El santo laico

Por: | 19 de abril de 2010

El primero de los apéndices que se han incluido en la edición de George Orwell o el horror a la política (Acuarela & A. Machado; traducción de Marisa Pérez Colina), de Simon Leys, es una colección de fragmentos de distintas piezas del autor de Rebelión en la granja. En uno de ellos dice, por ejemplo: "Desde la guerra de España no puedo decir, honestamente, que haya hecho gran cosa, salvo escribir libros, criar gallinas y cultivar legumbres". En otro, que se lee en la siguiente página, comenta: "Escribir un libro es una lucha terrible y agotadora, es como el largo acceso de una enfermedad dolorosa". ¿En qué quedamos, es no hacer gran cosa o es esa terrible tarea a la que se refiere después? ¿O es que escribir libros es, al mismo tiempo, una bagatela y una proeza? El ensayo de Leys es francamente apasionante, pero el personaje del que se ocupa termina por hacerse indigesto. Por ese tipo de comentarios fatuos. O por su pinta (tal como lo describe Tosco Fyvel): "Vestía en parte como un colono deslustrado, en parte como un seudo-obrero francés (contemporáneo de su época parisina), con sus camisas azul oscuro, su bigotillo y sus cigarros liados de tabaco negro y acre". O por lo pesado que podía llegar a ser: "Orwell era un animal político. Todo lo llevaba a la política […]. No podía sonarse la nariz sin hacer un discurso sobre las condiciones laborales en la industria del pañuelo" (la observación es de Cyril Connolly). O, entre otras cosas, por sus gustos: "Detesto las ciudades grandes, el ruido, los coches, la radio, la comida enlatada, la calefacción central y el mobiliario ‘moderno".

George orwell Hay un momento verdaderamente impactante en el Homenaje a Cataluña (Tusquets; traducción de Antonio Prometeo Moya) de Orwell (en la imagen), aquél en que describe el momento en el que fue herido por la bala de un francotirador en el frente de Aragón: "Sufrí una sacudida tremenda, sin dolor, sólo una sacudida violenta, como cuando se toca un cable eléctrico". Tiene la fuerza del despojamiento y la sencillez, y tiene que ver con lo que el propio Orwell le pedía a "la buena prosa", que fuera "como un cristal de ventana". Simon Leys acude a una cita de su biógrafo, Bernard Crick, para explicar su manera de trabajar: "El estilo sobrio de reportaje es, en realidad, una creación artística perfectamente deliberada".

Pero aquí no se trata de valorar la obra de George Orwell, ni de señalar su valentía (y penetración) a la hora de criticar al totalitarismo soviético (cuando eran muchos los que todavía lo defendían). "El severo profeta del apocalipsis totalitario": así lo define Leys, y recorre en este libro –que lleva un combativo prólogo de Amador Fernández-Savater sobre la actualidad del escritor– sus desafíos y su afán de perfección para contar como "el socialismo no era para él una idea abstracta, sino una causa que movilizaba todo su ser". Lo que termina por chirriar es el personaje que Orwell construye de sí mismo. O el mito que se ha construido a su alrededor: la del héroe que mira el mundo de frente sin que le tiemble el pulso.  

En Utopía en Alcubierre, uno de los ensayos que José María Ridao incluyó en Elogio de la imperfección (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), analiza como "la simplificación moral desde la que Orwell juzga los acontecimientos de la guerra de España en Homenaje a Cataluña  termina por transformarse a partir de 1940 (y, sobre todo, en un texto de 1942) en una visión mucho más elaborada y compleja. Ya no es sólo un autor devorado por su "fe en la revolución" sino que incluso puede entender el desgarrador dilema que sacudió a las autoridades republicanas (¿cómo continuar una guerra en condiciones inferiores?), a las que ya ha dejado de considerar "títeres del estalinismo". Es este Orwell el que podría redimirlo de esa vocación de santo laico que destilan tantas de sus iniciativas, y que Simon Leys tan bien retrata cuando habla de su primera mujer, "una personalidad admirable que murió de cáncer literalmente ante sus ojos sin que él se diera cuenta, sumido como estaba en la preocupación que le causaban los sufrimientos del género humano".

