40 Aniversario

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Un banquete excesivo

Por: | 27 de febrero de 2009

La policía de Bombay tiene que ser en verdad exigente cuando obliga a sus agentes a perseguir a unos cuantos chiquillos de manera infatigable por dedicarse a jugar al criquet en las pistas de aterrizaje de un aeropuerto. Así arranca Slumdog Millonaire, la película de Danny Boyle que ha arrasado en los Oscar. Están los chavales en medio de un partido y llega la pasma y, de pronto, asistes a una vertiginosa persecución (que no conduce a nada) por un laberinto de chabolas y callejuelas repletas de gente. Estética de videoclip en el corazón de la India miserable. Ese es el aperitivo del largo banquete al que invita una película que no deja, ni un solo instante, de ofrecer plato tras plato. Un alarde de generosidad que es, al mismo tiempo, una exhibición impúdica de recursos narrativos que terminan por indigestar al inocente comensal que sólo pretendía pasar un buen rato.

Los dos ingredientes que arman el banquete que sirve Slumdog Millonaire son el exotismo y las buenas intenciones. De un lado, Danny Boyle se acerca a la explosiva mezcla de la India emergente de nuestros días, donde las más sofisticadas tecnologías entran en contacto con la asfixiante realidad de una pobreza extrema, y donde las mafias se desenvuelven con total impunidad. De otro, pretende mostrar la terrible vida de los más débiles entre los débiles: los huérfanos de las chabolas, esos chiquillos que han de sobrevivir en las condiciones más adversas. El hilo conductor es doble: el concurso televisivo ¿Quién quiere ser millonario?, al que se presenta, ya joven, uno de esos parias, y el brutal interrogatorio al que es sometido por la policía cuando está a punto de ganar una cifra exorbitante.

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Establecido el marco, de lo que se trata es de servir sin descanso plato tras plato. ¿Un poco de tortura? Adelante, que le inflen la cara de hostias al protagonista, le metan la cabeza en un cubo, le sacudan unos cuantos electrochoques. ¿Un poco de conflicto entre religiones? No se diga más: que estalle la violencia entre hindúes y musulmanes, que maten a la madre de los chavales, que arda un tipo vivo en mitad de una calle cualquiera. ¿Alguna postal turística? Vale: que sea en el Taj Mahal y que los chicos oficien de pícaros. ¿Algo de historia? Que salgan muchos trenes, que viajen por paisajes deslumbrantes, que se refleje así el legado del imperio británico que supo conectar un país inmenso a ritmo de locomotora… Todo eso sin parar. Con una música que se deja de escuchar, por asfixiante, y el bombardeo de un montaje enloquecido. 

El punto reservado al discurso artístico insinúa un homenaje a los culebrones de Bollywood. Amores intensos, traiciones familiares, el destino que no se puede sortear, el final feliz. Todo en ese discurso para ser verdad pasa por la empatía. En la película  resultan simpáticos los chavales, pero ni se repara en el asesinato de su madre porque pasa demasiado deprisa. Lo de Danny Boyle, el soberbio realizador de Trainspotting, es sólo un pastiche artificial con maquillaje posmoderno. Habría que ver qué tono tiene la novela en la que se inspira, Q & A (Anagrama), de Vikas Swarup. Quizá lo que allí se ofrezca tenga un punto de moderación. Y no esta abigarrada sucesión de bocados en un banquete que atraganta. Y aburre.


 

La pureza de lo inmediato

Por: | 26 de febrero de 2009

Walker Evans hizo, ya al final de su vida, fotos en color. Utilizó una cámara Polaroid y, en la exposición antológica que la Fundación Mapfre le dedica en Madrid, hay una selección de imágenes de ese periodo: detalles nimios, algunas letras, señales de tráfico, simples encuentros de unos colores con otros. Casi nada. También cuando empezó, todo su trabajo parece limitarse a recoger minúsculas variaciones de luz y golpes de contrastes entre el blanco y el negro. Las fotografías que tomó de los edificios de Nueva York, o su majestuoso puente de Brooklyn, tienen un aire de piezas minimalistas donde la anécdota es secundaria. “Pureza, rigor, simplicidad, inmediatez, claridad”. Consiguió que el trato directo con la realidad, sin filtros ni manipulaciones, fuera su manera particular de ejercer de artista.

