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Sobre el Autor

José Andrés Rojo (La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas.

Correo: jarojo@elpais.es

Sobre el Blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

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08 julio, 2009 - José Andrés Rojo

Aire fresco

Kool and the Gang estuvieron anoche en la Casa de Campo. Desde las butacas del graderío se podían ver unos cuantos árboles, soplaba una agradable brisa y, ya con el concierto bastante adelantado, una luna redonda fue subiendo a las alturas (espectacular). La ciudad de Madrid vista desde ahí, con el impecable swing que ponía de fondo la legendaria banda de los setenta, tiene cosas admirables y otras nauseabundas. El Palacio Real es magnífico, por ejemplo, y eso genera unas incontenibles ganas de bombardear el edificio de al lado, la Almudena. Volar ese pegote y fulminarlo hasta que desaparezca del todo: ¡qué tentación! Hay también unos cuantos edificios de una fealdad irreparable, qué se le va a hacer. Pues casi concentrarse de lleno en los diez caballeros que estuvieron sobre el escenario. Diez tipos vestidos de blanco. Moviéndose incansables. Y consiguiendo el prodigio: que todos trajinaran el esqueleto como quien se desliza empujado por un incontenible derroche de puro regocijo. Aire fresco en pleno verano madrileño.Kool-and-the-gang

La banda se formó en New Jersey (la imagen es de hace unos cuantos años) y su primer disco se publicó en 1969, así que reinaron en los setenta. Anoche lo preguntaban desde el escenario, que si había ganas de volver a aquellos años de bailoteo y frivolidad y simples ganas de pasarlo bien. El público contestó que sí. Y Kool and the Gang, con toda su larga historia a cuestas, se comportaron como unos adolescentes con ganas de divertirse. Hay que dejarse penetrar por esa guitarra rítmica, o por los golpeteos del bajista, que marcan el orden con que mover los zapatos, y luego balancearse con los metales —el trombón, el saxo, la trompeta—  cuando entran a interrumpir la marcha incesante de los estribillos. “Romantic lady / Single baby / Sophisticated mama”, eso dicen en una canción. No, con Kool and the Gang no hay ninguna complejidad.

Hubo homenajes a Michael Jackson y a James Brown, tocaron el tema suyo que se incluyó en Saturday Night Fever, se acordaron de Miles Davis para hacer algo de jazz a la manera de Kool and the Gang. Conviene, en cualquier caso, subrayar dos momentos (aunque en esto, como en todo, cada cual tendrá sus gustos): cuando irrumpió en el escenario de la Puerta del Ángel de la Casa de Campo la imponente e irresistible Get down on it, y el final, con Celebration desatando lo que quedaba por desatar.

Kool and the gang reuters

Había en Madrid ayer otra opción, el concierto de Antony & the Johnsons. Entre quebrarse el alma con los melancólicos gemidos de Antony Hegarty o precitarse en la liviana ebriedad de los ritmos de Kool and the Gang (la foto es de Reuters), como que da más felicidad la segunda de las alternativas. Así que encantado de haber estado colgado de la luna en los Veranos de la Villa de la Casa de Campo. Y, por cierto, ¿qué hacía yo en los setenta? Pues estaría distraído con cualquier otra cosa porque a Kool and the Gang los conocí recién anoche. Nunca es tarde. 

07 julio, 2009 - José Andrés Rojo

Los inclementes

Un escritor español acude a una cita en un hotel de Santiago de Chile y se encuentra con un tipo al que le acaban de pegar un balazo. Le esperan ahí unas cartas, escritas por Salvador Allende, en las que el presidente socialista le pide armas a Fidel Castro para sostener su proyecto revolucionario. Es el propio Luisgé Martín el que se ve envuelto en tan disparatada situación, convertido así en el personaje central de Las manos cortadas (Alfaguara), su última novela. Así que tenemos un cadáver y un embrollo, el telón de fondo de la época de Allende en Chile, un supuesto guiño a la violencia de la revolución cubana, un escritor que se ha enchufado a sí mismo como protagonista de su libro, y hay incluso un taxista que recoge al autor angustiado y le sirve de lazarillo por los paisajes del país latinoamericano. Luisgé Martín ha librado, pues, una guerra en varios frentes y ha salido indemne. Lo que resulta más sugerente de su desafío es que haya incorporado, en medio de una trama trepidante, la necesidad de mirar cara a cara a los mitos de la propia juventud.

