El salto del ángel

La necesidad de escribir

Por: | 07 de octubre de 2014

Alfredas Jurevicius 1

Escribir es también activar la capacidad de sentir y de pensar. Frente a la pasiva recepción acrítica, se requiere asimismo la hospitalidad que precisa la lectura. En ocasiones es más interesante esta capacidad que leer una cantidad ingente de textos. Es más determinante leer despacio, demorarse, desafiarse con encrucijadas en espacios de deliberación, en ámbitos de lo discutible, que tratar de zanjar de una vez por todas nuestras incertidumbres. Se trata por tanto de promover, en cualquiera de los formatos, esta actitud, la del asombro y la búsqueda, que es la de la indagación activa. Entonces, es otra la distracción, no la de una propuesta de desconsideración o de desatención. Y esa demora se propicia singularmente con la escritura.

La tarea de escribir, de deambular, de merodear y de permanecer entre palabras que buscamos y nos buscan es una extraordinaria manera de amar la lectura. Así como hay textos que sencillamente despiertan nuestro interés de escribir, escribir es un modo extraordinario de alentar la curiosidad, incluso la necesidad de leer. También a mano, desde la infancia, en los primeros titubeos de relación con las palabras, con la palabra, en la primera juventud, ha de estimularse la escritura, este modo de ser lector de un libro aún no escrito. Quizá en eso consista un escritor, en ser ese inaugural lector. Como leer es asimismo reescribir, esto es, ser el más reciente autor.

Semejante ejercicio físico, tan del espíritu, tamaña disciplina, tan libre y creativa, la disposición del cuerpo y del ánimo y el vérselas con uno mismo y nuestra voluntad de decir son una verdadera escuela, la de un vivir no apegado simplemente a lo que ya sucede. Escribir es un acto liberador. A la par conlleva un esfuerzo exigente, que requiere cuidado, atención pormenorizada, sensibilidad e inteligencia. Por ello, en general nos supera y nos desborda. Y por eso supone sentirse y reconocerse en cierto modo desplazado por la maravilla de un quehacer que es más que nuestra intervención. Escribir es hacer la experiencia de hasta qué punto no sabemos hacerlo. Y ello es decisivo para la sencillez de un permanente aprender. De ahí la admiración profunda y el estímulo que suponen ciertos textos, muy singularmente los de aquellos que son en verdad escritores, cuya vida es un modo de oficiar su extraordinario don, eso sí, labrado minuciosamente en cada línea, en cada palabra, en cada ocasión.

Quizá, la práctica diaria, siquiera breve, de esta acción, que es asimismo una acción de pensamiento, nos ofrezca desafíos y alternativas a la mera ocupación en asuntos que no siempre propician nuestra recreación. Y tal vez, incluso tomar unas notas de lo leído sea una forma de releerlo y de iniciar así otra inesperada escritura. Y de procurarnos emociones y de abrirnos perspectivas que no fructifican sino en este gesto de transformación, concreto e impecable, que es escribir.

 GRANDE

En cada texto late aún el balbuceo incipiente de aquella primera ocasión. Prácticamente siempre, cada vez supone empezar a escribir. Nunca dejamos de comenzar a hacerlo. Y este ascenso a los principios es un camino a lo más originario y sencillo, una suerte de inocencia sin embargo no despoblada de cuanto ya somos, sabemos y podemos. No es una pureza inaugural, sino el asombro de lo que no cesa de comenzar. Por ello, tantas veces, no parecemos movernos de un mismo lugar, porque no es de un lugar de lo que se trata.

Por ello, quizá, sin este origen despoblado de palabras, las nuestras proceden de cuanto se viene diciendo y se inscriben en lo dicho. Más aún, en su decir. Eso requiere una suerte de escucha, la que es capaz de atender lo que nos hace escribir. Y nada lo muestra mejor que la lectura, ese modo de consideración que nos llama a la escritura. Tal vez incluso nos urge a hacerlo. Hay textos que nos conducen no solo ni tanto a otras lecturas cuanto sencillamente a escribir.

Acompañar los primeros pasos de la escritura comporta la generosidad de crear las condiciones que alumbren una necesidad. Poco a poco esta se abre paso en una tarea cuidada, pormenorizada, en la que no es suficiente la transcripción y se convoca a imaginar, a desear, a soñar, no menos que a analizar, a describir y a explicar. A la maravillosa contemplación de un niño leyendo le corresponde la no menos impactante y sorprendente de un niño escribiendo. En cierto modo, siempre que alguien lo hace destella esa imagen que aún nos deslumbra, en la que en cierto modo nos vemos quizás a nosotros mismos.

