40 Aniversario

Involucrarse en la realidad

Por: | 30 de junio de 2014

Hace ya años, en 2002, se publicó en el Reino Unido el polémico libro Koba el Temible. La risa y los Veinte Millones (Anagrama, 2004; traducción de Antonio-Prometeo Moya), donde Martin Amis se aplica con saña a liquidar cualquier justificación que pueda hacerse del comunismo. Es un libro cargado de metralla, un panfleto que va directo al grano y que no se anda por las ramas, y en el que Martin Amis acaso abusa de las referencias personales. Hay ratos en que los horrores que recoge provocan un nudo en la garganta y, por eso, es inevitable que de la sucesión de crímenes hechos en nombre de la revolución sea la propia revolución la que termine desvirtuada. Martin Amis está pensando en su padre, que murió en 1995, cuando va colocando una palabra detrás de otra, y tiene también presente a su amigo Christopher Hitchens. En la carta que le dirige a este último, y que abre la tercera parte del libro, le dice: “...se me hace cuesta arriba entender por qué no pones más distancia entre tú y esos actos que organizas, con tu veneración por Lenin y tu impenitente discipulado de Trotski. Estos dos hombres no se limitaron a preceder a Stalin. Crearon un  Estado policial que funcionaba a la perfección para que él lo utilizara después”. A su padre está dedicado el posfacio y, también en forma de una carta dirigida a su espíritu, le habla ahí de las diferencias que existen entre ellos. Las hay entre la manera en que uno y otro entienden la literatura. Pero hay otra diferencia, que es política y es fundamental. “Tenías ideología y yo no”, le dice Martin Amis. “En fin, creías, y creíste en el comunismo soviético durante quince años”. Le comenta que no existía “ninguna explicación racional para que fuera así”, pero ocurrió. Así que el hijo le ofrece algunas excusas. La última de todas tiene un interés especial: apoyar al comunismo soviético le pudo dar “la sensación, no del todo equivocada”, de que se estaba “involucrando directamente en los asuntos del mundo”.   

Mujeres y niños en un campo del gulag
El libro de Martin Amis no pretender ser una investigación histórica, es sólo un ajuste de cuentas contra la irresponsabilidad y la ceguera de los intelectuales. Para hacerse una idea aproximada de la magnitud de los crímenes del comunismo soviético (en la imagen, mujeres y niños trabajando en un campo del Gulag), el historiador Javier Moreno Luzón entiende que las cifras de Anne Applebaum constituyen un “buen estado de la cuestión”. Hubo en total 28,7 millones de trabajadores forzados, ha calculado: por los campos y colonias de trabajo pasaron entre 1929 y 1953 18 millones de ciudadanos soviéticos, a los que hay que sumar cuatro millones de prisioneros de guerra, los 700.000 que estuvieron en los campos de filtrado en la posguerra, más los seis millones de “desterrados especiales”, es decir: los dos millones de kulaks deportados durante la colectivización y los que fueron obligados ha abandonar sus respectivas naciones durante la guerra y la posguerra. ¿Cuántos murieron? Las cifras oficiales sostienen que cayeron 2,7 millones en los campos y, fuera de ellos, unos 800.000, ejecutados por cuestiones políticas. Pero hay que incluir también a los que murieron en el camino, en matanzas ocultas o por la hambruna. En resumen, entre 10 y 20 millones de “muertos innecesarios”. Una cifra remota, inimaginable, abstracta. Cuenta Martin Amis que Stalin “dijo una vez que mientras que una muerte es una tragedia, un millón de muertes es simple estadística”.  