Luisge martín carlos rosillo

A  eso se le podría llamar novela política. O, quizá, lo que la novela de Luisgé Martín (la foto es de Carlos Rosillo) procura es plantear una pregunta política, que es también una pregunta moral: ¿estaría dispuesto a liquidar a alguien, si estuviera en su mano, del que sabe positivamente que hace el mal, que ocupa una posición de poder y controla una serie de hilos y que esos hilos conducen a la muerte y la destrucción de seres inocentes? Pinochet podría servir como ejemplo. Esta novela reconstruye ese periodo de Chile: el de Allende y el del golpe y la brutal represión. Y lo que pasó antes y lo que pasaría después. El motor que mueve sus engranajes es el de volver hacia atrás bajo la hipótesis de que también Allende hubiera sido un canalla.

En Las manos cortadas hay muchas novelas dentro de una. Luisgé Martín está presentando un libro suyo en Santiago y las cosas se le complican con un muerto cuando lo buscan para entregarle unos documentos, unas cartas y un proyecto para fundar un campo de prisioneros, que desmontan la imagen que hasta ese momento ha tenido de Salvador Allende. Así que hay una novela policiaca, la que cuenta las peripecias del autor para desvelar un crimen. Durante ese proceso se va enredando con múltiples historias paralelas, que le sirven para reconstruir lo que pasó entonces en Chile. La historia de los Savonarola, una familia de empresarios mordida por la decadencia y las crisis, y la historia de Víctor Larrañaga, que hace una fulgurante carrera desde un periódico, y ese inmenso folletín que es la vida de esa mujer ciega, que sale de la nada y llega a la cumbre, Sandra Flechart. Hay también una novela de viaje, donde el autor entra en sus propia zonas inexploradas mientras recorre el desierto chileno. Y está, en fin, esa novela política del gobierno de Allende y del golpe de Pinochet.

Cuando Luisgé Martín está embarcado en la reconstrucción de la vida de Álvaro Savonarola, escribe: "Siempre me he preguntado, con fascinación, en qué momento exacto se convierte un joven altruista y bondadoso en un escéptico sin escrúpulos. En qué instante comienza alguien que ha creído en la fraternidad y en la indulgencia a preferir la compañía de los inclementes". Tal vez, al final, de lo que trata Las manos cortadas es justamente de eso: de la piedad. Y escudriña y rasca y sacude a sus personajes, y a los paisajes y a la historia de Chile, para entender qué es lo que eso significa, qué lugar ocupa en nuestras vidas, de qué manera marca nuestro trato con la confusa realidad que habitamos.

01 julio, 2009 - José Andrés Rojo

Una larga y grata compañía

Tusquets cumple cuarenta años de vida, así que lo estamos celebrando, y yo me he ido a husmear en la biblioteca a ver lo que pescaba. Y lo que he pescado son unos cuantos libritos dorados, pequeños, delgados. Forman parte de la colección Cuadernos Marginales y, vaya, todos pertenecen al mismo autor: Samuel Beckett. Me he dicho que no hay mejor manera de felicitar a un editor que leyendo a sus autores, así que he vuelto a empezar Residua. Fue el título que abrió aquella colección, reúne cuatro textos de Beckett y el prólogo y la traducción son de Félix de Azúa. Yo lo compré en febrero de 1981, pero Tusquets lo publicó el año en que empezó su aventura, 1969. Leo en De una obra abandonada, la primera de las narraciones: "Los patos puede que sean lo peor, verse de pronto pataleando y tropezando en medio de los patos, o de las gallinas, cualquier clase de volátil, hay pocas cosas peores". Seguro que tiene razón, ya ven, es el inequívoco mundo de Beckett. Hmmm, ¡los patos!

Samuel beckett jane brown  

Sí, Tusquets cumple cuarenta años y el pasado jueves 18, Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid invitaron en la sede de la editorial a una cena íntima, y se trajeron a medio mundo y parte del extranjero (y la cita siguió siendo íntima). Pero no debería hablar de estas cosas, que me pierdo, casi mejor seguir con Beckett (la foto es de Jane Brown y pertenece a la Nacional Portrait Gallery). Tusquets empezó con Residua, y muy pronto siguió con unos Relatos, y luego con Textos para nada, y Primer amor y Sin, seguido de El despoblador y Detritus… Todos esos pequeños volúmenes dorados están llenos de palabras que estremecen. Escribe Beckett en una de las piezas de uno de estos libros: "Variada, mi vida es variada, no llegaré a nada. Lo sé, aquí no hay nadie, ni yo ni nadie, pero no son cosas que deban decirse, así pues, no digo nada. En otra parte no digo que no, en otra parte, ¿puede existir otra parte en este aquí infinito?".

