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Sobre el Autor

José Andrés Rojo (La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas.

Correo: jarojo@elpais.es

Sobre el Blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

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04 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

El escritor en su observatorio

Ayer murió Francisco Ayala a los 103 años. Del exilio, al que lo empujó el final de la Guerra Civil, regresó a España para instalarse en 1976. Y ese mismo año, entre el 16 y el 21 de noviembre, publicó cinco artículos en las páginas de Opinión de EL PAÍS con el título genérico de España, a la fecha. Se pronunciaba allí sobre lo que estaba pasando aquí tras la muerte del dictador y lo hacía con el estilo y las maneras que traía puestas de fuera. Es decir, con extrema libertad, con lucidez y rigor académico y sin andarse con guiños hacia cuantos, entonces, batallaban por cambiar las cosas. Trató en esos textos de las maneras arcaicas de los españoles que salían fuera de nuestras fronteras, por ejemplo, y señalaba también cómo muchos de los que peleaban por transformar el país eran "vástagos de los jerarcas del régimen". Habló del ocaso de las ideologías, de la necesidad de los partidos y la despolitización, de la inconsistencia de los desmanes de los radicales (se refirió a "la confusión mental" de los que los perpetraban), de terrorismo, de las expectativas ante las próximas elecciones, de nacionalismo y federalismo. Muchos, entonces, no supieron conectar con su discurso. Existía la absurda creencia de que quien no profesara de marxista no tenía gran cosa que decir. Así que a Ayala no se lo supo leer en aquellos días. Y eso era una marca del exilio: la dificultad de que conectaran los que llegaban con los que se habían quedado.

Francisco ayala 1 
No soy amigo de las confidencias, pero a Francisco Ayala (la fotografía es de Gorka Lejarcegi) yo lo descubrí cuando escribió, también en las páginas de este diario, del general Vicente Rojo. El retrato que hizo del militar republicano, de sus afanes y de sus inútiles batallas, de su extremo rigor como patriota y de su calidez humana y de "su pudorosa y digna reserva" era tremendamente veraz (y no pretendía agradar: señalaba "sus principios inconmovibles", "sus amarguras casi insufribles"). Se conocieron en Buenos Aires alrededor de una revista que puso en marcha Rojo, y en la que Ayala aceptó colaborar: Pensamiento Español. No llegaron a tratar mucho, pero existió entre ambos una corriente de afecto.

Como Ayala había sabido retratar con tanta verdad a Rojo fue necesario dar el salto y leer a aquel caballero que había llegado de las Américas sin la mancha embrutecedora de la dictadura. Fue entonces cuando descubrí cuán bien casaban en su discurso la vieja independencia de quien se había formado en la España que daría luz a la República con el cosmopolitismo del hombre de letras que no sólo rompe fronteras espoleado por la curiosidad sino que recorre el mundo obligado por el exilio. No se enquistó en melancolía alguna, y supo ser uno más en los países que habitó. La ligereza del que va de un lado a otro (Argentina, Brasil, Puerto Rico, Estados Unidos), y no se emponzoña, y el rigor del que estudia y frecuenta a los clásicos y los estudia y los reinventa en su escritura.

Así que Ayala volvió y siguió trabajando. El observador en su escritorio: así tituló uno de los artículos que publicó en este diario y en el que se ocupaba del brasileño Carlos Drummond de Andrade. Así he titulado esta entrada. Ayala estuvo pegado a lo que iba ocurriendo en este país. Lo miraba y escrutaba desde su larga experiencia y sus muchas lecturas. Luego regresaba a su escritorio y lo contaba. Una palabra detrás de otra. No era la sabiduría del que pontifica desde las alturas. Era la de quien, como en aquella República que se fue al garete, mira el mundo a la altura de los ojos. De tú a tú. Y que ve sus grandezas y sus imperfecciones. Ésa fue, seguramente, una de sus grandes lecciones.

03 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

La existencia mecánica

"Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente". Así empieza Una novelita lumpen, uno de los textos de Roberto Bolaño que Anagrama ha rescatado hace poco y que se publicó por primera vez hace unos años. Todo arranca con la muerte en un accidente de tráfico de los padres de Bianca, la narradora, y de su hermano. Así que tienen que sobrevivir como pueden en la casa en la que han vivido siempre, ahí en la plaza Sonnino, en Roma. Pronto dejan de ir al colegio: ella se emplea en una peluquería; él, en un gimnasio. El chico se aficiona a ver películas pornográficas y su hermana lo acompaña. Un día ella se fue a la cama pensando que iba a soñar con esas cochinadas, cuenta, pero no ocurrió tal cosa. "Caminaba por el desierto, medio muerta de sed, y sobre un hombro llevaba un loro blanco, un loro que decía: ‘No puedo volar, lo siento, perdóneme usted, no puedo volar". De eso trató finalmente su sueño. Ladies & gentlemen: estamos en el mundo de Bolaño.

