40 Aniversario

El rincón del distraído

Sobre el blog

El rincón del distraído es un blog cultural que quiere contar lo que pasa un poco más allá o un poco antes de lo que es estrictamente noticiable. Quiere acercarse a lo que ocurre en la cultura con el espíritu y la pasión del viajero que descubre nuevos mundos y que, sorprendido e inquieto, intenta dar cuenta de ellos.

Sobre el autor

José Andrés Rojo

(La Paz, Bolivia, 1958) entró en El PAÍS en 1992 en Babelia. Entre 1997 y 2001 fue coordinador de sus páginas de libros y entre 2001 y 2006 ha sido jefe de la sección de Cultura del diario. Licenciado en Sociología, su último libro publicado es Vicente Rojo. Retrato de un general republicano (Tusquets, 2006), XVIII Premio Comillas. Correo: @elpais.es.

En el corazón del circo

Por: | 26 de septiembre de 2012

Los animales, los payasos, las trapecistas. También podrían servir los domadores, los siameses o los contorsionistas para referirse al circo, pero valgan por el momento los citados al principio. Dentro de la carpa, lo que revelan los animales es que la distancia que los separa de los hombres no es muy grande, que los elefantes tienen grabadas expresiones que nos resultan familiares —una cierta serenidad, una infinita paciencia, un deje de melancolía— o que los tigres, las panteras y leones pueden ser temibles pero también dóciles. Los payasos al mismo tiempo que hacen reír producen una extraña inquietud. La que resulta de comprobar que todo está amarrado con lazos muy finos y que por tanto el mundo puede derrumbarse en un santiamén, que las carcajadas están cerca de las lágrimas, que los más próximos pueden ser también los más extraños (¿no produce acaso un profundo desasosiego esas bofetadas que el listo le va arreando de tanto en tanto al que hace el papel de bobo?). Las trapecistas (y los trapecistas) informan por su parte de que la gravedad no existe. Es posible saltar, precipitarse, casi volar en las alturas. Desafiar el vértigo de la caída, y salvar la dificultad de estar pegados a la tierra como si fuera algo irrelevante. Animales, payasos y trapecistas: cuanto hacen en el circo está sobre todo dirigido al niño, porque seguramente ninguno de los números que protagonizan tendría sentido si no contaran con una mirada que todavía no ha sido domesticada del todo. El niño aún no se ha acomodado a las categorías que gobiernan el mundo de los adultos, todavía conserva algo salvaje que no ha sido socializado, vive la tensión entre el orden y el desorden como algo cotidiano, mantiene la cercanía con los animales, está convencido de que la ingravidez es una hipótesis saludable, e incluso viable.  En la galería Freijo Fine Art, de Madrid, se inauguró hace unos días una fascinante exposición. Se llama Circos y reúne parte de las piezas que realizó Vicente Rojo a partir de unos poemas de José Emilio Pacheco.

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El circo que ha atrapado Vicente Rojo (en la imagen, uno de sus trabajos, fotografiado por su hijo, Vicente Rojo Cama) es el circo cuando ya nadie está ahí: Circo dormido. Ni los animales, ni los payasos, ni los trapecistas. El ruido, el ritmo que empuja al galope la sucesión de números, la música de la orquestina, el polvo que se levanta de la pista, los aplausos del público, las voces del presentador. Señoras y señores: todos duermen. Pero permanecen inmutables los objetos. Y ahora que las luces se han apagado, queda esa tristeza profunda por el barullo que se ha ido y que nos hacía compañía, pero también flota ahí la extraña quietud que procede de haber cumplido la faena. Conos, bolas, medialunas, estrellas, escaleras, el trapecio detenido: siguen vivos los colores y el brillo del atrezo,  y su presencia confirma que la vida del circo sigue latiendo. Y que está ahí como el espejo que refleja lo que somos: piezas de una galería de monstruos, soñadores compulsivos, fantoches, charlatanes, autómatas.

Los poemas de José Emilio Pacheco que laten en el interior de estos artefactos de Vicente Rojo escarban con coraje en el desolador paisaje que el circo disfraza cada vez que inicia una  nueva función para presentar como prodigio lo que no es más que la dura realidad. Sus versos están reunidos bajo el título de Circo de noche, y miran de frente y dicen la verdad. Por ejemplo en 'Fenómenos': "Somos tragedia, error y proyecto fallido. / Cáncer de Dios nos ha llamado un blasfemo. / Serias erratas en el Gran Libro del Mundo. / Intrusos en lo que ustedes creen normalidad. / Pero tenemos un papel en la vida: / darles la sensación de ser perfectos / y de creerse afortunados (…)". Y ya al final: "Mírense en el espejo: llevan muy dentro / lo mismo que en nosotros se hace visible. // Ustedes son para nosotros fenómenos. / Ustedes son los monstruos de los monstruos".

