40 Aniversario

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Una profunda desolación

Por: | 25 de febrero de 2010

Cada cual, cuando lee, deja en manos de su imaginación construir lo que las palabras le dicen. En La carretera (Mondadori, traducción de Luis Murillo Fort) lo que hace Cormac McCarthy es dar cuenta de un mundo que ha sido arrasado por lo que parece un holocausto nuclear. Un paisaje quemado y guarro, vacío, y unos hombres abandonados que tienen como horizonte único la tarea de sobrevivir. Y en ese empeño vale todo. Así que reina el miedo y la desconfianza, y la violencia se ha convertido en el único argumento. Lo mejor que puede decirse de The Road (La carretera), la película de John Hillcoat basada en la novela de McCarthy, es que el mundo que ha llevado a la pantalla se parece bastante al mundo inventado por el escritor. Ésa es su fuerza mayor, la potencia devastadora de unos lugares yermos que podrían haber sido destruidos por una catástrofe.

The-road-01
Hay un momento, por ejemplo, en que unos inmensos árboles se derrumban. Incapaces ya de sostenerse, heridos por dentro, deshechos. La cuestión es que, sobre ese telón de fondo hecho trizas, un padre y su hijo caminan rumbo al sur (en la imagen, Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, en un fotograma de la película). Huyen, no se sabe por qué y con cuantas garantías, pero van andando, y siguen y siguen y siguen. Como ocurre en la novela, el repertorio de explicaciones es mínimo. Acaso convenga decir que, en los momentos difíciles, el padre le habla al hijo de un fuego que llevan dentro.

"Cuando se dedicaba a mirar cómo dormía el chico había momentos en los que empezaba a sollozar sin poder controlarse pero no por la idea de la muerte", escribe Cormac McCarthy en la novela. "No estaba seguro de cuál era el motivo pero pensaba que tenía que ver con la belleza o con la bondad. Cosas en las que ya no podía pensar de ninguna de las maneras".

La belleza y la bondad en unas condiciones de vida donde esas palabras han dejado ya de tener sentido. ¿Por qué entonces seguir, si tampoco la alegría es posible, ni hay esperanza alguna? De eso trata la novela. La película también araña esos complicados asuntos, pero sólo los araña: quedan desdibujados. Hay que decir que la hondura que no consigue alcanzar no la sustituye por ningún sentimentalismo gratuito (la contención es, seguramente, otro de sus méritos). El mayor, en cualquier caso, es haber encontrado esos paisajes que, con sólo ponerles una cámara delante, resumen la profunda desolación de la novela. John Hillcoat buscó las localizaciones con Chris Kennedy, el responsable del diseño de producción. La Nueva Orleáns destrozada por el Katrina, el monte Saint Helens, un estratovolcán en Washington y las zonas mineras de Pennsylvania y Pittsburg se ajustaban perfectamente a ese mundo futuro destruido por una catástrofe nuclear. El futuro habita ya algunas zonas del presente.

Filadelfia, punto de encuentro

Por: | 23 de febrero de 2010

Imprentas, muelles y barcos. Filadelfia fue decisiva en la construcción del imaginario colectivo de los Estados Unidos cuando empezaba a inventarse como país. Y en esa ciudad coincidieron en la tercera década del siglo XIX algunas de las figuras más relevantes del proceso político que se vivía entonces  en Hispanoamérica. "Son los años de la campaña del Perú, la transición del imperio de Iturbide a la república federal en México, la posibilidad de una invasión separatista a Cuba y Puerto Rico y la formulación de la Doctrina Monroe, en Estados Unidos", escribe Rafael Rojas en Repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica (Taurus), la obra con que ganó el Premio de Ensayo Isabel Polanco. Ahí recoge, por ejemplo, esta entusiasta invitación de uno de los intelectuales más relevantes del Perú, Manuel Lorenzo de Vidaurre: "Viajero pensador, no busques ejemplos en Maquiavelo, ven a presenciarlos en los Estados Unidos de América. Aquí el ardiente patriotismo tiene las arcas de estos hombres libres siempre abiertas para cuanto mira al engrandecimiento de su patria”.