Entre los patos y la nada, he ahí un buen resumen de la marcha de las cosas. J. M. Coetzee dijo de Beckett (en Mecanismos internos. Ensayos 2000-2005; Mondadori, 2009) que "se decidió finalmente por la comedia filosófica como medio para su temperamento arrogante, escrupuloso, cargado de una angustia única y totalmente inseguro de sí mismo". Explicaba también que había conseguido definir "el estado de ánimo de una era", y lo hacía después de recordar que su nombre había quedado asociado, en la mentalidad popular, con Godot, el misterioso Godot, "que tal vez venga o tal vez no pero al que esperamos en cualquier caso, pasando el tiempo lo mejor que podemos".

Cuarenta años de lecturas para ir pasando el tiempo lo mejor que podemos, eso es lo que nos han ofrecido quienes trabajan en Tusquets. Beckett es sólo un nombre más de su catálogo. Con su humor y su visión desastrosa de todo (y sus patos). Es entrañable y frágil y brillante. Es de esos escritores a los que se ama de manera incondicional, como se ama también a sus editores, entre los que, en España, está Tusquets. Muchas felicidades.

30 junio, 2009 - José Andrés Rojo

El inmenso gusto de leer

Lo que Rafael Conte hacía eran críticas de libros para los periódicos. Nada que ver con el mundo académico. Sus textos tenían la inevitable urgencia de lo inmediato y formaban parte de eso que se llama actualidad. Hay algunos que, por eso, miran con desconfianza el género que practicaba: consideran que para pronunciarse de verdad sobre una obra es necesario que pase el tiempo. El caso es que trabajaba recorriendo el fino alambre del presente y que lo hacía de manera apasionada. Procuraba darle al lector algunas herramientas. Buscaba los hilos que la obra establecía con la tradición y desentrañaba sus desafíos, contaba del autor y de su tiempo, se sumergía en las resonancias de cada pieza. Como otros de su estirpe, de lo que Conte se ocupó fue de darle a la literatura un empujón para que se mezclara con el mundo. Ésa era su invitación, que leyéramos esta novela o aquélla, a éste o al autor de más allá, pero que lo leyéramos ya. Hoy, a las ocho de la tarde, en el Salón de la Actos de la Asociación de la Prensa de Madrid, Ángel Sánchez-Harguindey, Constantino Bértolo, Delia Blanco, Antonio Martínez Sarrión y Guillermo Altares recordarán a Rafael Conte, que falleció el pasado 22 de mayo.

Foto
Llevar la literatura a los periódicos, y hacerlo con la idea de dar unas cuantas pistas para disfrutar mejor de cada obra y de poner también en circulación una serie de valores. Un oficio cargado de riesgos, porque Conte (la fotografía es de Bernardo Pérez) de una u otra manera terminaba pronunciándose. Escribía para lectores, barajaba argumentos y explicaba por qué le había gustado una novela y por qué otra le parecía del montón. En el homenaje que hoy le tributan en Madrid quién sabe si una de las cuestiones pertinentes fuera la de ponerse a pensar por el sentido profundo del trabajo que hizo. Y de hacerlo en un momento donde el espacio para las críticas de libros es cada vez menor en los periódicos. ¿Ha habido algún cambio relevante en la información literaria? ¿Quién está ahí, al otro lado de la barra?

Porque durante muchos años los que estuvieron ahí, y buscaban los textos de Conte, lo que les pedían a los periódicos era elaboración, que se trabajara con las noticias para informar a fondo, y lo que se esperaba, por tanto, era criterio, orientación y argumentos. Incluso se podía acudir a la barra con la bronca puesta para enmendarle la plana a la autoridad, a la autoridad del papel, a la autoridad de la prensa. Para enmendársela de manera silenciosa, claro, porque la lectura conservaba aún ese aire de ir triturando y confrontando las razones de los otros con las propias razones, como en un largo diálogo callado en el que se batalla y se piensa y se aprende y se cambia y se disfruta y uno se va irritando o convenciendo y se va transformando. ¡Cómo iban a chirriar en ese contexto dos o tres folios sobre un libro, con las consideraciones del crítico sobre su escritura, sobre el estilo del autor o su visión del mundo!