Walker Evans Camion letrero

Empezó a tomar fotografías en 1928, a su regreso de Francia. Lo había arrastrado allí su pasión por Flaubert y Baudelaire. Con una cámara el la mano, se olvidó de la ficción. Enseguida salió a la calle. La gente, sus ademanes y sus posturas, sus rostros y su ropa, sus costumbres. Uno va de un lado a otro en esta exposición y parece que le estuvieran contando algunas de las muchas historias que ha vivido Estados Unidos en el último siglo. En 1933 estuvo en La Habana. Le sirvió como laboratorio para organizar su manera de documentar un mundo. Las calles de las ciudades, los interiores de las casas y los locales públicos, los escaparates, los hombres y las mujeres, las cosas.

En 1936 se fue con el escritor y periodista James Agee a contar cómo la gente con menos recursos estaba viviendo la Gran Depresión. Durante los meses de julio y agosto convivieron con tres familias de campesinos algodoneros de Alabama, en el sur. La nobleza de las figuras que retrató Walker Evans, y las miradas ingenuas de los niños que su cámara atrapó, provocan un extraño chirrido con la dureza de sus vidas, tan frágiles y elementales, ahí sobreviviendo en la más dura de las pobrezas. Fueron enviados por la revista Fortune, que no quiso publicar el reportaje. Los excesos de realidad son demasiado fuertes para los estómagos de los consumidores. Su proyecto terminó como libro: Elogiemos ahora a los hombres famosos (BackList, traducción de Pilar Giralt Gorina), que se iniciaba con las fotografías de Evans para ceder luego el espacio a la prosa de Agee. Inventaron un periodismo que estaba cargado con la munición de la poesía.

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La exposición de Madrid reúne más de un centenar de imágenes, y resume la trayectoria entera de Walker Evans (1903-1975). Apuntes de la vida en la ciudad y meticulosas radiografías del otro lado de América. Decía que los rostros de las personas quedaban desnudos cuando viajaban en metro. Y bajó a los vagones con su cámara. Y fue disparando. “Pureza, rigor, simplicidad, inmediatez, claridad”: ésas fueron sus consignas. Y con ésas hizo esas fotografías que rompen todas las defensas, y todas las poses, para retratar lo que queda de cada cual cuando el tiempo ha quedado en suspenso.

Puntos fijos y zonas neutras

Por: | 25 de febrero de 2009

Uno de los parroquianos de Le Condé, que estaba cerca de la glorieta de L'Odeon, en París, estaba obsesionado por lo que llamaba los puntos fijos. Unos cuantos lugares que resumen la vida de los individuos, decía. Y se ocupaba de anotar en un cuaderno los nombres de cuantos pasaban por ese café. Los nombres, y la fecha y hora exactas en que habían recalado por ahí. Más tarde apuntó también las señas de los asiduos. De tal manera que podía trazar los trayectos que iban del café a sus respectivas casas. Lo cuenta Patrick Modiano en una breve novela que se tradujo en septiembre del año pasado, En el café de la juventud perdida (Anagrama, traducción de María Teresa Gallego Urrutia).

Patrick modiano Daniel Mordzinski   

Todo ocurre a principios de los años sesenta y estamos en la orilla izquierda del Sena, en los antros que frecuentaba la bohemia de entonces, toda una galería de personajes que se cobijaban bajo la sombra de la literatura y el arte. Son asiduos del café Le Condé, por ejemplo, aquel dramaturgo que cultivó el absurdo, Arthur Adamov, y el novelista Maurice Raphaël. Luego hay otro montón de tipos raros, que no se sabe bien de dónde vienen, ni adónde van, qué hacen, de qué viven. Algunos son simpáticos y otros un tanto turbios. Beben con conocimiento de causa, a fondo, y consumen también otras sustancias. Lo que Modiano (la foto es de DaDaniel Mordzinski) hace es contar la historia de una joven que pasaba por allí. Su nombre era Jacqueline Delinque, pero la llamaban Louki.

