El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Más vida propia, más sentido

Por: | 16 de marzo de 2011

Un día la señora Mir sale de su casa y se recuesta sobre los raíles del tranvía. Puede ser que quiera quitarse la vida, pero entonces ha metido la pata: por ahí no pasó nunca un tren, se debieron poner las vías y luego se cambiaron los planes. Así que la señora Mir solo ha provocado un espectáculo inútil y ha dado abundante materia para el chismorreo. ¿Por qué lo hizo? Se le fue el amante que tenía, cuentan en el bar más cercano, y no pudo aguantarlo y quiso quitarse de en medio. Así empieza Caligrafía de los sueños (Lumen), la última novela de Juan Marsé. Cuanto allí se cuenta, desde la distancia de la tercera persona, tiene que ver con la mirada de un muchacho de quince años. Empieza a vivir y ya le va asomando el interés por el otro sexo: por feucha que le resulte, la hija de la señora Mir, Violeta, lo atrae con una fuerza cada vez mayor. Pero Ringo anda también soñando con convertirse en un famoso pianista, a pesar de haber perdido un dedo en un accidente en el taller de orfebrería en que trabajaba, y sigue con sus amigos a vueltas con las aventis, esas historias que se van contando y en las que se incorporan como personajes. Y otra cosa más: lector empedernido y apasionado por el cine, el chaval se ha conseguido una libreta y anda por ahí empezando a llenarla de palabras.

Marse1 La novela puede ser muchas cosas, pero es desde luego una aproximación a ese momento en que alguien se inicia en la escritura, cuando tantea y tantea y va descubrimiento que unas palabras sirven y otras menos, y se empieza a entender el sentido de todo eso, y el vértigo que da comprobar que de pronto ya se tiene un párrafo, y luego otro y otro. "Acaso sea esta la primera vez que este chico intuye, siquiera de una forma imprecisa y fugaz, que lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más posibilidades de pervivencia frente al olvido", apunta el narrador de Marsé (la foto es de Jordi Socias) casi al principio de la novela. Ese narrador que está pegado todo el rato a ese Ringo para dar cuenta de lo que le va pasando.

Barcelona, 1948. Es todavía una España pobre a la que le cuesta superar los desastres de la guerra civil, pero que ya sabe que el final de la Segunda Guerra Mundial no va a cambiar su suerte. El dictador sigue ahí y seguirá y, si hubo alguna ilusión de que sus días estaban contados cuando ganaran los aliados, esa ilusión se da ya por perdida y muerta. Nada va a cambiar. Y permanece, por tanto, la vida clandestina, la que no puede salir a la luz, la oculta. Lo que Juan Marsé pone en escena es de nuevo esa distancia entre el mundo de los adultos, que saben qué pasa, y el de los adolescentes, que lo intuyen o se lo inventan o lo tergiversan o lo embellecen. Ringo ha captado, de todas formas, la atmósfera asfixiante del país que habita y por eso tiene clara una cosa: que algún día se irá. A Francia, por ejemplo, a cuya frontera viaja tanto su padre, quién sabe por qué asuntos turbios.

"No debería permitirse tales cosas una mujer así, piensa: es paticorta, es fea, tiene pliegues en la nuca, tiene demasiado culo, demasiado pelo en las axilas y demasiado carmín en los labios", apunta el narrador para contar cómo ve Ringo a la señora Mir. Más adelante vuelve para explicar que “empieza a ser un vejestorio y a comportarse como tal, que va pintada como un cromo y gasta una coquetería y un aroma de pasiones rancias…". Y después escribe que "no hay agravio ni amargura ni resentimiento en su mirada, sólo una mezcla de desencanto y risueño estupor; los ojos azules muy abiertos son los de una mujer que ha sufrido una suerte de alucinación, satisfactoria en algún sentido, pero de naturaleza indescifrable". Esa es la maestría de Juan Marsé a la hora de acercarse a sus criaturas. Vuelve una y otra vez sobre ellas para exprimir con mayor tino su esencia. Y así el lector puede ir entrando en sus circunstancias y en cómo las van viviendo. Los muchachos, la señora Mir y aquel amante que la abandonó, Abel Alonso, y cuantos andan en tareas secretas para socavar el régimen. Hay una carta que nunca llega a su destinatario, y hay un montón de equívocos, pero está sobre todo el fascinante poder de la literatura que siempre consigue llegar más lejos. Ese embrujo que Ringo consigue vislumbrar (y que Juan Marsé sigue produciendo): "Cree que solamente en ese territorio ignoto y abrupto de la escritura y sus resonancias encontrará el tránsito luminoso que va de las palabras a los hechos, un lugar propicio para repeler el entorno hostil y reinventarse a sí mismo".