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Payasos, siameses, las pulgas, el hombre-bala, el autómata, el contorsionista… Las figuras del circo van tomando la palabra en los versos de Pacheco (en la imagen con Vicente Rojo). Sus sueños y su dolor, su condición marginal. Un látigo restalla a los lejos y de pronto despertamos a las zonas turbulentas de la vida. Esas que también habita cualquier niño: todavía sin las claves suficientes para colocar las cosas en su sitio, el mundo (y el circo lo remeda) no le esconde sus abismos. Y aun así, el niño juega. Nietzsche habló de este como del culmen al que se accede en las tres transformaciones, tras dejar atrás al camello y al león. "Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí", escribió en Así habló Zaratustra. Una va viendo las piezas de Vicente Rojo, las escenografías y sus trabajos sobre papel, e imagina justo eso: que hay ahí un niño jugando y que va juntando cosas para reinventar las emociones que le arrancaron los personajes del circo.

Camino de la verdad

Por: | 18 de septiembre de 2012

En un breve texto, que Siruela publicó en 1995 en su magnífica colección Biblioteca de Ensayo, María Zambrano se ocupa de la confesión como género literario. Decía allí que, con la modernidad, se había producido una brecha entre esas razones con las que las criaturas van trajinando por la vida y los argumentos de los filósofos. "La vida del hombre sencillo", escribió, "que no tenía tiempo ni medios para detenerse a encontrar la verdad por su cuenta, con ese agónico esfuerzo que es siempre la filosofía, iba quedando desamparada y desdeñada". El gran salto que dieron los pensadores que pusieron en cuestión las verdades consagradas y se cargaron el puñado de fórmulas que garantizaban una cierta idea del mundo terminó por dejar a los hombres perdidos y confusos, desbordados por su ignorancia. María Zambrano cita a Nietzsche —"se hace muy difícil aceptar la verdad sin más, pues una vez aceptada hay que someterse a ella"— para dar cuenta de ese desvalimiento y luego va mostrando como la confesión es el formato que permite poco a poco ir saliendo de ese atolladero. "El extraño género literario llamado Confesión se ha esforzado por mostrar el camino en que la vida se acerca a la verdad, 'saliendo de sí sin ser notada", apunta. También escribe que "la confesión se verifica en el mismo tiempo real de la vida, parte de la confusión y de la inmediatez temporal" o que "no es sino un método de que la vida se libre de sus paradojas y llegue a coincidir consigo misma". Vaya, que al elegir como género la confesión lo que se hace es tomar la palabra desde el mismo centro del torbellino vital e ir dando forma a esas sacudidas que están emborronando el paisaje. Al hacerlo, se va despejando el camino. El camino de la verdad, ahí donde las razones propias no chirrían con lo que se está viviendo. No está de más tener en cuenta estas reflexiones de la pensadora malagueña a la hora de leer las cartas que le dirigió cuando aún era muy joven al que entonces era su novio, Gregorio del Campo, y que Linteo acaba de publicar en una impecable edición de María Fernanda Santiago Bolaños.

Maria zambrano raul cancio

Evidentemente esas cartas no constituyen estrictamente una confesión, y no son nada pretenciosas. "No se escribe ciertamente por necesidades literarias, sino por necesidad que la vida tiene de expresarse", escribió María Zambrano (la foto es de Raúl Cancio) en aquel librito. Y es justamente eso, la necesidad de expresarse y el afán por despejar las sombras que agitaban su relación con aquel muchacho, lo que parece impulsarla a tomar la palabra y hablarle al amado.

"Tengo la cabeza hecha un bolo....", le dice aquella joven en alguna de sus cartas a Gregorio. La aprendiz de filósofa toma la palabra desde la confusión y procura aclararse, sale de sí misma ("...sin ser notada") como huyendo de sus inquietudes y lo que anda es buscándose, procurando acertar con la voz que le resulte más verdadera, con esa voz que va dar forma a su manera de vivir. Quiere ser una mujer libre. Quiere ser independiente. Quiere tener sus propias razones, no las convencionales, no las heredadas, no las que se daban por supuestas durante los años veinte en aquella pequeña ciudad en la que vivía, Segovia, que formaba parte de un país que se esforzaba también por ir rompiendo poco a poco con las cadenas de la tradición para abrirse a los vientos de la modernidad. El padre de María, Blas Zambrano, y el poeta Antonio Machado habían fundado la Universidad Popular en la vieja ciudad castellana, pero todavía había mucho que hacer.

La historia de María Zambrano refleja como pocas ese momento y el desafío de buena parte de la sociedad española: dar el salto y acercarse a Europa, abrirse al mundo, romper con las zonas más oscuras de la religión católica. Encarna el impulso que condujo a la República y los sueños de renovación que la alentaron hasta que los sectores más retrógrados forzaron el golpe de estado de Franco y sus secuaces. Entonces María Zambrano tuvo que salir al exilio. Lo que recogen las setenta cartas que dirigió a Gregorio del Campo ocurrió antes, y muestra los altibajos de una relación que duró entre 1921 y 1928. "Hay que romper con esta vida cobarde y gris", le decía aquella joven a su chico. Y puso todo su empeño en conseguirlo. "Siempre que te he querido así de verdad", le escribió en otro momento, "me han dado ganas de desnudarme contigo, de estar libre de toda traba, y es que el desnudo no cabe duda que es la negación de toda malicia y de toda impureza, y yo cuando te quiero me siento tan pura!...".

El País

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