El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Una repentina aparición

Por: | 26 de noviembre de 2009

"Ni la palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras". El último libro incluido en el segundo volumen de la Obra poética de José Ángel Valente se titula No amanece el cantor y se publicó por primera vez en 1992. El poema citado está en la segunda parte, Paisaje con pájaros amarillos. Es como una puñalada o como un grito o como bajar la cabeza derrotado frente a lo inevitable. No hay poemas muy largos en ese libro. No hay versos, sólo palabras una detrás de otra: "Sobre la arena trazo con mis dedos una doble línea interminable como señal de la infinita duración de este sueño". "Y tú, ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?". "Me parecía ahora como si quedase en suspenso el amor. Y no era eso. Tan sólo tú no volverías nunca". Chispazos, lamentos, fulguraciones. Luces y sombras.

Jose angel valente maria polanco 
Para abrir la recopilación de esa segunda reunión de su poesía, Valente (la foto es de María Polanco) rescató un texto de Notas de un simulador, uno de sus libros en prosa, concretamente el titulado Cómo se pinta un dragón. Allí había escrito: "La palabra poética ha de ser percibida no en la mediación del sentido, sino en la inmediatez de su repentina aparición". También hablaba de que la poesía no debe asociarse necesariamente con la comunicación, que es también "incomunicación", estar metido en lo oscuro, dejar que emerja lo oscuro, hacerle sitio. "El poema no se escribe", decía, "se alumbra". Y apuntaba: "Escribir es una aventura totalmente personal. No merece juicio. Ni lo pide. Puede engendrar, engendra a veces en otro una volición, una afección, un adentramiento. Otra aventura personal. Eso es todo".

He vuelto a Valente hace unas semanas, a sus versos del principio, a su escritura del final, a sus ensayos críticos, a sus artículos de prensa. Pero ha sido sobre todo en los libros reunidos en Material memoria, la segunda parte de su obra poética, donde muchas palabras que había frecuentado sin ser tocado por ellas de pronto me afligieron. El poema no se lee, podría decirse a la manera en que decía Valente que no se escribe: a veces el poema a uno lo alumbra, lo toca, lo sacude, le rompe la crisma. O, como decía él mismo, engendra "una volición, una afección, un adentramiento". Poema: "Cuando ya no nos queda nada, / el vacío del no quedar / podría ser al cabo inútil y perfecto". Memoria: "Esa mujer que lloraba en mi cuarto / ¿era el recuerdo de un poema / o de uno de los días de mi vida?".

Copio estos dos últimos poemas de Mandorla, de 1982. A veces no hay más remedio que hacerlo, como cuando el Pierre Menard de Borges se puso a escribir el Quijote, idéntico palabra a palabra, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo al de Cervantes y, sin embargo, radicalmente distinto. Escribir es una aventura totalmente personal y leer es también una aventura totalmente personal. Paisaje con pájaros amarillos fue el ciclo de poemas que Valente escribió a raíz de la muerte de su hijo. "Ni la palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras". Quizá ahora puedo entender de dónde le salieron esas palabras a Valente. Lo que ya entiendo menos, cada vez menos, es a qué punto fueron a dar, dónde se sumergieron, qué horadaron para levantar, y de qué manera, el suelo bajo mis zapatos. 

Vértigo y empatía

Por: | 19 de noviembre de 2009

En la Fundación Juan March, en Madrid, se pueden ver estos días unas setenta obras de Caspar David Friedrich. Son dibujos a lápiz, gouaches, acuarelas. Lo primero que uno encuentra, en la zona reservada a los retratos, es una azarosa yuxtaposición de figuras en la misma superficie: una dama con sombrero y un ganso, por ejemplo, o una anciana al lado de una cabeza de caballo. Apuntes y estudios, borradores caprichosos realizados sobre cualquier papel o sobre un cuaderno de notas. Lo que ahí se puede ver es el otro lado del trabajo de un artista. Sus vagabundeos mentales sobre unas cuantas formas, el ejercicio cotidiano que se cultiva para hacer músculo, el afán de atrapar en algún sitio lo que se está escurriendo entre los dedos: una dama con sombrero, ahora; más tarde será un ganso. Un movimiento, una sombra, un matiz.