En los confines

Por: | 14 de marzo de 2011

"Prefiero los confines", escribe Tony Judt. No pertenecer a ningún lugar, estar siempre en el límite, en los márgenes. O mejor: si hace falta ser de alguna parte, serlo pero como si se habitara en la periferia, sin terminar de creérselo, en suspensión permanente. Judt nació en Inglaterra en 1948 en una familia judía, pero no se considera ni inglés ni judío, aunque sabe que de alguna manera es inglés y judío. Se tiene por un firme socialdemócrata, aunque lo que bebió de niño fueron las largas conversaciones de un grupo de judíos autodidactas que se criaron a la sombra de la Revolución rusa y que, por tanto, trataban todo el tiempo de marxismo, sionismo y socialismo. En la universidad se ha convertido en un dinosaurio reaccionario, porque sigue creyendo en las viejas tradiciones liberales y no celebra la moda de la corrección política y detesta las políticas de género. Es, por eso, "incorregiblemente conservador". Tony Judt murió en 2010 tras una penosa enfermedad, pero es inevitable seguir hablando de él en presente. Más aún tras leer El refugio de la memoria (Taurus, traducción de Juan Ramón Azaola), que nos devuelve intactas su pasión por el conocimiento y su inagotable vitalidad. Fue su último libro, donde el historiador decidió recorrer su propia historia. Y lo escribió en los confines, a las puertas del final, acaso sin saber ya exactamente a qué lado pertenecía. Es un testimonio desgarrador, por su sobria e impecable contención, y un iluminador viaje a través de las últimas décadas de nuestro tiempo: del final de la Segunda Guerra Mundial hasta este mundo de hoy, agitado por la incertidumbre.

Tony judt luis magan 
En su Crónica de Berlín, Walter Benjamin explica que quería organizar "la vida en un mapa", y contar no tanto su fluir como lo que ocurre cuando parece quieta en un espacio, para poder así  "remover nuevos lugares, ahondando siempre cada vez más". Algo de eso es lo que ha hecho Tony Judt (la fotografía, de 2006, es de Luis Magán) en su último libro. En 2008 le diagnosticaron la enfermedad de Lou Gehrig, una variante de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y poco a poco empezó a perder movilidad. Al principio dejó de utilizar un dedo, luego dos, poco después ya no podía mover las extremidades; empezó a depender de los demás. Era ya tetrapléjico pero, por mucho que se deteriorara, conservaba "la mente despejada para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro", aún cuando no tuviera los medios "para convertir estas reflexiones en palabras". Las noches eran terribles. Para entretenerse empezó a reconstruir su pasado, pero le costaba al día siguiente recuperar lo que había rescatado. Descubrió entonces que para acordarse le venía bien ir colocando cuanto pensaba en un espacio. Concretamente, en los distintos lugares de un chalet de Chesières, un discreto pueblo suizo en el que pasó las vacaciones de invierno en 1957 o 1958. El refugio de la memoria es el resultado de ese prodigioso esfuerzo. No es exactamente el mapa que quería Benjamin, pero tiene mucho de las láminas de un atlas. 

Viñetas sobre su vida familiar y sobre su proceso de aprendizaje y sobre su vida como profesor que, al mismo tiempo, son ventanas para mirar lo que pasaba entonces. Las insulsas comidas que preparaba su madre sirven para acercarse a la austeridad que se impuso en el Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial y la pasión por los coches de su padre permite ver los primeros síntomas de la nueva libertad a la que van accediendo las clases medias. Luego vienen los años sesenta: los kibutz, la revolución de mayo del 68, Cambridge y la École Normale Supérieure en París. Y, más tarde, el viaje a Estados Unidos, su experiencia de docente, el acercamiento a los países del centro y el este de Europa, Nueva York…

Las delicadas y deslumbrantes piezas que Judt construye a partir de los elementos que encuentra en su pasado tienen algo de esos viajes en tren que adoraba: el gusto por el detalle y la mirada que tritura las superficies para ir más lejos. Lo que al final hace es hurgar con las tenazas de la crítica en las conquistas y en las derrotas de quienes, como él, formaron parte de una generación que creció impulsada por los vientos del afán de cambiar el mundo para hacerlo más justo y que conoció el brusco viraje que ha conducido al actual imperio del mercado. Su libro no es sólo un gran viaje por la historia reciente sino una impagable lección de humanidad. Hoy, en la Fundación Mapfre de Madrid, la historiadora Mercedes Cabrera y el poeta Luis García Montero hablarán del enorme legado de Tony Judt.