Rarael rojas carlos rosillo
Vidaurre fue de los que terminó exiliado en Filadelfia durante aquellos años por alguno de los múltiples conflictos que se produjeron en su país, y allí coincidió con el mexicano fray Servando Teresa de Mier, el guayaquileño Vicente Rocafuerte y el cubano Félix Varela. En la tercera década del siglo XIX, cuenta Rojas (la foto es de Carlos Rosillo), "circulaban en Filadelfia 16 periódicos, 21 revistas, 17 semanarios y varios cientos de libros". La arteria principal, que desembocaba en el muelle, estaba llena de librerías e imprentas. La ciudad era un hervidero de ideas, y ocupaba un lugar estratégico para conectar cuanto se estaba produciendo en los Estados Unidos con lo que surgía en la otra América y con lo que pasaba más allá, en Europa. Y era eso lo que buscaban aquellos pensadores hispanoamericanos: ideas, y el clima idóneo (el de la discusión y el debate) para que germinaran.

Durante los años en que los países hispanoamericanos batallaban por conquistar su independencia, Estados Unidos no fue enemigo sino más bien cómplice de aquella aventura. Rafael Rojas consigue en su libro transmitir aquel clima de fervor patriótico que animaba los distintos proyectos que se iban elaborando para aquella joven América que se libraba del yugo español. La reivindicación del catolicismo se daba a veces de patadas con el aire ilustrado que imperaba entonces, pero otras veces confluía con él y ambos discursos sabían convivir y potenciarse. Lo que aquellos pensadores hispanoamericanos hacían era traducir las corrientes intelectuales de su tiempo para adaptarlas a sus respectivos países, aunque entonces no existieran todavía como se conocen ahora y, sobre todo, flotara aún el proyecto de esa gran América que se iría al traste a finales de la década.

En su brillante ensayo, Rojas reconstruye un tiempo en que Estados Unidos era para los países del sur un lugar de encuentro, no de confrontación. Así que aquellos exiliados que habían llegado a Filadelfia se dedicaron allí a comentar los textos de Thomas Paine, Thomas Jefferson o John Quincy Adams o a estudiar la Declaración de Independencia de las Trece Colonias y la Constitución de Estados Unidos. Rocafuerte, que llegó a ser presidente de Ecuador entre 1835 y 1839 y que se definía a sí mismo como un "simple patriota", pasó en unos cuantos por varias transformaciones: de liberal gaditano a defensor de la monarquía parlamentaria británica, luego fue republicano bolivariano (y, por tanto, centralista) y terminó como republicano federalista. Cuando fue expulsado de México durante el imperio de Iturbide se refugió en Estados Unidos. Y desde allí escribió, y es un buen resumen de la admiración por el vecino del norte: "He abandonado las risueñas vistas del precioso valle de Tenochtitlan por las márgenes del Potomac, en cuyas cercanías está el sagrado sepulcro del héroe de los siglos, el grande, el inmortal Washington. Venid aquí, ¡oh, valientes mexicanos!, a consultar sus veneradas cenizas y a su aspecto volveréis a templar vuestras almas. Éste es el oráculo verdadero de la virtud y la libertad".

Azar + estado de ánimo

Por: | 22 de febrero de 2010

De nuevo la cita con Arco y de nuevo la misma pregunta: ¿está este año mejor o peor que el anterior? Debo haberla oído desde la segunda edición de la feria. Pero no falla. Y lo más curioso es que se suele contestar. Con más o menos argumentos, con referencias a piezas concretas que se exponen o que se expusieron, con comentarios sobre la organización de los espacios, con cifras de ventas, con críticas a los bares, restaurantes o puntos de encuentro. Etcétera. Todo el que va a Arco, tarde o temprano, ha de pasar por el trámite de preguntar o ser preguntado sobre si la cosa mejora o si, por el contrario, va a peor. Y no hay más remedio que pronunciarse. Aunque también se sepa que las respuestas, forzosamente, tienen mucho de arbitrario. Mejor o peor, ¿pero a propósito de qué, con relación a qué, sobre qué vara de medir? Esta vez el "país invitado" ha sido una ciudad, Los Ángeles, y la feria, que cierra hoy sus puertas, se ha desarrollado con el inevitable telón de fondo de la crisis económica.

