40 Aniversario

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Cuestión de decoro

Por: | 14 de junio de 2011

¿Qué puede hacerse cuando se pierde una guerra y se constata que las energías que se consumieron para ganarla de nada han servido, que las cosas se torcieron y que todo terminó por irse a pique? Mantener el decoro. Es lo que hizo Tomás Bilbao, ministro sin cartera del último Gobierno de Juan Negrín. Había luchado a su lado por resistir la presión del avance franquista con la esperanza de que estallara la guerra en Europa y las democracias occidentales por fin colaboraran con la República. Pero no fue posible. Los militares rebeldes conquistaron Cataluña a principios de marzo de 1939 y, a finales, avanzaban sobre los últimos reductos leales al Gobierno legítimo. La guerra en Europa tardó en empezar hasta el 1 de septiembre. Fue cuestión de meses, pero el caso es que Franco ganó la guerra y, en pleno caos, cuando en el lado republicano unos y otros se culpabilizaban por la derrota y salían a la luz las peores miserias, Tomás Bilbao conservó el decoro. Se mantuvo en su sitio, hizo lo posible por organizar las cosas, no se le movió el sombrero. Había estudiado arquitectura en Madrid, construyó entre 1919 y 1936 algunos de los edificios más importantes de Bilbao y formó parte de los políticos que formaron en 1930 Acción Nacionalista Vasca (ANV), un partido que procuró no tener nada que ver con el nacionalismo clerical y racista de Sabino Arana y compañía, y que confiaba en que la República diera respuesta a la vocación de autogobierno del pueblo vasco. Su historia, entre otras, la cuentan Jon Juaristi y Marina Pino en el último premio Comillas, A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942) (Tusquets). "La distancia de la Bilbao natal le fue beneficiosa a Tomás, traduciéndose en un cuestionamiento de la moral levítica y de las creencias de la tribu nacionalista", escribe Juaristi. "Aprendió que había un sentido hondamente ético del decoro, lo hizo suyo y ya nunca pudo cambiarlo por otro. Era, para decirlo de una vez, un sentido genuinamente republicano, que no pudo menos que chocar con el de la burguesía bilbaína de entreguerras…". 

Tomas bilbao A cambio del olvido cuenta las vicisitudes de distintos miembros de tres familias –los Ynsa, los Pino, los Bilbao– a lo largo de setenta años, los que van de 1872 a 1942, así que se sumerge en las historias de gentes anónimas (salvo alguna que otra excepción) en cuyas vidas irrumpen los acontecimientos políticos y sociales para torcérselas y complicarlas un poco. Marina Pino (Barcelona, 1942) descubrió un día, mientras husmeaba en su pasado familiar, que compartía un antepasado –el propio Tomás Bilbao (en la imagen, en Marsella en 1941 con sus hijas Mari Carmen y Marisol)– con Jon Juaristi (Bilbao, 1951), así que decidió seducirlo para que la acompañara en su proyecto de escarbar en el pasado. Han escrito un libro en el que cada cual conserva sus maneras y su mirada, y en que saben darse juego con naturalidad y un guiño cómplice.

El caso es que, en buena medida, todas las historias que cuentan tienen la derrota como telón de fondo. El padre de Marina, Tomás Pino, hijo accidental del arquitecto y político republicano (un amor juvenil que no pudo durar mucho), salió de España camino de Argentina para buscar fortuna y terminó en un hospital psiquiátrico tras serle diagnosticada una esquizofrenia paranoide. Su abuelo materno, el comandante Amadeo Ynsa, murió durante la toma de Vástago, en Aragón, un pueblo que había quedado en manos de los militares rebeldes. Y, en fin, también su abuela paterna, Antonia, terminó pasándolas canutas. Llevaba años viviendo con un policía, con el que se casó poco después de empezar la guerra, que fue detenido por las milicias y asesinado más tarde en Paracuellos. Cuando Franco impuso la victoria, Antonia fue a dar con sus huesos a la cárcel, denunciada por su cuñado que pretendía quedarse con las pertenencias de su marido.

Hay un montón de miserias en este libro, y hay también ejemplos de hombres y mujeres que en situaciones complicadas supieron mantener el decoro. Una guerra civil puede destruir los vínculos más profundos, los que existen entre hermanos. Los Bilbao, un clan con un nacionalista de una pieza al frente, tuvieron que manejar la derrota y lo hicieron desentendiéndose del miembro de la familia más implicado en la causa republicana, Tomás. Para ellos, la guerra era cosa de los españoles, y pasaron página. A cambio del olvido es también eso: la dolorosa crónica de cómo la utopía republicana quedó hecha trizas en el País Vasco frente al pragmatismo nacionalista.