Martin amis¿Fue por eso que nadie se hizo cargo de aquel horror, porque se trataba de un lejano e inexpresivo número? “¿Cuánto sabían los camaradas de Oxford en 1941?”, se pregunta Martin Amis (en la imagen) acordándose de que su padre tenía en ese momento 19 años, estaba allí y militaba en el partido comunista. “Ya en 1931 había protestas públicas en Occidente contra los campos de trabajo soviéticos. También había informes convincentes sobre el violento caos de la Colectivización (1929-1934) y sobre el hambre de 1933 (aunque ninguna insinuación todavía de que el hambre fuera un acto terrorista). Y estaban los Procesos de Moscú de 1936-1938, que se celebraron delante de periodistas e informadores extranjeros y que pudo seguir todo el mundo?”. ¿Cómo pudo ser, con toda esa información, que siguieran mirando a otra parte? 

Martin Amis manifiesta su enorme perplejidad porque su padre creyera todavía, hacia 1941, en la causa del comunismo y que lo hiciera a pesar de que ya se supiera entonces del horror de los campos y de la salvaje represión policial. En Mayo de 1968, escribe, “el  mundo parecía más izquierdista que nunca y fue más izquierdista de lo que sería ya en el futuro”. Cuenta que, entonces, las citas contra la guerra de Vietnam eran multitudinarias y festivas. Pero se acuerda también de haber acudido por aquellos días en Oxford a una manifestación contra la invasión de Checoslovaquia a la que sólo asistieron unas setenta almas (“había tristeza y buenos modales”, observa). ¿Quiere decir Martin Amis que la izquierda estaba contra la guerra de Vietnam y que miraba a otra parte cuando se estaba produciendo la invasión de Checoslovaquia? ¿Que estaba bien situarse contra Estados Unidos y que todavía había que seguir perdonándole los excesos a la Unión Soviética? Eso parece. 

Sea como sea, la izquierda cambió hacia en el año 68 y se fue transformando aún más a partir de ese momento. El distanciamiento respecto a la Unión Soviética se había empezado a producir tímidamente tras el discurso de Jruschev en 1956 sobre los excesos del estalinismo. Martin Amis habla de la Nueva Izquierda que se impuso en los setenta y afirma que “presentaba, o acabo presentando, la revolución como un juego”. Más adelante, sin embargo, ese juego se convirtió en una pesadilla cuando llegaron los chicos de las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof (Amis incluye a los Weathermen). En el resto del mundo, los jóvenes revolucionarios se metían al monte para convertir cada guerrilla en un trampolín para construir un mundo nuevo. Quizá habían hecho suya aquella observación de Trotski: “Tenemos que poner fin de una vez para siempre a las paparruchas cuáquero-papistas sobre la santidad de la vida humana”. Es posible que esa máxima forme parte de manera íntima del proyecto comunista: que la vida no vale nada y que todo debe plegarse al proyecto. Y, seguramente, también esa proclama ayuda a sentir que uno está de verdad involucrado en los asuntos del mundo.

Un mundo cada vez más extraño

Por: | 07 de junio de 2014

Un hombre y su hijo, de unos doce años, acaban de dejar un café y empiezan a caminar por la playa de Boulogne. No se acercan al agua, no se mojan los pies. El padre lleva un bastón y le va hablando de un libro, de una conferencia, de un sistema nuevo de ideas. Caminan rápido. Es una escena “llena de felicidad”, escribe Colm Tóibín. Hay una mujer que se está bañando. Es una buena nadadora, luego se abandona y deja que las olas arrastren su cuerpo hasta la orilla. Vuelve a juguetear con el agua, chapotea. El padre que pasea con su hijo se detiene, hace como que mira el horizonte, vuelve el rostro hacia atrás, parece distraído, se entretiene en la lejanía. Pero su hijo se da cuenta de que está mirando a la mujer que se baña en el mar. Luego dan la vuelta y emprenden el regreso a casa. El muchacho quiere salir corriendo para recuperar la atención del hombre, que ahora parece enfadado. Están cerca del orilla. “Su padre temblaba y miraba a la bañista que permanecía de espaldas a él, con su traje de baño pegado al cuerpo. Su padre no hacía ya ningún esfuerzo por disimular. Su mirada era deliberada e intensa, pero nadie más lo notó”. El chico prefiere no preguntar. El hombre está en otro mundo, detenido, perdido. Luego le coge de la mano y vuelven a caminar. “Su aspecto era el de alguien que ha sido perseguido y derrotado”. La mujer sigue nadando.

