concreta.
El sabio venerable y anciano, hoy es solo un ignorante en la mayoría de casos, lleno de polvo.
A la velocidad de la luz y un poco más conscientes de ello, la gente acumulamos una experiencia que acompaña que es dinámica, y en desarrollo permanente.
No quieta y parada en los escalones propios de la edad de las personas.
Porque lo que cuenta es el grupo, la globalidad, el saber del conjunto social.
La cultura.
La experiencia es un bloque que impulsa a todo el mundo, como una sintonía, como una música, como ocurre en una colmena, que sin palabras la reacción es automática.
De todo el enjambre ante una amenaza, o una necesidad gracias a lo aprendido desde antiguo.
Gracias a la experiencia.
Cada cual somos muchos, y muchos se resumen en una unidad personal.
Por la velocidad de la información, del avance en todos los campos, la experiencia se transmite de forma instantánea en cualquier dirección.
Reaccionando al instante, como un enjambre el sentir de la gente ante una exigencia.
Ante una amenaza.
Sin órdenes ni pautas.
En bloque.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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