El que ha montado la polémica durante esta edición es el mismo que la montó el año pasado. En 2009, Eugenio Merino hizo un monigote con las trazas de Damien Hirst y lo puso en escena a punto de pegarse un tiro, con una pistola en las manos apuntando a su propia cabeza. Esta vez ha levantado una escalera al cielo con miembros de las tres religiones orando: el de abajo es el musulmán, luego está el católico y, en la cima, el judío. Y también muestra una pieza que tiene como base una ametralladora israelí Usi y que se prolonga en una menorá, el candelabro de siete brazos. La embajada de Israel protestó de inmediato, con lo que Merino seguramente se frotó las manos: misión cumplida.

Provocar, escandalizar, poner en cuestión. Para muchos, el desafío de cualquier artista es ése: romper, al precio que sea, con lo establecido. Otros creen, en cambio, que semejante actitud es ya muy antigua y proponen un modelo más cínico: seducir a través de cualquier artimaña para ganar mucho dinero. Sea como sea, lo que Arco produce en cada edición es una delirante acumulación de propuestas de lo más diverso. Y ése es un encanto que nadie le puede quitar. Materiales distintos como el cristal, el látex, el acero o la cera, técnicas para pintar que van desde lo más convencional a lo hipertecnológico, abstracción pura, realismos de andar por casa, extravagantes lirismos, piezas conceptuales incomprensibles.

2010 enero y arco 251
Al final, lo que le ocurre al que acude a la feria (no me refiero a los profesionales) tiene que ver con una variopinta mezcla de múltiples factores, entre los que el azar y el estado de ánimo son fundamentales. Así que lo único que puede decirse es lo que tiene que ver con tus paseos. Esta vez descubrí las imágenes de Miroslav Tichy o de Saul Leiter, volví a celebrar las fotografías de Hiroshi Sugimoto, me encantaron dos obras verdes de Hernández Pijoan y de nuevo me impactó Tàpies, por ejemplo. Bill Viola, Mimmo Rotella, Alex Katz, Lygia Clark. Los libros de Ed Ruschka, un minúsculo retrato de Raoul Hausmann, una vitrina con cosas de Saul Steinberg. Los círculos de Don Duggs (en la foto), las flores de Zhon Chunya, los discos de Alice Wagner. Y más cosas, claro. 
 

Las marcas del futuro

Por: | 19 de febrero de 2010

En Wyndham Lewis tienen cabal cumplimiento muchos de los rasgos del artista de vanguardia. Esos rasgos que marcaron una época y que luego siguieron flotando a lo largo de todo el siglo XX. El primero: el afán de romper con la tradición. El segundo: proyectarse hacia el futuro, abrazar lo desconocido, reinventar la manera de mirar. Tercero: trabajar bajo las órdenes de las formas pero pegados al mundo. Cuarto: pronunciarse a propósito de todo y dar los pasos necesarios para ponerse bajo la luz de los focoses lo mismo. Etcétera. Me sirven, creo, esos puntos para tratar de la magnífica exposición que la Fundación Juan March dedica en Madrid al artista británico: más de 150 pinturas y dibujos y más de 60 libros, revistas y manifiestos para poner en escena la trayectoria de un hombre excesivo. Fue el fundador del vorticismo, el único episodio de aquella tumultuosa historia de artistas heterodoxos que tuvo lugar en el Reino Unido.Wyndham lewis alving alan coburn

  El 20 de junio de 1914 apareció el primer número de Blast, el órgano de expresión de los vorticistas. Incluía varios manifiestos, como era costumbre en aquellos años. Uno de ellos se titulaba Maldiciones y bendiciones (Blasts and blesses). La primera de las maldiciones: “Maldecimos el humor”. La primera de las bendiciones: “Bendecimos al peluquero”. Poco después afirmaban: “Bendecimos el humor inglés”. ¿En qué quedamos? ¿Por qué maldecir el humor y, al mismo tiempo, bendecir el humor inglés? Pero así eran las cosas, y si sirve de algo, cuando hubo pasado ya un tiempo de aquello, Wyndham Lewis (en la imagen) escribió en su libro autobiográfico de 1937, Estallidos y bombardeos (Impedimenta; traducción de Yolanda Morató): "…el Vorticismo estaba repleto de humor, por supuesto: fue aclamado como la mejor broma de todos los tiempos".

