Sobre el blog

El salto del ángel es un espacio de reflexión, de pensamiento sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos, sobre la educación, la Universidad, la formación y la empleabilidad. Busca analizar los procesos de democratización, de internacionalización y de modernización como tarea permanente, con una actitud de convicción y de compromiso.

Sobre el autor

Angel Gabilondo

Ángel Gabilondo Pujol es Catedrático de Metafísica de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que fue Rector. Tras ser Presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha sido Ministro de Educación.

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El salto del ángel

Dignamente

Por: | 24 de mayo de 2013

Anish kapoor

A veces nos ponemos muy dignos, como si la dignidad fuera algo de poner y, por tanto, de quitar. De poner y quitar, de usar y tirar. La esgrimimos como la antesala de una cierta postura, para hacer valer nuestra posición. Supongo que no como una distinción que no hubiéramos de reconocer en los demás. La dignidad no es una concesión. Que haya quienes pretendan usurparla no significa que les corresponda otorgarla. A cada cual le son inherentes derechos inviolables a los que se hace acreedor y merecedor por el mero hecho de tratarse de un ser humano. Pero eso no impide que constituya un comportamiento y un modo de proceder. Por tanto, que sea intrínseca no significa que no haya de vivirse y de desplegarse, incluso de ejercitarse y de ejercerse.

En última instancia, la dignidad implica autonomía, libertad y capacidad creadora y, por tanto, no es un simple ingrediente constitutivo, una suerte de componente para lucir la cualidad humana, es su razón de ser y su condición de posibilidad. Por eso, hurtarla es un auténtico despojamiento de lo que fundamenta la plenitud en la que consiste.

De ahí que no se sustente en una mera declaración, sino que conlleve la acción efectiva que define sus límites en el respeto a sí mismo y en el que nos merecen los derechos de los demás. La dignidad implica ese mutuo reconocimiento que nos hace sentirnos miembros activos de pleno derecho de una comunidad. La dignidad exige entonces una vida digna. Y ello no implica su puesta en cuestión, sino el permanente acecho a que se ve sometida si los derechos no son respetados, si las vidas son desconsideradas, total o parcialmente, en aquello que les resulta más determinante. Que se pueda ser pobre y ser digno es evidente. Que la pobreza como la gran soledad, la gran indefensión, la gran carencia, es más que la falta de recursos y agrede a la dignidad humana no es menos decisivo.

Sin embargo, no toda referencia se agota en la inestimable dignidad del otro, sino que hemos de comprobar hasta qué punto con nuestro proceder podemos afectar a su vez la nuestra, aquella tan propia, precisamente mediante la indignidad de no reconocer y respetar la dignidad ajena, La puesta en cuestión de la necesidad de crecer juntos, de incorporar a quienes no se encuentran en una adecuada situación, a quienes más lo necesitan, subraya que no se trata sólo de proteger la dignidad, es cosa de estimarla, de velar por ella en una labor constante.

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Embridar

Por: | 21 de mayo de 2013

Va-miglo_listen to your wife_

Sin duda todos hemos de mejorar, incluso quienes proponen que lo hagamos. Más llamativo resulta que consideren que eso consista en ser como ya parecen serlo ellos, en volver a y reproducir sus caminos para lograr llegar a alcanzar los frutos de los que ya gozan. Incluso consideran que a esto se reduce estar preparados.

No sobra reconocer las propias limitaciones antes de proponer vías para superarse. Y muy especialmente cuando es desaconsejable decir que algunos no han logrado tamaños resultados porque, o bien no han seguido esos senderos, o no han sabido habilitarse condiciones entre las dificultades para alcanzar semejante estado de preparación, Tal arrogancia resultaría simplemente inapropiada si se limitara a un diagnóstico. Lo inquietante es que pasa a ser una propuesta terapéutica, un tratamiento. Y no queda claro que constituyan  ni un acicate, ni una referencia. Si se trata de llegar a ser así, conviene que se sepa que no está claro que sea conveniente, ni estimulante, ni deseable. Su modo de proceder no es ni un aliciente ni una emulación.

