El salto del ángel

La proclamación del desastre

Por: | 27 de enero de 2015

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Hay quienes son capaces de encontrarse bien hasta en el desastre. No es su desastre. Por lo visto, les produce algún alivio. Por eso tratan de proclamarlo cuanto antes. A veces, es decir, no siempre, el desastre es más fácil de detectar mientras sucede que cuando ya ha sucedido. Se abriga en el vaticinio. Aunque, en ocasiones, el que ya haya ocurrido puede producir una cierta impresión de calma. Eso nos permite quizá describirlo, e incluso, no sin buenas razones, denunciarlo. Hasta con estruendo. Pero a la par parece no comprometernos demasiado. Por eso tendemos a anunciarlo y a hacer ostentación de haberlo anticipado, lo que supuestamente nos libera de alguna responsabilidad. Es tal la eficacia de esta anticipación que, si nos descuidamos, con ella lo hacemos llegar. Así se ratificaría lo que para algunos es lo decisivo: que teníamos razón.

A pesar de sentirnos afectados por el impacto de lo calamitoso que el desastre significa, puede resultar paradójico que quepa instalarse en su comodidad. Desde ese sofá atalaya, más o menos desalentados, nos pronunciamos sobre el espectáculo que nos proporciona. No por ello deja de ser impresentable, si bien en cierto sentido alivia considerar que no resulta ser cosa nuestra o, mejor, que no depende de nosotros. Nos afecta en sus consecuencias pero, si nos situamos adecuadamente, pronto podremos liberarnos de sus causas. Ahora ya solo queda participar en el festín de las descalificaciones. O, al menos, de las descripciones. Así, el desastre viene a ser un decisivo tema de conversación.

Si no proclamáramos el triunfo del desastre y nos limitáramos a una posición activa y crítica, todo nos sería más exigente y más complejo. Deberíamos analizar y distinguir, y trabajar pormenorizada e intensamente por abordar la situación. Precisamente, y entre otras razones, para evitarlo. También por ello el desastre no tarda en encontrar aliados para anticiparse incluso a su propia irrupción, lo que sin duda la favorece. Más aún, entonces el verdadero desastre sería considerar que nuestra pasiva proclamación lo ratifica como advenido. Tal y como está el asunto y dado el desastre imperante, tal vez podamos dedicarnos a otra cosa, es decir, a nuestras cosas

Quienes verdaderamente han sentido el desastre acostumbran, sin embargo, a escuchar que algunos estiman que lo que sucede no es para tanto, es decir, lo que les ocurre a ellos. A la par, los cronistas del desastre se sienten muy concernidos por cuanto puede servirles para mostrarse absolutamente al margen. Y desde la limpia mirada de la distancia propician que el desastre no deje de serlo. No es preciso llegar al extremo de hacerlo crecer. Tampoco es cuestión de tantear y de contabilizar los partidarios o no y en qué dimensión o alcance lo que ocurre es un desastre o es el desastre mismo. Lo interesante es su relación con quienes realmente somos y deseamos ser, en el caso de que aún nos quede algo de eso.

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En realidad, el vínculo entre el desastre y el deseo es más que etimológico. No es preciso detenerse en Spinoza, baste recordar que para él “el deseo es la esencia misma del ser humano en cuanto es concebida como determinada a obrar algo por una afección cualquiera dada en ella.” Este esfuerzo por perseverar en su ser, este conatus, es absolutamente clave de la singularidad y determinante para no reducirse a lo que ya se es. Ni siquiera a lo que ya está dado, dicho o escrito, aunque fuera en los astros. De-siderare supone arrancarse a lo que parece dictado en ellos, en los sidera, prefijado estelarmente para los mortales. Otro tanto dice des-astre.

Efectivamente, puede resultar preocupante que la proclamación del desastre sucedido no sea sino la satisfacción y el pleno cumplimiento del mal caracterizado deseo. Y entonces sí que estamos perdidos. Reducido a un mero querer cosas, el deseo se agosta en la satisfacción o insatisfacción de las mismas. De ser así, tal vez incluso demandemos a éstas, sean de la especie que fueren, que den respuesta a nuestro deseo. Perderíamos con ello la posibilidad del placer, que se debatiría en la reducción a puro gusto o disgusto. Apenas tendríamos voz para anunciarlo y, desde luego, no habría ni vestigios de palabra. No pasaríamos, en el curioso mejor de los casos, de estar disgustados, lo que no nos impediría proseguir en nuestras labores de ir queriendo nuestras cosas. Y, tal vez, lográndolas. Hasta podría parecernos más que suficiente. La proclamación del desastre irrumpiría esporádicamente como el estribillo de un cansancio sobre el que acunar nuestras actividades, ya liberadas de otros compromisos, con lo que ya ha acabado de ser, de ser, precisamente, un desastre.