Caspar david friedrich cementerio de un monasterio bajo la nieve 1817-19
Divagaciones y apuntes de la naturaleza. Detrás de esos pequeños ejercicios estrictamente personales es posible imaginar la extrema concentración del artista en lo que estaba haciendo, como si en ello le fuera la vida. De hecho, y tal como la exposición muestra, muchos de aquellos esbozos pasaron luego a formar parte de sus grandes lienzos. Ese abeto, que se detuvo a dibujar con tanto mimo en un papel cualquiera en 1804, elo trasladó luego a Vista del valle del Elba, el óleo que pintó en 1807. Lo que no era más que un ejercicio se convierte así en parte de la obra de ese artista romántico ( en la imagen: Cementerio de un monasterio bajo la nieve, 1817-19) que rompió con la manera de tratar el paisaje que se estilaba entre sus contemporáneos y sus mayores.

En una de las paredes de la Juan March han copiado una frase de Caspar David Friedrich: "Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena". La frase está ahí en medio de las ruinas que fue dibujando, cerca de una enredadera de habas que copió minuciosamente, al lado de unas piedras, un acantilado, los nervios huesudos de un árbol seco. "Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y las piedras, para ser lo que soy", dijo también ese artista que estaba profundamente convencido de que la naturaleza era "la única fuente verdadera del arte".

De todo eso trata Robert Rosemblum en el capítulo que le dedica en su ensayo La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico (Alianza, traducción de Consuelo Luca de Tena), donde explora los flujos subterráneos que conectan obras tan distantes como las de Friedrich y Rothko. Hay que colocarse en el momento en el que Friedrich pinta, con el ruido de fondo de la Revolución Francesa y con el cristianismo tocado por el avance de la razón. Fue entonces cuando aquel artista romántico, que había venido al mundo en un pueblo de la costa báltica, volcó en sus lienzos la colosal magnificencia de la naturaleza frente a la insignificancia de la criatura humana. Escribe Rosemblum: "La búsqueda teológica de la divinidad fuera de las pompas de la Iglesia constituye el dilema central de más de un artista romántico". Entre ellos estaba Friedrich, que atrapó lo sagrado no ya en la estampa anecdótica de cualquier drama religioso sino en el paisaje. Había llegado la hora de la razón, por fortuna, pero el artista alemán prefirió dar noticia de los abismos que seguían ahí. Por eso esa empatía con la naturaleza, que tan bien reflejan estos dibujos: para confundirse con el insondable vértigo de lo efímero, para arañar el misterio, para trazar el escalofrío que produce la muerte helada.

Un tejido de múltiples voces

Por: | 11 de noviembre de 2009

"El desorden es el más bello de los órdenes". "Los cerdos se lavan con cieno; las aves de corral con polvo y ceniza". "Acuérdate de quienes olvidan la dirección del camino". "Para las almas es plenitud o muerte volverse húmedas". "¿Cómo ocultarse de lo que no tiene ocaso?". "No sería mejor para los hombres que aconteciese lo que desean". "El carácter del hombre es su destino. “A quienes entran en los mismos ríos bañan aguas siempre nuevas". ¿Quién escribió todas estas extrañas sentencias? ¿Fue un filósofo, un poeta, un profeta, un charlatán? Lo hizo Heráclito, y están incluidas en un nuevo libro que se presentó la pasada semana en Madrid. Heráclito: fragmentos e interpretaciones (Ardora) es un volumen de 467 páginas y recoge, por así decirlo, las obras completas del filósofo griego: 126 fragmentos. Los editores, José Luis Gallero y Carlos Eugenio López, explican que 123 de estos fueron admitidos como genuinos por Hermann Alexander Diels y Walther Kranz, las grandes autoridades en cuanto tenga que ver con los presocráticos, y que han incluido tres de los que consideraron dudosos y uno que nunca recogieron, pero que fue reivindicado por Hans-Georg Gadamer como auténtico. Esta nueva propuesta de volver a Heráclito se ha construido a partir de una mirada que los editores resumen así: "Además de ante un filósofo, nos hallamos, por decirlo de un  modo sintético, ante un poeta". Heraclito hendrik ter brugghen

Nacido en Éfeso, pocas cosas se saben de Heráclito (el retrato es de 1628, obra de Hendrick ter Brugghen): que vivió en tiempos de Darío, que alcanzó su madurez durante la LXIX Olimpiada (504-501), que era un tipo hosco, arrogante y atrabiliario con un altivo sentimiento aristocrático. Cuentan Gallero y López que de sus peripecias no han llegado más que citas. "Es probable que Heráclito jamás escribiese un texto unitario, sino una colección de sentencias, como su carácter oracular permite colegir", explican.