Hay quienes opinan que los demás no saben, no son capaces, son poco competentes, están mal preparados, carecen de formación y de sensibilidad y es cuestión de que sean traídos al ámbito de lo que es excelente y destacable. Buscan que sea así, pero sólo hasta cierto punto. No hasta el extremo de que pierda distinción el lugar en el que ellos ya parecen residir. Se trataría de que abandonaran algunos de sus modos de proceder, pero desde la consideración y la convicción de que jamás podrían llegar a acceder ni a la zona ni al lugar desde los que ellos, conocedores según creen de lo que es más adecuado, determinan lo que a los otros les es más pertinente. Al respecto podrían establecer  algunas consultas, pero siempre para ratificar y sancionar lo que ya a todas luces saben que es evidente. Si bien teóricamente se invoca la dedicación, el interés y el esfuerzo, sin duda necesarios, en realidad se es bien consciente de que, dadas las limitaciones de otra índole, no existe peligro de ser ni contaminados ni desbancados.

Quienes dictan lo que es más conveniente se cuidan de que semejantes presupuestos no siempre se hagan explícitos, ni siquiera para ellos mismos, aunque a su juicio queda claro que ni todos podemos igual, ni por lo visto tampoco es cuestión de que todos lleguemos a ese espacio no tan común que, por cierto, ya se encuentra sobradamente ocupado. También por ellos mismos y su suficiencia. Mientras por un lado se reclama la necesaria excelencia, a la par se presupone que está reservada para una selecta minoría en la que ellos se hallan. Bastaría al respecto aspirar, tender, perseguir, buscar, soñar. Así, como horizonte resulta un estímulo, pero reservado para quienes cumplan ciertas condiciones. Sin embargo, estas no siempre residen en uno mismo ni en su capacidad.

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Lo improbable

Por: | 17 de mayo de 2013

Elena Zhukova Ping Pong
Como es bien sabido, no todo lo improbable es imposible. Y sobre lo que ocurre con lo imposible también convendría afinar. Sin embargo, tenemos ya definido aproximadamente el espacio de lo presumible. A veces es tan cerrado, y limitado que no cesamos de sorprendernos. Entonces sí, todo nos parece inviable, no puede ser verdad, es increíble, inaudito, indescriptible, pero tan frecuentemente que ya deberíamos atenuar algunas expresiones. Incluso en tal caso prolifera lo que no deja de sorprendernos, lo que parece mentira, que no pocas veces va a acompañado de la percepción de que no hay derecho o es intolerable. En tal caso, no suele ser la improbabilidad lo que nos desconcierta, sino la injusticia del descaro o la impunidad.

Que no suceda habitualmente no significa que sea menos probable, sólo que es menos frecuente. Puede sorprender que aunque no pase en la mayoría de los casos la cuestión sea bien probable, si por tal entendemos las condiciones de su posibilidad y no el papel determinante de nuestras decisiones o acciones. Por eso, en ocasiones asentimos sobre la probabilidad dominando la situación, toda vez que ocurrirá o no según lo deseemos o hagamos. Pero con ello el asunto cobra otra interesante perspectiva, la de aquello que depende de nuestra intervención. Desde luego, si nos empeñamos en que no ocurra lo que está en nuestras manos, no sucederá. También el quehacer y la voluntad intervienen en la probabilidad y ello tiene su lógica.

Es asimismo cierto que no siempre somos capaces, no llegamos, no alcanzamos, no depende de nuestra labor. Pero incluso lo probable tiene su movilidad y sus desplazamientos y nuestra participación puede lograr que algo lo sea más o menos. Dicha lógica no es indiferente de nuestras opciones. Así que, hasta para conseguir que algo sea más improbable, hay comportamientos específicos que no se limitan a levantar acta estadística de la situación, sino que trabajan con denuedo para borrar cualquier viso de salida.