La exposición muestra muchos cuadros de aquellos años, cuando Wyndham Lewis desembarcaba en la escena literaria y artística del Reino Unido, poco antes de que estallara la Gran Guerra. Las figuras se descomponen, las perspectivas se confunden, no siempre se guardan las proporciones, todo se fragmenta y astilla. Hay piezas llenas de una velocidad vertiginosa, otras están poseídas de una extraña calma. Las figuras tienen algo de máquinas. Hay un cierto aire que remite a los futuristas. Y, sin embargo, Lewis se enfrentó en Londres a su gran pope, Marinetti. Le reprochaba que rindieran un culto excesivo a las máquinas. Una vez le dijo: "Aborrezco cualquier cosa que vaya demasiado rápido. Si se va demasiado rápido, no se está allí". Marinetti le contestó: "¡Que no se está allí! ¡Sólo cuando se va más rápido es cuando se está allí!". Y Lewis: "Eso es absurdo. No puedo ver algo que pasa demasiado rápido". Wyndham lewis t s eliot

Bravuconadas, riñas, grandes proclamas. Las vanguardias querían reinventar el mundo en una época en que se estaba viniendo abajo. Y llegó la guerra, donde Lewis sirvió como artillero. En Estallidos y bombardeos se atreve a formular un diagnóstico brutal: "Nadie habría podido adivinar la insensata tentativa de paralizar y aniquilar para siempre todo lo que de robusto, laborioso e inteligente había en Europa, para poner lo irreal en el lugar de lo real". La paz llegó, hubo que aprender a habitar entre las ruinas. Tan confuso era todo que Lewis (en la imagen, el retrato que hizo de T. S. Eliot) encontró en Hitler a alguien que podía garantizar la paz. Luego se distanciaría de semejante disparate, pero aquel afán de notoriedad y esa compulsión por pronunciarse sobre lo divino y lo humano llevó con frecuencia a tantos artistas y escritores a abrazar las causas menos recomendables. "Yo era inocente por completo, vuelvo a afirmarme en ello, en lo referente a cualquier móvil político", escribió refiriéndose a las proclamas que en 1914 hizo el vorticismo. ¿Es eso, de verdad, posible? ¿Un gesto osado o mera ingenuidad?

Un lánguido torbellino

Por: | 15 de febrero de 2010

Lo que aparenta tener Joss Stone es una inocencia tan grande que termina por dar la vuelta y convertirse en malicia. Está diciendo unas cuantas frases como murmullos y de pronto de la garganta le sale un lamento que sacude los cimientos del mundo. Es tierna y modosa, y luego traviesa y provocadora. Tiene 22 tacos, pero lleva ya tanto tiempo en esto de la música que parece una dama experimentada que sabe manejar todos los registros que lleva dentro una buena canción de soul: enormes ganas de vivir y, al mismo tiempo, ese temor latente a que las cosas puedan estropearse; la celebración directa y arrolladora del amor y el lamento por sus contratiempos y pringosidades; furia, pasión, un aullido de tristeza, un guiño cómplice. Joss Stone actuó el viernes en Madrid e hizo un concierto magnífico. Vino con un grupo (bajo, guitarra, batería, teclados, saxo y dos excelentes coristas) que le sirve de sólido soporte para que ella pueda dedicarse por completo a jugar con su voz y a sacarle brillo a unas canciones que se saltan todas las aduanas para ir directamente a la columna vertebral y desencadenar ahí sus poderosas descargas.

