40 Aniversario

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Furia por la democracia

Por: | 23 de mayo de 2012

Manuel Chaves Nogales escribió La defensa de Madrid (Espuela de Plata) cuando ya estaba fuera de España. Apareció por entregas en una revista mexicana, Sucesos para todos, y después en un periódico inglés, Evening Standard: reconstruía ahí los avatares de una ciudad que había conseguido detener el imparable avance de las tropas franquistas. El tono de la novela es épico y tiene la garra de esas historias que nacen con la vocación de agitar al lector, de implicarlo, de forzarlo a tomar una posición. Lo que resulta más problemático es saber a quién se dirigía exactamente Chaves Nogales en ese momento: la serie apareció entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938. El gran protagonista del libro es un general: "Miaja, que no es más que un militar, no piensa sino en ganar la guerra", escribe. "Su única preocupación es la República. Su único sistema de gobierno, la disciplina, la autoridad, el sometimiento de todas las conveniencias de partido al interés general del pueblo". ¿Por qué decide volver a contar la defensa de Madrid el periodista que abandonó la capital al mismo tiempo que el Gobierno, el 6 de noviembre de 1936, y que, por tanto, no estuvo allí, ni durante el desarrollo de la batalla ni después de ella, durante el largo periodo en el que los enemigos estuvieron frente a frente pero sin enfrentándose solo de manera episódica? ¿Por qué sitúa en primerísimo plano a un militar y señala que su gran reto fue reclamar (y conseguir de alguna manera: por lo menos durante el asedio directo) que los intereses particulares se subordinaran al desafío de ganar la guerra? Lo que sobre todo hay en este libro es una abierta, casi furiosa, urgente, imperiosa y acuciante llamada a unirse en la batalla contra el enemigo, y de hacerlo alrededor de una figura que representa la continuidad institucional: valga decir, la democracia. En el seno de la República, los partidos se enfrentaban entre sí y también los sindicatos andaban a la gresca en todo momento. De hecho, hubo muchos a los que el régimen democrático les importaba literalmente un bledo: querían hacer la revolución. Chaves Nogales aprovecha la batalla de Madrid para poner a cada uno en su sitio. El Gobierno no se entera e incluso torpedea la lucha de quienes defienden la capital. Los partidos y los sindicatos van ciertamente a lo suyo, pero acceden a colaborar. Pero eso se debe al liderazgo sin fisuras que atribuye a Miaja. Y, claro, al pueblo de Madrid, que se jugó la vida y se entregó por la causa republicana. Las tropas franquistas finalmente no pasaron. La guerra iba a durar todavía mucho.

Manuel chaves nogalesEl descubrimiento de la existencia de esta serie de artículos, de esta novela, ha sido de María Isabel Cintas. Un día estaba leyendo una biografía de Miaja cuando encontró una cita de Chaves Nogales que no le sonaba. Consultó los relatos de A sangre y fuego: no la encontró. Y se puso a husmear por aquí, por allá e incluso, por acullá, realizando un prodigioso trabajo de investigación detectivesca francamente apasionante. Estaba un día ojeando viejos periódicos en la hemeroteca de Colindale, en Londres, cuando encontró en el Evening Standard del 11 de enero de 1939 un texto no firmado sobre el general Miaja: la desenvoltura del estilo le resultó familiar. Siguió adelante, y descubrió que cinco días más tarde el periódico iniciaba el relato de la defensa de Madrid por Manuel Chaves Nogales. María Isabel Cintas no tardó en emprender la búsqueda del original, en algún sitio tenía que haberse publicado en español. En la biografía del general Miaja de Lázaro Somoza Silva encontró la pista: Sucesos para todos. Localizar los números de la revista fue el siguiente reto: la serie (salvo la entrega número X, del 4 de octubre de 1938) está en el Iberoamerikaner Institut de Berlín.