Así que se dedicaron a traducir los fragmentos de Heráclito y fueron, al tiempo, siguiendo sus huellas: cómo lo habían leído e interpretado los que vinieron después. El resultado es este libro que despliega un apabullante tejido de voces que han rascado, para encontrar sus sentidos ocultos, los oscuros pliegues de ese puñado de frases que forman parte del código genético de la cultura occidental. "Un texto cargado de incógnitas, ininterrumpidamente interpretado, en permanente proceso de elaboración: ésta es la realidad de los fragmentos", dicen Gallero y López.

Así que están los fragmentos, y luego las lecturas que han coleccionado sobre éstos, uno a uno: esa multitud de referencias que proponen caminos muy distintos para llegar al filósofo. Erudición exquisita y pedagogía de alto nivel, pero también puros arañazos: aproximaciones, tentativas, llamaradas de sentido. Hablan Platón, Aristóteles o Séneca, entre otros. Gadamer, Marcovich, Guthrie, Jaeger, Mondolfo, Gigon, Nestle, Fränkel o Rodríguez Adrados despliegan sus rigurosas investigaciones. De María Zambrano, Ortega, García Calvo, García Bacca o Gómez de Liaño, y de Heidegger, Nietzsche, Hegel, Simone Weil o Castoriadis se han recogido sus interpretaciones. Pero también están Hölderlin, Donne, Machado y tantos y tantos otros. El resultado: un fascinante tapiz donde se entrelazan los hilos más distintos y un autopista de múltiples direcciones. Heráclito escribió: "Todo lo gobierna el rayo". Y René Char, un montón de centurias después: "Somos ingobernables. El único amo propicio para nosotros es el Rayo, que tan pronto nos ilumina como nos parte en dos".

La épica de la insignificancia

Por: | 10 de noviembre de 2009

Eduardo Mendoza ha titulado su último libro Tres vidas de santos (Seix Barral), y reúne allí otros tantos relatos escritos en distintos momentos de su trayectoria literaria. Si hay algo que el sentido común asocia a una vida de santo es el prodigio: tipos excepcionales que aguantan los mayores tormentos por servir a la causa de Dios o que viven en la más remota soledad sometidos a múltiples pruebas o que hacen milagros o que perseveran en su fe en las circunstancias más adversas. Los personajes de estas historias, sin embargo, nada tienen de excepcional y si se escarbara tras algo en lo que pudieran destacar, destacarían por su insignificancia. Quizá se pueda hacer alguna excepción, como en el caso del presidiario que se convierte en autor de éxito en el último relato, pero en términos generales nada relevante les ocurre, nada hacen que merezca el aplauso unánime, ni siquiera libran batallas particulares que no sea la insoslayable de sobrevivir.

Mendoza 
Son insignificantes y viven vidas chapuceras. Lo que Mendoza (la foto es de Gianluca Battista)consigue al contarnos sus peripecias es fulminar de un golpe cualquier boato artificial que pretenda darles un falso brillo. Como si al final viniera a contar que si esos personajes son insignificantes lo son porque la insignificancia es la marca de fábrica de cualquier hombre y de cualquier mujer. Y que si sus vidas son chapuceras lo son porque la propia vida es una chapuza. La santidad, esa distinción excepcional que sobre tan pocos recae, sería así un burdo embeleco.

La ballena, el primero de los textos y el más antiguo, arranca en el Congreso Eucarístico que se celebró en Barcelona en 1952. La falta de plazas de alojamiento que genera la abundancia de visitantes a tan imponente cita obliga a algunas familias pudientes a acoger en sus casas a algunos de ellos. A Fulgencio Putucas, obispo de San José de Quahuicha, un pequeño pueblo de un pequeño país de Centroamérica, le toca la casa de tía Conchita y tío Agustín, una familia bien colocada y de rancia tradición. Todo está dispuesto para el día de su llegada y ahí aparece, con toda solemnidad, el obispo: "Bajo de estatura, corpulento de complexión, piel color de tierra labrada, expresión hierática. Tenía la cara ancha, los ojos achinados, los labios carnosos, la nariz roma y el cabello negro, espeso, lacio y lustroso".