Colm_toibin 2
¿Qué ha pasado exactamente ese día cualquiera al final de la mañana en la playa de Boulogne? El escritor irlandés Colm Tóibín (en la imagen) publicó hace unos años The Master, retrato del novelista adulto (Edhasa, 2006; traducción de María Isabel Butler de Foley), donde cuenta la historia de Henry James. El hombre que camina por la playa con el bastón es su padre, el niño es el novelista que más adelante escribiría Las bostonianas o Retrato de una dama. No hay mayor explicación de aquel momento en el libro, simplemente está ahí. Un par de capítulos antes, y cuando Toíbín cuenta una visita de Henry James a Irlanda, se detiene en un momento en que mira de lejos a una niña, y entonces apunta: “Se dio cuenta ahora de que esa situación la había descrito en sus libros una y otra vez: figuras vistas desde una ventana o una puerta, un gesto casual que sugería una relación mucho más importante, algo escondido y súbitamente revelado”.

El libro empieza cuando Henry James se dispone a estrenar en Londres su obra de teatro Guy Domville, el 5 de enero de 1885, y termina cuando su hermano William, la mujer de este (Alice) y su sobrina Peggy abandonan Rye en octubre de 1899 después de haber pasado una breve temporada en Lamb House, la casa que el escritor compró por aquellos años en esa pequeña localidad inglesa. Colm Tóibín cuenta la vida de Henry James a la manera de Henry James. Con extrema sutileza, casi en voz baja, deteniéndose en pequeños detalles, rascando en la superficie de cuantos estuvieron próximos a él y hurgando en algunas circunstancias de su vida para averiguar de qué madera estaban hechas las relaciones y los afectos del gran escritor. En el prólogo que Luis Magrinyà escribió a la selección que hizo de sus relatos (Debols!llo, 2003) explica que en el caso de Henry James “nunca había estado tan claro que todo depende del narrador”. 

Henry jamesEs una lección que ha aprendido Colm Tóibín. Henry James (en la imagen) nació el 15 de abril de 1843 en Nueva York y murió en Londres el 28 de febrero de 1916, así que lo que cuenta The Master no es nada más que un suspiro, unos cuantos años de una larga vida. No hay, por otro lado, sino alusiones a sus novelas y cuentos. Tóibín toma las riendas, selecciona lo que le interesa y se dispone a pintar el retrato de un escritor. Es entonces cuando se queda al margen y levanta acta de lo que ve para, de esa manera, encontrar lo oculto, el verdadero secreto. El libro empieza con el fracaso de Henry James en el teatro y avanza a partir de ahí a saltos, yendo del presente al pasado para localizar aquellos momentos significativos. Un viaje a Irlanda, de donde procedían los James que se trasladaron a Estados Unidos y se hicieron ricos; la relación con su hermana Alice, cargada de tantas tensiones por su delicada salud; su complicidad con su prima Minny y el desdichado distanciamiento de última hora; la Guerra Civil, y la culpa de quedarse al margen cuando se han alistado a combatir tantos amigos y sus hermanos pequeños (los terribles dolores de Wilky, que fue herido en el asalto a Fort Wagner); el suicidio en Venecia de su gran amiga, la escritora Constance Fenimore Wolson, y etcétera. Están también todos esos momentos que Henry James vive de manera furtiva pero con extraordinaria intensidad. La incapacidad de encontrarse con Paul Joukowsky, la solicíta compañía de Hammond, un cabo del ejército que ejerce de criado cuando visita a los Wolseley, la noche que dureme con su amigo Oliver Wendell Holmes, su complicidad con el joven escultor Hendrick Andersen.