Entra así en la narración, como quien no quiere la cosa, así entra ese loro blanco tan educado que pide perdón por no poder volar. Pesaba unos cinco kilos, dice Bianca, y explica que en el sueño le rogaba al loro que se fuera, que pesaba demasiado, pero el loro no se movía del hombro por ningún motivo. El desierto y el calor, las piernas le flaqueaban a Bianca, e iba temblando mientras avanzaba con lentitud con el loro blanco en el hombro, y cuenta que era como si tuviera cáncer, pero que era también como si se corriera, "una corrida interminable y agotadora", o como si se tragara los ojos. Sus propios ojos. Y dice, sí, que procuraba tragárselos pero sin mascarlos. ‘Ánimo, Bianca’, parece que le decía el loro. Y Bianca apunta que se lo diría hasta que cayera sobre la arena, muerta de sed. El loro volaría entonces, "hacia otra zona del desierto, se alejaría de mis despojos agónicos en busca de otros despojos menos agónicos".

Roberto bolaño 1 
Esto en la novela es sólo un sueño, porque lo que Roberto Bolaño (la foto es de Marcel.lí Sáenz) va contando a través de esa narradora, Bianca, es cómo se las están intentando arreglar aquellos chicos. Se les ha venido abajo todo, así que van probando, buscando un trabajo y entrando a los videoclubes, viendo películas guarras, caminando por la ciudad. Un día el hermano lleva a casa a dos amigos un poco mayores, el libio y el boloñés. Los conoce del gimnasio, son educados, lavan los platos y preparan alguna comida de vez en cuando, pasan unos días, luego se van. Bianca revisa cada rincón para ver si han robado. No, no se han llevado nada.

Llega un momento en que el hermano se queda sin trabajo. Llega otro momento en que sus amigos vuelven a la casa. Luego ocurre que Bianca deja que uno entre en su habitación a oscuras y le haga a oscuras el amor. "Creo que fue el boloñés", dice, y después seguirá entrando, o entrará el otro, no le importa quién de ellos sea, no quiere saberlo. Tiene miedo de que una desgracia ocurra y que su hermano padezca; se va dando cuenta de que va a convertirse en una delincuente. Hasta que ocurre. Así son las cosas. La pobreza y la falta de medios y el estar medio fuera de todo: eso empuja, eso va produciendo como una existencia mecánica. Pasan unas cosas, pasan otras. Ahí siguen: las piezas se acoplan, la vida continúa.

02 noviembre, 2009 - José Andrés Rojo

“Posadas destartaladas”

Nicolas gomez davila 

El título es como para dar marcha atrás: Escolios a un texto implícito (Atalanta). De escolio dice Franco Volpi, autor del prólogo, que "indica una nota en los manuscritos antiguos y en los incunables, añadida por el ‘escoliasta’ en interlínea o al margen para explicar los pasajes oscuros del texto desde el punto de vista gramatical, estilístico o exegético". El texto implícito es "la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada" que esos escolios comentan. Si Zaratustra dijo, por ejemplo, que "al hombre del conocimiento le disgusta bajar al agua de la verdad no cuando está sucia, sino cuando no es profunda", lo que escribe Nicolás Gómez Dávila (en la imagen, en su despacho) es que "las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos". Entre una frase y otra hay un aire común, no en vano llamaron a este peculiar pensador "el Nietzsche colombiano". Su estilo es transparente y claro; sus maneras, provocadoras; su obra, una larga colección de aforismos llenos de inteligencia y humor, de una rara originalidad, a contracorriente de las ideas que hoy se imponen.