 

La vida extranjera

Por: | 09 de marzo de 2011

"La felicidad es la única sanción de la vida; donde falta la felicidad la existencia queda reducida a un experimento insensato y lamentable", escribió el filósofo hispano-estadounidense George Santayana, y la cita la recoge Nicolás Casariego en su última novela, Antón Mallick quiere ser feliz (Destino), que se publicó hace unos meses. Quizá por eso, por no querer que todo sea insensato y lamentable, el personaje central se embarca en la peregrina aventura de enterarse de qué va eso de la felicidad, cómo se consigue, qué formula puede aplicarse para que dure, etcétera. La tarea se convierte en una auténtica obsesión y la novela se llena de notas, apuntes y reflexiones, porque Antón Mallick quiere leer cuanto se ha escrito sobre el asunto para conocer el secreto, y poder abandonar así esa vida que se le va yendo y que resulta un desperdicio. Empieza por algunos libros de autoayuda, pero luego ya se atreve con algunos clásicos de la sabiduría (el Tao Te King, el Mahabharata), y prueba con los griegos y los romanos y luego con las obras de los filósofos que han marcado con sus ideas el espíritu de Occidente. "No es feliz aquél del que lo creemos, sino aquél que lo cree de sí mismo", copia Mallick de Montaigne. Y lo que le pasa es eso, que no cree en su felicidad y que, por eso, vive una vida extranjera.

Nicolas casariego susanna saez

Al comienzo del libro, que tiene la forma de un diario que empieza el martes 13 de octubre de 2009 y termina el domingo 18 de abril de 2010, Antón Mallick va de compras a unos grandes almacenes y, en la cola para pagar, una mujer se vuelve y le dice que va a tener un hijo suyo. Luego desaparece. Para un tipo con una larga lista de variopintas inestabilidades, la noticia le complica aún más la existencia porque considera que debería hacerse cargo del retoño y averiguar quién es la madre y cómo fue que la dejó embarazada. Las referencias a los libros que Antón Mallick lee a propósito de la felicidad se mezclan entonces con las peripecias en las que se va envolviendo para poder seguir de cerca la gestación de su hijo. 

Nicolás Casariego (la foto, de 2005, es de Susnna Sáez) le ha dado a ese Antón Mallick que escribe el diario de sus lecturas y de sus penurias domésticas y familiares y de sus cuitas en el trabajo un tono de espontaneidad que le da a la novela una velocidad de crucero que resulta estimulante. Las cosas están ocurriendo en el presente y los tarambanas del libro andan recorriendo calles y locales de Madrid que acaso el lector haya visitado hace unas horas. Esa impúdica proximidad adquiere otra dimensión gracias a las escrituras paralelas: las distintas máximas relacionadas con la búsqueda de la felicidad y las reflexiones –irónicas, distantes, incluso provocadoras– de Antón  Mallick sobre sus lecturas proyectan las tribulaciones de sus personajes hacia otro sitio: les dan espesor y, por el tono gamberro, les restan solemnidad. Pero Nicolás Casariego incorpora otros registros. Antón Mallick relee las memorias de un remoto antepasado húngaro, que llegó a Madrid caminando desde Pest en 1830, e incorpora también (trabaja haciendo pólizas de satélites) la historia de Korolev, el científico ruso que dirigió durante 25 años la carrera espacial soviética y que terminó recluido en Siberia.

Las notas sobre los libros que tratan de la felicidad, los párrafos de su antepasado húngaro, las maquinaciones del estalinismo con uno de sus investigadores más brillantes, pero lo que al final cuenta es lo que le pasa y lo que le ha pasado a Antón Mallick: el trato con sus hermanos y con sus padres (viven en Estados Unidos); la enloquecida búsqueda de la mujer a la que ha dejado embarazada; su obsesión por conquistar una mínima estabilidad.  Radiografía fugaz e instantánea de una realidad que se escapa de las manos hasta que termina dándose de bruces con la muerte, lo que Nicolás Casariego termina por atrapar es esa vida extranjera que se tiene como propia. La resaca de un desastre (Antón Mallick toma la palabra tras padecer una devastadora perdida) que ha difuminado sus rasgos. Ya al final pasa cerca de un lago y ve como unos patos levantan el vuelo. Y se opera el prodigio: conecta de nuevo, vuelve a enchufarse, toca tierra.