Cuando Colm Tóibín reconstruye el momento en que Henry James descubre siendo un jovencito a algunos grandes escritores, dice: “Nombres que sugerían no sólo la mentalidad moderna en su aspecto más radical, sino la idea del estilo en sí, de pensar en adquirir una especie de estilo y en escribir ensayos, no como una contundente llamada al deber o un serio esfuerzo para decubrirse a uno mismo, sino como un juego, como el ejercicio de un tono”. Y, ya casi al final, le hace decir al autor de Una vuelta de tuerca: “Yo soy un pobre narrador de historias, un escritor de novelas, interesado en dramáticas sutilezas. Mientras mi hermano explica el mundo, yo sólo puedo tratar brevemente de hacer que cobre vida o de que se haga más extraño”. 

Un juego, el ejercicio de un tono, dramáticas sutilezas, un mundo que se hace cada vez más extraño. Todo eso está en The Master. Habrá entonces que convenir que también está ahí Henry James. Y su padre, que una mañana salió a dar un paseo con su hijo y que vio de lejos a una bañista y que, ya de regreso, tenía el aspecto de un hombre perseguido y derrotado.

 

El coraje de experimentar

Por: | 30 de mayo de 2014

En octubre de 1929 se produjo en la Bolsa de Nueva York el llamado crack financiero y se inició una de las crisis más profundas que ha padecido el capitalismo. La economía estadounidense, pese a los años felices de la década de los veinte, no era lo suficientemente sólida y aquel vendaval la dejó en los huesos. A mediados de noviembre, los valores de Wall Street habían caído más del 40%, lo que suponía unas pérdidas de 26 millones de dólares, pero lo más grave estaba por llegar. Poco tiempo después la producción industrial se redujo hasta la mitad, los precios de los productos agropecuarios se despeñaron un 40% respecto a 1928, las exportaciones se contrajeron hasta la tercera parte. La renta nacional se precipitó, descendiendo de 83.000 millones de dólares en 1929 a 40.000 en 1931. El paro fue brutal: en 1933 había ya 13 millones de personas sin empleo, la cuarta parte de la fuerza de trabajo, el 40% de los asalariados. Los datos están tomados de la biografía que el profesor de la Universidad de Sheffield Patrick Renshaw dedicó a Franklin D. Roosevelt (Biblioteca Nueva, 2008; traducción de José Luis San Miguel de Pablos), que llevaba por entonces casi un año como gobernador del Estado de Nueva York. Como la gran mayoría de los políticos de entonces, tampoco había visto venir la tormenta, pero cuando se dio cuenta de que todo empezaba a irse al garete, se arremangó la camisa y se puso a trabajar.

Roosevel y hopkins
“Este país necesita, y exige también —si no yerro mucho en captar su estado de ánimo— la puesta en práctica de una experimentación persistente y atrevida”, dijo Roosevelt (en la imagen, con Harry Hopkins) en unos de los discursos de su campaña en las primarias del Partido Demócrata en las que se batió con Al Smith para ser elegido candidato a las próximas elecciones a la Casa Blanca. “Es de sentido común apostar por un método y ponerlo a prueba. Si fracasa, lo lógico es admitirlo francamente y probar con otro. Pero, sea como sea, algo habrá que ensayar”. Fue el primer boceto que hizo del New Deal, la fórmula que lo haría célebre y que no pretendía otra cosa que abordar de manera diferentes los graves problemas que estaban hundiendo a su país y, de rebote, al mundo entero. La crisis era devastadora. Y convenía reaccionar con coraje y decisión, y Roosevelt lo hizo.