¿Han cambiado las cosas? Pues seguramente sí y seguramente no. A veces los periódicos tratan con los del otro lado de la barra como si fueran consumidores de noticias y no lectores de información. Luego está la red, que establece nuevas pautas, y que parece exigir que todo vaya más rápido y que, más que triturar lo que se va leyendo hasta asimilarlo, se proceda de inmediato a dar mordiscos voraces a unas cuantas migajas de fulminante actualidad que circulan a velocidad de vértigo. Sí que se han reducido las reseñas. Quienes desdeñan las críticas ahora no lo hacen porque piensen que hace falta tiempo para pronunciarse, sino por lo contrario: porque llegan tarde. Hay operaciones, sin embargo, que no envejecen tan rápido. Como el gusto por leer. Ese gusto que Rafael Conte practicó tanto y con tanto placer que no tuvo más remedio que ponerse a escribir sobre lo que leía.

29 junio, 2009 - José Andrés Rojo

Parados

Muchas de las imágenes de Dorothea Lange atrapan a hombres, mujeres y niños que están detenidos. Parados. Quietos. No son imágenes angustiosas, ni están cargadas de un dramatismo, por así decirlo, suplementario. Lo que cuentan es otra cosa. La espera y la nada. Todo esto queda resumido en una frase que escuchó la fotógrafa de uno de los hombres que huían de una tormenta de polvo que se levantó en 1934 en Oklahoma. "Hemos sido arrasados". Y de eso trata la exposición que se puede ver en la Fundación ICO de Madrid, en el marco de PHotoEspaña. De lo que ocurre después de la tormenta. De las ruinas humanas de la Gran Depresión.Dorothea lange 1

Parados, quietos, a la espera. Dorothea Lange tenía en San Francisco un estudio de fotografía donde los clientes acudían para ser atrapados por la cámara en la mejor de sus poses. Un día se asomó a la ventana, y las cosas cambiaron drásticamente. Cogió sus herramientas y salió a la calle. A partir de ese momento, sus mejores imágenes surgieron de la batalla de aprender a mirar lo verdaderamente relevante de lo que está ocurriendo. Y agarrarlo en sus imágenes. Lo que Dorothea Lange vio, y contó como pocos lo han hecho, era que la gente había sido arrasada y forzada a esperar. Lo que descubrió al asomarse a la ventana de su estudio en San Francisco fue a un grupo de gente que no estaba haciendo nada. Hay que recorrer, una detrás de otra, las imágenes que hizo en la calle Howard, la de los parados, Skid Row la llamaban, para entender de lo que trata.

Y de lo que trata tiene un cierto aire bíblico. ¿Qué ocurre cuando las circunstancias acaban con todo lo que se había proyectado? ¿Qué pasa cuando algo te aparta del curso de las cosas y te convierte en un extraño en tu propio mundo? ¿Qué hacer cuando dejas de ser lo que has sido y no queda otra que someterse al capricho azaroso de los cosas? ¿No hay, no parece haber en todo ello, el eco de un castigo divino? Hombres parados, mujeres amarradas a sus hijos, niños con el futuro colocado entre paréntesis. No, no fue ningún castigo divino. Fue la crisis de los años treinta, la Gran Depresión.

Y fueron también las desgracias que nunca llegan solas: tormentas de arena, sequías, reconversiones tecnológicas que dejaron a la gente del campo sin trabajo. De pronto ocurre lo imprevisible: nada, no hay nada, nos hemos quedado sin nada.  Mineros de Tennessee, granjeros de Nuevo Mexico, paisajes vacíos y trastos abandonados, campamentos y hogares improvisados al lado de cualquier camino. Hay mucha mugre, todo parece frágil, no hay otra salida sino la de errar en una atmósfera de radical provisionalidad. Hay carromatos que van de un lado a otro y que subrayan que todo ese movimiento no es sino otra forma de estar parados. Yendo de una imagen a otra de Dorothea Lange resulta inevitable pensar en el fotógrafo (en el artista) que debería contar la crisis de hoy, en el que supiera sacar a la luz del reducto abstracto de las cifras y estadísticas el silencioso y vertiginoso sufrimiento de cuantos han sido arrasados.