Aplicamos la coherencia de lo razonable, presentimos lo sensato, acumulamos las buenas razones, tomamos nuestras medidas y, finalmente, ocurre otra cosa. No por ello era menos probable. Lo que es interesante es si nuestra intervención la ha hecho más improbable o ha incidido, y en qué sentido, para que sea factible. Bien sabemos con Kant, y en gran parte gracias a él, que hay condiciones de posibilidad a priori, pero más bien procuran la viabilidad y no se reducen simplemente  a establecer límites. Parecería que eso es cuestión nuestra, de nuestra propia limitación y finitud. No es que lo que tratamos de pensar o de conocer se esconda, es que sólo hasta cierto punto llegamos a alcanzarlo. Puestos a que algo sea probable, lo más probable es que nuestro propio conocimiento no agote la realidad de la cosa y que todo lo que sepamos, digamos y hagamos acerca de ella no impida que prosiga dando que saber, decir y hacer.

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Suerte

Por: | 14 de mayo de 2013

Jose manuel gomez El mago
Nada que objetar a la existencia de pronósticos, ni de predicciones: los necesitamos. No está de más, en todo caso, que se soporten en argumentos. Ya no será suficiente con los magos y con los adivinos, ni con los visionarios. Las invocaciones, las rogativas y las plegarias podrían no bastar. Sin embargo, hay quienes parecen disponer de mecanismos y de procedimientos que no acabamos de comprender para comunicarse con la última razón y explicación que justifique o anticipe lo que puede ocurrir. Confiemos en que se trate de conocimiento.

Mientras tanto, los datos de que se dispone no siempre garantizan o secundan las medidas, sino que más bien consignan todo tipo de sorteos, apuestas, tómbolas y loterías, más o menos sofisticadas, que nos ponen a merced de la suerte. Cada vez más es lo que esperamos tener, es lo que deseamos, es lo que buscamos. Podría pensarse que en estos tiempos difíciles y complejos, en la vigente encrucijada, el azar está singularmente ocupado. Y requerido.

No es que desconfiemos de otros recursos, pero sigue siendo del mismo modo sorprendente que no pocos atribuyan una y otra vez su éxito a la proverbial fortuna, al clásico destino. En sus manos quedamos, entonces. Hace tiempo, por otra parte, que la suerte no tenía tanto trabajo. Suele decirse que hay que buscarla, pero ello, aunque sea una condición, ni siquiera siempre viene a ser un requisito. Más bien parece una explicación ulterior para lo que no pocas veces resulta inexplicable. Dado que los buenos amigos nos la desean, se supone que es especialmente necesaria, en los proyectos, en las ocupaciones, en la vida afectiva, aunque nadie sabría describir con precisión a qué obedece. Sólo la detectaríamos por sus consecuencias.

Nos movemos, por tanto, en el terreno de lo que es incidental, de todo un conjunto de sucesos fortuitos o casuales que producen ciertos resultados, sin poder explicar con alguna claridad a qué obedecen. Parecen más bien lances, modos de hacer que esperan ser satisfactorios, pero que tienen mucho de contar con el acaso. Todo se puebla de “tal vez”, de “quizá”, de “podría ser”, de “cabría ocurrir” y, en lugar de atribuirlo a que nos encontramos en el terreno de lo debatible y de lo discutible, simplemente nos ponemos en manos de la predicción. Presentimos, presumimos, atisbamos y recurrimos a un análisis de los indicios, no con la esperanza de encontrar una solución, sino de propiciar una resolución. No de garantizarla, sino de, al menos, sostenerla en algo, siquiera insignificante. Inferimos por algunos indicadores que ya nos hacen señas, que marcan consecuencias de lo que son señales: parece que tendremos buena suerte. O mala.

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Pasivos

Por: | 10 de mayo de 2013

Elena Zolotnisky Waiting
Un hilo no simplemente etimológico enlaza paciente con pasivo. En definitiva, se trataría de aguardar, de confiar, pero también, de dejarse hacer. La actuación consistiría en que intervinieran por nosotros, con nosotros, se ocuparan de lo nuestro. No desesperemos. Todo llegará.