“Las reformas orientadas a ayudar a la clase trabajadora y a la gente con menos recursos eran reales y efectivas, pero no se hicieron para favorecer cambios significativos sino más bien para impedir que se produjeran”, escribe Patrick Renshaw a propósito de la catarata de medidas que puso en marcha Roosevelt después de llegar a la presidencia en noviembre de 1932, tras derrotar al republicano Herbert Hoover por goleada. Más allá de que sus políticas consiguieran o no darle la vuelta a la tortilla, y sin pararse a considerar si llegaron a ser verdaderamente revolucionarias o sólo sirvieron para apuntalar un capitalismo en quiebra, la talla de gigante de Roosevelt procede del ímpetu con el que se volcó en la tarea de aliviar la pobreza que afectaba a grandes sectores de la población de Estados Unidos. Alguien podrá pensar que este otro detalle es secundario, pero conviene subrayarlo: se embarcó en el enorme desafío del New Deal respetando escrupulosamente las reglas del juego democrático, peleando por cada ley en el Congreso y convenciendo al pueblo estadounidense, a través de una serie de charlas radiofónicas, que sus programas tenían sentido. Algunas veces perdió, incluso contra algunos miembros de su propio partido, que no le aceptaron (por ejemplo) la osadía de intentar reformar el Tribunal Supremo para que sus proyectos sociales superaran más fácilmente los escollos que legalmente padecieron. Entonces rectificaba. Prueba y error: la idea de experimentar.

El 10 de agosto de 1921, estando de vacaciones en su finca de Campobello, Roosevelt se bañó en las aguas heladas de la bahía de Fundy después de ayudar a apagar un incendio. Al día siguiente no le respondían las piernas, había contraído la poliomelitis. Entonces estaba empezando su carrera política. Siguió adelante con ella, sin desfallecer nunca a pesar de quedarse paralítico de las piernas. La biografía de Renshaw despliega la amplia galería de fascinantes personajes que lo rodearon. Por lo pronto, su esposa Eleanor; luego sus amantes, Lucy Mercer y Missy Lehand; sus dos íntimos colaboradores: primer, Louis Howe y, después, Harry Hopkins. Cuando tuvo que poner en marcha sus primeras medidas se rodeó de un “trust de cerebros” que le ayudaron a llevar adelante su proyecto. “No fue una filosofía lo que modeló el New Deal, fue un temperamento”, escribe Renshaw. Su libro se ocupa en demostrarlo. La política como el arte de hacerle un sitio a lo posible, discutiendo, pactando, buscando acuerdos, rodeándose de los mejores. Antes de llegar a gobernador de Nueva York fue un hombre decisivo en sus propias filas, sirviendo de puente entre la América rural y protestante, mucho más cerrada y racista, que nutría en el sur al Partido Demócrata, y los cuadros modernos del norte, más abiertos, metropolitanos y cosmopolitas.

Hay un momento en que Renshaw resume algunas de las políticas de Roosevelt. “La intervención pública para salvar la banca y Wall Street”, escribe, “la planificación de la agricultura y de la industria, las obras públicas para relanzar el empleo, la TVA para tener energía eléctrica de producción pública, controlar las crecidas fluviales y promover la conservación de los suelos en las zonas agrícolas, la regulación de las relaciones laborales a nivel federal, la seguridad social y muchas otras medidas crearon toda una red de instituciones y agencias federales que creció todavía mucho más al implantarse la economía de guerra”. Resulta llamativa, a la vista de los políticos del presente y de su manera de lidiar con la última crisis, la energía que desplegó Roosevelt para combatir los agujeros que el crack de 1929 le abrió a la economía de Estados Unidos, pero lo que ya suena a música celestial es la sensibilidad que mostró para facilitarles las cosas a los más desfavorecidos. No hay que olvidar, por otro lado, que mientras Roosevelt lanzaba sus reformas, Mussolini hacía de las suyas en Italia, el proyecto de Hitler se consolidaba en Alemania y Stalin se ocupaba con toda diligencia de levantar el imperio soviético sobre toneladas de cadáveres.