Un enorme desatino

Por: | 04 de marzo de 2011

¿Pueden convivir en una misma propuesta artística la excelencia con el disparate? La respuesta es sí. Y el ejemplo es Cisne negro. La película de Daren Aronofsky cuenta la historia de una joven bailarina que obtiene el primer papel para la nueva puesta en escena de El lago de los cisnes. Cumple así un viejo sueño y un desafío de años de trabajo y sacrificios. Su llegada a la cumbre no va a ser, sin embargo, un camino de rosas. A un lado ha quedado, rota, la anterior estrella de su compañía de ballet, que forma parte de un prestigioso centro neoyorkino. La aventura del nuevo montaje, además, es doble: el director artístico quiere que sea la misma bailarina la que interprete al cisne blanco y al cisne negro, la cándida pureza y la llamada de lo oscuro, y no sabe si su elegida va a estar a la altura de la turbia carnalidad de este último personaje. Es demasiado pacata, no conoce la vida. La que se prepara como su suplente, en cambio, sabe moverse con desenvoltura en cualquier parte y hace mucho que abrió las puertas para que su sensualidad reinara sin cortapisas. Más que una oportunidad para desarrollar los múltiples registros de su indiscutible talento, su preparación para la nueva obra se convierte así en un infierno. Inseguridades y celos, temores y pesadillas, mala conciencia y sentimientos de culpa. Y muy cerca, como el testigo impertérrito que vigila cada uno de sus pasos, la abrumadora presencia de una madre posesiva.

1 a a a bs natalie portman 
Natalie Portman, que ganó por esta interpretación el Oscar a la mejor actriz, hace un trabajo deslumbrante. Muestra hasta qué punto ha sido poseída por el veneno del arte y revela que está dispuesta a librar cualquier batalla para conseguir la perfección. Pronto descubre  que las estrictas exigencias que se ha impuesto para ajustar su baile a los cánones de referencia la han limitado. Y sabe que tiene que soltarse para poder ser de verdad ella misma y sabe que eso la supera y conoce sus miedos y sus ataduras y se siente perdida y tiene miedo. Lucha. Y aparece la otra, la rival, su enemiga. La sutil crueldad con la que se compite por ser alguien en el mundo del ballet queda pronto al descubierto. Y Natalie Portman hace creíble cuanto ahí ocurre.

Lo de Darren Aronofsky es  justo lo contrario. No aprecia, ni siquiera de lejos, las sutilezas de la creación en las que andan embarcadas sus criaturas. El lago de los cines, la música de Chaikovski, el ballet: lo mismo da; hubiera hecho la misma película en un internado de monjas o entre los pigmeos de una tribu lejana. Está totalmente desconectado de cuanto le toca narrar. Así que el guión le importa un bledo y, por tanto, no repara ni en los momentos más delicados, ni en los conflictos más complejos (la relación entre madre e hija está deliberadamente descuidada), ni siquiera se deja seducir por la música y seguro que también hubiera elegido ese endiablado montaje fragmentario para rodar a un grupo punk o a una bailarina del vientre. Ha tenido algunas ocurrencias (una intensa escena lésbica, un rostro acuchillado, un espejo hecho añicos, sangre que se derrama debajo de una puerta) y las ha colocado, sí o sí, en la película. Aronofsky es excesivo, pero eso no tendría por qué ser necesariamente negativo. Lo que resulta lamentable es solo sepa ser excesivo. Una chica debe ir rompiendo con sus represiones. Pues ya está: que se drogue, que se cepille a un par de maromos, que viva una noche vertiginosa, que se enfrente a su madre y que se folle a su amiga. Que la bailarina teme ser reemplazada por una compañera. Pues ya está: que la mate, que la estampe contra un espejo, que la esconda arrastrándola como una piltrafa. Y venga sacudidas de cámara y énfasis gratuitos. Etcétera, etcétera.

Cuando termina la película uno espera que estallen las carcajadas ante el engendro que ha propuesto el director, o por lo menos que lo silben y lo insulten. Pero nada ocurre porque en esa película también ha estado Natalie Portman (y Mila Kunis y el resto de actores), y la salva (la salvan). No impide, claro, que sea un delirio gratuito; evita simplemente que se desencadene un descarado recochineo por la ridícula pretenciosidad del director. Tony Judt habla de la austeridad en El refugio de la memoria (Taurus; traducción de Juan Ramón Azaola), su libro póstumo, y se refiere a la "economía formal" y "contención estética" de películas como El ladrón de bicicletas o Los cuatrocientos golpes. Luego reflexiona sobre lo que está pasando ahora y dice: "La abundancia de recursos que dedicamos al entretenimiento solo sirve para escudarnos frente a la pobreza del producto; lo mismo que en la política, donde la cháchara incesante y la retórica grandilocuente enmascaran una profunda vacuidad". Aronofsky es un hombre de nuestro tiempo; esa vacuidad de la que habla Judt es el término que mejor resume lo que con tanto ruido ha querido contar en Cisne negro