El relato de Chaves Nogales sobre la defensa de Madrid tiene algunos errores (la muerte de Durruti, por ejemplo, no sucedió como la reconstruye), pero no es eso lo relevante. No es la fidelidad histórica lo que persigue. Este es un libro político: cuenta que existieron hombres que se enfrentaron a los militares golpistas para defender la República y no para hacer revolución alguna. Es más: combatieron los excesos de los milicianos, se afanaron por reconstruir el ejército y despolitizarlo, procuraron liderar la causa de los que habían celebrado el regreso de la democracia a España. Quién sabe si Chaves Nogales no reclamaba la atención de Francia e Inglaterra, pero el 30 de septiembre de 1938 estos países firmaron con Alemania y Francia los Acuerdos de Múnich y le entregaron los Sudetes a Hitler. La República se quedó entonces definitivamente sola, sin esperanza alguna.

Hace unos días, el periodista Alfredo Valenzuela coordinó en la Feria del Libro de Sevilla un homenaje a Chaves Nogales en el que participaron su hija Pilar y, entre otros, Santos Juliá, Jorge Martínez Reverte, Carlos García-Alix y Xavier Pericay. El afán del periodista sevillano por defender la democracia frente a cualquier totalitarismo volvió a resonar con toda su furia. Pero también volvieron a brillar su estilo diáfano y transparente y el coraje de un hombre íntimamente comprometido con la causa de la libertad.

Catarata de historias

Por: | 16 de mayo de 2012

Radicales libres (Galaxia Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), el último libro de José María Ridao, está lleno de historias. Hay dos de ellas que ilustran muy bien el afán que tiene el libro por rescatar figuras que avanzan contra la multitud, con voz propia, al margen de las pautas establecidas y de las interpretaciones canónicas. Una está protagonizada por Otto Rosenberg, un gitano que vivía en Berlín cuando el gobierno de Hitler ordenó que los miembros de su comunidad fueran confinados en "centros de descanso". La otra se refiere a Marek Edelman, uno de los cinco dirigentes del gueto judío de Varsovia que consiguió escapar a su destrucción. Son dos hombres que no fueron arrastrados por el remolino del rencor y el resentimiento, que quisieron abandonar su condición de víctimas para seguir viviendo y que rechazaron la venganza. Rosenberg fue conducido a Auschwitz cuando tenía diecisiete años y, en sus recuerdos que dictó a Ulrich Enzenberger, "buscaba desesperadamente en cada episodio de su dramática biografía ese mínimo gesto, ese destello imperceptible que le permitiría reafirmarse en la certeza de que la compasión no puede ser abolida". Edelman realizó para el Bund, el partido socialdemócrata en el que militaba cuando las tropas alemanas entraron en Polonia, un informe sobre la guerra y se presentó en él no como víctima sino como superviviente. No quiso en ningún momento erigirse en "custodio del recuerdo, para reclamar el monopolio de la versión auténtica de la historia"; más bien testificaba "para liberarse de las consecuencias del pasado, para vivir la vida que la invasión alemana y la destrucción del gueto estuvieron a punto de truncar". Ridao apunta: "Es como si hubiese interiorizado, y combatido, la subrepticia contradicción sobre la que se funda la mayor parte de los traumas: la contradicción de haberse librado de lo que pasó para, acto seguido, quedar encadenado a ello para siempre".

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El libro de Ridao (la fotografía es de Samuel Sánchez) tiene algo que ver con esas largas conversaciones que siguen un itinerario caprichoso, que cambian de objeto, que abundan en minucias o que, de pronto, se distancian de lo que se está tratando para hacer una consideración general. Es un libro que convendría leer caminando por el monte, si es que esto fuera posible: vagando un poco a la deriva, para así dejar que su voz sirviera de compañía en ese combate interior de ideas y afectos, de recuerdos y emociones, que suelen asomar cuando uno va de un sitio a otro por el puro gusto de desplazarse. Lo que  Ridao hace en Radicales libres es tejer de manera cronológica los apuntes que ha ido escribiendo a partir de sus lecturas, de una película, de un viaje, de una información, para que fueran sucediéndose como los fragmentos de un largo diálogo consigo mismo. O, lo que es lo mismo, de una invitación al lector para ir atravesando sus cosas que, al fin y al cabo, son las cosas de todos: la lucha contra la muerte y la ignominia, la celebración de los pequeños placeres de la vida, la complicada convivencia con el miedo, los delicados hilos de la memoria que nos agarran al pasado. Todo eso. ¿Dónde estábamos, parece preguntar? Sí, en la vejez. Y entonces va a El gatopardo, y toma la historia del príncipe Salina para ilustrar ese "doloroso descenso hacia la extinción y la nada" que tan bien contó Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Cuando se refiere a Sin destino, el libro de Imre Kertész, Ridao rescata una larga cita en la que este confiesa que, cuando decidió escribir novelas, y no una autobiografía, se vio obligado a seleccionar sus recuerdos: "En este sentido, los utilizo como si fueran cajones de un armario. Sólo abro los que resultan necesarios para la composición del relato". Algo de eso hay en este libro de Ridao. Ha cogido del almacén lo que le venía bien para ocuparse de los "radicales libres", esas moléculas que en química se describen como altamente inestables y muy reactivas. Digamos que aparecen y ponen  todo patas arriba y nos obligan a repensar el mundo.