Rufianes

Por: | 23 de mayo de 2014

En las notas de su diario que corresponden al 13 de noviembre de 1941, Ernst Jünger se refiere a una reciente conversación con Grüninger, otro oficial del ejército alemán, como él mismo, que había llegado a París con las fuerzas de ocupación. Hablaron de “la obediencia del soldado”, seguramente el valor más importante que se les exige a quienes forman parte de una fuerza militar. Jünger ya había dado sobradas pruebas de acatarla al límite: durante la Primera Guerra Mundial lo “cosieron en veinte sitios distintos” tras haber obedecido las órdenes que sus jefes le impusieron durante el desarrollo de los combates. Sin la obediencia del soldado, no hay ejército que funcione. Pero el asunto que les preocupaba a aquellos oficiales alemanes era lo que ocurría cuando esa obediencia termina siendo perjudicial para el que la cultiva, “pues lo convierte en instrumento de fuerzas carentes de conciencia”. Es muy posible que Jünger y Grüninger estuvieran buscando un poco de luz para entender la delicada situación en la que estaban metidos. Formaban parte de un poderoso ejército que había terminado por convertirse en el instrumento de un furibundo desalmado, Adolf Hitler. La obediencia, en casos así, entra en conflicto “ante todo con el honor”, escribe Jünger, “que es el segundo pilar de la caballería”. Lo que por tanto se había hecho con aquellos soldados fue destruir en primer lugar el honor, con lo que quedaba después “una especie de autómata, un servidor que no tiene un señor auténtico, y, a la postre, un rufián”.

Ernst jungerErnst Jünger (en la imagen, durante la época de París) tituló Radiaciones los diarios que escribió durante la Segunda Guerra Mundial (los publicó Tusquets en dos volúmenes en 1989 y 1992, con traducción de Andrés Sánchez Pascual). Apuntaba de todo: sus minuciosas observaciones de entomólogo, notas de sus lecturas, retazos de conversaciones, pensamientos y aforismos, el día a día de la Francia ocupada con sus citas mundanas y su inquietante cotidianidad, las noticias que iba recibiendo de los distintos frentes y de la marcha de la guerra, sus despectivos comentarios sobre Kniébolo (nombre con el que designa a Hitler), etcétera. Habla con frecuencia de gente de la cultura que fue conociendo: el director teatral Sacha Guitry, la actriz Arletty, Picasso, el editor Gallimard, los escritores Jean Cocteau, Marcel Jouhandeau, Drieu La Rochelle o Paul Morand, entre otros muchos. En un largo texto recogido en ¿Qué hago yo aquí? (Muchnik, 1989; traducción de Alberto Cardín), Bruce Chatwin escribió: “Jünger resume toda su experiencia de la guerra en una secuencia de poemas alucinatorios en prosa en los que las cosas parecen respirar y las gentes actúan como autómatas, o a lo sumo, como insectos”. Esos “poemas alucinatorios” tienen, en cualquier caso, la frialdad de unos acantilados de mármol y, como estos, producen vértigo. Es perfectamente consciente de cuán terrible es lo que está ocurriendo, pero no es amigo de montar ningún melodrama y prefiere someterse a la sobria disciplina del amanuense que toma nota. “Roland, que ha regresado de Rusia, me cuenta el espantoso mecanismo con que allí se mata a los prisioneros. Con el pretexto de medirlos y pesarlos se les ordena que se quiten la ropa y se los lleva al ‘aparato medidor’, el cual acciona en realidad el fusil de aire comprimido que les dispara un tiro en la nuca”, apunta el 5 de noviembre de 1941 en París.

Unos días antes había escrito: “Parece que esta guerra nos lleva hacia abajo por unos escalones que están trazados según las reglas de una dramaturgia desconocida. Estas son cosas que ciertamente sólo pueden barruntarse, pues quienes viven los acontecimientos los perciben ante todo en su carácter anárquico. Los torbellinos están demasiado cerca, son demasiado violentos, y no hay en ninguna parte, ni siquiera en esta vieja isla, puntos de seguridad”. Así sucedían las cosas en aquellos días. París seguía siendo una fiesta, pero una corriente interna de desolación sacudía a los ocupantes y a los ocupados, aunque ninguno podía llegar a atisbar lo que de verdad estaba ocurriendo: por ese “carácter anárquico” de los acontecimientos, por estar demasiado dentro del barullo, por carecer de referentes. Los diarios tiene unas cuantas notas que servirían para construir voluminosos tratados. Esos mismos jirones de conversación entre dos oficiales sobre la obediencia y el honor de los soldados dan para mucho. Aquella terrible guerra estaba ajustándose, si aceptamos el diagnóstico de Jünger, a una dramaturgia desconocida en la que los delirantes proyectos de un tirano habían conseguido acabar con la decencia de sus soldados que operaban, a partir de un momento, ya solo como rufianes.  

