El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

Eskup

Las tijeras

Por: | 02 de junio de 2012

"Salidas 3 veces por semana a las Indias Orientales Holandesas. Cartas 12 ½ centavos cada 100 gramos. Postales 10 centavos. Siempre por vía aérea". El texto forma parte de un cartel que cuelga en la sala de exposiciones de la Fundación Juan March dentro de la muestra La vanguardia aplicada (1890-1950). Hay en él un avión, mucho color, una tipografía atractiva: el anuncio llama la atención sobre lo fácil, y económico, que resulta comunicar con cuantos están al otro lado del charco. Transmite esa vertiginosa sensación, que tan bien encarnaban las vanguardias, de un mundo nuevo que cambia incesantemente, lleno de posibilidades. El cartel lo diseñó Nicolaas de Koo, pero quizá el nombre no sea esta vez lo más relevante, y es que la exposición reivindica ese trabajo que se hace de manera anónima: los anuncios, las portadas de los libros, la disposición del texto y de las imágenes en las páginas de las revistas. "Artes aplicadas", se decía en otros tiempos, como se recuerda en la primera cartela de una exposición que recoge el afán de los artistas de aquel periodo, el que va de finales del siglo XIX a unos años después de la Segunda Guerra Mundial, por derramar su creatividad en todas las parcelas de la sociedad. No solo cambiar la realidad, como querían los revolucionarios, sino cambiar también la vida, como proclamaron las vanguardias.

Vanguardias queso-gouda-de-excelencia
Las tijeras son indispensables para este propósito. Cortas y pegas, inventas extrañas relaciones, impones proximidades delirantes, buscas encuentros disparatados. El collage fue esencial para dinamitar lo que venía dado, lo impuesto, la propia realidad. Abrió las puertas para que fuera habitual "el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas", como quería el Conde de Lautréamont, tan querido por los surrealistas. Hay, claro, un montón de collages entre las 686 obras reunidas en la exposición, pero no únicamente. Las piezas tienen que ver con la propaganda política e ideológica, con la publicidad y los medios de comunicación, con el diseño de interiores y la arquitectura, con el cine, el teatro, el montaje de exposiciones. Son imágenes y formas que crearon alrededor de 250 artistas de unos 30 países para incidir en el mundo y cambiar la manera de verlo. Los coches Opel, la tinta Pelikan, los cigarrillos Manoli o el queso Gouda (en la imagen, un anuncio hecho por Theo van Doesburg), entre tantos otros productos y marcas, se pusieron en las manos de aquellos vanguardistas para seducir a la clientela. Las cosas ya no podían hacerse como se habían hecho hasta entonces.

La exposición está montada a partir de dos colecciones. Las obras que pertenecen a la de Merrill C. Berman permiten reconstruir lo que fue el diseño gráfico de las vanguardias históricas, y están colgadas en las paredes de la Fundación Juan March. Las de la colección de José María Lafuente son piezas que tienen sobre todo que ver con los elementos materiales relacionados con la creación: las letras y los números, las líneas y los párrafos, las páginas…, la tipografía. Son revistas y libros y postales que se exhiben en vitrinas.

Bielefeld, Zurich, Mannheim, Breslau, Milan o Utrecht, pero también Sao Paolo, Montevideo, Buenos Aires. O Valladolid: la portada de una revista de poesía de 1931 confirma que España (antes del golpe de Estado y  la guerra y la dictadura) respiraba al mismo compás que el resto del mundo. Cigarrillos, trenes, botellas, máquinas. Culto al movimiento: baile de cifras y de números. Blast, Pau Brasil, Cannibale. La Secesión vienesa, el suprematismo ruso, la Bauhaus, el neoplasticismo. "¡El arte no puede ser más que violencia, crueldad e injusticia!", clamaba Marinetti en el manifiesto del futurismo italiano. "Todo hombre debe gritar", decía Tristan Tzara en el manifiesta Dadá de 1918. "Hay una gran tarea destructiva, negativa por hacer. Barrer, asear. La plenitud del individuo se afirma a continuación de un estado de locura...". De este tenor eran las proclamas que estallaban en las paredes de un mundo que se estaba haciendo añicos. "Dejemos el pasado a nuestras espaldas como una carroña", afirmaban los constructivistas rusos. Las tijeras del título nada tienen que ver  con recortes presupuestarios. Aluden, más bien, a las que utilizaron aquellos artistas que se inventaban un arte nuevo, cortando periódicos y revistas para hacer sus collages. "Barrer, asear": sí, hace falta oxigenarse en esta época tan dura, y las vanguardias siempre son una saludable invitación para celebrar las sacudidas de la imaginación.

El País

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