Como aquel gitano, Otto Rosenberg, que cuando todo había acabado se encontró un día en una calle de Berlín con uno de los Kapos del Lager, y se precipitó de inmediato a saludarlo. El tipo se hizo al loco y salió zumbando. "Aunque en el campo de concentración él me había pegado palizas, yo estaba contento de estar libre y no le habría hecho nada", explicó. Cosas de Rosenberg que, también, cubrió el número que le asignaron en Auschwitz con otro tatuaje: "Ahora esa infamia está tapada por el dibujo de un ángel".

Los modales torpes de Samuel Beckett

Por: | 15 de mayo de 2012

Samuel Beckett conoció a Peggy Guggenheim en una fiesta que organizaron los Joyce el día después de la Navidad de 1937. Cuando el jolgorio terminó, tras prolongarse en la casa del hijo del autor del Ulises, Peggy le pidió a Sam que la acompañara a casa. Dieron una buena caminata, él la tomó del brazo con toda naturalidad y, cuando llegaron, pasó al apartamento con la misma desenvoltura. En sus memorias, Peggy ha contado que entonces "no dejó muy claras cuáles eran sus intenciones" pero que le pidió "con notable desmaña" que se tumbara a su lado en el sofá. "Pronto nos encontramos en la cama, donde seguíamos al día siguiente a la hora del almuerzo". Beckett salió entonces a comprar champán y volvió con varias botellas. La historia la cuenta Anthony Cronin en Samuel Beckett. El último modernista (La uÑa RoTa, traducción de Miguel Martínez-Lage), y lo hace francamente muy bien. Tiene esa rara habilidad de los biógrafos anglosajones de fijarse en los detalles, de recuperar con buen tino (y, probablemente, con una sonrisa) los episodios relacionados con su personaje que aparecen en otros libros y, en fin, posee una excelente mano para la puesta en escena. "Él debió encontrarse con una mujer de cuarenta años, delgada, bien vestida, que tenía un atractivo innegable a pesar de ir maquillada en exceso y de tener una nariz demasiado pronunciada, que ella misma pensaba que la afeaba un poco", escribe a la hora de narrar el momento en que se conocieron. Ella vio a un irlandés desgarbado, alto, de unos treinta años, enormes ojos verdes, muy cortés "y de modales un tanto torpes y bruscos".

Samuel beckett 2
Beckett no era por entonces aún el escritor que conquistaría el reconocimiento unánime con Esperando a Godot, pero acababa de publicar Murphy, la primera novela suya en llegar a los escaparates. Peggy era una mujer millonaria, aunque le tocaba aparentar ser más rica de lo que en realidad era. Su padre, que murió en el Titanic, había sido un tanto errático con los gastos y dilapidó buena parte de la fortuna que su familia había labrado, sobre todo con sus minas de plata en Colorado. El tío de Peggy, Solomon, había forjado una impresionante colección de arte para la que construyó el célebre edificio de Frank Lloyd Wright en la Quinta Avenida de Nueva York, y ella seguía sus pasos con bastante talento pero sin tanto poderío económico. Fue una gran amiga de Marcel Duchamp y, por aquellos días, se había aproximado a los surrealistas. De hecho, estaba liada con uno de ellos, Hans Arp, cuando conoció a Beckett.