Esto conllevaría algunas tristezas, cierto malestar, determinadas incomodidades, que, sin dejar de ser serias y profundas, resultarían compatibles con una existencia cotidiana con otros atractivos. Mientras tanto, otros habrían de lidiar con ese desastre, a fin de cuentas, pensamos, indiferente de nuestra acción. Eso tan nuestro sería asunto suyo. El disgusto coincidiría con el alivio. Que nos lo resuelvan.

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Puestos a ser exigentes, y eso, como reiteramos, es imprescindible, para empezar, con nosotros mismos, convendría ser minucioso antes de cualquier proclamación. En primer lugar, por el tono sentencioso que tal palabra tiene. Gadamer viene a subrayar que ella es el modo de decir de lo jurídico. Más artístico y creador resultaría hacer una declaración de desastre. Pero eso nos comprometería más. En primer lugar, porque supondría incluirnos y ello requiere otra actitud. Que todo sea un desastre puede ser doloroso, pero que en ese todo nos encontremos también nosotros supondría reconocer lo desastre que asimismo somos y podemos ser, y no parecía tratarse de eso. Más bien buscábamos una proclamación que nos permitiera distinguirnos y ahora se nos propone incorporarnos. Pensaremos que hacemos bien en no colaborar para ello, pero una forma poco presentable de lograrlo es no reconocer alguna pertenencia a lo que buscamos proclamar y, tal vez, habríamos de declarar.

La declaración nos mueve a la acción, a sabernos miembros de aquello de lo que hablamos y nos hace hablar, nos hace sabernos y sentirnos en lo que, aunque en principio no sucede en nosotros mismos y no nos pertenece, nosotros sí formamos parte de cuanto es. Declarar es implicarse en la labor y no limitarnos a airearlo.

No deja de ser sintomática esta celebración permanente del desastre. No se cuestiona su alcance, se trata de pensar hasta qué punto eso nos exime de intervenir, de participar, y no sería sino una forma de colaborar a su entronización. Así, el desastre campa viendo él, a su vez, como es mirado. Y este juego de miradas justifica su éxito y nuestra pasividad. Es admirable y, si nos descuidamos, digno de emulación. Tarde o temprano, la proclamación del desastre propiciará un nuevo vaticinio. Bien fácil, por cierto. Se tratará de una constatación, la de que ese desastre es tan nuestro que será, por fin, nuestro desastre. Tal vez, por ello, antes de semejante proclamación, conviene afrontar ciertas tareas y no despejarlas a otra orilla.

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(Imágenes: Composición digital y fotografías de Stefano Bonazzi, Dreamland; The boy, part II; To live home; y The girl, part I)

 

Hay 13 Comentarios

¿Cuando hablas de "desastre" te refieres a Wert & Gomendio o se trata simplemente de marear la perdiz un poquito más para que todos podamos "defender lo absurdo"?
Gracias.