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El gesto de escribir no se limita a deletrear, ni a someter la propia escritura al servicio de un mensaje, ni hace de ella mero instrumento o herramienta para la transmisión de lo ya dicho. No se desconsideran estas posibilidades, aunque más bien se precisa un acto de verdadera insurrección contra su reducción a un mero utensilio. Siquiera por la posibilidad de alumbrar otras vías, de provocar aspectos inusitados o de ofrecer mundos que desbordan los ya establecidos, la escritura es un desafío a lo imposible y, en cierta medida, un modo de comprometerlo. No ya de señalar los límites de lo posible sino a su vez, ante la arrogancia de lo imposible, una puesta en cuestión de su presunta omnipotencia.

Dada la sensata e imprescindible reiteración acerca de la importancia y la necesidad de leer, se hace imprescindible, precisamente desde esta misma apreciación, reivindicar la necesidad de escribir. Tal parecería que para algunos leer es un requisito, mientras que escribir es un medio. En una primera instancia ambos se verían al servicio de lo ya dicho y dado o, quizá, de lo que queremos transmitir, una serie de recursos para convertir todo, incluso los sentimientos o los afectos, en noticia.

Sin embargo, el enigma del lógos nos alcanza no menos que el enigma de la vida. Y no simplemente para sorprendernos, y menos aún para atemorizarnos. Nos es tan constitutivo que, en cierto modo, escribir es sentirse en un conflicto permanente, el de la escritura de sí. Prácticamente entonces el eros de la escritura forma parte hasta tal punto de nosotros mismos que, no en menor medida que otras maneras de esperar o de desear, nos permite respirar. Este modo singular de encuentro, que nos hace vislumbrar incluso lo que nunca podríamos atisbar, viene finalmente a ser una acción sencilla y necesaria, que no es monopolio ni privilegio de quien sea capaz de hacerlo con brillantez. Tal vez al escribir, también a mano, podríamos abrir a la par nuestro propio cuerpo más allá de lo convencional, hasta lograr nuevas incorporaciones. Entonces hablaríamos de otra comunicación, de otro encuentro, de otro páthos. Retorna la lectura. Vuelve el lector.

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(Imágenes: Pinturas de Alfredas Jurevicius)

Hay 8 Comentarios

Como decía Flaubert, "yo me emborracho de tinta como otros de vino".
¡Excelente, Prof. Gabilondo!

Siempre se escribe en soledad, externa e interna aunque a veces la externa no sea posible, entramos en nosotros mismos y sacamos lo que antes hemos metido con nuestras lecturas y con nuestras experiencias y sea que las volquemos sobre el papel o no siempre son nuestra reflexion de lo vivido y de lo leido. Tengo tres libros que siempre van conmigo uno de ellos en uan doble version:Las cien mejores poesias liricas de la lengua castellana Seleccion de M.Menendez Pelayo y Las cien mejores poesias de la lengua castellana. Luis Alberto Cuenca
Las he leido tantas veces que algunas ya me las se de memoria pero no por eso dejo de leerlas una y otra vez porque siempre me dicen algo nuevo y me hacen decir algo nuevo
Jose Luis Espargebra Meco desde Buenos Aires

Me gusta… Y ahí va un chascarrillo y juego de palabras que, en su construcción asimétrica y rebuscada, aspira a agarrar algún algo de sentido lógico y de entusiasmo poético. O de entusiasmo lógico y de sentido poético.


Podríamos decir que entre la necesidad del escribir y el escribir de la necesidad hay un eros en desazón que va y viene entre la necesidad de la escritura del hombre histórico hegeliano y la escritura de la necesidad del hombre existencial kierkegaardiano. Es un cierto hambrear erótico que, heideggerianamente, al buscar encuentros a través del tiempo más bien encuentra búsquedas en el meollo de su ser.