"Muchas gracias. Ha estado bien mientras duró", cuenta Peggy que le dijo Sam cuando dejó el apartamento tras haber pasado la noche juntos y tras liquidar todo el champán. Luego se siguieron viendo y, al parecer, fueron felices unos doce días durante los que el escritor visitó a la millonaria cuando esta estuvo alojada en casa de su amiga Mary Reynolds. Cronin, como biógrafo puntilloso, apunta que como mucho la cosa duró entre cuatro y cinco días. El caso es que se llevaban bastante bien, por su indolencia ella lo llamaba Oblómov (como el personaje de Goncharov), charlaban, paseaban y bebían cuando se encontraban, Beckett empezó a ser bastante reticente en el asunto sexual, ella procuró ponerlo celoso con varios pretendientes y, bueno, tenían unas sonadas broncas como cualquier pareja de toda la vida. Un día que Beckett salió con unos amigos fue apuñalado por un proxeneta. Peggy estaba enojada con él, pero lo buscó como loca por todos los hospitales. También lo visitó una vieja conocida a lo que no había visto desde 1929, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, que se convertiría con el tiempo en la mujer de su vida.

Fueron distanciándose y, en un punto, el alejamiento "fue bastante más serio". Peggy le escribió entonces a Beckett que quería despedirse de él. Hicieron un viaje a Marsella: el Delage de Peggy lo fue conduciendo el escritor. Luego tiraron hacia el norte. Pararon en Dijon, comieron en un restaurante horrible, buscaron un hotel. Beckett pidió una habitación doble. Se acostaron cada uno en una cama. Cuando estuvieron a oscuras, ella se deslizó en la cama de él, y "él se levantó y pasó a la cama que ella acababa de dejar". Peggy le preguntó "por qué había tomado una habitación doble si no tenía intención de que durmieran juntos". Beckett le contestó que una doble era "treinta francos más barata que dos sencillas". Al levantarse al día siguiente, pasearon por Dijon, y luego regresaron a París. Se separaron: Peggy había quedado con Yves Tanguy para viajar a la inauguración de una exposición de sus cuadros en Londres.

Noticia de un náufrago

Por: | 11 de mayo de 2012

Ramón Reboiras ha publicado hace poco Visita a un extraño (Periférica). El narrador es un tipo que lo deja todo cuando está ahí arriba y se mete en un entresuelo para mirar el mundo y pronunciarse. Mezcla distintos géneros y el componente autobiográfico es esencial, así que puede leerse como un parón para hacer balance, como una retirada estratégica en la que reconstruir el mapa de la situación. ¿Qué cojones ha pasado, dónde he ido a parar, qué diablos pinto en esta historia? Claro que cada cual es cada cual, y que no tiene mucho sentido hablar de experiencias compartidas (siempre las cosas le pasan a uno solo, por mucho que ande rodeado de gente cuando ocurren), pero lo cierto es que Visita a un extraño tiene una marcado sesgo generacional. Es la noticia que da un náufrago a propósito de un naufragio colectivo. No es que se hundiera un barco de la magnitud del Titanic, como mucho se fue a pique una balsa. Pero era una balsa en la que todos viajaban ebrios de vida, enloquecidos por un mundo tan ancho y lleno de placeres, decididos a devorar cuanto pasara por delante. Nadie advirtió el precipicio, a nadie le importaba un comino el futuro. Por eso el narrador del libro de Reboiras dice que abandona su carrera profesional en "lo más alto de su impostura". No reconoce ningún mérito en haber conquistado posición alguna, no anduvo peleando por situarse, quizá simplemente fue engañándolos a todos. Ahora le toca salirse de la fiesta, no estar ya para nadie. Meterse en un agujero, colocarse a la intemperie, poner donde sea pertinente los signos de interrogación.