Rumbo a México

Por: | 09 de junio de 2011

El verano de 1789 fue terrible para Nietzsche, también lo fue el invierno que empezaría después, uno de los peores de su vida. Las cosas no mejoraron mucho un año después durante su estancia en Génova, donde tuvo que soportar fríos terribles en una casa sin calefacción. Desde esa ciudad le escribió en octubre a Franz Overbeck, poco después de cumplir 36 años, y le comentaba que, en algún lugar, "deben de existir condiciones de vida más favorables para mi constitución. P. ej. en la meseta de México, en la costa del océano Pacífico". Unos meses después, en marzo de 1882, y todavía desde la ciudad italiana, le escribió a Heinrich Köselitz (al que bautizó como Peter Gast): "Me gustaría dirigir una colonia en las mesetas de México, o bien hacer un viaje con Rée al oasis de Biskra". El autor de Así habló Zaratustra estaba cada día peor de salud. Es curioso que barajara instalarse en México para aliviar sus males, o en un rincón del Sáhara. "Era mucho mejor Oaxaca, en México, entre el trópico y el ecuador", observa Werner Ross, uno de sus biógrafos, "y seguro que haría más calor en un oasis de palmeras". ¿Qué hubiera pasado si esos planes se cumplen, si la búsqueda de alivio para sus enfermedades lo hubiera empujado hasta allí? Igual nunca habría hablado del mito del eterno retorno, ni tratado con Lou von Salomé, ni escrito sus mejores libros. "A partir de 1880, Nietzsche está experimentando el cambio más radical y profundo de su vida", observó Karl Jaspers, otro filósofo alemán. El caso es que desde hace poco el lector español puede asomarse a cada uno de las minúsculos asuntos que preocupaban a Nietzsche durante aquellos años: la editorial Trotta ha publicado Correspondencia IV (con traducción de Marco Parmeggiani), que reúne las cartas que el filósofo escribió entre enero de 1880 y diciembre de 1884.

Alberto gironella carmen Una de ellas es una tarjeta postal que Nietzsche (en la imagen, Carmen, una obra del mexicano Alberto Gironella, en la que aparece el pensador alemán) dirigió desde Sils Maria a Overbeck en septiembre de 1881, y que resulta particularmente demoledora. Al final, y como si sus males le causaran un pudor invencible, le dice ¡¡en latín!! que ya no puede callar más: "Estoy lleno de desesperación. El dolor corroe la vida y la voluntad. ¡Qué meses, qué verano acabo de pasar! Mi cuerpo sufrió tantas torturas como cambios hubo en el firmamento. En cada nube se esconde una especie de relámpago que, de repente, me agarra con sus manos, deseando acabar conmigo, infeliz de mí. En cinco ocasiones imploré, como médico, la muerte, esperando que el día de ayer fuera el último —esperé en vano. ¿Dónde se encuentra, en este valle terrenal, el cielo de la eterna serenidad, mi cielo?" (la traducción es de Ramón Hervás, y está tomada de la biografía de Nietzsche que escribió Ross y editó Paidós en 1994).

Nietzsche1882 Es realmente asombroso conocer de cerca los inaguantables sufrimientos que padecía Nietzsche cuando al mismo tiempo, en el libro que escribía por entonces, La gaya ciencia, se ocupaba de defender lo que llama la gran salud, imprescindible para los desafíos del nuevo tipo de hombre que imagina, alguien más allá del bien y del mal. "Nosotros los nuevos, los carentes de nombre, los difíciles de entender", decía en aquel libro, "nosotros, partos prematuros de un futuro no verificado todavía, necesitamos, para una finalidad nueva, también un medio nuevo, a saber, una salud nueva, una salud más vigorosa, más avispada, más tenaz, más temeraria, más alegre que cuanto lo ha sido hasta ahora cualquier salud”. Y subrayaba después que se trataba de “una salud que no sólo se posea, sino que además se conquiste  y se tenga que conquistar continuamente, pues una y otra vez se la entrega, se la tiene que entregar”. Estaba hablando de algo distinto: “un espíritu que juega ingenuamente, es decir, sin quererlo y por una plenitud y potencialidad exuberantes, con todo lo que hasta ahora fue llamado santo, bueno, intocable, divino".

Nietzsche no llegó a partir nunca rumbo a México, ni buscó allí ese cielo de "la eterna serenidad" que acabara con sus dolores. En sus obras hay pocas noticias de sus quebrantos, y anda persiguiendo siempre la alegría. En sus cartas, dirigidas a los más próximos, aparece el hombre roto, medio ciego, harto de sufrir y sufrir: no dejen de buscarlas en la Feria del Libro para llegar así a la intimidad del filósofo. Su amigo Köselitz, que a veces había estallado contra sus exigencias, le contó a su novia de "la gran soledad en la que había quedado este pobre hombre ciego y sublime, tras haber sido abandonado por todos sus amigos que no toleraban la libertad de pensamiento". Así era Nietzsche, el pensador más entrañable, el más próximo, el más humano.