Uno de los habituales de Le Condé apuntaba a todos en su cuaderno, obsesionado por los puntos fijos. Pero es que hay otro al que, más bien, le preocupan las zonas neutras, esos lugares intermedios de París que son “tierras de nadie en donde estaba uno en las lindes de todo, en tránsito, o incluso en suspenso". Modiano se sitúa así entre esos dos extremos. En un lado está el que pretende agarrarse a algo (aunque sea un nombre, una fecha, una dirección, una hora); en el otro, el que está de paso. Permanecer y desaparecer. La vida debe andar en alguna parte en medio de los puntos fijos y las zonas neutras.

La historia de Louki la cuenta el escritor francés a través de cuatro voces distintas. La de un joven que llega un día a Le Condé, y queda fascinado; la del detective que la busca por encargo de su marido; la de la propia chica, y la del muchacho, Roland, con la que ésta establece al final unos estrechos vínculos. Hija de una mujer que trabajó en Le Moulin-Rouge, un día siendo niña salió a explorar el mundo. De eso trata seguramente esta historia. De esa exploración. Que a ratos conduce a la melancolía y otras a la liviandad, como si fuéramos invencibles. Puntos fijos y zonas neutras. Pero también hay agujeros negros. Lo dice Roland, que a la larga corrían el riesgo “de que se nos tragase la materia oscura”.

En el lugar de la confusión

Por: | 20 de febrero de 2009

Si en La ofensa trató del pasado y en Derrumbe imaginó el futuro, Ricardo Menéndez Salmón se ha ocupado en El corrector (Seix Barral) del presente. Hay un aire común en las tres novelas. No sólo la marca del estilo, tan característico del escritor: frases cuidadas con mucho esmero, una cierta pulcritud. Lo que las hermana, sobre todo, es otra cosa. Como si lo que hubiera hecho fuera meterse a investigar en lo que sucede cuando la marea del mundo se desborda e inunda los ámbitos minúsculos que habitan los individuos. El pasado fue el pasado totalitario nazi, que sacudía al joven que sido llamado a filas. El futuro se acercaba a la fragilidad a la que se ve abocado cualquiera por el fanático nihilismo de un grupo de jóvenes. El presente que ha elegido Menéndez Salmón es el presente del 11-M. El horror de los atentados de Madrid. Y la confusión.

Vladimir trabaja como corrector y está terminando de revisar la traducción de Los demonios, de Fedor Dostoievski. Se entera entonces de que cuatro trenes han estallado en distintos lugares de Madrid. El caos se ha instalado y la televisión se convierte en la ventana por la que asomarse al precipicio. Suenan los teléfonos, se establecen distintas conversaciones, hay lágrimas y perplejidad y dolor. También hay quienes se refugian en sus prejuicios, dejándose mecer en la inopia de unos estereotipos que no hay que cambiar porque sólo así, en su simpleza, ofrecen el sucedáneo de consuelo necesario para seguir adelante.

La novela tiene algo de crónica de aquel día aciago. De tanto en tanto, hay una referencia a una hora exacta y se recopila lo que en ese instante se sabía. Habló Ibarretxe, se dijo que había 80 muertos (terminarían siendo 191) y miles de heridos, Aznar llamó a los directores de los periódicos, salió Otegi, se explicó Acebes. No fue titadine sino dinamita. Apareció en Alcalá de Henares una furgoneta con un detonador y una cinta con una grabación en árabe. Hay quienes defienden la versión de que ha sido ETA, otros van decantándose hacia otra explicación: los que están detrás de la masacre tienen que ver con el fundamentalismo islámico.

Ricardo menendez salmon

Crónica de un día aciago, pero también frenazo en seco para volver a pensarlo todo, valorar lo próximo, celebrar el amor. El desafío de Menéndez Salmón (la foto es de Paco Paredes) ha sido medirse con la catástrofe humana más cercana que han padecido los españoles para pronunciarse sobre el presente. Su escritura se ve muchas veces sacudida por la resaca de una fecha tan señalada. Las mentiras de los políticos soliviantan al corrector. El corrector busca apoyo en los libros que ama. Y está su mujer, y su hijo lejano. El reto de hacer balance. Menéndez Salmón ha lanzado un fogonazo para acercarse a todo aquello. Con ese fogonazo sólo ha alcanzado a iluminar la confusión del momento. Esa confusión ante el presente, donde todo se presenta mezcado, sin límites precisos, embarullado.