Joss stone claudio alvarez
La anterior vez que Joss Stone (la foto es de Cluadio Álvarez) estuvo en Madrid no era todavía dueña de sus recursos, así que toda delgaducha iba moviéndose por el escenario mientras sacaba ese vozarrón que ya engendraba tempestades. Pero, sí, parecía perdida. Quizá fuera porque sólo había cuatro gatos, y eso siempre intimida. El viernes, en cambio, desplegó un variadísimo surtido de gestos y movimientos y demostró que, a estas alturas, es en directo una mariscala capaz de rendir a cuantos se animen a desafiarla. La larga galería de rostros arrobados (sobre todo masculinos) que, en primera fila, no perdía ripio de cuanto Joss Stones hacía, decía, imaginaba o pensaba dan la medida exacta de lo que ocurrió en la sala Heineken. Ella se movió descalza, con una falda mínima de color negro y una camisola de lunares. La larga melena, y su hermosura. Y un anillo enorme y radiante.

Hay que tener mucho talento para decir con tanta intensidad que prometiste que serías mi único hombre, o que tu amor engancha de verdad (y todas esas cosas que dice Joss Stone), y salir indemne. Cantar, por ejemplo, que cada vez que baja contigo por la calle se siente todo lo orgullosa que pueda sentirse una mujer. De eso van sus canciones, y no procuran ir mucho más lejos pero, ¡carajo!, están diciendo todo el rato la verdad. Mentiras, arrebatos, pequeñas traiciones, juramentos eternos, piropos e insultos. Cosas de chicas y chicos. Es el soul y Joss Stone es ahora mismo una de sus grandes damas. Y lo es en clave ingenua (y pícara). Tiene 22 años, así que ya tendrá tiempo, si quiere, para hacerse con otras máscaras y otros personajes.

Ahora se mueve con ingenuidad y como incapaz de matar una mosca. Es tremendamente coqueta, pero con esa voz avisa que cualquier rato te podría arañar y dejarte seco. Ángel y demonio, sigue siendo sin embargo una princesa. La banda suena impecable, dándole sostén. Era una niña, ahora es una jovencita, y será una mujer. Su voz hizo consiguió el viernes que crujieran los cimientos. ¿Qué ocurrirá la próxima vez? Que dios nos coja confesados. 

¿Cuál ha sido su día más feliz?

Por: | 11 de febrero de 2010

Cuando V. S. Naipaul se disponía a entrevistar en agosto de 1979 al ayatollah Jaljali, el llamado "juez de la horca" de Jomeini, le pidieron que escribiera previamente sus preguntas. Llevaba encima un  papel que había cogido en el hotel. Así que apuntó: "¿Dónde nació? ¿Qué le hizo decidirse por los estudios religiosos? ¿A qué se dedicaba su padre?  ¿Dónde estudió usted? ¿Dónde dio su primer sermón? ¿Cómo llegó a ayatollah? ¿Cuál ha sido su día más feliz?". Lo que Naipaul quería era tener una conversación con aquel hombre, en el que convivían sin mayor roce aparente el religioso que enseña teología en Qom con el sanguinario hombre de leyes que firma sentencias de muerte a granel. "Yo esperaba que hablara de su vida; me habría gustado meterme en su cabeza, ver el mundo como lo veía él", escribe en Entre los creyentes. Un viaje por el islam (Debate; traducción de Flora Casas). Naipaul llegó a Teherán seis meses después de la caída del sha. Quería saber qué estaba pasando con aquella revolución, que hoy celebra su trigésimo primer aniversario en un momento delicado: una parte importante de la población cuestiona el régimen de Ahmadineyad tras las controvertidas elecciones del pasado junio.

Naipaul
Cuando Naipaul desembarcó en el aeropuerto de Teherán, las noticias que llegaban a Occidente de Irán se referían sobre todo a las ejecuciones, que seguían realizándose de manera metódica y que eran puntualmente actualizadas por la prensa oficial. Por aquellos días, los sentenciados a muerte eran los dueños de burdeles y las prostitutas. "Dijeron que el ayatollah Jomeini había prohibido la música, y empezaron a imponerse de nuevo las normas islámicas sobre las mujeres", cuenta. "Se condenaba el baño mixto; los Guardianes de la Revolución vigilaban las playas del mar Caspio y separaban a hombres de mujeres".