Mi historia es mi vida

Por: | 08 de junio de 2011

En una sala del Guggenheim de Bilbao se puede visitar estos días, dentro de la exposición El intervalo luminoso, la instalación Küba del artista turco Kutluĝ Ataman. Son cuarenta televisores, cada uno de ellos colocado encima de uno de esos típicos muebles concebidos para sostener semejantes aparatos y situados frente a un sillón, todos distintos, todos un poco cutres, comprados en tiendas de segunda mano, con esas marcas tan particulares que tienen las cosas vividas y que revelan en su muda presencia la atmósfera del mundo del que proceden. En cada televisor hay una persona que habla de su vida y cuenta su historia, sus historias. Un anciano recuerda que su padre mató a alguien y que su hermano también mató a otro y que, por tanto, se tuvo que ir, y habla de las dos mujeres que tuvo y explica que fue panadero y que fue pastor y que luego abrió un negocio. Lleva un jersey lleno de dibujos geométricos en tonos marrones y la cortina que se ve detrás del sofá desde el que habla en medio del salón de su casa tiene unas inmensas flores rojas. Un joven con barba sugiere que muchas de las muertes de sus amigos por inhalar propano fueron suicidios encubiertos y hay otro, en cambio, que cuenta que le gustaría comprarse una casa, instalarse, encontrar un trabajo. Una mujer madura habla de su alcoholismo y otra, kurda, confiesa que está muy preocupada por su hijo menor: "es muy obstinado", dice, y teme que se embarque en algún lío político y que lo metan preso o lo maten. Un niño transmite su entusiasmo por el fútbol y otro joven explica que, si se buscan drogas, en aquel lugar las hay de todos los tipos y formas. De un televisor a otro, en una sala poblada por un murmullo permanente, que no acaba nunca, esas personas que ha filmado Kutluĝ Ataman se agarran a sus historias y las exponen con todo detalle. Es lo que tienen, es en realidad lo único que tenemos todos: una vida que contar.

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Kutluĝ Ataman nació en 1961 en Estambul, y muchas de sus obras forman parte de las colecciones de algunos de los grandes museos del mundo (el MoMA, la Tate Gallery…), ha participado en las citas artísticas más relevantes (Documenta, Bienal de Venecia, de Sao Paulo…), ganado prestigiosos premios y es uno de los artistas y directores de cine asiáticos con mayor proyección internacional. En buena parte de sus trabajos se ocupa, como hace en Küba, de los caminos que siguen los hombres y las mujeres para construir su propia identidad, y cómo se desenvuelven en los terrenos pantanosos que separan la realidad de la ficción. En Paradise (2006), por ejemplo, filmó a una serie de personas hablando de su idea del más allá, y en Twelve (2004) recogió los relatos de seis miembros de una comunidad aleví que se pronuncian sobre la reencarnación. Women Who Wear Wigs (1999) es una videoinstalación con los testimonios de cuatro mujeres turcas que se ven obligadas a llevar siempre pelucas y en Column (2009), que forma parte de su serie titulada Dramaturgias de Mesopotamia, se inspira en la columna de Trajano para colocar 42 televisores con los rostros silenciosos de los habitantes de un pueblo de la Turquía oriental: un homenaje a la postergación económica, política y social de Anatolia.

La idea de que la decadencia, la destrucción y la descomposición pueden ser motores idóneos para la creación es central en la exposición del Guggenheim, que ha comisariado Katherine Brinson y que reúne obras de más de 30 artistas procedentes de la D. Daskalopoulos Collection. Hay piezas de nombres de referencia de los ochenta y noventa, como Louise Bourgeois, Mike Kelley, Paul McCarthy o Robert Gober, pero también propuestas de figuras nuevas como Paul Chan o Wangechi Mutu. William Kentdridge se sirve de tres pantallas para proponer un singular recorrido por el cuerpo humano, Thomas Hirschhorn levanta un sorprendente pasadizo “cavernícola” con materiales de deshecho, John Bock despliega desde las entrañas de un coche unos tentáculos que contienen las más diversas basuras  domésticas e industriales, Mona Hatoum ha montado un inquietante rectángulo repleto de bombillas… Y, bueno, está Küba, con sus cuarenta televisores emitiendo otras tantas historias personales e intransferibles.

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Kutluĝ Ataman pasó una larga temporada en Küba (en la imagen, algunas de las personas que participan en la obra), una barriada de chabolas de los suburbios de Estambul, para filmar esas vidas. En todas ellas hay una violencia latente y pobreza, dolor, marginación. Y sueños y proyectos. Y, vaya, ese adolescente está contando que se ha enamorado de una chica que juega al baloncesto y que no le hace caso. ¿Les suena? Hay cosas que, por diferentes que sean las personas y los lugares, parece que pasan en todas partes.

El País

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