Porque lo que sobre todo hace en sus escolios Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1913-1994) es arremeter contra la modernidad, criticar a cañonazos la democracia ("Los parlamentos democráticos no son recintos donde se discute, sino donde el absolutismo popular registra sus edictos"), meterse con el ideal de igualdad, machacar al comunismo ("Llámase comunista al que lucha para que el Estado le asegure una existencia burguesa") y al socialismo, cuestionar la idea de progreso y de la supuesta perfectibilidad del hombre, cebarse en la técnica y sus sacerdotes. De sí mismo dice que es reaccionario: "aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado", aclara Franco Volpi. Fue un católico convencido, quiso pertenecer a una suerte de aristocracia de la inteligencia y defendió con firmeza el deseo ("mejor no ser nunca nadie, mejor no ser nunca nada que matar en nosotros el deseo", escribió en sus Notas). Al final terminó siendo un tipo raro que leía en varias lenguas y que iba montando su entera filosofía sobre la frágil consistencia de sus brillantes ráfagas, sus suspiros, sus balazos siempre certeros. La publicación de las 1.407 páginas de sus Escolios… ha sido un hermoso regalo. La fiera independencia del pensador colombiano sirve para sacudir los tópicos con los que habitualmente nos manejamos. Eso es impagable y aunque, como ocurre con todos los libros de aforismos, no siempre se consiga sintonizar con cada uno de ellos, hay algunos que sirven para barrer los deshechos y para paladear la gloria. La mejor forma de presentarlo, sin embargo, es la de leerlo. He aquí, pues, algunos de sus escolios:

"Yo carezco de opiniones, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más parecidas a las posadas destartaladas donde descansamos una noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma magnificencia".

"La madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo".

"Al corregir la natural ambivalencia de los sentimientos, la razón los corrompe y mutila el universo.
Quien suprime las secretas connivencias entre sus amores y sus odios, se vuelve un fanático que camina entre esquemas".

"Negarse a admirar es la marca de la bestia".

"Después de desacreditar la virtud, este siglo ha logrado desacreditar los vicios.
Las perversiones se han vuelto parques suburbanos que frecuentan en familia las muchedumbres domingueras".

"Para las circunstancias conmovedoras sólo sirven lugares comunes. Una canción imbécil expresa mejor un gran dolor que un noble verso.
La inteligencia es actividad de seres impasibles".

"Escribir corto para concluir antes de hastiar".

"Hay opiniones que es justo barrer con respeto, pero empuñando firmemente la escoba".

"Ciencia es lo que no llega a la intimidad de nada".

"Si queremos que algo dure, hagámoslo bello, no eficaz".

"Revolución es el período durante el cual se estila llamar ‘idealistas’ los actos que castiga todo código penal".

"Un grano de ironía impide que la indignación nos envenene".

"Después de hospedarse en una mente norteamericana las ideas quedan sabiendo a Coca-Cola".

"Nada nos avergüenza tanto como haber proferido trivialidades pomposamente".

20 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

Va a ser imposible

Cuando a Bartleby, el personaje de Melville, querían encargarle que se ocupara de algún asunto solía responder que preferiría no hacerlo. Una de las criaturas de La omisión de la familia Coleman, la pieza teatral que ha escrito y dirige Claudio Tolcachir, utiliza una fórmula distinta. "Va a ser imposible", dice cuando, por ejemplo, le piden que se bañe, que se quite ya ese pijama que lleva puesto hace ya una eternidad. Bartleby asumía como propia su elegante disposición a no obedecer, fuera lo que fuera lo que le pidieran. Marito, en cambio, se refiere a algo impersonal. Como si, efectivamente, asumiera que debe bañarse pero, al mismo tiempo, señalara un remota instancia que se lo impide. Y algo de eso hay en esta pieza. Porque lo que el grupo argentino Timbre 4 cuenta en esta obra es la tremenda complicación que supone convivir con la anomalía.

La omision de los coleman 2 
Y es que dos de los personajes (en la imagen, Marito, interpretado por Lautaro Perotti) de esa familia no están exactamente en sus cabales. El trágico humor que recorre la obra, que tiene a ratos un aire de teatro del absurdo, podría invitar a tratar ese drama doméstico como una metáfora de algo distinto. Para eso, ese mismo "va a ser imposible" podría servir: somos piezas de un engranaje que nos supera, no hay margen para la libertad, una corriente nos empuja. Y mucho más si esa corriente es la de la enfermedad mental. No hay manera, sálvese quién pueda.

Lo fascinante de la propuesta de Timbre 4, sin embargo, es que no se suben al guindo: no hay metáfora. Lo que cuentan es una historia que viven unos personajes. Cada uno de ellos, más débil o más fuerte, más sano o más enfermo, ejerce su libertad. Decide, se pronuncia, trampea, se escaquea, padece, obedece o se rebela. Por eso chocan, por eso han de buscar complicidades y hacer pactos, por eso están tan íntimamente tocados por la fragilidad de lo humano.