Tiene mucha lógica, pues, que Naipaul viajara a Irán para entender qué estaba pasando con aquella revolución y, sobre todo, que quisiera enterarse de lo que ocurría interesándose en quienes tomaban las medidas más drásticas con preguntas como las que le dirigió al ayatollah Jaljali. ¿Cuál ha sido su día más feliz?, quiso saber, pero el clérigo se fue por las ramas: le interesaba hablar de otra cosa. Quería mostrar el poder que tenía, o su cercanía al poder. Presumía de esa situación que le permitía disponer de las vidas de los demás, y un grupo de fieles musulmanes celebraba riendo sus ocurrencias.

Naipaul va desvelando como, a cada rato, va encontrando cosas que lo sorprenden. En Qom, donde entonces había unos catorce mil estudiantes de teología, descubre por ejemplo que "la fe seguía delimitando el mundo y, como en la Europa medieval, la erudición en materia de teología no conocía límites". Uno de esos eruditos era el ayatollah Jaljali. En un momento de la entrevista le dijo a Naipaul: "Verá, yo maté a Hoveyda". Se trataba del primer ministro del sha. "La primera bala le dio en el cuello pero no lo mató", había contado Naipaul un poco antes. "Su verdugo –un clérigo– le ordenó entonces que levantara la cabeza; la segunda bala le alcanzó en la cabeza y lo mató". De eso era de lo que quería hablar Jaljali. Y no está de más recordarlo en un día como hoy.

Explorando el mundo

Por: | 10 de febrero de 2010

El otro día tocó en Madrid Amy McDonald. Escocesa de 22 años con una voz grave de marcada personalidad, salió al escenario con un traje de lentejuelas de figuras geométricas en blanco y negro. La acompañó su grupo: guitarra, teclados, bajo y batería. Así que se pusieron a recorrer el repertorio de la joven cantautora, y el público respondió con entusiasmo. Es una música que tiene el aire de haber sido escrita para la carretera, con su punto de melancolía y una jovialidad atravesada por la conciencia de que las cosas no siempre son fáciles. Ritmo pegadizo, melodías que enganchan fácilmente, y la discreta austeridad de unos arreglos que funcionan para destacar el foco que ilumina todo el proyecto: la imponente voz de esta mujer que es lo que, en definitiva, marca la diferencia. Nada sabía de su historia, así que todo lo que pasó en el Joy Eslava (estaba lleno) me resultó novedoso.

Amy mcdonald 2
Son demasiadas las cosas que han cambiado en el negocio de la música. Por todas partes hay gente componiendo, y cada vez es más fácil grabar un disco. Los canales para darlo a conocer son ahora más numerosos, pero lo que resulta cada vez más difícil es conquistar grandes audiencias. Amy McDonald (la foto es de Santi Burgos) lo consiguió con su primer disco, This is the life, que publicó hace dos años y del que ha vendido ya más de cuatro millones de copias. Una de las canciones, la que da título al disco, funcionó muy bien en las listas de las cadenas comerciales, así que la escocesa se hizo con un público variado. En el concierto de Madrid había un tipo con un traje blanco de pana y unas largas botas negras, todo elegantoso, y había otro desaliñado, que se parecía al actor Vincent Gallo, el de Buffalo 66. Estudiantes con sus ropas de estudiantes, y luego todo un repertorio de cámaras digitales enchufadas hacia el escenario, con lo que no se sabía si convenía más ver las cosas directamente o a través de esas minúsculas ventanas que crecían entre el público como hongos.

Amy McDonald presentó su próximo disco, A curious thing, que va a publicarse en unas semanas, y habló con su acento escocés (una verdadera delicia). Había carteles en las paredes donde se podía leer que la cantante había pedido que no se fumara durante el concierto. Ella bebió agua y, por así decirlo, no se despeinó en la hora (y un pelín más) que duró la actuación. Está contando historias que a veces se tuercen, pero su música corre el peligro de terminar siendo demasiado superficial. No hubiera estado de más, por ejemplo, que el guitarrista hiciera algunas filigranas ruidosas para romper la atmósfera previsible de sus composiciones.