Las cosas se complican cuando tiene que irse. Un golpe de Estado en su país lo obliga a permanecer fuera si quiere conservar la vida. Es entonces cuando ya nadie quiere ocuparse de él y cuando asoma su verdadera condición, su insignificancia. Tampoco deslumbran las peripecias que Mendoza cuenta en El final de Dubslav, de ambiente africano, y en El malentendido, donde propone también de paso una reflexión sobre el arte de leer y escribir. La paradoja es que justamente cuando nada de heroico hay para contar, Mendoza convierta la narración de las cosas de estos personajes en una suerte de épica de la insignificancia. Y  consigue, quizá por eso, que se sigan sus aventuras con una sonrisa permanente. Que no es mala manera de disfrutar de un libro.

El escritor en su observatorio

Por: | 04 de noviembre de 2009

Ayer murió Francisco Ayala a los 103 años. Del exilio, al que lo empujó el final de la Guerra Civil, regresó a España para instalarse en 1976. Y ese mismo año, entre el 16 y el 21 de noviembre, publicó cinco artículos en las páginas de Opinión de EL PAÍS con el título genérico de España, a la fecha. Se pronunciaba allí sobre lo que estaba pasando aquí tras la muerte del dictador y lo hacía con el estilo y las maneras que traía puestas de fuera. Es decir, con extrema libertad, con lucidez y rigor académico y sin andarse con guiños hacia cuantos, entonces, batallaban por cambiar las cosas. Trató en esos textos de las maneras arcaicas de los españoles que salían fuera de nuestras fronteras, por ejemplo, y señalaba también cómo muchos de los que peleaban por transformar el país eran "vástagos de los jerarcas del régimen". Habló del ocaso de las ideologías, de la necesidad de los partidos y la despolitización, de la inconsistencia de los desmanes de los radicales (se refirió a "la confusión mental" de los que los perpetraban), de terrorismo, de las expectativas ante las próximas elecciones, de nacionalismo y federalismo. Muchos, entonces, no supieron conectar con su discurso. Existía la absurda creencia de que quien no profesara de marxista no tenía gran cosa que decir. Así que a Ayala no se lo supo leer en aquellos días. Y eso era una marca del exilio: la dificultad de que conectaran los que llegaban con los que se habían quedado.

Francisco ayala 1 
No soy amigo de las confidencias, pero a Francisco Ayala (la fotografía es de Gorka Lejarcegi) yo lo descubrí cuando escribió, también en las páginas de este diario, del general Vicente Rojo. El retrato que hizo del militar republicano, de sus afanes y de sus inútiles batallas, de su extremo rigor como patriota y de su calidez humana y de "su pudorosa y digna reserva" era tremendamente veraz (y no pretendía agradar: señalaba "sus principios inconmovibles", "sus amarguras casi insufribles"). Se conocieron en Buenos Aires alrededor de una revista que puso en marcha Rojo, y en la que Ayala aceptó colaborar: Pensamiento Español. No llegaron a tratar mucho, pero existió entre ambos una corriente de afecto.

Como Ayala había sabido retratar con tanta verdad a Rojo fue necesario dar el salto y leer a aquel caballero que había llegado de las Américas sin la mancha embrutecedora de la dictadura. Fue entonces cuando descubrí cuán bien casaban en su discurso la vieja independencia de quien se había formado en la España que daría luz a la República con el cosmopolitismo del hombre de letras que no sólo rompe fronteras espoleado por la curiosidad sino que recorre el mundo obligado por el exilio. No se enquistó en melancolía alguna, y supo ser uno más en los países que habitó. La ligereza del que va de un lado a otro (Argentina, Brasil, Puerto Rico, Estados Unidos), y no se emponzoña, y el rigor del que estudia y frecuenta a los clásicos y los estudia y los reinventa en su escritura.