Por eso, es tan importante no confundir la quietud con la justa paciencia incorporada a la capacidad de crear y de esperar activamente la hora del alumbramiento. La paciencia es artífice. Así nos lo recuerda Rainer Maria Rilke. “Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que por ello quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!”.

Elena Zolotnisky mujer de amarillo
Quizá, puestos a convocarla, incluso a invocarla, conviene no entenderla como un lapso, una suerte de tiempo dormido o demorado, un olvido, una despreocupación, un fijar la mirada en otra dirección, en otros asuntos, para que otros lo hagan, para que otros se ocupen, sin atender demasiado a lo que parece, a lo que aparece, a lo previsible o a lo previsto, a fin de permanecer pacientemente, pasivamente.

Mientras tanto, en todo caso, caben otras ocupaciones, incluso entretenimientos. Pero conviene no intervenir, no interferir, con nuestra inquietud. En realidad, en eso consiste para algunos vivir, en esperar la venida de la solución. Y cualquier pregunta o cuestión al respecto podría entenderse como precipitación, como desconsideración.

Sin duda la paciencia es determinante. Para empezar la que hemos de tener con nosotros mismos. Y dado que es frecuente que nos encontremos en esa necesidad, no nos faltan ni hábito ni costumbre. Por otro lado, se esgrime en diversos momentos aunque, por lo general cuando existe la percepción de que algo no va suficientemente bien. En caso contrario, no suele ser concitada. Casi diríamos que si alguien nos la requiere presuponemos que hemos de prepararnos para una travesía difícil. Incluye, sin embargo, la perspectiva de un final y de llegar a ser un estímulo, un aliciente, un acicate, pero nunca por sí, sino en razón de las expectativas. Incluso esperar lo inesperado puede resultar lleno de sentido. El asunto se complica si ha de esperarse lo inesperable, es decir, aquello sin condiciones de posibilidad conocidas.

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Enredados

Por: | 07 de mayo de 2013

Al held 100
Todo un conjunto de líneas nos enlaza, nos vincula y a la par marca una distancia. Platón nos señala el camino de la configuración de la ciudad y de la comunidad como un entramado, como un tejido entretejido por hilos que componen un espacio compartido  y “reunido por la concordia y el amor en una vida común”, a fin de confeccionar  “el más magnífico y excelso de todos los tejidos”, para abrazar a todos los hombres de la ciudad. Se trata de contenerlos “en esa red y, en la medida en la que le está dado  a una ciudad, llegar a ser feliz. Que los caracteres sensatos y los caracteres valientes “se entretejan en una tela por la comunidad de opiniones, de honores, de glorias, de respetos y por el mutuo intercambio de seguridades, formando con ellos un tejido suave y bien tramado.Tejido y texto tienen una raíz común. En última instancia, la labor de su construcción, de su elaboración es siempre una acción poética.

Pero ya los hilos, las líneas, no conforman necesariamente tal tejido. Se entrecruzan en diferentes planos, sin urdimbre, sin bastidor y, en el mejor de los casos, todo deviene red y rizoma. Podemos vislumbrarnos sin coincidir, sin tocarnos de verdad, con apenas ciertos nudos en los que se sustenta la prosecución de caminos que se lanzan sin destino. Todo se pone en circulación y de vez en cuando se producen ciertas aglomeraciones o conglomerados, placas o volúmenes que navegan un tanto desconcertadamente en el espacio, como restos de un edificio tal vez ya nunca por erigir. No se trata de tener nostalgia de supuestas unidades que en definitiva no son sino bloques más cerrados que sólidos, pero no es fácil limitarnos a merodear en un intercambio con contactos sin apenas encuentros.

