Los padres del historiador Tony Judt le sugirieron que conociera Israel en 1963. Tenía unos quince años y terminó viajando allí ese mismo verano. Quedó totalmente cautivado. Pudo ir allí gracias a una organización judía de izquierdas, Dror, que organizaba estancias para jóvenes en diferentes kibutz. Le cayeron bien los que llevaban el reclutamiento en Londres, le gustó la gente con la que le tocó compartir el día a día. Trabajó siete semanas en el kibutz Hakuk, en Galilea. "La esencia del sionismo laborista radicaba en la promesa del Trabajo Judío", le contó Tony Judt a Timothy Snyder en Pensar el siglo XX (Taurus; traducción de Victoria Gordo del Rey): "la idea de que los jóvenes judíos procedentes de la diáspora fueran rescatados de sus vidas decadentes y asimiladas y trasladados a los remotos asentamientos de la Palestina rural para crear allí (y, según preconizaba la ideología, recrear) un verdadero campesinado judío, ni explotado ni explotador". Todos aquellos jóvenes no eran otra cosa que mano de obra barata, pero los ideales asociados a esa suerte de comuna agraria de carácter igualitario los llenaban de entusiasmo. Aquel verano Tony Judt se convirtió en un sionista convencido y el arrebato le duró cuatro años. "A mí desde luego me encantaba aquello de recoger plátanos, disfrutar de una vida sana y sin artificios, explorar el país en camioneta y visitar Jerusalén con las chicas", le dijo a Snyder acordándose de su primer viaje.
Hubo algunos más. En el otoño de 1965, Judt (la fotografía, de 2006 es de Luis Magán) se enamoró en Londres de una joven sionista y anduvo soñando con instalarse definitivamente en un kibutz. Sus padres le recitaron la conocida cantinela: antes están los estudios. Así que se afanó para conseguir su ingreso en Cambridge. Se examinó, aprobó, y volvió a Palestina, donde pasó la primavera y el verano de 1966 en el kibutz Machanayim, dedicado esta vez a los naranjales. El primer síntoma negativo de aquel mundo lo detectó entonces. Sus compañeros de faena miraron torcido cuando supieron que no permanecería allí, que pensaba regresar para empezar sus estudios en la universidad. "Toda la cultura del aliyah –'acercamiento' (a Israel)– presuponía romper con los vínculos y las oportunidades de la diáspora", cuenta Judt. Así que no veían bien que uno de los suyos renunciara a aquella comuna de iguales para irse con los gentiles a probar suerte. Judt no hizo mucho caso, y se incorporó a Cambridge en el otoño de 1966.
¿Cómo llegamos a pensar lo que pensamos? ¿Por qué defendemos unas ideas frente a otras? ¿Qué nos lleva a radicalizar nuestras posturas? ¿En qué medida intervienen los afectos a la hora de configurar nuestra posición en el mundo? ¿Qué peso tiene lo colectivo, el calor de los más próximos, los proyectos compartidos, la bandera, la tribu? Tony Judt continuó yendo a Londres durante aquellos meses: seguía encandilado de su chica sionista, asistía a las reuniones de Dror, participó en los preparativos de la inminente Guerra de los Seis Días, reclutando a voluntarios que sustituyeran en los campos a los que se habían alistado para salir al frente, y finalmente tomó un avión hacia Israel con su novia y un amigo. Se dirigieron a Hakuk y se ocuparon de los plátanos mientras duró la guerra.
Poco después, el ejército reclutó a voluntarios para que trabajaran como auxiliares. Judt se apuntó con la garra de un joven de 19 años, fue a los Altos del Golán, le asignaron una unidad, lo utilizaron como traductor. Y conoció de cerca al ejército. "Por primera vez llegué a darme cuenta de que Israel no era un paraíso socialdemócrata de judíos pacíficos que habitaban en granjas", le contó a Snyder, "el sueño del socialismo rural era solo eso, un sueño". Aquellos israelíes que acababa de conocer eran chovinistas, "antiárabes hasta un punto que rozaba el racismo". "Aquel era un país de Oriente Próximo que despreciaba a sus vecinos y estaba a punto de abrir con ellos una brecha catastrófica, de una generación, confiscándoles y ocupando sus tierras". A Judt, que se había ido allí loco de amor para sudar en la construcción de una utopía, le tocó tomar distancias. Deshacer las ataduras, renunciar al calor del rebaño, superar el miedo a quedarse solo, tomar su propio camino. Volvió a sus estudios en Cambridge, y luego ha sido muy crítico con Israel y con el victimismo de los judíos. Lo relevante es localizarlo en esos años de efervescencia juvenil, entre los 15 y los 19, durante los que se construye nuestra mirada sobre el mundo. Eligió la libertad de pensar a su manera. No es fácil hacerlo en una época en la que el calor del grupo importa tanto… y los ardores de la pasión.