La necesidad de escribir la encontramos entre un-escribir-de-la-necesidad analítica, tal vez (la que cuenta con cuentas (o calculando)), la que necesita una escritura necesaria (la de la maquínica descartesiana del “como queríamos demostrar”) con la que leer la impronta del mundo…, y, quizá, entre un-necesitar-de-la-escritura hermenéutica (la que cuenta con cuentos (o relatando)), la que escribe una necesidad escrita (la de la maquínica deleuziana del “como pretendemos sugerir”) con la que saciar las fabulaciones del mundo.


Esto es, entre la abundancia necesaria del escribir leyendo, la que crea observando, y la necesidad abundante del leer escribiendo, la que observa creando, entre ambas, habita, o se enreda, aquel eros de poros y penia. Un ser cuya escritura no es ni la escritura necesaria de la necesidad escrita (la ley) del método positivo, ni cuyo leer son esas lecturas abundantes de la abundancia leída (la interpretación) del método hermenéutico.


Saludos cordiales.

Debería decir también que yo soy una pos-lectura,allende lo escrito.Todas mis escrituras me superan, me falta papel, y siempre está uno en que sea su peor lector, pero sí: yo soy pos-lector (palabra que no ha inventado sino un poeta.Y no sólo eso.).

Yo cuando leo escribo sin llevarlo al papel,porque al mismo tiempo tendría que escribir tres libros de una tacada.Por supuesto que ellos requerirían más de una reescrituras, más de una coma o punto.Por eso no los llevo a papel,es demasiado para mis fuerzas.Pienso que ya he escrito unos cuantos, que ninguno ni nadie o sólo unos pocos lo leerían, pero sigo sin creerme en el "deber" de darlos al papel.Pienso también,muy a menudo,que bien pudiera pasar sin tantas escrituras.Pero no hay remedio, sigo escribiendo, y lo menos que puedo hacer es notificarlo aquí, porque sé que al menos uno debe estar al cabo de lo que digo cuando...escribo.

Hola, amigos. Muy interesante el detallado análisis del bloguero. Para mí, escribir es una forma de buscar y encontrar la claridad de lo que pienso sobre tal o cual tema. Y de hacerlo de tal manera que otro pueda caminar también por ese mismo sendero de luz. Y igualmente es un encuentro con la felicidad de crear, así sea una humilde obra de arcilla, de papel o de alambre. Cuando uno mismo considera que ha logrado expresar las ideas que le revoloteaban en la mente o las emociones que sacudían su corazón, siente una pequeña pero intensa felicidad. Y si los demás lo comparten, así sean unos pocos, miel sobre hojuelas. Siempre recuerdo la frase de CARMEN MARTÍN GAITE, al presentar el propósito de quien escribe: "la alegría de la razón que ha encontrado en soledad la expresión que buscaba".

La escritura es una de las más notables diferencias que tenemos las personas con respecto al resto de animales llamados irracionales.
Pero igual que un huerto necesita la mano de alguien que lo labre para dar buena cosecha, la mayoría de personas necesitan reflejar en la escritura lo que piensan sin el ruido de las palabras.
Reflexionando en silencio.
Que viene a ser como un decir sin hablar con detalle, que nos permite borrar lo que no nos gusta después de escrito y repetir la idea desde otro ángulo.
Por la escritura hablamos sin prisas, ni los compromisos de oyentes que nos acotan y detienen, o interrumpen.
Escribiendo hacemos un volcado de nuestra experiencia sobre el papel, y de nuestro punto de vista, como en un resumen de conclusiones después de ver otros resultados conocidos o aprendidos.
La escritura es el resumen de la historia que dejamos, que forma los peldaños sobre los que sube la ciencia y la civilización sumando los granos de arena que aportan cada una de las personas que escriben sus ideas.
Para que otras personas las tomen al vuelo, en cualquier hora o momento de sus vidas.
Avanzando en el camino del progreso social.
Recogiendo el testigo.

Pienso que escribir no es solo narrar una historia sino, analizar y descubrir el ¿por qué?, de las decisiones que toman los personajes. El escritor siempre plasma algún fragmento de sí mismo, practicando y reflexionando, sobre temas que escapan a su comprensión, mientras su mente se introduce en un terreno espiritual y a veces transcendente
La ficción se inspira en la realidad, pero puede reflejar lo que fue, lo que pudo ser, o lo que es. Pienso que resulta difícil escribir si no se ha leído antes; una sociedad que practique ambas actividades, camina hacia la libertad, el entendimiento y la emancipación.
Estimular la lectura, o no, refleja el grado de evolución que poseen los gobernantes.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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