Las ideas, los conceptos, vagan aislados y desconcertados. Es como si hubieran de ser algo distinto, aprender contra todo lo sabido a actuar, incluso a ser, por separado. Pero les resulta difícil la sintonía. Van más solos que nunca y, sin embargo, son más conjuntamente que jamás. Ni una causa única, ni una razón única, ni un discurso único, siempre hay un haz de relaciones que no en todo caso constituyen una red. Extraviados en una multiplicación de dichos y modos de decir, nos buscamos entre dificultades. Va a ser difícil coincidir. Quizá la enriquecedora proliferación de dimensiones no hace sino confirmar lo que a su modo siempre ha ocurrido, pero ahora se hacen más ostentosos los espacios, los huecos, los vacíos. Y no faltan quienes vislumbran en ellos posibilidad, oportunidad para el pensamiento, para la acción.

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Peculiares y comunes

Por: | 03 de mayo de 2013

Alice Neel Hartley 2
Presumir de ser peculiar supone ignorar que todos lo somos, ya que en eso consiste exactamente lo propio o privativo de cada quien. Nuestra más privada propiedad es la de ser peculiares. Lo interesante es cuál es su alcance y su sentido. Todo empieza a ser distinto cuando somos capaces de reconocer, de comprender, que a los demás les ocurre algo similar y viven a su modo su irrepetible e insustituible existencia, y a valorar el que no sea igual, y aún menos idéntica, a la nuestra. El enigmático mundo de las relaciones con uno mismo, la peripecia más íntima y personal, la soledad constitutiva, los deseos y las necesidades merecen una forma, por muy elemental que a veces resulte, de afecto. Y si éste en ciertos casos es màs intenso, no ha de ser precisamente porque se elimina lo que nos diferencia, sino porque él nos permite diferir.

La cuestión es que no siempre resulta fácil ser singular. Y éste es otro asunto. Proponérselo puede ser de lo más común y no precisamente algo extraordinario. Eso no significa que sea frecuente. A su modo, incluso en mínimos detalles, se evidencia en muchos casos, aunque no sea de modo explícito, que tenemos una forma, un estilo de vida que alcanza a lo que somos capaces, que incide en lo que decimos y en lo que hacemos. Sin duda puede variar, y no sólo con el tiempo. De tener lugar prácticamente en cada ocasión, esa permanente modificación constituiría la máscara de nuestro verdadero rostro, el de una sucesión y proliferación que no necesariamente es ocultación. Ya no como del aspecto del otro, sino del de nosotros mismos.

Argüir que uno tiene bastante con sus ocupaciones y desocupaciones como para vérselas en la peripecia de hacer la travesía de lo peculiar a lo singular es desconsiderar que en todo caso se realiza, y que la desatención o la indiferencia son una forma de travesía que no deja de ser nuestra propia manera. Que obedezca a coyunturas circunstanciales no le resta verdad. Cuando lo descuidamos también sucede, pero de otro modo. En definitiva, es lo que ocurre con la vida, es en lo que la propia vida, la de tantos, consiste. Quizás, cierta pérdida de singularidad podría ser nuestra peculiaridad y la de un mundo empeñado en aplanar las diferencias de cada quien, sin eliminar las que a su vez se consolidan entre nosotros.

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Estar en otra cosa

Por: | 30 de abril de 2013

Philip Pearlstein heldslide7
Ni todos, ni siempre, ni en cualquier caso, estamos permanentemente prendidos de aquello que constituye la máxima preocupación social o política. Ni siquiera de lo que nos resulta decisivo. También tiene no poco que ver con la necesidad de afrontar otras coyunturas de cada día. Pero no sólo por eso.

La reiteración, aunque sea de lo importante, incluso en el caso de que fuera lo más determinante, la ocupación de los espacios y de los tiempos por ciertos asuntos acaba suponiendo una verdadera invasión que nos impide pensar en otra cosa. Hablamos y oímos hablar, una y otra vez, de lo mismo y ya casi ni vemos ni sentimos algo diferente.  Y la consecuencia más inmediata, ni siquiera de ello.