Hay que decir que el espectáculo es impresionante, en primer lugar porque los actores que salen a escena son magníficos. Y, en segundo, porque la dirección  sabe hacia dónde se dirige. No da palos de ciego, ni pretende epatar, ni se embadurna de modernidad. Conoce la explosiva materia con la que está tratando: la vaguedad de los afectos, la debilidad de las convicciones, el urgente afán de consuelo, el miedo a lo diferente y a la soledad y al sufrimiento. La familia aguanta mientras aguanta la abuela. Cuando muere, los hilos que soportaban la solidaridad entre unos y otros se rompen y el edificio se va abajo. ¿Va a ser imposible? No, todo es posible. Todo, incluso la abyección.

16 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

El Triumph Herald de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard se levantó a las tres de la mañana acosado por el urgente deseo de subir a las alturas. Dice que lucía un día "despejado, claro y perfumado". Corría el año 1964, estaba en Istria, donde vivía en una villa señorial del año ochenta y ocho. Tres habitaciones, seis grandes ventanas con cortinas de seda, amplios balcones: en Villa Eugenija acababa de terminar Amras y había enviado ya el manuscrito a su editor. Así que se puso unos pantalones, zapatillas de deporte y camisa de manga corta, se subió a su coche y partió hacia el Monte Maggiore, que hoy se llama Ucka. Subió las escarpadas pendientes, se tumbó a la sombra, miró el mar a lo lejos. "Era más feliz que nunca", escribe en una de las piezas de Mis premios (Alianza, traducción de Miguel Sáenz). "Cuando hacia el mediodía bajé de la montaña, riéndome a carcajadas, agotado de felicidad, puedo decir, tuve otra vez la sensación de que no quería cambiarme por ningún ser humano en el mundo entero".

Thomas bernhard El coche que Bernhard conducía era un Triumph Herald. Le costó treinta y cinco mil chelines y lo había comprado hace muy poco con el dinero del premio Julius Campe. Se lo concedieron por Helada, y tuvo que desplazarse a Hamburgo a recoger el cheque. En cuanto regresó a Viena se dirigió a Heller, un concesionario de coches. Allí lo vio en el escaparate: blanco, tapizado de rojo, con un salpicadero de madera con botones negros. Lo estuvo mirando durante un rato muy largo. Luego le dijo al vendedor que lo compraba, y éste le contestó que en unos días podría disponer de uno. Bernhard le dijo que no, que quería ése y que lo quería ya.

No tuvo dificultades en conducir su hermoso Triumph Herald, aunque reconoce que era "absolutamente más sencillo" manejar camiones. Fue enseguida a mostrárselo a su tía, dio unas cuantas vueltas por aquí y por allí y salió de la ciudad empujado por el entusiasmo. Un tiempo después, cuando bajaba del Monte Maggiore conduciendo aquella perla, Bernhard cree recordar que iba cantando, atravesado por aquella extrema felicidad que lo había conquistado en las alturas. De pronto, un coche invadió desde la izquierda el carril por el que circulaba. El golpe fue de frente y aplastó el morro del Triumph Herald, Bernhard salió despedido, se levantó de inmediato, estaba lleno de sangre.

Mis premios, el único libro que Bernhard dejó preparado para publicar antes de morir, reúne varias piezas en las que cuenta las circunstancias que rodearon la concesión y recogida de la mayoría de los laureles que le fueron dando por su obra literaria. Están también los (pocos) discursos de agradecimiento que tuvo que pronunciar. "Yo me agarraba continuamente la cabeza, porque creía que se me estaba vaciando", escribe Bernhard cuando relata sus primeras reacciones después del accidente. Lo llevaron a un hospital. Pero callo ya: les toca a ustedes continuar. Les garantizo que el libro es una delicia.

15 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

La mujer desamparada

Eva Figes cuenta en Viaje a ninguna parte (Edhasa, traducción de Roser Vilagrassa) la historia de Edith, que fue sirvienta en la casa de su familia cuando vivían en Alemania y que allí se quedó cuando ellos emigraron al Reino Unido en marzo de 1939. La británica Eva Figes, novelista, crítica literaria, feminista y autora de tres volúmenes de memorias, nació en Berlín en el seno de una familia judía laica poco antes de que Hitler llegara al poder y a su padre se lo llevaron al campo de concentración de Dachau la Noche de los Cristales Rotos. Le tocó entonces a su madre el largo calvario de las negociaciones. Contaron con el apoyo de un Rothschild, pagaron lo que tenían que pagar. Pensaban ir al Lejano Oriente, pero la salud del padre, tras salir de Dachau, era muy mala. Así que enfilaron hacia Londres. Edith, también judía, los vio partir. El libro trata de ella, y lo que Eva Figes sostiene, a partir de las experiencias de aquella mujer iletrada y frágil, es que "la creación de Israel fue un error catastrófico, acaso el peor del siglo XX".