La verdad del lector

Por: | 19 de febrero de 2009

Lo que cuenta El lector, la película de Stephen Daldry basada en la novela de Bernhard Schlink, es la emergencia brutal de los hechos de la historia en la vida de un joven alemán a principios de los años sesenta. Todo empieza un poco antes, cuando todavía es adolescente y descubre el sexo con una mujer mayor. La locura del sexo y la intensidad de la pasión, y la complicidad del amor y sus incómodos equívocos. Hasta que un día se separan. Lo que viene después es esa irrupción del pasado, del ignominioso pasado de la Alemania nazi. Era la de aquellos años una época de hacer limpieza. "Ahora pienso que el entusiasmo con que descubríamos los horrores del pasado e intentábamos hacérselos descubrir a los demás era, en efecto, poco menos que repugnante", observa el narrador de la novela de Schlink (Anagrama, traducción de Joan Parra Contreras) cuando más tarde reconstruye lo que entonces pasó.

La película de Stephen Daldry tiene un registro clásico. Nada desentona en su transparente descripción del doloroso choque entre la historia y la vida. La fuerza de la trama de la novela de Schlink no necesitaba ningún aliño suplementario. Lo que importaba era conservar la intensidad de ese estallido, y cómo en un instante todo cuanto se vivió puede quedar atrapado en las pantanosas miasmas de un pasado infernal. "¿Cómo debía interpretar mi generación, la de los nacidos más tarde, la información que recibíamos sobre los horrores del exterminio de los judíos?”, escribe el protagonista de El lector en el libro.

"Sólo me pregunto si las cosas debían ser así”, observa poco después: “unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad”. Todo eso está en la película de Daldry. La desolación por lo irreparable y la extrema dificultad de pronunciarse sobre lo que había ocurrido ahí adentro, en las entrañas de los funcionarios que participaron en el horror. Y, sin embargo, condenar.

Luego está lo que significa, en el fondo, leer y si la dicha de frecuentar y disfrutar las grandes obras de Kate winslet el lector los clásicos va a transformar finalmente nuestras vidas. El detalle que quería, en cualquier caso, destacar es la elegancia de la lectura que ha hecho Daldry de Schlink. Esa elegancia pasa por la extrema fidelidad al espíritu del texto. Schlink describe así a la mujer que interpreta Kate Winslet (en la imagen): “Más bien parecía que se recogiera en el interior de su cuerpo, que lo abandonara a sí mismo y a su propio ritmo pausado, indiferente a los mandatos de la cabeza, y olvidara el mundo exterior”. Vean la película y observen con qué exactitud esas palabras se encarnan en la interpretación de Winslet que ha rodado Daldry. Ése es el gran lector, el que hace profundamente suyo lo que ha hecho otro. Sin traicionarlo, haciéndolo verdad.

El mono y la calavera

Por: | 17 de febrero de 2009

Ayer cerró Arco. La edición de la crisis, la del repunte de la pintura, la que tuvo a India como país invitado. La que convirtió la obra de Eugenio Merino, en la que aparece Damien Hirst pegándose un tiro, en la imagen de apertura de muchas de las informaciones de los primeros días. El artista que vendió sus tiburones en formol y sus calaveras llenas de brillantes por un enorme pastón mete la bala en el revólver y se lleva el revólver a la cabeza y dispara. Ése era el asunto del que se hablósobre todo. Que acabó una época de esplendor económico y que entramos en rebajas. Ahí estuvieron, sin embargo, las galerías con sus artistas. Acaso los pasillos parecían más amplios (se dieron de baja 40 galerías), pero fue un poco como siempre: más de lo mismo. Confusión y espectáculo, mezcla de lo más diverso, aparatosas propuestas y minúsculos detalles, nombres consagrados e ilustres desconocidos. Y, ahí en la zona donde estuvieron los artistas de la India, un mono junto a una calavera.