17 junio, 2009 - José Andrés Rojo

“Un leve e inquietante zumbido”

Escritor_Juan_Benet "Iba enfundada en un abrigo claro de color canela, apretado a la cintura, calzada con unos zapatos de tacón bajo y el pelo recogido bajo un pañuelo de seda cuyos lazos caían a la espalda con displicente y macabra soltura". Así describe Juan Benet a la mujer que aparece de pronto en Región y se acerca a la clínica donde trabaja el doctor Daniel Sebastián. Volverás a Región, la primera novela que publicó el escritor (en 1967) y que ha recuperado Debols!llo, se inicia con una minuciosa descripción de ese territorio imaginario donde iba a situar, desde entonces, las peripecias de sus personajes. Luego trata de la Guerra Civil en aquella zona, pero es un poco después cuando la narración levanta vuelo a través de un extraño cruce de monólogos.

Marré, la hija del coronel Eduardo Gamallo (el que sofocó la resistencia republicana durante la Guerra Civil en Región), ha vuelto persiguiendo la quimera de recuperar los pocos momentos de plenitud y pasión de su vida, los que vivió con Luis I. Timoner en las postrimerías de la contienda. Así que llega donde habita Sebastián, que ya sólo se dedica a la bebida y al cuidado de un niño enloquecido. Luis era su ahijado y el doctor había amado, de manera tan apasionada como inútil, a su madre. Así que se encuentran y hablan. No dialogan, se sumergen en largos soliloquios con los que reconstruyen sus respectivas historias y van dejando caer, como comentaba Javier Marías, algunos "latigazos de pensamiento". Copio unos cuantos:

"Le voy a decir en pocas palabras lo que yo creo que es el tiempo. (…) Es la dimensión en que la persona humana sólo puede ser desgraciada, no puede ser de otra manera. El tiempo sólo asoma en la desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor. Sólo sabe hablar del destino, no lo que el hombre ha de ser sino lo distinto de lo que pretende ser. Por eso no existe el futuro y de todo el presente sólo una parte infinitesimal no es pasado; es lo que fue".

"Quizá me equivoque, pero ahora me parece tan evidente… sólo lo que no pudo ser es mantenido en el nivel del recuerdo –y en registros indelebles—para constituir esa columna del debe con que el alma quiere contrapesar el haber del cuerpo. Así que la memoria nunca me trae recuerdos; es más bien todo lo contrario, la violencia contable del olvido".

"Entonces me dije: mírate por dentro, ¿qué guardas en el fondo de tu más íntimo reducto? Ni es amor, ni es esperanza, ni es –siquiera– desencanto. Pero si aplicas con atención el oído observarás que en el fondo de tu alma se escucha un leve e inquietante zumbido –hecho de la misma naturaleza del silencio--; y es que está pidiendo una justificación, se ha conformado con lo que ahora es y sólo exige que le expliques ahora por qué eso es así".

"Mejor dicho, este mundo no es una trampa, sino un escondrijo (en cierto modo gratuito y frívolo, muy propio del diletante que carece de energías  y motivos para abordar una actividad seria) que ese hombre se ha fabricado para ocultarse a su propio demonio. Incluso el humor procede de ahí, de la actitud de quien, quieto y oculto, ve cómo los demás corren frenéticos en pos del agujero que él ocupa" .

16 junio, 2009 - José Andrés Rojo

Cuando el caballo galopa

Hay un cadáver en la plaza de uno de los pueblos de Región, el territorio imaginario que levantó Juan Benet para que sus criaturas vivieran en sus confines, y nadie de la zona sabe de quién se trata. Al capitán Medina le tocará intervenir en el asunto y tendrá, además, faena porque dos reclutas se le han escapado del cuartel. El doctor Sebastián visita a la anciana Tinazia Mazón, empeñada en cumplir su último capricho, y ha vuelto Fayón después de varios años en el exilio. A Amaro, un hombre de la montaña, le proponen un negocio turbio. La Fajón se ha instalado en la zona y regenta el bar Doria, que ejerce de prostíbulo encubierto. Hay en esta historia una violación, una persecución, balazos, una venganza. Es El aire de un crimen, que Debolsillo acaba de rescatar en la biblioteca que dedica al autor de Una meditación.

Juan benet chema conesa

Cuando se publicó esa novela, después de quedar finalista en el Planeta de 1980, las habladurías sobre la oportunidad de que un escritor como Juan Benet (la foto es de Chema Conesa) se hubiera presentado a ese premio terminaron por ocultar la propia relevancia de su propuesta. Un tipo oscuro, fino e inteligente y que hacía literatura de altos vuelos compitiendo en un certamen de vocación tan comercial: algo chirriaba ahí. Así que se pusieron en marcha dos discursos para salvar la incongruencia. Muchos explicaron que aquello no era más que otra boutade del escritor, y otros decidieron colocar la novela en la estantería de las obras menores de Juan Benet. De lo que se trataba era de borrar una afrenta inconcebible: que un gran maestro coqueteara con los escaparates.