Edith sólo media metro y medio. Fue abandonada de niña en un orfelinato y creció sola hasta que llegó a la casa de la Tauenzienstrasse, donde sirvió a los Figes. Tenía cuatro cosas en su habitación y hacía su trabajo de manera diligente y pulcra. Cuando se quedó sola no tuvo más remedio que ir a una Jugendhaus, donde metían a los judíos que no tenían dónde ir.   La guerra no tardó en llegar y los nazis empezaron a deportar en masa a los judíos a los campos de concentración. El dueño de la fábrica donde trabajaba Edith les advirtió una vez a sus obreros que no fueran a trabajar al día siguiente: la Gestapo iba a llevárselos camino del exterminio. Edith comenzó a vivir de manera clandestina, protegida por redes de alemanes solidarios que le señalaban los peligros y de alguna manera la protegían, y cambió de identidad. Y llegaron los rusos y, ya sin batalla alguna que librar para sobrevivir, Edith se quedó más sola. Iba a ver las listas de los judíos fallecidos y de los supervivientes. Pero en realidad no tenía a nadie. Fue cuando encontró a una amiga que la convenció para ir a Palestina (“decidió que los judíos del mundo serían su familia”, dice Figes), y hacia allí se dirigió. Pero no pudo aguantar mucho tiempo, así que escribió a los Figes en Londres: solicitaba recuperar su trabajo. Lo recuperó.Evafiges 02_portrait

Fue entonces cuando Eva Figes (la imagen es de archivo), una adolescente en aquellos años, le preguntó por qué había abandonado Palestina. “Porque todos se odian entre sí”, contestó aquella mujer desamparada. “Con el paso de los años se ha ido cimentando el mito de que Israel se creó porque un  mundo culpable quiso reparar la masacre de los judíos”, escribe Eva Figes. “Todo lo contrario: Israel surgió en buena parte como consecuencia de la presión de Estados Unidos para acabar con un problema pertinaz: qué hacer con los judíos detenidos por los nazis con el fin de ser asesinados pero que al terminar la guerra seguían vivos. Se les conocía como ‘desplazados’ […] y, para hablar claro, nadie los quería”.

Eva Figes sigue la historia de Edith y, al hacerlo, cuenta un momento decisivo del siglo XX. Lo cuenta con sencillez, pero también con rabia. Su libro masacra algunos tópicos, y sigue paso a paso la creación de Israel. Ese “error catastrófico”, según ella. Judía laica, en un momento dado estalla: “Jamás había pensado que un día sería testigo de una cultura del victimismo en la que los negros compiten con los judíos para ver quién ha sufrido más”. Y en ésas estamos. Este libro es una pequeña joya.
 
 


 

12 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

La soledad de Cuba

"En los primeros años de la Revolución Cubana, Fidel Castro se dirigía al pueblo de la isla con estas palabras: 'No les decimos crean, les decimos lean", cuenta Rafael Rojas en su último libro, El estante vacío. Literatura y política en Cuba (Anagrama). Era todavía en los tiempos del entusiasmo, cuando aún se celebraba  la caída de Batista y la llegada de los barbudos a La Habana, cuando nacían múltiples esperanzas y las viejas  ilusiones de igualdad y libertad parecían al alcance de la mano. Luego las cosas fueron cambiando, y lo que Rojas hace en su ensayo es ocuparse de los libros que ahora no se pueden leer en Cuba. La relación de autores y títulos pone los pelos de punta. La invitación a leer que hacía Fidel a los cubanos pertenece al más remoto pasado. Lo que desde hace tiempo ocurre en la isla es que los jerarcas del partido tienen sitiada a la ciudadanía y no la dejan leer más que lo que consideran estrictamente necesario. Y el que se salta las indicaciones se convierte de inmediato en "anticubano". Así están las cosas.  

Rafael rojas efe 
En un libro anterior, Tumbas sin sosiego, que ganó el Premio Anagrama de Ensayo de 2006, Rafael Rojas (la foto es de Efe) se dedicó a explorar la manera en que los intelectuales cubanos se enfrentaron al cambio brutal que se produjo en la isla en 1959 y trató también de las distintas formas que tienen de relacionarse con "los conflictos de la memoria" que derivaron de aquella experiencia. Desde el principio muestra como la deriva del castrismo, sobre todo a partir de su conversión en un régimen marxista-leninista en 1961, con la incorporación de nuevas "prácticas, valores, discursos y costumbres", ha ido provocando entre los cubanos una ruptura tal, una escisión tan grande, que las cosas tienen el aire trágico de una guerra civil. "Guerra civil, en el sentido pleno que le confieren historiadores como Ernst Nolde", escribe Rojas, "es la polarización de una comunidad desde el nivel familiar hasta el nacional, y experimentada en múltiples dimensiones: militar, política, ideológica, diplomática, cultural".