Hacer teatro

Por: | 02 de marzo de 2011

Lo único que hacemos es teatro, le dice el rey Jorge V a su segundo hijo, Alberto de Windsor, duque de York, en un momento de El discurso del rey, que el domingo fue la gran triunfadora en la ceremonia de los Oscar. El monarca está preocupado por la vida disoluta del sucesor, Eduardo, que anda loco por una mujer casada y que, además, se ha empeñado  en convertirla en su esposa. Si finalmente sucediera así, y de haber heredado ya el trono, no tendría otra que abdicar. Le tocaría entonces reinar al segundo de sus hijos, a quien tratan familiarmente como Bertie, y al que Jorge V le está explicando que la monarquía ya no pinta nada, que su trabajo se ha reducido a hacer de actores en una representación en que la corona sólo cuenta como símbolo, como referente, como una instancia pulcra y distante que sigue encarnando las viejas tradiciones. Le habla de estas cosas porque el instrumento fundamental de un actor es la palabra y Bertie es tartamudo. De eso va El discurso del rey, que se llevó las estatuillas a la mejor película, mejor actor protagonista (Colin Firth), mejor director (Tom Hooper) y mejor guión original (David Seidler): de la titánica tarea que supone aprender a hablar de manera fluida a quien las palabras se le atascan. En una canción que Almodóvar incluyó en una de sus películas, La Lupe decía: "Teatro... / lo tuyo es puro teatro / falsedad bien ensayada / estudiado simulacro". Y eso, el puro teatro, es la misión que le queda al rey, así que el futuro Jorge VI no tiene más remedio que buscar un logopeda eficaz.

EL DISCURSO DEL REY 
Murió Jorge V y heredó el trono Eduardo VIII, pero solo reinó unos cuantos meses. Seguía empeñado en casarse con una joven estadounidense recién divorciada, por lo que tuvo que abdicar. A la ceremonia de coronación de su hermano, que tomó el nombre de Jorge VI, asistió como enviado de la  República española en guerra el socialista Julián Besteiro. Corría el mes de mayo de 1937, y las tropas de Franco avanzaban por el norte con la inestimable ayuda de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Inglaterra había arrastrado a Francia a la deleznable política de no intervención, con lo que las democracias europeas abandonaron a la República a su suerte. El presidente Azaña le pidió a Besteiro que aprovechara el viaje a Londres para reunirse con el secretario del Foreign Office, Anthony Eden, y le propusiera una iniciativa mediadora franco-británica, que debía comenzar con una suspensión de hostilidades para dar paso después a la retirada supervisada de combatientes extranjeros. La iniciativa de Azaña, poco ortodoxa pues nada le había dicho de la misma a Negrín, su primer ministro, fracasó. Evidentemente, nada de esto aparece en la película, ni falta que hace. Conviene tenerlo presente, sin embargo, pues el gran reto del rey tartamudo va a ser leer, poco tiempo después, un discurso en el que exhorta a los británicos a pelear contra el avance del nazismo, ya en plena Segunda Guerra Mundial.

Christopher Hitchens ha escrito sobre las  falsificaciones históricas de la película, centrándose fundamentalmente en el papel de Churchill, pero mostrando también cómo el propio Jorge VI celebró las gestiones de Neville Chamberlain en la Conferencia de Múnich de 1938, donde la política de apaciguamiento que lideraba el primer ministro británico con respecto a la Alemania nazi le permitió a Hitler imponer sus pretensiones y hacerse con los Sudetes (y que, de paso, constituyó el golpe mortal a la República en la guerra contra Franco: fue la confirmación de que estaba definitivamente sola). Sea como sea, y por mucho que El discurso del rey ofrezca la mejor cara de sus líderes en su batalla contra el nazismo y olvide algunas de sus vergüenzas, la película tiene una factura impecable y, sobre todo, un prodigioso guión.

No solo cuenta la historia del enorme desafío que supone pelear contra la tartamudez por razones de Estado, sino que pone en escena esa inusual circunstancia en que las distancias sociales, por razones de orden mayor, se borran. El logopeda exige tratar al rey como un igual para que su método funcione. Y las situaciones que esa excepcional medida genera, tratadas con un sobrio clasicismo por Tom Hooper e interpretadas con maestría por Firth, Geoffrey Rush y Helena Bonham Carter (en la imagen, en un momento de la película), terminan por producir algunos felices momentos de gracia. 

 

El País

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