04 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo
El escritor en su observatorio
Ayer murió Francisco Ayala a los 103 años. Del exilio, al que lo empujó el final de la Guerra Civil, regresó a España para instalarse en 1976. Y ese mismo año, entre el 16 y el 21 de noviembre, publicó cinco artículos en las páginas de Opinión de EL PAÍS con el título genérico de España, a la fecha. Se pronunciaba allí sobre lo que estaba pasando aquí tras la muerte del dictador y lo hacía con el estilo y las maneras que traía puestas de fuera. Es decir, con extrema libertad, con lucidez y rigor académico y sin andarse con guiños hacia cuantos, entonces, batallaban por cambiar las cosas. Trató en esos textos de las maneras arcaicas de los españoles que salían fuera de nuestras fronteras, por ejemplo, y señalaba también cómo muchos de los que peleaban por transformar el país eran "vástagos de los jerarcas del régimen". Habló del ocaso de las ideologías, de la necesidad de los partidos y la despolitización, de la inconsistencia de los desmanes de los radicales (se refirió a "la confusión mental" de los que los perpetraban), de terrorismo, de las expectativas ante las próximas elecciones, de nacionalismo y federalismo. Muchos, entonces, no supieron conectar con su discurso. Existía la absurda creencia de que quien no profesara de marxista no tenía gran cosa que decir. Así que a Ayala no se lo supo leer en aquellos días. Y eso era una marca del exilio: la dificultad de que conectaran los que llegaban con los que se habían quedado.
No soy amigo de las confidencias, pero a Francisco Ayala (la fotografía es de Gorka Lejarcegi) yo lo descubrí cuando escribió, también en las páginas de este diario, del general Vicente Rojo. El retrato que hizo del militar republicano, de sus afanes y de sus inútiles batallas, de su extremo rigor como patriota y de su calidez humana y de "su pudorosa y digna reserva" era tremendamente veraz (y no pretendía agradar: señalaba "sus principios inconmovibles", "sus amarguras casi insufribles"). Se conocieron en Buenos Aires alrededor de una revista que puso en marcha Rojo, y en la que Ayala aceptó colaborar: Pensamiento Español. No llegaron a tratar mucho, pero existió entre ambos una corriente de afecto.
Como Ayala había sabido retratar con tanta verdad a Rojo fue necesario dar el salto y leer a aquel caballero que había llegado de las Américas sin la mancha embrutecedora de la dictadura. Fue entonces cuando descubrí cuán bien casaban en su discurso la vieja independencia de quien se había formado en la España que daría luz a la República con el cosmopolitismo del hombre de letras que no sólo rompe fronteras espoleado por la curiosidad sino que recorre el mundo obligado por el exilio. No se enquistó en melancolía alguna, y supo ser uno más en los países que habitó. La ligereza del que va de un lado a otro (Argentina, Brasil, Puerto Rico, Estados Unidos), y no se emponzoña, y el rigor del que estudia y frecuenta a los clásicos y los estudia y los reinventa en su escritura.
Así que Ayala volvió y siguió trabajando. El observador en su escritorio: así tituló uno de los artículos que publicó en este diario y en el que se ocupaba del brasileño Carlos Drummond de Andrade. Así he titulado esta entrada. Ayala estuvo pegado a lo que iba ocurriendo en este país. Lo miraba y escrutaba desde su larga experiencia y sus muchas lecturas. Luego regresaba a su escritorio y lo contaba. Una palabra detrás de otra. No era la sabiduría del que pontifica desde las alturas. Era la de quien, como en aquella República que se fue al garete, mira el mundo a la altura de los ojos. De tú a tú. Y que ve sus grandezas y sus imperfecciones. Ésa fue, seguramente, una de sus grandes lecciones.
