40 Aniversario

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

¿De qué se ríen estos chinos?

Por: | 31 de agosto de 2009

En una de las salas del Reina Sofía pueden encontrarse hasta hoy a unos cuantos chinos muertos de risa. Forman pequeños grupos, todos ellos con la cabeza rapada y vestidos de manera austera, y tienen el aire jovial propio de los recreos. Ninguna tensión, pura camaradería. La instalación de Juan Muñoz puede verse desde una sala contigua a través de una suerte de ventana, pero también es posible pasear entre todas esas figuras, que tienen aproximadamente la altura de cualquier persona adulta. Tanta celebración contagia el ánimo desde la lejanía, y entran ganas de festejar con ellos la gracia que desata su hilaridad. Pero cuando se camina entre esos chinos, que tanto se parecen, el regocijo produce extrañeza. ¿De qué se están riendo? ¿Por qué tanta unanimidad?

Juan muñoz uly martin

Luego viene la inquietud. Es un registro, acaso el fundamental, sobre el que gira toda la obra de Juan Muñoz. Hay en el Reina Sofía (la foto es de Uly Martín) un montón de balcones, y hay espejos y escaleras de caracol y unas letras que componen la palabra hotel, hay una cortina que sugiere que la representación va a empezar, hay un escenario vacío con un tambor al fondo y un apuntador medio escondido, y te sorprenden aquí y allí distintos hombres y mujeres y enanos, muchos de ellos solos, depositados en cualquier parte sin misión alguna que cumplir, abandonados a la inútil tarea de observar el paso del tiempo. ¿Cuentan historias propias o más bien están ahí para formular alguna pregunta? Alguno de ellos se busca de manera extraña delante de un espejo, como si quisiera sorprender a su reflejo en el momento en que se dispone a salir huyendo.

Como los personajes de Beckett que rumian y rumian una conversación infinita que no conduce a ninguna parte, así ocurre con algunas esculturas de Juan Muñoz. El Reina Sofía le ha dedicado una gran exposición, y amén del recorrido previsible por las salas que se han reservado a la muestra, hay piezas dispersas por otros lugares del museo y, de pronto, cuando se cree haber abandonado la atmósfera obsesiva que crea el artista en sus obras, algunos de sus personajes, o grupos de ellos, vuelven a aparecer. Como una noria incesante que gira y gira y de la que no se puede salir. Ahí están esos dos que viven recorriendo, una y otra vez, el mismo trayecto en una caja de zapatos.

¿De que se están riendo esos chinos? En una de las salas se encuentran los vagones de un tren que ha descarrilado, montados unos sobre otros tras el impacto. Conviene acercarse para ver lo que hay dentro, porque en cada vagón habitan paisajes con escaleras y ámbitos distintos. Seguramente haya algo de manierismo en muchas de las piezas del artista, la repetición de una vieja cantinela. Pero seguramente sea también eso lo que lo distingue: haber construido un mundo de figuras próximas y familiares para poner en escena a través de ellas el vasto vacío que todo lo rodea, y que amenaza la consistencia de las propias certidumbres. Por eso, quizá, tanto espejo. Para conservar la frágil ilusión de estar todavía ahí.

El País

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