Ramon reboiras por carlos rosilloUna vida sexual disoluta, enmarcada en una corriente gobernada por el culto al exceso y animada por un masivo e infatigable consumo de todo tipo de drogas: por ahí van los tiros. El músico argentino Lito Nebbia compuso en 1967, cuando estaba al frente de Los Gatos, una canción que se titulaba La balsa. No lo sabía cuando la grabó con su grupo, pero se estaba adelantado a la España que surgió de la muerte de Franco y en la que un montón de los más jóvenes de entonces compartieron el proyecto que anunciaba su estribillo: "con mi balsa yo me iré a naufragar". Se tiraron por el abismo. En Visita a un extraño, Ramón Reboiras (la foto es de Carlos Rosillo) recoge lo que ocurre unos años después de aquello, cuando ya se pasaron los espasmos y ha llegado un mundo nuevo.

Ese mundo nuevo es el de la "democracia vocinglera de la asamblea televisiva". Al narrador, que ha sido periodista, le asombra que en las ruedas de prensa ya nadie pregunte y, en el barullo de esa voz que va avanzando por los asuntos más diversos, y que se entretiene en algunas cosas y que pasa corriendo por otras, que confiesa y que recuerda, que a veces simplemente narra o reflexiona o se enrabieta, se puede leer en algún lugar que "...todos desaparecen, yo desaparezco, nadie pregunta dónde estamos, dónde fuimos a parar, a nadie sorprende ese mutismo si al fin y al cabo el mundo que vivimos está poblado de emisores de voz...".

"Muchos ciudadanos piensan que después de colgar su perfil en Facebook están más cerca del centro del mundo", escribe Reboiras. Y también dice que "ahora todo consiste en dejar huella, en tener cuenta, en sumar seguidores a nuestro testigo: pásalo, propágalo, difúndelo, contágialo...". Para quien trabajó sus vicios y virtudes en privado, tanto impudor resulta exasperante. Pero también le incomoda el culto a la velocidad, y por eso reclama la lentitud ("nobleza de las almas perdidas", apunta). Y dirige sus dardos, con furibundo desdén, hacia esa época donde se imponían, de un lado, "los depredadores siempre dispuestos al banquete" y, de otro, "los buenos corazones en una patética función benéfica". La gran batalla que parece haber librado con éxito la casta política con inclinaciones progresistas no ha sido la de enfrentarse a los poderes que consagran el dinero como valor supremo sino la de velar, como buenos samaritanos, para que la gente deje de fumar. Reboiras exhibe su pasión por la fotografía, vuelve a Frank Zappa y a los Allman Brothers del doble disco de su actuación en Fillmore East, se refiere a las lecturas y autores que lo han marcado, pero frecuenta nombres menos conocidos: Luis Paret, Abílio Manuel Guerra Junqueiro, Afrodisio Aguado (un tipógrafo madrileño), Marius Fabre (un "reputado jabonero marsellés")… Reconoce que su escritura es dispersa. Afirma su mirada. Defiende el desafío de conquistar una voz propia. Y por eso toma la palabra: así están las cosas, así las veo yo.

Todo pasa

Por: | 03 de mayo de 2012

Un muchacho estudia medicina con brillantes resultados. Se casa con una compañera de carrera, tienen un hijo, y el inevitable proyecto de una larga vida por delante. Pero a Aurelio S, cuandom tiene cerca de 40 años, el ejército lo llama a filas en 1941 en el momento en que estalla la guerra entre Rumanía y la Unión Soviética. A comienzos de 1942, en el frente de batalla donde trabaja curando a los heridos con su mujer, Rebeca, es alcanzado por la metralla durante el bombardeo de unos aviones enemigos y muere en el acto. Quedan ahí en Tiraspol, en medio de ninguna parte, Rebeca y Harry, su hijo pequeño. No pueden regresar en ese momento, así que permanecen en la zona y terminan aprendiendo ruso y ucraniano. En 1944, los rusos los toman presos y son deportados a Uzbekistán: Harry tiene ocho años entonces. “En mayo de 1946, Rebeca y su hijo fueron dejados libres y emprendieron el camino de regreso a Rumanía”, cuenta José Emilio Burucúa en Enciclopedia B-S (Periférica), un original experimento historiográfico publicado hace unos meses. "En camión, en tren, a pie, pasaron de Bukhara a Tashkent, de Tashkent se introdujeron en Kazakstán y viajaron hacia el oeste, al norte del mar Aral, hasta entrar en Rusia por Tchkalov (Oremburgo antes de 1938), alcanzaron Stalingrado, descendieron hacia Rostov, se dirigieron a Odessa, volvieron a hablar rumano en Kishinev e ingresaron en Rumanía por Iasi". El historiador argentino apunta que recorrieron "más de la mitad de la rama norte de la vieja ruta de la seda, toda la región esteparia de los antiquísimos escitas gobernados por la reina Tomiris, más tarde de los mongoles, de los tártaros y los cosacos". La cita parece una ensalada de topónimos, pero es muy reveladora de una de las marcas indiscutibles del siglo XX (y de nuestro tiempo): la obligación a la que se ven sometidos tantos de desplazarse, de abandonarlo todo, de buscar nuevas oportunidades. Por las guerras, por dificultades económicas, por odios políticos o religiosos, ahora también por el clima.

