A veces nos ponemos muy dignos, como si la dignidad fuera algo de poner y, por tanto, de quitar. De poner y quitar, de usar y tirar. La esgrimimos como la antesala de una cierta postura, para hacer valer nuestra posición. Supongo que no como una distinción que no hubiéramos de reconocer en los demás. La dignidad no es una concesión. Que haya quienes pretendan usurparla no significa que les corresponda otorgarla. A cada cual le son inherentes derechos inviolables a los que se hace acreedor y merecedor por el mero hecho de tratarse de un ser humano. Pero eso no impide que constituya un comportamiento y un modo de proceder. Por tanto, que sea intrínseca no significa que no haya de vivirse y de desplegarse, incluso de ejercitarse y de ejercerse.
En última instancia, la dignidad implica autonomía, libertad y capacidad creadora y, por tanto, no es un simple ingrediente constitutivo, una suerte de componente para lucir la cualidad humana, es su razón de ser y su condición de posibilidad. Por eso, hurtarla es un auténtico despojamiento de lo que fundamenta la plenitud en la que consiste.
De ahí que no se sustente en una mera declaración, sino que conlleve la acción efectiva que define sus límites en el respeto a sí mismo y en el que nos merecen los derechos de los demás. La dignidad implica ese mutuo reconocimiento que nos hace sentirnos miembros activos de pleno derecho de una comunidad. La dignidad exige entonces una vida digna. Y ello no implica su puesta en cuestión, sino el permanente acecho a que se ve sometida si los derechos no son respetados, si las vidas son desconsideradas, total o parcialmente, en aquello que les resulta más determinante. Que se pueda ser pobre y ser digno es evidente. Que la pobreza como la gran soledad, la gran indefensión, la gran carencia, es más que la falta de recursos y agrede a la dignidad humana no es menos decisivo.
Sin embargo, no toda referencia se agota en la inestimable dignidad del otro, sino que hemos de comprobar hasta qué punto con nuestro proceder podemos afectar a su vez la nuestra, aquella tan propia, precisamente mediante la indignidad de no reconocer y respetar la dignidad ajena, La puesta en cuestión de la necesidad de crecer juntos, de incorporar a quienes no se encuentran en una adecuada situación, a quienes más lo necesitan, subraya que no se trata sólo de proteger la dignidad, es cosa de estimarla, de velar por ella en una labor constante.