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En el límite de todo

Por: | 13 de febrero de 2009

Un día, Melnitsa saltó desde la ventana de un quinto piso en Arjánguelsk y se rompió el cráneo. En uno de los capítulos de Diario de un lobo (Alba), Mariusz Wilk se acuerda de ella, y cuenta cómo la conoció y las cosas que le enseñó. Le había explicado, por ejemplo, que las islas Solovki eran un basurero humano, que allí llegaban los soñadores, los idiotas, los poetas, los outsiders, los fracasados, los descarrilados, los místicos, los parásitos y los fugitivos. Allí, donde era "ya era imposible encontrarse más lejos", donde estaban "en el límite de todo". Un día le contó que el autor ruso Pável Florenski decía que "la realidad en el norte es más delgada que en otros lugares, como un jersey que se ha adelgazado a la altura de los codos". Y que era esa delgadez la que te permitía entrever el otro lado del mundo.

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Remedios contra la caducidad

Por: | 12 de febrero de 2009

La arrolladora fuerza del negocio del cine colabora, de tanto en tanto, para promocionar el libro, y ahora que hay mucho barullo con El curioso caso de Benjamin Button, la película de David Fincher, ha vuelto con fuerza Francis Scott Fitzgerald, autor del relato en el que supuestamente se inspira. En La tarde de un autor, el último relato que Lumen ha incluido en el volumen que lleva el mismo título del filme (la traducción es de Carlos Milla Soler), hay dos observaciones reveladoras. Cuenta las dificultades por las que pasa un escritor, que tuvo mucho éxito, para encontrar y construir una buena historia. Ya casi al final escucha tras una puerta tocar a una orquesta y se da cuenta de que hace ya tiempo que no baila, a pesar de que "en una reseña de su último libro decían de él que era aficionado a los clubes nocturnos; la misma reseña lo presentaba como hombre infatigable". El otro apunte alude a sus comienzos, "cuando declararon que tenía una 'facilidad fatídica', y él trabajó como un esclavo cada frase a fin de no ser así".

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El tipo raro y la bailarina

Por: | 10 de febrero de 2009

Lo único que hay en común entre el relato de Francis Scott Fitzgerald y la película de David Fincher, titulados El curioso caso de Benjamin Button, es la idea. Es decir, que hay un tipo que al nacer es ya anciano y que, a partir de ahí, lo que hace es decrecer. Hasta que llega a ser un bebé y todo termina. En cuanto a lo demás, el relato y la película no se parecen en nada. Ahí donde Fitzgerald es ligero, Fincher es pesado. Lo que para Fitzgerald es una reflexión sobre la fugacidad de las pasiones y el amor trágico, para Fincher es un drama a propósito de algunos desajustes temporales. Si a Fitzgerald se la suda la verosimilitud porque sabe la verdad que quiere contar (que estamos rotos porque el tiempo nos traiciona), a Fincher se lo ve tan obsesionado por hacer creíble lo que es increíble que al final se desentiende de la sustancia que quería transmitir (si es que quiso alguna vez transmitir alguna). En fin, que allí donde en Fitzgerald hay sentido del humor, en Fincher sólo hay un punto de pomposa solemnidad.

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La bisagra del presente

Por: | 05 de febrero de 2009

En Filosofía de la historia (Alianza), lo que hace Manuel Cruz es arrancar del estado calamitoso en el que se encuentran los hombres desde hace ya una temporada. Un estado calamitoso en términos de referencias y de valores: no hay manera de ver de qué va la vaina, se han despeñado los grandes relatos que colocaban cada cosa en su sitio, y el resultado es el de vagar perdidos y enquistarse en lo privado cuando el espacio público empieza a evaporarse. Así que la historia, volver a pensar la historia. En tiempos de desazón y perplejidad no está de más regresar al pasado, mirar atrás. Y eso hace el libro: tirar del hilo y proponer una lectura de las lecturas que los filósofos hicieron de la historia. En una de las citas que Manuel Cruz destaca, Kant afirma: "El hombre quiere concordia; pero la naturaleza sabe mejor lo que le conviene a la especie y quiere discordia".

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