Raul 1 para rojo
Conviene hacerse una imagen de la situación: una mujer y su hijo caminando día tras día por una llanura inhóspita de regreso a casa. Nada más que un detalle minúsculo de cuanto pasó al terminar la Segunda Guerra Mundial. Un detalle minúsculo protagonizado por unos personajes secundarios. Pero de eso trata Enciclopedia B-S, donde Burucúa pretende "ligar los pequeños avatares de un grupo de hombres y mujeres comunes con los procesos gigantescos que caracterizaron la vida histórica del siglo XX". Se embarcó en esta tarea cuando tuvo en sus manos las memorias de Raúl (en la imagen, en el barco en el que viajó de Haifa a Marsella), el personaje central del libro, y la abundante documentación familiar que este había ido reuniendo durante su vida. Burucúa era adolescente cuando conoció a este singular pariente: iba a verlo pelear cuando se presentaba con el nombre de segundo Hombre Montaña en los cuadriláteros del catch as catch can de Buenos Aires. Enciclopedia B-S solo tiene, por el momento, la segunda parte, la que Burucúa ha dedicado a la familia S, "formada por judíos burgueses de Bucarest, prósperos y pacíficos". Se vieron arrastrados "por las fuerzas enormes de conflagraciones mundiales, catástrofes sociopolíticas, movimientos de pueblos, proyectos y utopías de construcción de naciones", y lograron sobrevivir tras dispersarse "en las cuatro partes del mundo".

El libro ha puesto la mirada en las cosas corrientes, en la vida de todos los días, en esos pesares y alegrías que padecen todos los mortales. La muerte de una anciana mientras su bisnieto toca el violín; la condición de apátrida cuando se anda buscando una oportunidad fuera del propio país; el afán de una mujer por sortear los pesares de la guerra tejiendo alfombras de manera incansable; un idilio que surge de un piropo que celebra un culo femenino de "la mejor calidad"; las grescas de unos jóvenes judíos cuando se defienden de los ataques de turbas antisemitas; la tensión erótica de un hombre y una mujer mientras bailan en la fiesta de un kibutz. Etcétera, etcétera. Detalles y detalles: siempre cotidianos, siempre cercanos.

Enciclopedia B-S puede guardarse en los anaqueles de los libros de microhistoria (aunque esto sea en verdad irrelevante). Burucúa escribe: "En todo caso, la historia es, sí, una ciencia, pero muy peculiar, una ciencia que se encuentra siempre en la frontera del discurso, entre lo veraz y lo ficcional, en una perpetua tensión entre el más acá del rigor de las reglas racionales estrictas del conocimiento deductivo y fundado y el más allá de la imaginación literaria, artística y creadora". Vasili Grossman tituló Todo pasa al libro en el que trataba del dios y la Iglesia que se apoderaron de Rusia en 1917. Y, es verdad, todo termina por pasar, antes o después. Pero conviene saber que ocurrió mientras tanto. Burucúa nos acerca a la historia de una de esas familias que sufrieron persecución y muerte. El libro es apasionante.

El País

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