En El aire de un crimen está, sin embargo, el mundo de Benet en estado puro. Escribir novelas con argumento, contaba en aquellos días, "es lo más fácil del mundo". "Una vez abocetado, el propio argumento y los personajes tiran del escritor como unos caballos de las bridas. Lo difícil es escribir una novela sin argumento". Así se pronunciaba el autor y, no se sabe muy bien por qué, se debió de entender que defendía la dificultad como criterio de excelencia literaria. O así lo entendieron algunos, a los que les dio por despreciar, pongamos por caso, la facilidad de deslizarse con patines sobre el hielo y que, en cambio, celebraron el reto de subir montañas con la mochila cargada de pedruscos.

El aire del crimen es eso: deslizarse sobre la límpida superficie de un soberbio artefacto literario. ¡Imaginen como ha de volar quien se despoja de pronto del enorme peso de sus desafíos! Benet acababa de terminar una novela en la que había invertido siete años, Saúl ante Samuel ("un libro pesadísimo, quizá el más pesado que me he propuesto nunca"), y escribió El aire de un crimen en un mes, siguiendo el rastro de cuatro capítulos que había elaborado un poco antes. En sus páginas está Región y está la complicada trama de los deseos y las ambiciones del hombre, están los enigmas que lo han obsesionado (¿cómo se atraviesa de pronto esa sutil línea que separa lo correcto de lo incorrecto?), están la presencia trágica de la Guerra Civil y las ruinas morales de la España de finales de los cincuenta (con sus episodios de sexo sórdido y la mediocridad propia de un mundo fantasmal). Y, efectivamente, recorres el libro galopando sobre un corcel salvaje que avanza implacable para precipitarse en las zonas más oscuras de ese viejo y gastado e inservible mecanismo, el alma humana. Una joya. 

15 junio, 2009 - José Andrés Rojo

“No hay sino tinieblas y misterio”

Juan benet luis magan

"El hombre de letras que más me interesa es el que vive fundamentalmente de la incertidumbre; él sabe que el misterio que nos rodea no será esclarecido nunca (lo cual, en cambio, pregona el hombre de ciencias), sabe que fuera de ese pequeño ámbito iluminado del conocimiento, no hay sino tinieblas y misterio". La cita está tomada de un texto de Juan Benet (la foto es de Luis Magán), Escribir, que se incluyó en Infidelidad del regreso, uno de los libros que ha publicado cuatro. ediciones del autor de Herrumbrosas lanzas.

Hace unos meses que Debolsillo ha iniciado, a cargo de Ignacio Echevarría, la publicación de una Biblioteca Juan Benet que reunirá algunos de sus títulos más importantes. Ahí han aparecido de nuevo Volverás a Región (1967) y Una meditación (1969) con la inclusión de los cortes a los que obligó la censura franquista. Fueron esas dos novelas, densas y duras de leer, las que sacaron a Benet del anonimato y lo convirtieron en un autor que tenía algo que decir. Como lo dijo de una manera compleja, hay quienes lo han admirado por su lucidez y maestría y otros, en cambio, que lo han despreciado por ser demasiado difícil. Es un resumen un poco simple, les ruego me disculpen, de la conflictiva relación de Benet con el público, la crítica, sus colegas y los lectores.

El caso es que es una magnífica oportunidad de volver sobre sus libros --han aparecido también Un viaje de invierno (1972), La otra casa de Mazón (1973), Saúl ante Samuel (1980) y El aire de un crimen (1980)--, y para enriquecer esta reinmersión benetianale he ido echando vistazos a aquellos volúmenes, como el ya citado, que cuatro. ediciones ha publicado en los últimos años (Cartografía personal, Puerta de tierra y Una biografía literaria), y que incluyen ensayos que se encuentran con dificultad, artículos diversos sobre sus gustos literarios, piezas sobre los más variados temas, entrevistas, etcétera. Les copio algunas de sus ideas sobre esto y aquello:

"En una entrevista que, en su día, fue muy famosa, hecha hace treinta años, Faulkner le dijo a una periodista: 'El escritor de fuste, de raza, si para escribir una cosa tiene que matar a su madre, pues que la mate'. Ablandando la afirmación de Faulkner, si el escritor para escribir tiene que matar al público, que lo mate. Y si después de que lo ha matado, se muere de hambre y tiene que sacrificarse y trabajar como ferroviario, pues que trabaje como ferroviario. Pero si no tiene ninguna necesidad y no siente esa compulsión y está perfectamente concorde con su público, y ambos forman un buen maridaje, se combinan en sus servicios, tampoco hay por qué pedir acciones heroicas al escritor".

