Han muerto Pilar López y Rafael Azcona. Tenían algo en común. El no haber estado habitualmente en primer plano y haber sido, sin embargo, decisivos en sus respectivos campos. No se puede entender lo que ha pasado en el baile sin Pilar López. Azcona ha marcado el cine. Iba a poner baile español y cine español, pero hubiera sido injusto. Su magisterio ha ido más allá. Hay otra cosa: hicieron su trabajo detrás. Construyeron lo que verdaderamente sostiene eso que más tarde deslumbra al público. Los guiones en el caso de Azcona, las coreografías y la formación de los bailarines en el caso de Pilar. Eran maestros en sus oficios, y cultivaron el arte de no darse importancia. Este arte, tremendamente complejo, los convirtió en dos deslumbrantes seres humanos. Sabían de la vida, y eso es lo más difícil de todo.
Conocerlos fue un privilegio. Estuve sólo una vez con cada uno de ellos. Fui a casa de Pilar López para convencerla de que permitiera publicar una entrevista que le había hecho Miguel Mora. Se negaba en rotundo porque, entre el momento en que aceptó hacerla (a regañadientes) y el momento en que se había previsto publicarla, había muerto Gades. Consideraba escandaloso aparecer contando sus cosas en semejantes circunstancias. Fue gracias a Harguindey que conocí a Azcona. Un día me llevo a comer con él.
“Morita, Morita, me vas a volver loca”. Así empezó Pilar López, y no tardó en cerrar todas las puertas para cualquier tipo de negociación. Mientras tanto, nos contó su vida. Mejor, la vida de los demás con los que ella había coincidido. El brillo de los escenarios y el éxito pasaron a segundo plano: lo que importaba era su lucidez para desentrañar el tiempo que le había tocado vivir. Y su manera de contarlo. Algo parecido ocurrió con Azcona. Con esa su inmensa sabiduría para atrapar las grandezas y miserias de las gentes, más allá de sus poses y sus ideas y su posición social. Y reconstruirlas ahí delante de unas cuantas copas de vino con el humor como hilo conductor.
Ahora que se han ido nos dejan la incertidumbre de haber perdido también con ellos una manera de mirar las cosas, y de estar, que ya no se estilan. Para conversar como lo hacían tenían que haber conversado mucho. Para cultivar ese radical descreimiento por los oropeles de la fama y para ser tan buenos en lo suyo es necesaria una pasta que ya no se fabrica.
Hay 1 Comentarios
Sí, había en Rafael una nobleza casi inencontrable; la nobleza de escuchar. Nobleza y escuchar me parecen dos términos que se deben conjugar juntos.
Publicado por: Juan Cruz | 26/03/2008 8:33:51