Así que Ayala volvió y siguió trabajando. El observador en su escritorio: así tituló uno de los artículos que publicó en este diario y en el que se ocupaba del brasileño Carlos Drummond de Andrade. Así he titulado esta entrada. Ayala estuvo pegado a lo que iba ocurriendo en este país. Lo miraba y escrutaba desde su larga experiencia y sus muchas lecturas. Luego regresaba a su escritorio y lo contaba. Una palabra detrás de otra. No era la sabiduría del que pontifica desde las alturas. Era la de quien, como en aquella República que se fue al garete, mira el mundo a la altura de los ojos. De tú a tú. Y que ve sus grandezas y sus imperfecciones. Ésa fue, seguramente, una de sus grandes lecciones.

La existencia mecánica

Por: | 03 de noviembre de 2009

"Ahora soy una madre y también una mujer casada, pero no hace mucho fui una delincuente". Así empieza Una novelita lumpen, uno de los textos de Roberto Bolaño que Anagrama ha rescatado hace poco y que se publicó por primera vez hace unos años. Todo arranca con la muerte en un accidente de tráfico de los padres de Bianca, la narradora, y de su hermano. Así que tienen que sobrevivir como pueden en la casa en la que han vivido siempre, ahí en la plaza Sonnino, en Roma. Pronto dejan de ir al colegio: ella se emplea en una peluquería; él, en un gimnasio. El chico se aficiona a ver películas pornográficas y su hermana lo acompaña. Un día ella se fue a la cama pensando que iba a soñar con esas cochinadas, cuenta, pero no ocurrió tal cosa. "Caminaba por el desierto, medio muerta de sed, y sobre un hombro llevaba un loro blanco, un loro que decía: ‘No puedo volar, lo siento, perdóneme usted, no puedo volar". De eso trató finalmente su sueño. Ladies & gentlemen: estamos en el mundo de Bolaño.

Entra así en la narración, como quien no quiere la cosa, así entra ese loro blanco tan educado que pide perdón por no poder volar. Pesaba unos cinco kilos, dice Bianca, y explica que en el sueño le rogaba al loro que se fuera, que pesaba demasiado, pero el loro no se movía del hombro por ningún motivo. El desierto y el calor, las piernas le flaqueaban a Bianca, e iba temblando mientras avanzaba con lentitud con el loro blanco en el hombro, y cuenta que era como si tuviera cáncer, pero que era también como si se corriera, "una corrida interminable y agotadora", o como si se tragara los ojos. Sus propios ojos. Y dice, sí, que procuraba tragárselos pero sin mascarlos. ‘Ánimo, Bianca’, parece que le decía el loro. Y Bianca apunta que se lo diría hasta que cayera sobre la arena, muerta de sed. El loro volaría entonces, "hacia otra zona del desierto, se alejaría de mis despojos agónicos en busca de otros despojos menos agónicos".

Roberto bolaño 1 
Esto en la novela es sólo un sueño, porque lo que Roberto Bolaño (la foto es de Marcel.lí Sáenz) va contando a través de esa narradora, Bianca, es cómo se las están intentando arreglar aquellos chicos. Se les ha venido abajo todo, así que van probando, buscando un trabajo y entrando a los videoclubes, viendo películas guarras, caminando por la ciudad. Un día el hermano lleva a casa a dos amigos un poco mayores, el libio y el boloñés. Los conoce del gimnasio, son educados, lavan los platos y preparan alguna comida de vez en cuando, pasan unos días, luego se van. Bianca revisa cada rincón para ver si han robado. No, no se han llevado nada.

Llega un momento en que el hermano se queda sin trabajo. Llega otro momento en que sus amigos vuelven a la casa. Luego ocurre que Bianca deja que uno entre en su habitación a oscuras y le haga a oscuras el amor. "Creo que fue el boloñés", dice, y después seguirá entrando, o entrará el otro, no le importa quién de ellos sea, no quiere saberlo. Tiene miedo de que una desgracia ocurra y que su hermano padezca; se va dando cuenta de que va a convertirse en una delincuente. Hasta que ocurre. Así son las cosas. La pobreza y la falta de medios y el estar medio fuera de todo: eso empuja, eso va produciendo como una existencia mecánica. Pasan unas cosas, pasan otras. Ahí siguen: las piezas se acoplan, la vida continúa.