La Historia es abundante en ejemplos de procesos recurrentes de expansión y decadencia; las historias familiares, de experiencias igualmente memorables de prosperidad y declive. La catástrofe no es una situación frecuente pero tampoco inusual en la vida de los individuos y las sociedades. Cuanto más exactamente permanece el recuerdo de los succesos pasados, tanto menos difícil resulta establecer paralelismos causales entre determinadas acciones y sus consecuencias. La precaución emana del miedo a la experiencia indeleble. La transformación de este proceso deductivo en saber empírico da el salto a la dimensión científica cuando es posible establecer pautas o modelos capaces de anticipar situaciones por venir. Una de esas situaciones posibles puede caer dentro del ámbito de la histéresis, de la ruptura de la continuidad de unas determinadas condiciones de estabilidad hasta el punto de que la simple reversión de los sucesos o la restauración de las características del entorno anterior no garantizan el retorno a aquella situación de equilibrio. La causalidad no deja de hacerse presente porque haya un ansia de cambio, ni altera el funcionamiento de las interacciones entre el individuo, el grupo y el entorno (tanto físico como cultural) la ignorancia de cómo la realidad toma forma a partir de la concatenación de fenómenos complejos. Hay algunos que cierran los ojos al peligro de conjurar fuerzas dañinas desde la ingenuidad o el interés parcial; pero también hay quienes, más conscientes o más lúcidos, exponen cómo resulta ilusoria la suposición de que lo excepcional -e improbable- sucede por simple deseo de la voluntad en tanto lo habitual –y altamente probable- puede ser igualmente evitado, sin que ese extravío voluntarista pueda acarrear un mundo peor. Quienes han indagado en las catástrofes del pasado reconocen los elementos que las anuncian en una próxima actualidad por motivos estrictamente racionales, siempre que el prejuicio no les nuble la razón. No se trata de que haya quienes ven “signos en el cielo” o descifren arcanos proféticos para el espanto de los más crédulos; se trata de otro tipo de predicción, la fundada en datos, registros y cifras, cuya validez se atiene al principio de universalidad de las leyes físicas y la lógica de las relaciones matemáticas. Ese tipo de predicción puede también errar pero hablamos entonces de un error estadístico que está acotado por los intervalos de confianza preestablecidos.
Hablamos así no de una predicción milenarista al modo profético (la historia está llena de ellas) sino de una mirada realista, profundamente escéptica sobre la condición eminente de lo marginal. De todas formas ese milenarismo tiene otra cara: la de la catástrofe catártica; la del Apocalipsis que depara una parusía, tan arrebatadora emocionalmente que ha sido magistralmente tratada por no pocos artistas:
“quantus tremor est futuros quando judex est venturus”
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/e7/Durer%2C_apocalisse%2C_08_battaglia_degli_angeli.jpg
https://www.youtube.com/watch?v=KkssNMI_niE
https://www.youtube.com/watch?v=HtqB2XO9jtI
No pocos propaladores de esa convulsión profunda de lo real, de esa catarsis colectiva que anuncia un mundo nuevo se han revelado, al cabo, imparables demagogos capaces de llevar a los grupos humanos hasta su Rajnarok.

¿Que pasaría si en el texto anterior sustituyéramos "desastre" y referencias a "desastre" por "choque de trenes tras el 27S" y referencias a este choque de trenes. La verdad es que no me atrevo a abordar la tarea.

No hay que ir tan lejos. La Fundación Guru-Gú sin echar mano de los logaritmos neperianos al día siguiente de lo dicho por el puto enano de Solchaga dijo: "Nunca sabremos si lo dicho -por Solchaga- cuenta con el visto bueno de "Isidoro". En España se puede hacer uno rico en cuatro días. Dijo el enano. Y sector menos beligerante de la citada Fundación dijo lo que 30 años mas tarde dijo el juez Pedraz en su famosa La "Pedrada" de Pedraz: La casta/clase política está podrida. Precisamente o tal vez por ello estamos a punto de celebrar el mayor evento que conocen los tiempos: El 30 aniversario de la célebre y muy puñetera "sentencia" del jerezano Pedro Pacheco. Sentencia que junto a la de la escritora Almudena Grandes: La justicia me da asco, han creado jurisprudencia. Doctrina, vamos. Y en ese plan. Ninguno.

No hay que ir tan lejos. La Fundación Guru-Gú sin echar mano de los logaritmos neperianos al día siguiente de lo dicho por el puto enano de Solchaga dijo: "Nunca sabremos si lo dicho -por Solchaga- cuenta con el visto bueno de "Isidoro". En España se puede hacer uno rico en cuatro días. Dijo el enano. Y sector menos beligerante de la citada Fundación dijo lo que 30 años mas tarde dijo el juez Pedraz en su famosa La "Pedrada" de Pedraz: La casta/clase política está podrida. Precisamente o tal vez por ello estamos a punto de celebrar el mayor evento que conocen los tiempos: El 30 aniversario de la célebre y muy puñetera "sentencia" del jerezano Pedro Pacheco. Sentencia que junto a la de la escritora Almudena Grandes: La justicia me da asco, han creado jurisprudencia. Doctrina, vamos. Y en ese plan. Ninguno.

