El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

El imán del pasado

Por: | 27 de junio de 2008

En su último ensayo, Rafael del Águila se asoma a los viejos ideales para rascar un poco y contar la cantidad de cadáveres que acumulan en los desvanes. Al recorrer sus páginas, es inevitable acordarse de la imagen del adolescente, rubio y guapo, con la mirada inocente depositada en un futuro lleno de posibilidades, que en la película Cabaret empieza súbitamente a cantar y que poco a poco va incorporando cientos de voces que resuenan como una llamada de lo más remoto para asumir grandes desafíos. Ya se sabe en qué acabó aquello: en los seis millones de judíos que cayeron simplemente por ser judíos y en todas las demás víctimas de unos iluminados que arrastraron a los suyos a la locura de recuperar unas esencias impolutas que se habían perdido. “La nación alemana, la raza aria, exige su derecho a sobrevivir a las agresiones de otras razas inferiores”, escribe Del Águila en Crítica de las ideologías. El peligro de los ideales (Taurus). “El imperativo de la autopreservación es el ideal que justifica cualquier acción en su defensa. La defensa del destino, grande y magnífico, de los arios”.

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Una débil voz

Por: | 25 de junio de 2008

Cuando Life publicó en 1954 su reportaje Un hombre piadoso, que se ocupaba de los trabajos del médico y teólogo alemán Albert Schweitzer en Lambaréné, en la zona francesa del África ecuatorial (la actual Gabón), el fotógrafo W. Eugene Smith abandonó la revista de manera definitiva. Llevaba ya tiempo metido en una gresca interminable con los responsables de poner en página sus imágenes. Entendía que las trivializaban. La experiencia con Schweitzer, que fue Premio Nobel de la Paz en 1952, y que entre otros proyectos construía por entonces un hospital para leprosos en aquel lugar medio olvidado de África, había sido muy difícil para Smith. Schweitzer quería meter las zarpas en su trabajo: exigía que no lo fotografiara si llevaba las gafas puestas y quería influir en los encuadres. Smith consiguió que las cosas no se fueran a pique allí, pero no aguantó más con Life. Estaba obsesionado con la composición total y lo que hacían en aquella revista, una de las mejores de aquellos años, era quedarse a medio camino.

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Abrirle las puertas al mundo

Por: | 24 de junio de 2008

A Guillermo Cabrera Infante no le gustaba que se refirieran a Tres tristes tigres como una novela. Prefería decir simplemente que había escrito un libro. Tampoco Cultivos (Mondadori), la última entrega de Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968), es estrictamente una novela, aunque muchos de los que se han ocupado de ella la traten como tal. Hay esa manía, imagino que comercial, por tratar de novela a cualquier texto que tenga unas ciertas páginas y un tono narrativo. Es una manía que puede resultar enervante, porque hurta las diferencias que existen entre las intenciones y los procedimientos del que hace una novela y del que hace otra cosa. Y lo que hace Julián Rodríguez en este libro y lo que hizo en Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás (Caballo de Troya) es contar su vida. Lo interesante es cómo y porqué lo hace.

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El miedo y el coraje

Por: | 23 de junio de 2008

El miércoles pasado, en Yuste, en el monasterio al que se retiró Carlos V, fue un día grande para Europa. El historiador y semiólogo Tzvetan Todorov, al que acababan de concederle el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, hizo allí un discurso en el que defendió algunos de esos valores que Europa reclama como propios y que cualquiera apoyaría sin muchas reservas: el otro como fuente de beneficios, la renuncia a la violencia en el trato entre naciones, el pluralismo como marca de fábrica, la decidida voluntad de oponerse a cualquier poder imperial o centralizado. En la ceremonia, por otro lado, la Academia Europea de Yuste concedió el Premio Europa Carlos V a Simone Veil. Su historia es la de una mujer que renuncia a la venganza y que se entrega a la causa de la paz y la libertad. O lo que es lo mismo: padeció los horrores de Auschwitz y después luchó y lucha para que Europa sea otra cosa. Así que uno estaba ya casi lanzado a ponerse a bailar y canturrear, cuando súbitamente cayó del guindo: Irlanda decía “no” al Tratado de Lisboa, la Eurocámara aprobaba una directiva contra la inmigración y se proponía otra que pusiera fin a la jornada laboral de 48 horas. ¿De qué Europa estamos hablando?

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Un zurcido en una pared

Por: | 19 de junio de 2008

Hace ya unos días que ha empezado PHotoEspaña y por todas partes hay exposiciones. Conviene tomárselo con calma. Para disfrutar de las cosas hace falta tiempo y es tan desmesurado el programa que uno igual termina por ir de un lado a otro como un moscardón enloquecido, posándose a gran velocidad sólo un instante en los centenares de imágenes que llenan Madrid. Bien vista, es una opción posible: la borrachera vertiginosa, y quedarse con el pelo revuelto y el ánimo anfetamínico. Otra posibilidad es decantarse por la lentitud. Poder pararse y escuchar literalmente cómo pasan las horas en el Hotel Palenque. Es la península de Yucatán, y estamos en 1969: Robert Smithson (New Jersey, 1938--Texas, 1973), ese artista que empezó muy cerca del minimalismo y que terminó marcando la naturaleza con sus imponentes intervenciones y que fue morirse muy joven en un accidente de aeroplano, está recorriendo la zona de México donde habitaron los mayas. Toma fotos de ese viejo hotel. Lo están reformando. Las cosas que observa no van a ningún sitio, simplemente están.