Una suerte de neurosis obsesiva toma posesión de nuestro espíritu y todo viene a ser igual. Prácticamente desde que nos despertamos, un mismo rumor, con su soniquete y sus cantinelas. Y es razonable, es lo que hay. Monotemático, comienza a caer como una lluvia insistente e incesante, con algunas tormentas, si fuera preciso, para subrayarlo, imponiéndose sobre cualquier otra posibilidad de pensamiento o de planteamiento. Y no es que el asunto sea menor, es que paradójicamente se infravalora por el procedimiento de no hablar de otra cosa. Si uno lleva el descuido más lejos, hasta en los entornos más íntimos, en los círculos de conocidos, amigos y familiares, vuelve en cada ocasión a irrumpir, con mayor o menor displicencia, lo mismo. Si abrimos las ventanas de la comunicación, reaparece. Y no es que no precisemos de información, de conversación, de debate, de crítica, es que cuando ésta ya se ha cosificado en la monotonía y reproducción redundante de los asuntos y de las posiciones, todo corre el peligro de devenir recitación.

Mientras tanto, algo silenciosamente, crece una distancia y alguna apatía, alguna impotencia con aires de resignación. La primera es que hay que acostumbrarse a vivir rodeado e inmerso en la repetición de lo que nos acucia. Y una inquietud, la de que, al perder su sitio otros asuntos, no encuentren lugar donde florecer, donde crecer. Y se empieza por no hablar de otra cosa y se acaba por no hablar de nada. Pero sin embargo, la insistencia en lo que nos ocurre, en lo que ha de preocuparnos, no desiste. Y ciertamente es decisivo, aunque en lo que es y hasta donde es. Lo inquietante es cuando es todo, ya que el todo tiene una irresistible tendencia a ocuparse de serlo. Cualquier intento de decir otra cosa podría considerarse desatención, distracción, desviación. Volvamos de nuevo al tema.

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Iba a ser

Por: | 26 de abril de 2013

  Viktor Safonkin strictly-personal 2

Más allá del limitado horizonte de nuestros entornos más inmediatos, de nuestra región, de nuestro país, siempre hemos añorado lo que constituye o habría de constituir un espacio de profundización y de expansión de los derechos, de cultura, de educación, de universidades, un espacio de movilidad social, de circulación, de comunicación, de enlace, un ámbito de generación de bienestar, de oportunidad. Eso era. Eso creíamos que era. Eso deseábamos que fuera. El sueño constitutivo, el que se iba labrando, siquiera en el corazón de quienes se sentían incorporados a un proyecto localizado histórica y geográficamente, pronto tuvo que vérselas con la necesidad de aplacar viejas y enfrentadas concepciones con aires aún de contienda.

La supuesta articulación en torno a la moneda, a la seguridad, al mercado unificado ha mostrado asimismo sus propias carencias y ha generado nuevas necesidades. En definitiva, cuanto sin duda ha supuesto de mejora se ha visto contaminado por deficiencias y reticencias. En última instancia, un territorio de desconfianzas, plegado sobre sí y ensimismado, ha hecho reverdecer nuevos y siempre antiguos intereses particulares, emboscados de singularidad. Los recelos vinieron a confirmarse en la sustitución de la cultura por la confrontación de poderes. Los procesos de participación y de democratización se refugiaron en mecanismos y procedimientos burocráticos.

Todo podría entenderse razonablemente mal si no fuera porque junto a semejante desmembración en intereses contrapuestos se produce una reubicación de los saberes y de los poderes que adopta, como suele ocurrir, la forma de un discurso sobre la verdad. Y entonces todo se puebla de consejos y de consignas, cuando no de indicaciones y de órdenes. Y, quizá, de amenazas. Eso sí, por prevención, por precaución, para nuestro bien. De este modo, la cultura pasa a ser una actividad de espacio y de tiempo libre, si lo hubiere, y no una instancia decisiva, constitutiva, argumental. Hasta puede invocarse y reconocerse como un tesoro o un signo de distinción que ha de preservarse e incluso, en el mejor de los casos, desarrollarse y cultivarse, pero siempre y cuando no incida en la concepción y en la configuración de las acciones. De lograr un papel central, podría llegar a considerarse una incomodidad intelectual, una distracción respecto de las llamadas verdaderas ocupaciones.

