Lo más lejano es lo más próximo

Por: | 11 de julio de 2007

En este crítico instante estoy en Coroico, un pequeño pueblo de los Yungas, una zona semitropical del departamento de La Paz. Ignoro qué dispositivos técnicos existen en este sitio, así que lo que van a leer fue escrito un día antes. Y por eso trata de una familia judía que vivía en Berlín en el momento en que los nazis llegaron al poder y que, por tanto, tuvieron que dejarlo todo y salir huyendo. Su historia la cuenta Cynthia Ozick en Los últimos testigos (Lumen), una novela que se publicó el año pasado pero que debería convertirse en su lectura de este verano.  Es cierto que la familia de esa historia no tiene nada que con cualquier familia que haya podido conocer. Y, sin embargo, su historia es terriblemente próxima.

Son los Mittweiser. Está el padre, un erudito especializado en la secta hereje de los caraítas, y la madre, una prestigiosa científica que ha trabajado junto a Erwin Schrödinger en la formulación de uno de sus experimentos más célebres. Están los hijos —Anneliese, Heinz, Gert, Willi y Waltraut— y Rose Meadows, la chica que ha sido contratada en Estados Unidos (el lugar adonde han llegado exiliados) para cuidarlos y que es la narradora del libro. Está, por último, James A’Bair, el hijo de un famoso autor de libros infantiles. Ha heredado la fortuna que hizo su padre contando las historias de Bear Boy, que no era otro que él mismo, y tiene tanto dinero que decide ocuparse de esa extraña familia, fascinado por las investigaciones del erudito.

El erudito y la científica, sus hijos, y el millonario que les permite seguir viviendo: tipos extraños como extraños resultan los caraítas, la secta que se convirtió en el siglo IX en enemiga de los rabinos y que renegó de toda interpretación. Más allá de toda esa extrañeza, en Los últimos testigos están los mismos temas de siempre: la irrupción del mal, la huida, la derrota, la supervivencia (la necesidad del dinero), la adaptación, la negación del pasado, el orgullo, la locura, las marcas del éxito ajeno, la necesidad de nombrar el mundo, el pasado que se convierte en presente.

Cynthia Ozick nació en Nueva York en 1928. Hija de emigrantes del norte de Rusia, vive en el Bronx, donde se desarrolla gran parte de Los últimos testigos. Pertenece a la tradición judía lituana, una tradición llena de escepticismo, racionalismo y antimisticismo, y que nada tiene que ver con el folclórico sentimentalismo de la comunidad hasídica de Europa del Este (Galitzia). Todo esto se explica en la nota de prensa que acompañaba esta fascinante novela.

Lo que es más difícil de explicar es la maestría literaria de Ozick. Hay un momento del libro en que la joven narradora espía al viejo erudito, persiguiéndolo del Bronx a la biblioteca de Manhattan donde estudia a sus caraítas. “Era un hombre sin ningún lugar en el mundo”, observa. Y después añade: “Sentí que estaba espiando la deshonra”. De eso habla Cynthia Ozick, de esa materia tan frágil. De salir de un mundo y tener que vivir en otro distinto. De la dolorosa trama que marca a los exiliados. El erudito lo cuenta así, expresa así su desesperación: “¿Controla el pensamiento lo que pasa, o lo que pasa controla el pensamiento? ¿Es posible corregir las cosas pensando? ¿De qué sirven esos interrogantes?”.

Hay 3 Comentarios

No es la primera vez que oigo recomendar esta novela, así que habrá que hacer caso. Desde luego tiene muy buena pinta. Siempre he tenido cierta prevención ante la novelización del Holocausto (¿soy el único que en temas históricos «se fía» más de lo que no son novelas?), pero también creo en el arte de la novela. «¿Controla el pensamiento lo que pasa o lo que pasa controla el pensamiento?» Gran cuestión.

Sobre el exilio dijo Gioconda Belli (Managua 1948)

El tiempo que no he tenido el cielo azul
y sus nubes gordas de algodón en rama,
sabe que el dolor del exilio
ha hecho florecer cipreses en mi carne.
Es dolor el recuerdo de la tierra mojada,
la lectura diaria del periódico
que dice que suceden
cada vez más atrocidades,
que mueren y caen presos los amigos
que desaparecen los campensinos
como tragados por la montaña.
(El tiempo que no he tenido el cielo azul)
Publicado en El Ojo de la Mujer
Visor libros,1992

Con temática parecida, pero dentro del género de las memorias, está "Historia de un Alemán" de Sebastian Haffner. Bastante recomendable también, aunque tenga sus añitos

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Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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