Los modales torpes de Samuel Beckett

Por: | 15 de mayo de 2012

Samuel Beckett conoció a Peggy Guggenheim en una fiesta que organizaron los Joyce el día después de la Navidad de 1937. Cuando el jolgorio terminó, tras prolongarse en la casa del hijo del autor del Ulises, Peggy le pidió a Sam que la acompañara a casa. Dieron una buena caminata, él la tomó del brazo con toda naturalidad y, cuando llegaron, pasó al apartamento con la misma desenvoltura. En sus memorias, Peggy ha contado que entonces "no dejó muy claras cuáles eran sus intenciones" pero que le pidió "con notable desmaña" que se tumbara a su lado en el sofá. "Pronto nos encontramos en la cama, donde seguíamos al día siguiente a la hora del almuerzo". Beckett salió entonces a comprar champán y volvió con varias botellas. La historia la cuenta Anthony Cronin en Samuel Beckett. El último modernista (La uÑa RoTa, traducción de Miguel Martínez-Lage), y lo hace francamente muy bien. Tiene esa rara habilidad de los biógrafos anglosajones de fijarse en los detalles, de recuperar con buen tino (y, probablemente, con una sonrisa) los episodios relacionados con su personaje que aparecen en otros libros y, en fin, posee una excelente mano para la puesta en escena. "Él debió encontrarse con una mujer de cuarenta años, delgada, bien vestida, que tenía un atractivo innegable a pesar de ir maquillada en exceso y de tener una nariz demasiado pronunciada, que ella misma pensaba que la afeaba un poco", escribe a la hora de narrar el momento en que se conocieron. Ella vio a un irlandés desgarbado, alto, de unos treinta años, enormes ojos verdes, muy cortés "y de modales un tanto torpes y bruscos".

Samuel beckett 2
Beckett no era por entonces aún el escritor que conquistaría el reconocimiento unánime con Esperando a Godot, pero acababa de publicar Murphy, la primera novela suya en llegar a los escaparates. Peggy era una mujer millonaria, aunque le tocaba aparentar ser más rica de lo que en realidad era. Su padre, que murió en el Titanic, había sido un tanto errático con los gastos y dilapidó buena parte de la fortuna que su familia había labrado, sobre todo con sus minas de plata en Colorado. El tío de Peggy, Solomon, había forjado una impresionante colección de arte para la que construyó el célebre edificio de Frank Lloyd Wright en la Quinta Avenida de Nueva York, y ella seguía sus pasos con bastante talento pero sin tanto poderío económico. Fue una gran amiga de Marcel Duchamp y, por aquellos días, se había aproximado a los surrealistas. De hecho, estaba liada con uno de ellos, Hans Arp, cuando conoció a Beckett.

"Muchas gracias. Ha estado bien mientras duró", cuenta Peggy que le dijo Sam cuando dejó el apartamento tras haber pasado la noche juntos y tras liquidar todo el champán. Luego se siguieron viendo y, al parecer, fueron felices unos doce días durante los que el escritor visitó a la millonaria cuando esta estuvo alojada en casa de su amiga Mary Reynolds. Cronin, como biógrafo puntilloso, apunta que como mucho la cosa duró entre cuatro y cinco días. El caso es que se llevaban bastante bien, por su indolencia ella lo llamaba Oblómov (como el personaje de Goncharov), charlaban, paseaban y bebían cuando se encontraban, Beckett empezó a ser bastante reticente en el asunto sexual, ella procuró ponerlo celoso con varios pretendientes y, bueno, tenían unas sonadas broncas como cualquier pareja de toda la vida. Un día que Beckett salió con unos amigos fue apuñalado por un proxeneta. Peggy estaba enojada con él, pero lo buscó como loca por todos los hospitales. También lo visitó una vieja conocida a lo que no había visto desde 1929, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, que se convertiría con el tiempo en la mujer de su vida.

Fueron distanciándose y, en un punto, el alejamiento "fue bastante más serio". Peggy le escribió entonces a Beckett que quería despedirse de él. Hicieron un viaje a Marsella: el Delage de Peggy lo fue conduciendo el escritor. Luego tiraron hacia el norte. Pararon en Dijon, comieron en un restaurante horrible, buscaron un hotel. Beckett pidió una habitación doble. Se acostaron cada uno en una cama. Cuando estuvieron a oscuras, ella se deslizó en la cama de él, y "él se levantó y pasó a la cama que ella acababa de dejar". Peggy le preguntó "por qué había tomado una habitación doble si no tenía intención de que durmieran juntos". Beckett le contestó que una doble era "treinta francos más barata que dos sencillas". Al levantarse al día siguiente, pasearon por Dijon, y luego regresaron a París. Se separaron: Peggy había quedado con Yves Tanguy para viajar a la inauguración de una exposición de sus cuadros en Londres.

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Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

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