Con ese paisaje de fondo, Rojas recorre en ese libro las diferentes aportaciones de los intelectuales cubanos al debate público, su manera de entender el país que habitan, los desafíos de su futuro inminente, los mitos históricos que lo alimentan. "Un cubano se define por la sistemática ruptura con la seriedad entre comillas", decía, por ejemplo, Virgilio Piñera, que apoyó inicialmente la Revolución porque entendía (como Jorge Manach) que significaba la primera oportunidad histórica de pasar del "reino del choteo al reino del civismo", explica Rojas.

Hay en sus libros un  desgarro profundo, íntimo, lacerante, pero todos tienen también la extrema lucidez de quien aborda los hilos enmarañados del presente y los abismos insondables de un pasado tan cargado de conflictos --y borracho todavía de los afectos que la carga utópica de la Revolución derramó sobre el mundo entero-- con las armas transparentes de la razón y con la mirada corajuda de quien sabe que lo que para Cuba se avecina será muy duro. "La soledad de la isla es hoy mayor que en vísperas de la Revolución", escribe en Tumbas sin sosiego. Y también: "Cuba naufraga en las playas de Occidente, desprovista de una herencia liberal y republicana que reasegure su reinserción en la modernidad". Esa herencia podrían haberla encontrado en los libros, pero los comunistas cubanos, más que quemarlos como hicieron los nazis, los silenciaron. Si no circulan, no existen. Es otra manera de eliminar el debate público y de hundir a la ciudadanía. Pero lo que yo quería aquí era decir que Rafael Rojas es uno de los grandes pensadores de estos tiempos globales y quería, de paso, felicitarlo. Le han dado el primer Premio de Ensayo Isabel de Polanco por un libro sobre los republicanos que forjaron hace 200 años esa América hispana que ha tenido una historia tan llena de conflictos y fracasos. Un inmenso abrazote, pues: ¡enhorabuena!

07 octubre, 2009 - José Andrés Rojo

La vieja Nueva Orleans

Todo eso que se escucha en el último disco de Allen Toussaint tiene que ver con la muerte y la soledad, con el dolor, tiene que ver con el gusto por la compañía y con el pequeño placer de beberse un trago cuando cae la noche, esa música está empapada de tiempo y en cada sonido acumula fragmentos dispersos de una larguísima historia que tiene su origen remoto en la esclavitud. Sonidos negros, con la rabia acumulada por las continuas vejaciones, y con esa sabiduría que procede del afán de sobrevivir: el gusto de atrapar la más mínima felicidad en cuanto pasa por la puerta de casa. Si uno se toma muy en serio esta música, igual se pone a llorar o, quién sabe, directamente a bailar. Hay tanto de lamento como de celebración en The Bright Mississippi. El río pasa y ocurre de todo. Allen Toussaint ha grabado una obra maestra.

Allen toussaint 1 

Nació en 1938 en Nueva Orleans y lleva ya mucho tiempo en el negocio de la música. Ha compuesto algunos clásicos, su piano ha galopado en los discos de una corte de elegidos, productor, arreglista, cantante, músico de los pies a la cabeza y uno de los indiscutibles del sonido de Nueva Orleans. Ha hecho ese rhythm & blues propio de la zona, cargado de intensidad y pura energía. Toussaint es un caballero que ha estado en el frente con su compadre Dr. John, y que hizo algunos temas que están ahí, listos para ser devorados como deliciosos bocados de vitaminas puras. Miren sino a Labelle y su Lady Marmalade o a Otis Redding cuando cantaba su Pain in my Heart. Lo han versionado The Yardbirds, The Rolling Stones, The Who, Boz Scaggs…, y ha colaborado con Willy DeVille, con los Wings de Paul McCartney, con The Band, con Solomon Burke, con Elvis Costello, entre otros muchos. Sus maneras como pianista tienen además un ilustre precedente, Professor Longhair: un hilo directo con el blues más auténtico.