Ya veremos cuánto dura la carrera de esta joven cantante. A ratos da la impresión de que hubiera entrado en esa maquinaria infame que obliga a los artistas a repetirse a sí mismos una y otra vez para complacer al público que los consagró. El caso es que cuando Amy McDonald interpretó Dancing in the dark, el tema de Bruce Springsteen, mostró la fuerza que lleva dentro y lo que pueda dar de sí esa voz dura y llena de carácter, con ese fondo cavernoso que confirma que podría bajar a cualquier infierno. Y salir de él para cantar todo eso que ha visto en las sombras. Por el momento tiene 22 años y las papeletas repartidas entre la posibilidad de hacer algo verdaderamente interesante o la de quedarse en una copia de sí misma, de esa irrupción fulminante que proclamó con extrema audacia: Esta es la vida. 

¡Es exactamente así!

Por: | 04 de febrero de 2010

Como lo dice todo el mundo, la cosa puede resultar cargante. Pero en este caso no tengo más remedio que hacerlo. Hay algunas ideas de un puñado muy reducido de autores que, poco a poco, se van metiendo en el tejido cerebral de la gente de una época hasta el punto de que empiezan a formar parte de su manera de entender las cosas. Es lo que pasa con algunas reflexiones de Marx y Freud. Y por eso resulta que damos por hecho que hay tipos que se quedan con la plusvalía o que la alienación nos confunde de lo que verdaderamente importa. Por lo que se refiere a Freud, no hay nadie que no acepte ya como reflexión propia que está pilotando un frágil yo, siempre a punto de desbarrancarse en el desorden del inconsciente, y agobiado a todas horas por los esbirros del superyo, empeñados en exigirle cada rato un comportamiento modélico. Ya todos pensamos así, pero lo cierto es que esta hipótesis del sujeto la configuró Freud tras años de investigación, y tras haber dado un montón de palos de ciego. Ahora se vuelve a hablar del fundador del psicoanálisis porque sus derechos han quedado libres (menos en España) desde el 1 de enero y los franceses van a recuperar algunos de sus títulos de referencia.

Sigmund freud 
El caos del ello, la fragilidad del yo, las férreas normas del superyo. La importancia de la sexualidad y los desplazamientos de la libido. El principio de realidad, la sublimación de los instintos, la represión. Eros y Tánatos: instinto de vida e instinto de muerte. El sentimiento de culpabilidad. La necesidad de castigo. El remordimiento. Voy colocando todas esas palabras que forman parte de la imprescindible utilería para manejarse con tino en el psicoanálisis y compruebo, al mismo tiempo, que están en el repertorio de términos que de manera espontánea utilizaríamos si alguien nos preguntara, por ejemplo, por nuestros miedos o inseguridades.

En un artículo que Fernando Savater publicó en El País el 23 de septiembre de 1989, justo cuando se celebraban cincuenta años de la muerte de Freud, recordaba la primera vez que había leído Psicopatología de la vida cotidiana "en la habitación bastante lúgubre de un hotel barato de Barcelona". Y cuenta que dejó el libro en el suelo y que se puso a mirar el techo pensando: "Es así. ¡Es exactamente así!". En mi caso, esas exclamaciones se produjeron durante la lectura de El malestar de la cultura (Alianza, 1975; traducción de Ramón Rey Ardid). 

¿Qué hizo entonces este vienés para generar semejantes aspavientos de acuerdo y de entusiastas asentimientos? Pues seguramente, y como sugería Savater, escribir bien y proponer explicaciones verosímiles (y, yo creo, que también verdaderas). Expresarse con claridad, establecer desde el principio lo que se está buscando y por qué, dejarse acompañar por el lector por cada uno de los rincones que visita para explorar las cuestiones que le preocupan, dar argumentos convincentes, plantear las dudas cuando surgen. "Lo que en el sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión, y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico", escribe en El malestar de la cultura. Y también: "Jamás nos encontramos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado o su amor". Vamos leyendo, cerramos el libro, miramos el techo: ¡Es exactamente así!
 

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