"Ni la palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras". El último libro incluido en el segundo volumen de la Obra poética de José Ángel Valente se titula No amanece el cantor y se publicó por primera vez en 1992. El poema citado está en la segunda parte, Paisaje con pájaros amarillos. Es como una puñalada o como un grito o como bajar la cabeza derrotado frente a lo inevitable. No hay poemas muy largos en ese libro. No hay versos, sólo palabras una detrás de otra: "Sobre la arena trazo con mis dedos una doble línea interminable como señal de la infinita duración de este sueño". "Y tú, ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?". "Me parecía ahora como si quedase en suspenso el amor. Y no era eso. Tan sólo tú no volverías nunca". Chispazos, lamentos, fulguraciones. Luces y sombras.
Para abrir la recopilación de esa segunda reunión de su poesía, Valente (la foto es de María Polanco) rescató un texto de Notas de un simulador, uno de sus libros en prosa, concretamente el titulado Cómo se pinta un dragón. Allí había escrito: "La palabra poética ha de ser percibida no en la mediación del sentido, sino en la inmediatez de su repentina aparición". También hablaba de que la poesía no debe asociarse necesariamente con la comunicación, que es también "incomunicación", estar metido en lo oscuro, dejar que emerja lo oscuro, hacerle sitio. "El poema no se escribe", decía, "se alumbra". Y apuntaba: "Escribir es una aventura totalmente personal. No merece juicio. Ni lo pide. Puede engendrar, engendra a veces en otro una volición, una afección, un adentramiento. Otra aventura personal. Eso es todo".
He vuelto a Valente hace unas semanas, a sus versos del principio, a su escritura del final, a sus ensayos críticos, a sus artículos de prensa. Pero ha sido sobre todo en los libros reunidos en Material memoria, la segunda parte de su obra poética, donde muchas palabras que había frecuentado sin ser tocado por ellas de pronto me afligieron. El poema no se lee, podría decirse a la manera en que decía Valente que no se escribe: a veces el poema a uno lo alumbra, lo toca, lo sacude, le rompe la crisma. O, como decía él mismo, engendra "una volición, una afección, un adentramiento". Poema: "Cuando ya no nos queda nada, / el vacío del no quedar / podría ser al cabo inútil y perfecto". Memoria: "Esa mujer que lloraba en mi cuarto / ¿era el recuerdo de un poema / o de uno de los días de mi vida?".
Copio estos dos últimos poemas de Mandorla, de 1982. A veces no hay más remedio que hacerlo, como cuando el Pierre Menard de Borges se puso a escribir el Quijote, idéntico palabra a palabra, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo al de Cervantes y, sin embargo, radicalmente distinto. Escribir es una aventura totalmente personal y leer es también una aventura totalmente personal. Paisaje con pájaros amarillos fue el ciclo de poemas que Valente escribió a raíz de la muerte de su hijo. "Ni la palabra ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vivieras". Quizá ahora puedo entender de dónde le salieron esas palabras a Valente. Lo que ya entiendo menos, cada vez menos, es a qué punto fueron a dar, dónde se sumergieron, qué horadaron para levantar, y de qué manera, el suelo bajo mis zapatos.
Hay 5 Comentarios
Desdichado tú, José Ángel...
Y la palabra se hizo carne y habitó entre mis sábanas.
Publicado por: DÍAS INTENSOS | 05/12/2009 2:02:37
Hola José Andrés,
Al otro lado de la mar océano te escribo, es decir México, he disfrutado tus contribuciones que poseen mucha calidad estética y en especial ésta,una repentina aparición, que atisbo también es poesía pura y lo que en el interior de cada uno convierte, y que inadvertidamente intuyes y al final comprendes. Es lo grande de
esta nuestra lengua, en la que podemos
compartir eso, lo indecible.
Saludos,
Gustavo.
Publicado por: Gustavo | 03/12/2009 1:52:15
Valente propone un viaje a los límites de la expresión en su última navegación poética. El viaje no es agradable, precisamente. Poco son los polizones que serán aceptados en una crucero tan exigente. No cualquier lector es bien recibido, por lo poco que yo sé.
Su labor de traductor es un complemento a su poesía. Como este poema de Eugenio Montale: "La forma del mondo"
Si tiene el mundo la forma del lenguaje
y el lenguaje la forma de la mente,
la mente con sus plenos y vacíos
no es nada o casi y no puede salvarnos.
Así habló Papirio. Ya era noche
y llovía. Pongámonos a salvo,
dijo, y avivó el paso no advirtiendo
que era el suyo el lenguaje del delirio.
Publicado por: PREcarísimo | 30/11/2009 21:45:26
Memoria: "Esa mujer que lloraba en mi cuarto / ¿era el recuerdo de un poema / o de uno de los días de mi vida?". Valente.
¿Qué es esa luz que se apaga una luciernaga o un imperio? Borges.
Publicado por: Juan Carlos Morales | 28/11/2009 17:13:20
Hola Jose Andrés:
Es un gusto leer tus artículos, sabes sacar la esencia de un autor.
Serías un excelente profesor de literatura.
Después de leer tu artículo me ha vuelto a renacer el interés por este poeta, a quién leí hace años sin pena ni gloria.
Mientras tanto disfrutaremos con tus artículos.
Publicado por: Marisa | 28/11/2009 10:31:22