Francisco Peregil

Lo único que no debe hacer

Por: | 17 de septiembre de 2012

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El Gobierno de Argentina está en pleno derecho de desoír el mensaje de las decenas de miles de personas que sacaron sus cacerolas el pasado jueves a la calle. A pesar de que era un grupo heterogéneo, sin portavoces y sin un reclamo de peticiones concretas, lograron emitir al menos un par de mensajes muy claros:

Por un lado, su denuncia sobre la inseguridad. Una pancarta se quejaba de que van ya 16 cadenas nacionales, 16 discursos presidenciales  (en realidad, llevamos 18 en lo que va de año), retransmitidos por todas las emisoras de radio y televisión del país, y en ninguno de ellos se habló de la inseguridad. Pero el Gobierno puede seguir creyendo que la percepción de la inseguridad es algo muy subjetivo y que puede ser agrandado por canales de televisión como Todo Noticias, perteneciente al Grupo Clarín. Tiene perfecto derecho a seguir pensando que su política contra la delincuencia es la adecuada.

Por otro, el rechazo a la re-reelección de Cristina Fernández. O sea, a una reforma de la Constitución con el exclusivo propósito de que Fernández pueda presentarse como candidata presidencial por tercera vez consecutiva.  Fernández puede alegar que esa gente no representa a la mayoría del pueblo, que solo el Congreso, y una mayoría superior a los dos tercios que el Gobierno, debería asegurarse en las legislativas de 2013, tiene la potestad de decidir si se reforma o no la Constitución. Bien.

Pero ante la protesta pacífica, el Gobierno hizo tal vez lo único que no debería haber hecho fustigar una vez más  a los disidentes, degradarlos, señalarlos con el dedo ensortijado; en definitiva: escracharlos, que es la palabra con la que en Argentina se suele resumir todo lo anterior.

 

Después de que Estela de Carlotto, la presidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo declarase el viernes que las decenas de miles de personas que protestaron  era "gente bien vestida", el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, un hombre que como todos los miembros del Gobierno jamás se atrevería a dar un paso sin escuchar atentamente las órdenes de la presidenta, ahondó en la idea diciendo que era gente que ni siquiera se atrevieron a pisar el pasto, el césped, para no mancharse. Y añadió que están más preocupados de lo que pasa en Miami que en San Juan, provincia en donde la presidenta pronunciaba un discurso a la misma hora en que se convocó la manifestación. Y el domingo volvió a atacar a los manifestantes diciendo que "en otros tiempos recurrían a golpes militares". Juego sucio. Caer en el barro de un análisis tan simplista no beneficiará a la sociedad argentina y tal vez, tampoco al Gobierno. Una reacción de tal calibre solo se entiende bajo el nerviosismo ante una protesta cuya dimensión sorprendió a todo el mundo: al Gobierno y a la oposición, aunque estuviera apoyándola de forma subrepticia.

En honor a la verdad, pocos Gobiernos como el de Néstor Kirchner y Cristina Fernández han hecho más en Argentina por agrandar el espacio de eso tan vago que generalmente se conoce como clase media. Cargar ahora contra ella es escupir hacia arriba.

Por cierto, Abal Medina nunca criticó a Cristina Fernández por lucir un rólex en su muñeca, ni por tener ahorrados tres millones de dólares que sólo hasta hace unos meses ha decidido convertir en pesos, ni por ser la propietaria de un hotel de lujo en El Calafate.

 

 


 

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Sobre el autor

es el corresponsal para Sudamérica de El PAÍS. Está radicado en Argentina y su área de trabajo incluye Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Uruguay, y Paraguay.

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