MMF: A galopar, a galopar, a galopar... Un saludo.

JJZ: pues me lo podía haber dicho antes, capullo, y no hacerme perder más el tiempo ¡¡ menudo desastre!!!

Agores los ha habido siempre y ahi estaran hasta el fin de los tiempos sin implicarse en sus vaticinios y solo disfrutando de su exito momentaneo si el desastre llega que nunca les toca a ellos. Ya lo decia yo y no me hicieron caso esa es su coraza pero en eso esta su mayor desastre en creerse inmune al desastre que afecta a todos ellos incluidos y crer no estar afectados siguen en su desastre hasta el proximo exito momentaneo
Jose Luis Espargebra Meco desde Buenos Aires

MMF: Yo no la quiero más. No quiero verte, Tengo otra.

Los pájaros de mal agüero son una singular especie de ave carroñera que en vez de poner huevos anuncia desastres. Cada vez que acierta un vaticinio infla su plumaje y pía "ya lo dije yo, ya lo dije yo"; luego emprende el vuelo, para ponerse a salvo de las consecuencias de la catástrofe.
Las pruebas científicas demuestran que el ave de mal agüero apareció en la Tierra al mismo tiempo que el ser humano y, gracias a su innata capacidad de supervivencia, no hay síntomas de que enfrente peligro alguno de extinción.

Al estar en la tierra desde el momento en que nacemos nos obliga a entender los desastres circunstanciales como algo relativo en el tiempo.
Hay desastres no buscados o naturales que ocurren sin culpa nuestra, ni por activa ni por pasiva que arrasan con todo a su paso, personas incluidas.
Y que nos dejan en un estado de postración física y mental de la que tardamos en recuperarnos, empujados por la vida que late dentro y fuera de nosotros.
También hay desastres buscados a conciencia, y que son perseguidos con ahínco hasta que llegan, y luego una vez rodeados por la miseria del momento, gritamos a los cuatro vientos nuestra desgracia.
Lamentándonos y lo peor, culpando.
Pero solo recogemos el pago de lo sembrado.
El destino, cada vez parece estar más claro, es una cosecha que se siembra en época de bonanza, y que cuando menos pensamos nos da su fruto de golpe y a nuestro nivel de criaturas que necesitamos el sol, el agua y el aire para poder seguir vivos.
De ahí el mérito de la prudencia y de la humildad en la gestión del disponible, para ahorrar como las hormigas en el verano cuando tienen abundancia de todo.
Para cuando llegue el invierno con sus fríos y sus lluvias, recogidas en lo profundo del hormiguero esperando que la tierra gire alrededor del sol otra vez.
La humildad de la paciencia que observa el curso de los astros, desde la insignificante prudencia de quien es solo un soplo de arena a merced de la mano que labra el campo y riega la siembra.
Agradeciendo el estar presentes y tener ojos para verlo y conocimiento para contarlo.
Si fuera menester.



Existen persona golpeadas por el desastre que se esfuerzan en analizar la forma de evadirse, y otras que habiendo participado de alguna manera en crearlo, no lo perciben por estar blindados y sus golpes no les alcanza, anuncian que va a llegar porque temen que el blindaje se desmorone.


.

Ya sabes que no se trata de deseo solamente, pero no puedo seguir asi a pesar de que he hecho todo lo posible para demostrarte lo que siento y lo sigo haciendo, pero no se puede mantener una relación virtual, al menos yo no la quiero, me estoy haciendo daño a mi misma con lo que eso implica hacia los demás y no lo puedo consentir. Quiero verte, independientemente que luego pueda haber una implicacion, pero quiero relacionarme contigo y, si eso no es posible por tu voluntad, voy a tener que tomar una decisión para empezar a olvidarme de ti, no puedo estar esperando a que tu te decidas por si he resuelto mi vida o no, sabes que estoy en ello porque ya te lo he dicho alguna vez, únicamente estando contigo podría seguir ayudando, no resultaría tan raro o extraño, pero desde luego tal como lo llevamos está empezando a resultar imposible, pero ya sabes que no es esa la razón, la única que tengo para querer verte es para demostrarte lo que siento y empezar una relación, pero para eso tu también lo tienes que querer y ,hasta ahora, no me lo has demostrado.

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Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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