"Se ha dicho con frecuencia que un crítico es un creador fracasado (…). Yo, desde una perspectiva genética, opino en buena medida lo contrario: el novelista es un crítico fracasado, un hombre que por querer llevar hasta un límite imposible el conocimiento del arte que le apasiona –o de uno solo de los productos de su predilección– no encuentra otra salida que la creación, a la vista del rechazo que la obra de arte opone al conocimiento total analítico".

"Yo comencé a escribir desde muy joven, siendo estudiante, y, con excepción de algunos viajes fugaces, nunca había salido de Madrid, no conocía en absoluto el medio rural de España, entonces sentí la necesidad de inventarme una geografía propia, un medio rural abstracto donde empezaron a vivir mis personajes y los episodios en que se ven involucrados. Pero cuando acabé la carrera de ingeniero y me fui a trabajar al campo, al noroeste de la Península, tomé contacto con la vida rural, con la vida en la cual se desarrolla mi asunto novelesco y comencé a vivir la vida y el ámbito de mis personajes que se mueven a pleno campo, ni siquiera en pueblos, en zonas rurales muy recónditas, apenas comunicadas y casi despobladas. El trato que tuve con ese medio rural vino a materializar aquel país atrasado, hostil y empobrecido que yo, en abstracto, había intentado describir. Cuando lo ví y lo viví comprobé que aquellos rasgos muy propios de los montañas leonesas o asturianas se correspondían con los rasgos de mi  pueblo inventado, con los rasgos de Región. Mi obra en sus comienzos fue, pues, un boceto a lápiz que al conocer la realidad pude llevar al óleo".

12 junio, 2009 - José Andrés Rojo

“Es en color”

Vals_con_bashir_08 Al final de Vals con Bashir, la película de animación de Ari Folman que narra la guerra del Líbano de principios de los ochenta, de pronto irrumpen imágenes reales. Son trozos de películas de archivo, de noticiarios de la época seguramente, y no tienen grandes pretensiones artísticas. Más o menos son las mismas imágenes que vemos con relativa frecuencia cada vez que se nos informa de un conflicto: mujeres llorando, expresando su impotencia, dando bocados de furia contra un mundo impasible y terco, indiferente a su sufrimiento. 

Si esas imágenes tienen, por así decirlo, una fuerza letal en la película de Folman es porque antes nos ha ido contando las cosas en otro registro. Los dibujos tienen siempre un aire de inocencia infantil, y puedes ver a esos soldados disparando incansables contra el paisaje, sea lo que sea lo que pueda encontrarse ahí detrás, como si la capacidad de destrucción de sus armas no hiciera mella contra nada. Acaso Folman se ha servido de ese lenguaje y de esos procedimientos porque no encontraba otra manera de enfrentarse a aquellos horrores en los que participó sin enterarse de la envergadura de los mismos, sin asomarse de verdad al dolor y al sufrimiento de los otros. Quién sabe. La película cuenta eso: voy a enterarme de lo que hicimos en aquella guerra, dice uno de los personajes, y se pone a preguntar. La cosa se resuelve en viñetas, donde se utilizan unos cuantos colores (amarillos, verdes, marrones…). Y ahí van los jóvenes israelíes y entran en Líbano y llegan a Beirut. Luego ocurren, en el oeste de la ciudad, las matanzas de Sabra y Chatila, los campos de refugiados donde estaban refugiados los palestinos. Los soldados israelíes están afuera, como turistas que asisten impertérritos al espectáculo del horror, tirando (como mucho) bengalas para iluminar el trabajo sucio de las milicias cristiano-falangistas.

Ves todo eso, y al final salen las mujeres de verdad y los cadáveres de verdad. Joder, ¡qué cosa más seria, qué disparate! Así que me iba acordando de dos libros que cuentan desde los ojos del soldado la calamidad de las guerras (de las de hoy: ejércitos poderosos que masacran a poblaciones débiles que se defienden recurriendo al terror, indiferencia por las poblaciones civiles, ambiente de locura en las tropas que nada saben de lo que hacen…). Uno es el de Arcadi Babchenko, La guerra más cruel (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg), donde trata de Chechenia, y habla justo de colores:

"Siempre había pensado que la guerra sería en blanco y negro. Pero es en color. No es cierto que los pájaros no canten y que los árboles no crezcan. En realidad, la gente era asesinada en medio de colores brillantes, entre el verde de los árboles y el azul del cielo. A nuestro alrededor la vida brotaba esplendorosa, los pájaros gorjeaban y las flores crecían. Había muertos sobre la hierba, y sin embargo no daban miedo, porque formaban parte de ese mundo de color".