Ernst Jünger abandonó París el 14 de agosto de 1944 y fue relevado de sus funciones, así que  regresó a casa, al pequeño pueblo de Kirchhorst. “¡Ernstel muerto, caído, mi buen niño, muerto ya el 29 de noviembre del pasado año! Ayer, 11 de enero de 1945, a última hora de la tarde, poco después de las siete, llegó la noticia”, apuntó en su  diario. Unos meses antes, en febrero, el entonces capitán Jünger tuvo que trasladarse desde París a Berlín para intentar mediar por ese hijo suyo ante sus superiores. Lo habían metido a la cárcel durante su servicio militar por haber tenido “unas conversaciones francas y valientes sobre la situación”. A parecer, Ernstel les había comentado a sus amigos que “si los alemanes querían llegar a una buena paz, tendrían que colgar a Kniébolo”.

“Mi querido muchacho encontró la muerte el 29 de noviembre de 1944; tenía dieciocho años”, escribió Jünger cuando supo un poco más sobre la suerte que había corrido Ernstel. “Cayó de un tiro en la cabeza durante un choque entre patrullas de reconocimiento en las montañas de mármol de Carrara, en Italia central, y, según cuentan sus camaradas, murió instantáneamente”. Unos párrafos más tarde, confesaba: “He estado hoy en la pequeña habitación del desván que le había cedido y en la que aún permanecía toda su aura. He entrado allí en silencio, como en un santuario. Entre sus papeles he encontrado un pequeño diario, que comienza con este lema: ‘El que más lejos llega es el que no sabe adónde va”.

Botellas de champán y arte antiguo

Por: | 16 de mayo de 2014

Rose Valland tenía 42 años en 1940, estaba soltera. Le gustaba pintar y trabajaba como conservadora en el Mussée National de Écoles Étrangères, que tenía entonces su sede en el Jeu de Paume. Fue la única funcionaria francesa que conservó allí su trabajo cuando los nazis ocuparon París. Quizá la dejaron estar por su apariencia inofensiva, pero se equivocaron: aquella discreta mujer hizo cuanto estuvo en sus manos para evitar que los alemanes se llevaran el arte que robaron a espuertas a los coleccionistas judíos. Rose Valland sabía taquigrafía, así que se dedicó a hacer un minucioso registro de todas las piezas que entraban en el Jeu de Paume, convertido en almacén de todo el material incautado, y como hablaba alemán, cosa que hábilmente ocultó, estaba al corriente de los planes de sus nuevos superiores e informaba de éstos a su antiguo jefe, el director de los Museos Franceses Jacques Jaujard, para que éste se los contara a la Resistencia, y que se hiciera lo que se pudiera. Gracias a su diligente trabajo, logró que muchas obras maestras no salieran de suelo francés. Con sus ademanes de mosquita muerta procuraba, además, copiar los negativos de las fotografías que los responsables nazis del saqueo hacían de todos y cada uno de sus tesoros. Así obraba Rose Valland, mandándole por ejemplo un día cualquiera un papel arrugado a Jaujard. Simplemente decía: “75 botellas de champán, 21 botellas de coñac, y 16 pinturas flamencas y holandesas han salido del Jeu de Paume a petición de M. Göring con motivo de su cumpleaños”. El episodio es uno más de las decenas de historias que Alan Riding, corresponsal cultural en Europa del New York Times durante doce años, recoge en Y siguió la fiesta (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores; traducción de Carles Andreu, Bacerlona 2011), un documentadísimo ensayo que reconstruye la vida de escritores, músicos, actores, cineastas, artistas y gente de la farándula durante los años de la ocupación en la capital francesa. En ese contexto, la historia de Rose Valland fue la excepción; la inmensa mayoría de cuantos estaban ligados a los círculos culturales hizo bien poco contra los alemanes y supo amoldarse con habilidad a su dominio.