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Muchas gracias por la invitación a hacer comentarios.
De entrada, la reseña me parece imbuida de un resentimiento difuso y personal contra Orwell, que se manifiesta en primer lugar en el título (como si Orwell hubiera sido una especie de mirón de la historia, y no un combatiente) y luego, de forma más o menos banal, durante los tres primeros párrafos (los comentarios traídos por los pelos que se cita al principio para descubrirle una "horrible" contradicción, o las observaciones sobre su vestimenta), hasta llegar, por fin, al meollo del asunto, que en cambio se ventila con un solo párrafo final.
Comprendo que la cuestión -Orwell y la República- es espinosa. Pero precisamente por eso cabría exigirle a un descendiente vocacional del establishment republicano que, si se decide a escribir una reseña sobre un militante del POUM, asuma la tarea de verdad. Está bien pedirle a los demás que hagan autocrítica y ejercicios de memoria histórica. Pero en alguna cuneta de España están también los restos olvidados -olvidadísimos- de Andreu Nin y de tantos otros compañeros de Orwell, purgados en el 37 por la República (decir a estas alturas que fueron agentes soviéticos es como decir que Guernica lo bomardearon los alemanes). Es bueno que se mencione que Orwell también se hizo cargo del horrible dilema de la República, sobre cómo continuar una guerra en condiciones inferiores. Pero se dice con una condescendencia francamente molesta. Y lo que es peor: se dice llamando a engaño, como si Orwell hubiera llegado a esa conclusión al final de su vida -como si de alguna manera, ya de vuelta en Inglaterra, recuperada la cordura, hubiera acabado por darle la razón al presidente Negrín: al mismo que dictaminó en 1937 que Nin y sus compañeros ejecutados eran quintacolumnistas de Burgos y agentes del fascismo.
No confundamos: desde luego, mucho más que los generales republicanos, Orwell y los demás revolucionarios no totalitarios combatieron en inferioridad de condiciones. Y, ay, fueron bien conscientes de ello.

Hay mucha gente en la izquierda que no le perdona a Orwell que viese tan claro en el momento justo.
Por ejemplo, no le perdonan que hablase alto y claro contra la liquidación estalinista de las milicias, del POUM y de la CNT (ejecuciones, desapariciones y encarcelamientos mediante).
Si nadie hubiera dicho nada, los que justificaron y legitimaron (o lo hacen en el presente) los procedimientos de terror podrían haberse exculpado años más tarde: "como íbamos nosotros a saber, todo era muy complejo, nadie lo vio".
Pero... hay gente como Orwell que desbarata la coartada.
Para descalificarlos se inventaron términos como "alma bella" o "santo laico".
¡Sólo porque se negó a separar radicalmente medios y fines, porque se negó a construir otra sociedad mediante terror, purgas y mentiras, porque se negó a combatir el fascismo con métodos fascistas!

Un egoísta redomado, el amigo Orwell, de acuerdo con la lamentable (si es que verídica) frase de Leys. Pero no olvidemos su condición marxista de fe revolucionaria y, por tanto, antiliberal y antidemocrática, de acuerdo con los "principios" de un revolucionario de esa época (y de todas las épocas).
Y es que, en el fondo, como la susodicha frase viene a confirmar, lo que tenemos siempre detrás de estos "talibanes" de la revolución es el absoluto olvido de la condición humana, del hombre concreto: en su caso, de su primera mujer, en beneficio de las abstracciones, de los entes y sujetos colectivos, el partido, la vanguardia...

En cuanto a los santos laicos, afamada expresión francamente repulsiva, entiendo que sólo le cabe (con gran dignidad, a pesar de la aparente contradicción) a Simone Weil.

Saludos cordiales.

Momento de serenidad.

Come un
dulce momento
que reposa
silente en el
canto del mar,
como un sueño
infinito y una
triste poesía.....

Francesco Sinibaldi sends a regard to Josè

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El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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