El otro hace referencia a la mirada de esas víctimas inocentes, y es de Hirbet Hiza. Un pueblo árabe (Minúscula), de S. Yizhar. Y se puede aplicar a los palestinos que son evacuados de Sabra y Chatila antes de que se produzcan las matanzas:

"Nos miraban estupefactos, desesperados y con esa pizca de curiosidad que suele aflorar del pavor, de la ofensa, del abatimiento, del desastre y de la sorpresa que causa una desgracia que acaba de ocurrir, y como, al parecer, tenían la impresión de que ahora todo se les iba  aclarar, lo único que esperaban es que pasara algo excepcional y cuanto antes".

11 junio, 2009 - José Andrés Rojo

El animal al acecho

"Una familia es un animal extraño, siempre al acecho", escribe Berta Vías Mahon en Los pozos de la nieve (Acantilado), su última novela. "Un animal negro, con muchas patas, que de pronto sale un día de su escondite". El caso es que todo empieza en un cementerio, cercano a Cuacos de Yuste, donde están enterrados veintiséis soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial y ciento cincuenta y cuatro de la Segunda. El narrador va leyendo lo que dicen las lápidas, repitiendo unos cuantos nombres de una lengua extraña. Está a punto de tomar la palabra, a tirar del hilo, a  leer las historias que vivieron los demás. Y lo que le va a tocar  después es justamente eso: lidiar con el fiero animal que irrumpe desde lejos en la vida de ahora, y poner en escena un antiguo secreto. Que es en la familia "donde con más frecuencia se practica la manipulación, el chantaje, la violencia". Berta_vias_mahou_

Las cosas empiezan en Alemania cuando Abraham Stauffer llega en 1848 a Nuremberg y se casa con la última hija del cervecero Hans Ruckert. Es uno de los hijos de esta pareja, Conrado, el que se instalará después en Madrid para trabajar como ingeniero en otra fábrica de cervezas. Su hija será la que se case, en este caso, con el hijo del dueño. Alemania y España, pues, se van mezclando, y se irán mezclando más aún a través de otras historias.

No ha pasado demasiado tiempo en la novela y el narrador está ya explorando en los episodios terribles de la Guerra Civil. Porque lo que cuenta, lo que de verdad importa de su narración, es la historia de sus abuelos. Se conocieron durante el conflicto. Ella era alemana; él, español. Había nieve en Cercedilla cuando esa chica de 24 años encontró a un joven un poco menor a punto de morirse por un tiro que le habían dado los de su propio bando. Berta Vías Mahou describe la energía de aquella dama, capaz de atravesar sola un bosque de noche o de cruzar una cordillera nevada moviendo sus bastones de esquí. Atrevida e inteligente, ha viajado ya por media Europa en su motocicleta con su mono de cuero y su mochilla. Recoge al muchacho con Tarsila, la empleada que la acompaña durante su huída (fueron a buscarla los milicianos a su casa de Madrid), y de pronto toda la distante fortaleza de aquella chica se viene abajo al tener delante el cuerpo desnudo de un hombre. Así que, tan distintos, se amarán en mitad de la guerra. Y luego se separarán.

Hay un montón de historias de soledad en la novela de Berta Vías Mahou, y hay amores que se rompen y está el afán de sobrevivir y las inevitables complicaciones de unos tiempos difíciles. La riqueza de su propuesta es la de haber conseguido acercarnos a los vencedores que al final pierden. Y también a los perdedores, que perdieron de todas formas. Al viejo alemán que calla porque descubre el horror del nazismo y al nieto que celebra su iconografía de fuerza y destrucción. Hay en la novela un crimen. El animal al acecho está ahí y pega un salto, y deja flotando dos grandes interrogantes que abruman al narrador. ¿Cómo pudo seguir siendo republicano su abuelo después de lo que le hicieron los suyos a su padre y a su hermano? Y el otro: “¿Se puede ser nazi sin ser un criminal o un cretino?”.


 

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