The Bright Mississippi es, sin embargo, otra cosa. Es como si se hubiera hurgado a fondo en la inmensa trayectoria de Allen Toussaint para quedarse con lo esencial, y a partir de ahí se hubiera iniciado un nuevo camino, marcado por la austeridad y la elegancia. Es algo distinto, que no tiene mucho que ver con la jovialidad de muchos de sus temas. El productor es Joe Henry, que ya había estado cuando se juntaron Toussaint y Costello, y que parece ocupado en conseguir que todo suene diáfano, transparente. Un día, hace tiempo, escuchó cómo Toussaint tocaba una pieza de Fats Waller y quedó traspuesto. Le preguntó si grabaría algo así. Toussaint contesto: "Never". Nunca.

Ese nunca ha terminado por ser este álbum, donde hay viejos temas populares y viejos clásicos del jazz (Bechet, Ellington, Monk, Reinhardt…). Todo con el aroma instrumental de Nueva Orleans (sólo hay un tema cantado por el propio Toussaint) y con una banda de lujo que incluye, entre otros, a Don Byron, Nicholas Payton y Marc Ribot. Cuenta Joe Henry que otra vez lo escuchó tocar, tras una sesión de grabación, un arreglo de Tipitina, de Professor Longhair. "Sonaba como algo que jamás había oído y como todo lo que había oído hasta entonces", escribe Henry. Una soberbia mezcla de música clásica europea, tango, jazz de antes de la guerra y una amplia variedad de sonidos populares, y todo ello articulado "con un ojo puesto en el blues". ¿Qué más se puede pedir?    

30 septiembre, 2009 - José Andrés Rojo

Ceremonia de la confusión

Hay un tipo en chándal, pantalones cortos y chaqueta, y con calzado deportivo que aparece entre el público poco antes de iniciarse la función. Es el teatro Valle Inclán, Madrid, Centro Dramático Nacional. En unos minutos va a empezar el Don Carlos, de Friedrich von Schiller, que ha dirigido Calixto Bieito. El tipo se pone a cantar una canción de los Beatles, desafinando, y tiene la rara cualidad de hacerse enseguida insoportable: por sus gestos, sus movimientos, su estilo, su voz. Se piensa entonces que seguramente se trata de un aperitivo inocuo. Pero no es así: ese tipo (Rubén Ochandiano) es el que hace en la función de Don Carlos. El personaje que construye es blando, sin relieves, llorón, y al que muchas veces ni siquiera se le entiende.

No han pasado muchos minutos y ya se ha bajado los calzones para dejar su miembro al aire. Delante suyo, el personaje de Isabel de Valois exhibe sus pechos desnudos. El director no debe haber creído demasiado en las palabras de Schiller y por eso los ha invitado a mostrar de ese modo que se deben de gustar. No pasa mucho tiempo y hay un pasodoble y que algún actor hace el ademán de torear. Conviene advertir otro detalle: los chicos visten con ropas de este tiempo y las chicas están enfundadas en trajes de época: no se sabe bien por qué. Otra cosa: cuando algunos actores están tratando de sus pasiones en el proscenio, en la parte de atrás los demás se dedican a hacer gestos: tampoco se sabe por qué. La pieza se desarrolla en un invernadero y, de pronto, surgen no se sabe de donde ni porqué un chico y una chica manchados de tierra. Tanto asunto intrascendente entretiene, pero de los conflictos de la obra no se tiene noticia alguna. La empanada mental del que puso en escena semejante engendro es monumental: ni siquiera en las piezas colegiales se consume tanta osadía en propuestas que nada significan.

Don carlos 

El Don Carlos de Schiller sigue teniendo un inmenso interés. De lo que ahí se trata, tal como analiza Rüdiger Safranski en su biografía del escritor alemán (Tusquets, 2006; traducción de Raúl Gabás), es de los abismos a los que puede conducir la moral revolucionaria. La gran tensión en la obra no es la que se produce entre el príncipe y Felipe II, pues a Don Carlos le falta dar el paso para romper con los lazos que lo atan a su desesperada pasión por la reina Isabel de Valois (y le falta por tanto autonomía política). Así que el choque, brutal y radical, es el que se produce entre el rey y el marqués de Poza. Uno representa el viejo orden; el otro, la libertad. El absolutismo frente a la revolución. En la imponente escena en que dialogan abiertamente y sin máscara alguna (y que en este montaje salva la impresionante interpretación que Carlos Hipólito hace de Felipe II: la otra actriz que cumple es Ángels Bassas como princesa de Éboli; y punto), Poza le dice al rey: “El hombre es más de lo que vos creéis”. Y Felipe II le contesta que ya pensará de otra forma cuando de verdad conozca la condición humana. Más adelante, el propio marqués pone por delante su afán por liberar Flandés a la fidelidad a su amigo Don Carlos: “El amor a la humanidad se traga el amor al individuo…”, escribe Safranski. Tres años antes de que estallara la Revolución francesa, Schiller anunciaba ya los excesos que vinieron después.