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La mala conciencia

Por: | 16 de junio de 2008

La historia de Europa está manchada de horrores. Basta ver el siglo XX y detenerse en la maquinaria de destrucción de los campos nazis y soviéticos para enrojecer de vergüenza. “La experiencia del mal transformada en rutina burocrática”. Así resume esa época Pascal Bruckner en La tiranía de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental (Ariel, traducción de Emilio G. Muñiz). Un ensayo que analiza la parálisis que produce en el presente la mala conciencia por lo que sucedió en el pasado. Antes de Auschwitz o del Gulag, los europeos ya revelaron que su insaciable afán de riqueza no necesitaba de maquillaje alguno, y se comportaron como monstruos en los otros lugares del mundo que fueron conquistando en su avance imparable. En las colonias. La cuestión es: ¿se transmite de manera hereditaria la condición de víctima y la de verdugo? ¿Implica el “deber de la memoria” la pureza y la corrupción “automática de los nietos ni de los bisnietos”?

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Elogio de la curiosidad

Por: | 11 de junio de 2008

Estuve hace unos días en la Feria del Libro de Madrid y compré dos números de una revista, el 3 y el 7. Lo hice en la caseta de los editores argentinos. El formato de la revista es pequeño, se llama Sede. No dan mucha información, que cada número hable por sí mismo (ésa debe de ser su filosofía: una buena filosofía). En la página web, explican: “Sede es una revista cultural bimestral. El formato es de 12,5 cm por 18 cm. 64 páginas a color, mitad textos y mitad imágenes. El precio de cada número es de 5 dólares”. El editor es Juan Ignacio Moralejo. En una de las piezas del número 7 se ocupan de Octave Uzanne (1852-1931), un tipo muy particular que tuvo cierta proyección en el mundillo literario francés del último tercio del siglo XIX. Lo presenta Claudio Iglesias: “Un único interés tenía Uzanne, en verdad: la curiosidad, que es la forma abstracta de todo interés”.

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Los lazos de sangre

Por: | 06 de junio de 2008

Una mujer muere. El notario, amigo de la fallecida, abre su testamento delante de sus hijos, un chico y una chica, gemelos. El dinero que ha dejado debe dividirse entre los dos. Los muebles, que se los repartan. Y si no hay acuerdo, que los vendan. Luego vienen las disposiciones más delicadas. Una vieja camiseta con el número 72, para la chica; un cuaderno rojo, para el muchacho. Y hay también unas cartas. La hija debe buscar a su padre para entregársela. El hijo, a un hermano. ¿Pero no era que el padre había muerto? Y ese hermano, ¿de dónde sale ese hermano? Poco a poco entramos al pantanoso mundo de los lazos de sangre. ¿Por qué obedecer la última voluntad de tu madre? Esa mujer que permaneció callada desde hace años, sin decir ni una palabra. ¿Qué sentido buscar ahora a un padre y un hermano? Incendies, escrita y dirigida por Wajdi Mouawad (Líbano, 1968), e interpretada por la compañía Théâtre Abé Carré Cé Carré, seguramente es uno de los montajes teatrales más impresionantes de cuantos han pasado por Madrid en años. Una tragedia de nuestro tiempo que pone los pelos de punta.

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Las aguas de la sabiduría

Por: | 03 de junio de 2008

Esta es la historia de un tipo, filósofo dice de sí mismo, que abandonó un día las comodidades de una vida corriente para enfrentarse al arduo desafío de encontrar unas supuestas aguas que proporcionan la sabiduría. Su temeridad y audacia lo llevaron a probar, allí donde encontró fuente o arroyo, de los líquidos que por ahí rodaran, y no siempre con buena fortuna. Recorrió países, anduvo por desiertos y montañas, supo de la dureza del calor y del frío inhóspito, pero perseveró con ahínco, con ese inagotable afán que posee a unos cuantos elegidos que han entendido que la mayor gloria se alcanza al conquistar el saber. Su nombre fue Pomponio Flato y Eduardo Mendoza ha contado uno de sus asombrosos viajes en un breve volumen publicado por Seix Barral.

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'All of me'

Por: | 01 de junio de 2008

De tanto en tanto hay que volver a los clásicos (y a las clásicas). Son esos autores que, a pesar del tiempo pasado, parece que hubieran escrito (o cantado) pensando en ti. Para contarte qué es exactamente eso que te afana y para levantar sobre una cuerda floja que se columpia sobre el abismo esas preguntas que te siguen inquietando. Como moscardones. Vuelvo, pues, sólo que esta vez a las clásicas. Y para hacerlo elijo también un clásico, All of me. “All of me / Why not take all of me”. Todo entero, completo de arriba abajo, con mis labios y mis codos y las rodillas y el esternocleidomastoideo. Tómame entero. Y las clásicas son Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Dinah Washington y Sarah Vaugham. Cada una tiene su versión y, vaya, parece que hubieran cantado pensando en mí.

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El País

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