Rose valland
El ejército alemán entró en Francia el 13 de mayo de 1940 y el 14 de junio, sin haber encontrado grandes resistencias, tomó posesión de París. El terror ente el enemigo hizo estragos, hubo largas colas de gentes que salían huyendo, todo se desmoronaba a gran velocidad, el desconcierto fue mayúsculo y “el hundimiento era tan absoluto que incluso la muerte nos parecía absurda” (Saínt-Exupéry). Cuenta Riding que André Gide, uno de los grandes referentes de la intelectualidad francesa de aquellos días, escribió por aquellos días en su diario: “¡Oh ciudadanos franceses, frívolos incurables! Hoy pagaréis cara vuestra falta de diligencia, vuestra inconsciencia y vuestra obstinación por acostaros encima de tantas virtudes preciosas”.

Esas virtudes preciosas estaban corroídas por dentro, los viejos valores de la Revolución se habían ido malgastando, las propias instituciones democráticas revelaron su frágil consistencia: los nazis las tocaron y cayeron hechas pedazos. Francia estaba desorientada y pérdida. El propio Gide daba voz, también en su diario, a esa íntima desolación: “Mi tormento es aún más profundo: nace también del hecho que no logro convencerme sin lugar a dudas de que un bando esté en lo cierto y el otro, equivocado”. La respuesta a tamaño desconcierto la encarnó, para buena parte de sus compatriotas, el mariscal Pétain.

Alan ridingEl 22 de junio se firmó el armisticio y Francia quedó dividida en dos zonas: la no ocupada, gobernada por el llamado régimen de Vichy, en el sur del país (salvo la costa que daba al Atlántico) y con unos trece millones de habitantes; y las tres partes restantes, el territorio que gobernaba el ejército alemán y donde la población llegaba a los 29 millones. La aureola mítica que rodeaba a Pétain como héroe de la Gran Guerra les permitió a los franceses sortear el bochorno de la capitulación. Apareció como la figura paternal que se sacrifica por la patria y que acude solícito a espantar los temores que habían despertado en las capas más conservadoras las transformaciones sociales que se estaban produciendo en Europa (urbanización, masas obreras que acarician la idea de un brusco cambio, inmigrantes de procedencias varias, liberalización de las costumbres). Armó su Revolución Nacional para regenerar el país recuperando sus raíces católicas y apartándolo de cualquier veleidad liberal. Disolvió los partidos políticos y las sociedades secretas, fortaleció el corporativismo en la economía y el orden tradicional en lo social, y discriminó a extranjeros y judíos. Su celo a la hora de colaborar con los alemanes en la Solución Final produce escalofríos: fueron asesinados 15.000 judíos y  a 75.000 se los envío a los campos de concentración (74 trenes se dirigieron a Auschwitz), donde perecieron unos 66.000. 

“Sí, la locura criminal del ocupante fue secundada por franceses, por el Estado francés”. Las palabras son del presidente Chirac, las pronunció en 1995 y las recordaba hace poco el historiador José Álvarez Junco al referirse a aquellos años desdichados. De la ignominia se salvaron muy pocos. Una de ellas fue Rose Valland. No siempre pudo hacer gran cosa. “En el verano de 1943, fue la única testigo francesa que presenció la quema en los jardines del Jeu de Paume de entre quinientas y seiscientas obras ‘degeneradas’ de Picasso, Léger, Ernst y otros. ‘Imposible salvar nada’, escribió en una nota”, cuenta Alan Riding (en la imagen) en su fascinante ibro. Pese a su impotencia frente a la barbarie de los invasores, Rose Valland siguió modestamente con su arriesgada tarea. En tiempos difíciles, esa valiente mujer sigue siendo un punto de referencia.

 

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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