Una historia humana trágica, la de amar a la mujer del propio padre, con un trasfondo político apasionante. Hace falta decirlo, porque quien vaya a ver el Don Carlos que ha montado Calixto Bieito no se enterará de nada. Todo lo que ocurre sobre el escenario es un marasmo sin sentido, sin columna vertebral, sin garra. Ya al final, la reina Isabel envuelve el torso del príncipe Carlos con unas vendas, y va disponiendo los explosivos. ¿Qué quiere decir el director con la imagen? ¿Qué la causa del infante sólo es viable a través de su sacrificio (y el de los que se cargue en el camino) como terrorista suicida? Si así fuera, resulta inquietante indagar en las lecturas que podrían hacerse a partir de ahí sobre nuestro tiempo. ¿La causa de la libertad pasa por la destrucción de los demás? ¿Ha querido contar eso? ¿O se trata simplemente, y es lo más previsible, de una solemne gilipollez? Eso es: doblemente gilipollez por su excesiva solemnidad.

22 septiembre, 2009 - José Andrés Rojo

Porros y documentales

Carlos Busqued nació en 1970 en Presidencia Roque Sáenz Peña, en el Chaco argentino, y presentó su primera novela al Premio Anagrama. No lo ganó, pero el jurado recomendó que se publicara. Se llama Bajo este sol tremendo y empieza con un tipo, un tal Cetarti, que mira un documental sobre la pesca nocturna de los calamares Humboldt en el Golfo de México mientras fuma porros. Recibe una llamada de teléfono, le comunican una mala noticia.

Foto Carlos Busqued 2

Así empieza todo. Carlos Busqued tiene también un blog. Se llama La nutria es un animal del crepúsculo y la última entrada es del 16 de septiembre. En una anterior, del día 10 y donde ha subido de YouTube una versión de Camarillo Brillo, ese soberbio tema de Frank Zappa, escribe: "murió paquito, amigo con el cual pasé el 82% de las tardes de sábado entre 1997 y 2004. desde el año pasado las balas pican cerca. he visto morir a dos entrañables amigos, y enloquecer (literalmente) a otros dos. acá pueden escuchar un audio viejo del podcast, donde el pájaro nos cuenta al gusi bornancini (muerto hace dos años) y a mí, la época en que se fue a vivir con un travesti, porque no tenía dónde ir".

La mala noticia que recibe Cetarti en la novela se la da Duarte desde un remoto lugar del Chaco argentino. A su madre la mató allí de un tiro el hombre que vivía con ella y liquidó también a su hermano, que estaba de visita. Así que Cetarti coge el coche camino de Lapachito. Cuando entra en el pueblo, baja la ventanilla y lo golpea "una bofetada de olor a mierda". No hay nada lindo allí, explica el narrador, todo resulta desolador. Carlos Busqued va siguiendo a los personajes en los trámites inevitables que deben por fuerza realizarse después de un crimen. Papeleos, policía, morgue, cementerio. Recoger las cenizas de los finados. Y sus posesiones personales. Duarte, que se presentó como albacea del asesino, tiene unos sesenta años. Le explica a Cetarti que hay una fórmula de sacar dinero del percance, un seguro de vida. Él se ocupa, y luego reparten mitad y mitad.

Así pasan las cosas. Duarte se dedica con extrema meticulosidad a montar en su casa maquetas de aviones. También tiene un cómplice, Danielito, con el que se dedica a otras tareas menos edificantes. Y Danielito tiene una madre que tiene dos perros. Todo el rato los personajes están viendo documentales. Todo el rato están fumando porros. Todo el rato se habla de animales: de elefantes, de calamares, de insectos. Cetarti ve un enorme escarabajo en una gasolinera, resulta que es venenoso. Carlos Busqued ha construido un artefacto raro y muy bien armado, dominado por una extraña indolencia y donde suceden un montón de cosas terribles como si no pasara nada de nada. ¿Cómo resumir la atmósfera, el tono? “En ese momento, le hubiera gustado salir a la ruta sin un plan específico”, cuenta en un momento de Cetarti. "Derivar por el sistema nacional de rutas fumando esta marihuana que le quedaba, parando sólo en estaciones de servicio para cargar nafta, lavarse y comer. Tuvo un recuerdo agradable de los insectos impactando contra el parabrisas, segundos después de ser iluminados por el auto. Dormir al costado del camino. Dejarse llevar. Estrellarse contra algo en la ruta, a última hora de la tarde". 

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