“Posadas destartaladas”

Por: | 02 de noviembre de 2009

Nicolas gomez davila 

El título es como para dar marcha atrás: Escolios a un texto implícito (Atalanta). De escolio dice Franco Volpi, autor del prólogo, que "indica una nota en los manuscritos antiguos y en los incunables, añadida por el ‘escoliasta’ en interlínea o al margen para explicar los pasajes oscuros del texto desde el punto de vista gramatical, estilístico o exegético". El texto implícito es "la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada" que esos escolios comentan. Si Zaratustra dijo, por ejemplo, que "al hombre del conocimiento le disgusta bajar al agua de la verdad no cuando está sucia, sino cuando no es profunda", lo que escribe Nicolás Gómez Dávila (en la imagen, en su despacho) es que "las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos". Entre una frase y otra hay un aire común, no en vano llamaron a este peculiar pensador "el Nietzsche colombiano". Su estilo es transparente y claro; sus maneras, provocadoras; su obra, una larga colección de aforismos llenos de inteligencia y humor, de una rara originalidad, a contracorriente de las ideas que hoy se imponen.

Porque lo que sobre todo hace en sus escolios Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1913-1994) es arremeter contra la modernidad, criticar a cañonazos la democracia ("Los parlamentos democráticos no son recintos donde se discute, sino donde el absolutismo popular registra sus edictos"), meterse con el ideal de igualdad, machacar al comunismo ("Llámase comunista al que lucha para que el Estado le asegure una existencia burguesa") y al socialismo, cuestionar la idea de progreso y de la supuesta perfectibilidad del hombre, cebarse en la técnica y sus sacerdotes. De sí mismo dice que es reaccionario: "aquel que está en contra de todo porque no existe ya nada que merezca ser conservado", aclara Franco Volpi. Fue un católico convencido, quiso pertenecer a una suerte de aristocracia de la inteligencia y defendió con firmeza el deseo ("mejor no ser nunca nadie, mejor no ser nunca nada que matar en nosotros el deseo", escribió en sus Notas). Al final terminó siendo un tipo raro que leía en varias lenguas y que iba montando su entera filosofía sobre la frágil consistencia de sus brillantes ráfagas, sus suspiros, sus balazos siempre certeros. La publicación de las 1.407 páginas de sus Escolios… ha sido un hermoso regalo. La fiera independencia del pensador colombiano sirve para sacudir los tópicos con los que habitualmente nos manejamos. Eso es impagable y aunque, como ocurre con todos los libros de aforismos, no siempre se consiga sintonizar con cada uno de ellos, hay algunos que sirven para barrer los deshechos y para paladear la gloria. La mejor forma de presentarlo, sin embargo, es la de leerlo. He aquí, pues, algunos de sus escolios:

"Yo carezco de opiniones, sólo tengo breves ideas, transitorias y fugaces, más parecidas a las posadas destartaladas donde descansamos una noche que a las mansiones espléndidas, donde no sabemos bien si moramos, o si somos prisioneros de su misma magnificencia".

"La madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo".

"Al corregir la natural ambivalencia de los sentimientos, la razón los corrompe y mutila el universo.
Quien suprime las secretas connivencias entre sus amores y sus odios, se vuelve un fanático que camina entre esquemas".

"Negarse a admirar es la marca de la bestia".

"Después de desacreditar la virtud, este siglo ha logrado desacreditar los vicios.
Las perversiones se han vuelto parques suburbanos que frecuentan en familia las muchedumbres domingueras".

"Para las circunstancias conmovedoras sólo sirven lugares comunes. Una canción imbécil expresa mejor un gran dolor que un noble verso.
La inteligencia es actividad de seres impasibles".

"Escribir corto para concluir antes de hastiar".

"Hay opiniones que es justo barrer con respeto, pero empuñando firmemente la escoba".

"Ciencia es lo que no llega a la intimidad de nada".

"Si queremos que algo dure, hagámoslo bello, no eficaz".

"Revolución es el período durante el cual se estila llamar ‘idealistas’ los actos que castiga todo código penal".

"Un grano de ironía impide que la indignación nos envenene".

"Después de hospedarse en una mente norteamericana las ideas quedan sabiendo a Coca-Cola".

"Nada nos avergüenza tanto como haber proferido trivialidades pomposamente".

El País

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