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Simpáticamente

Por: | 23 de abril de 2013

  Jaime Francés Durá El Consejo

Por lo visto, la antipatía tiene algo de simpático, es decir de contagioso, e induce a determinados comportamientos y actitudes. Y bien que se nota. La simpatía también, aunque cuesta más apreciarlo. Por eso no es insignificante que se propale cierta desconsideración o indiferencia como el modo habitual de relación o que, al margen de esa inercia, nos abramos con efectivo afecto e interés a las vicisitudes, no ya tan ajenas, de los demás. Para ello resulta de gran alcance personal y social ser simpático. Desde luego, ser agradable es decisivo. Pero no se reduce a eso. Y aunque es indiscutible la influencia del temperamento y del carácter, el modo de reaccionar, la simpatía, se abriga en el modo de ser. Más aún, en lo que hace ser, una inclinación y en no poca medida una decisión.

Puede llamar la atención que se indique que alguien elija ser simpático, toda vez que algunos más bien parecen disponer de todas las cualidades para no serlo. Y con razón se alude a las condiciones de diverso tipo que se dice determinan el que se sea alguien capaz de simpatía. Hay que tener en cuenta, se subraya, las circunstancias y las coyunturas. Sin duda. Pero ello nos induce a pensar que confundimos la simpatía con otras atractivas cualidades que la adornan y no pocas veces la acompañan. En cualquier caso, ser simpático no significa tener más o menos gracia, ni mostrarse locuaz y dicharachero, ni ser estruendoso y animoso, o llevar la voz cantante, o tener tendencia a ocupar el espacio y hacerse propietario de la iniciativa. O mostrar una cierta inconsciencia mientras otros más apesadumbrados están al tanto de lo que ocurre. Ciertamente, también proliferan quienes promueven exactamente lo contrario.

El asunto es otro. La simpatía supone un pathos común, compartido, y puede perfectamente identificarse como una forma de mutua pertenencia y de solidaridad. La capacidad de disfrutar y de padecer con alguien, en diversas circunstancias y haciéndose cargo de la situación, hasta el extremo de ponerse en su lugar y sentir y prácticamente palpitar a su lado, es una empatía que caracteriza asimismo a la simpatía. Sentir y vivir la emoción de lo que en esa medida también nos ocurre y alegrarse con el bien ajeno confirman que la envidia es poco simpática. A su vez, compartir el dolor, las penurias, los sufrimientos que supuestamente no nos corresponderían, y entender que no siempre restar importancia es la mejor manera de comprender, nos convoca a ofrecer la palabra adecuada, pertinente, que no trata de diluir la situación porque es difícil o comprometida. El simpático ni es un insensato, ni es un frívolo.

Ahora bien, la simpatía alcanza otro nivel cuando es capaz de atender las perspectivas propuestas y defendidas por otros, en la voluntad de comprender en verdad sus razones únicas y singulares, sin que ello signifique carecer de las propias. Reconocer con generosidad esa peculiaridad, sin tratar de domesticarla, supone no tener una visión cerrada y presupuesta de lo común. Los pueblos antipáticos tratan de posicionarse eludiendo esa singularidad ajena y haciendo de la particularidad una antipatía. Y ya el colmo de lo antipático es la confrontación de antipatías enfrentadas. Ellas se encuentran para que crezca el desencuentro. Como resultado más evidente se produce el encierro en un ideal individualista en tanto que forma compartida de egoísmo. De ahí que sea tan decisiva la reivindicación de que, puestos a proceder simpáticamente, y conscientes de que la simpatía llega a provocar sentimientos conformes o análogos, se promueva una suerte de afinidad o de inclinación afectiva, una comunidad que ya induzca a un determinado comportamiento.

 

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El País

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